Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 19 La Cena
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Capítulo 19 La Cena

Estaba en la cocina cuando Emma entró con la mirada completamente desencajada. Se plantó delante de mí y me habló en voz baja.

—¡¿Por qué a mí me toca Torrente y a ti un tío que parece un modelo de revista?! —me soltó.

—¿Qué? —le pregunté sacudiendo la cabeza—. ¡A mí no me toca nada, idiotila!

—¡Y una leche! —Me dio un empujón—. ¡Anda que no se nota cómo le miras! Te lo estás comiendo con los ojos todo el rato.

—Que no, Emma —negué, agarrándole la muñeca para que dejase de empujarme—. Que es Hugo, el ex de Jara, la del vídeo que te enseñé.

—¿Ese de ahí afuera es el mismo Hugo que…?

—Sí, sí.

Se asomó por la puerta de la cocina y gritó:

—¿Otra cervecita, chicos?

Nuestros dos invitados respondieron que de acuerdo.

—Escucha, Emma —le pedí sujetándole las manos entre las mías—. Jara me pidió en su último vídeo que no le dejase solo en Navidad, por eso le invité. ¿Vale?

Giró la cabeza hacia el salón, sin soltarse, entrecerrando los ojos.

—¿Entonces no quieres nada con él? ¿En serio?

—De verdad que no —asentí—. Te lo juro.

—Vale. O sea, ¿que está libre?

—¿Eh?

—Que si tú no quieres nada con él, me lo quedo yo para mí, porque Torrente, la verdad, no me convence nada.

—Oye, que Roger es un tipo de puta madre —protesté .

—Pues todo para ti, nena. —Señaló al salón por encima de su hombro con el pulgar—. Yo me quedo con el clon de Gabriel Guevara y felices los cuatro.

—No, no, no, no. A ver, Emma —le puse las dos manos en los hombros para que me mirara fijamente—, que vas muy lanzada, te has tomado dos cervezas y ya no riges bien.

—Rijo de puta madre —respondió apartándose.

—Que no —le susurré—, que a ese chico se le murió la novia hace nueve meses.

—Exnovia, según tengo entendido —me corrigió, levantando un dedo.

¡Joder! Tenía argumentos para todo, parecía que lo conociese de toda la vida y yo me estaba quedando sin cartas que jugar.

—Vale, sí, Emma, es cierto, pero habían cortado hacía poco.

—No, no, de eso nada. Ese pichón lleva ya más de un año sin probar hembra —seguía haciendo el mismo gesto con el pulgar y hablando en voz baja—. Eso ya, ni luto, ni duelo ni «res de res». Ese no sale vivo de aquí.

Tragué saliva al escuchar su declaración de intenciones.

—Ale, coge las fajitas del horno, que yo voy con las cervezas —me ordenó, por último.

¡Cabrona!

Me dejó a mí lo que más trabajo daba y se largó corriendo.

Sin embargo, cuando llegué al salón había desaparecido.

Parpadeé dos veces y comprobé que Hugo seguía allí, con la mirada un poco apagada, pero a salvo, con su cerveza en la mano, mientras Roger estaba liado con el portátil intentando piratear la wifi del vecino.

—¡A cenar! —levanté la voz.

Emma reapareció desde su habitación con un vestido negro, de tirantes, súper corto y escotado, dándose un paseo completamente innecesario antes de sentarse .

Roger se olvidó por completo de lo que estaba haciendo y se quedó mirándola con la boca abierta.

—Perdón, he ido a cambiarme, que hace mucho calor hoy.

—Estamos a diecinueve de diciembre, ¿sabes? —le recordé yo.

—Ya, pero el clima mediterráneo es singular. El mar conserva la temperatura del verano y hace que la sensación térmica sea más alta —me aseguró mientras enumeraba los datos con los dedos.

Hija de puta, pues no va y se me pone en plan meteoróloga.

¡Te vas a cagar!

—Pues tiene razón, que hace algo de calor —ratifiqué yo.

Agarré el mando del aire acondicionado y lo encendí. Le bajé la temperatura a dieciséis. Y porque no se podía bajar más, que si no lo pongo a menos treinta.

Ella me miró con los ojos muy abiertos.

—Igual deberías preguntar a nuestros invitados antes de encenderlo, ¿no crees, Nora?

Su voz sonó a puro sarcasmo.

—Los invitados harán lo que digan las anfitrionas, y si las anfitrionas tienen calor, pues se pone el aire. —Los miré a ellos y sonreí, blandiendo el mando como un trofeo.

—Claro, claro —dijo Hugo, levantando ambas manos en son de paz—. Lo que las anfitrionas digan.

Volví la vista hacia Emma y le sonreí también, con toda la dulzura fingida que pude reunir.

—¿Cenamos? —pregunté señalando a la mesa—. Que se enfría la comida.

—Claro, guapi, cenemos —me respondió ella.

Fruncí el ceño y le transmití un mensaje con la mirada: «Esta partida no la vas a ganar, ¡asquerosa!».

Pero no las tenía todas conmigo, porque viendo cómo la miraban los dos zoquetes cada cinco segundos, no iba a ser tan fácil. Pensé que al encender el aire se cagaría de frío e iría a taparse, pero como no parábamos de beber cerveza, la muy jodida debía de tener calorías de sobra.

¡Un momento!

Cerveza.

Alcohol.

Una sonrisa se me dibujó en la cara.

—¡Pero madre mía, qué mala pata! ¡¿Dónde se ha visto una cena mexicana sin tequila?!

De un salto me levanté del sofá y me acerqué al mueble donde guardábamos las botellas. Cogí los vasos de los chupitos, los llevé a la mesa y me senté frotándome las manos.

—Yo no bebo tequila —nos informó Hugo.

—¿Nunca? —le preguntó Emma.

—Normalmente no.

—Entonces a veces sí —le corrigió ella, dándole un golpecito juguetón en la rodilla.

Lo fulminé con la mirada.

¡Será memo! Se ha dejado enredar como si fuese un niño de tres años.

Llené tres vasos hasta la mitad y el de Emma hasta arriba del todo. Esperaba que no se diese cuenta, pero lo hizo.

Me miró mientras sonreía, arqueando una ceja, como si supiese algo que yo no.

Pero yo también tenía mis ases bajo la manga.

—¡Por nosotros! —brindé.

Juntamos los cuatro vasos en el centro de la mesa y Emma tuvo que hacer la puta broma de «Quien no apoya, no folla». Y los otros dos gilipuertas la siguieron. Y a mí no me quedó otra que entrar al trapo.

Los cuatro chupitos cayeron vacíos sobre la mesa y los volví a llenar de la misma.

—¿Qué haces? —me preguntó Emma.

—¿No lo sabes, cariño? —Le sonreí—. En México, en Navidad, el primer brindis siempre es doble .

Apretó los labios y asintió despacio, sin creerse ni una palabra, pero dejándola pasar.

—Vale, vale. —Cogió su vaso y miró a los chicos.

Ellos también lo hicieron y volvimos a brindar.

—¡Feliz Navidad! —exclamé yo levantando el vaso alto—. ¡Y próspero Año Nuevo!

Ya llevábamos dos.

—Así que estudias Ingeniería de Sistemas —observó Hugo, dirigiéndose a Roger—. ¿Y cómo lo llevas?

—Fatal, horrible, es un muermo que te cagas —respondió él, dejando el tenedor a medio camino de la boca—. Me están enseñando a hacer cosas que hace veinte años que no usa nadie. ¿Y tú?

—Derecho.

—¿Abogado, tú? —Abrió los ojos de par en par y se inclinó hacia delante—. Pensé que estudiarías algo relacionado con el deporte.

—¡Ya ves! —sonrió él encogiéndose de hombros—. Estudio leyes romanas que hace dos mil años que nadie usa.

—A mí todo lo de Roma me fascina —soltó Emma, apoyando la barbilla en la mano y pestañeando despacio hacia Hugo.

—¿Ah, sí? —intervine yo—. ¿Y qué es lo que más te gusta de Roma?

Se giró hacia mí, ladeó la cabeza y me sonrió, con esa sonrisa de quien ya tiene la respuesta preparada. Después se volvió hacia Hugo y le puso la mano en el antebrazo, dejándola ahí un segundo de más.

—¡Los romanos!

Pero será perra.

Me dieron unas ganas de saltar sobre ella y tirarle de los pelos que no veas.

—Qué cosas —volví a hablar yo dándole golpecitos a la mesa con las uñas—. Todos esos romanos que cuando se iban a la guerra y no tenían mujeres se liaban entre ellos. ¿Esos son los que te gustan, Emma?

Se giró de nuevo hacia mí, ya sin la sonrisa de antes .

—¿Tienes algo en contra del colectivo LGTBI?

—¿Yo? —respondí indignada, llevándome una mano al pecho y abriendo mucho la boca en un gesto teatral de escándalo.

Cogí la botella de tequila y rellené los cuatro vasos de nuevo.

—¡Brindemos por el colectivo y el amor libre!

¡Toma ya! Otro punto para Nora.

Roger empezó a abanicarse con la mano, tirándose del cuello de la sudadera. Se ve que con tanto tequila le dieron los calores de la muerte. Entonces me acordé de las quejas de Emma.

—Anda, rey, quítate eso que te vas a cocer.

Le ayudé a sacársela, tirando de las mangas mientras él levantaba los brazos como un niño pequeño, y la coloqué en el respaldo del sofá, al lado de mi compañera de piso, para que disfrutase de las «feromonas» de nuestro proveedor de wifi robada.

Me clavó la mirada, pero me dio igual.

—Esto sería mejor dejarlo en el perchero, Nora.

—Siéntete libre de dejarlo donde te dé la gana —le ofrecí yo.

Se levantó y se acercó a la entrada con la intención de deshacerse de la sudadera. Yo aproveché para quitarle el sitio, deslizándome por el sofá.

—Eh, perdona, pero ahí estaba yo —me recordó cuando regresó.

—Ya, cielo, pero como tienes tanto calor y en mi sitio da más el aire, pensé que querrías cambiar.

—No, no, estaba bien ahí —insistió.

—Vale, pero ya que estás de pie, podrías coger la botella de crema de piononos que traje de Granada.

Parpadeó un par de veces y obedeció.

Me levanté para dejarle el sitio, pero intenté salir por donde ella quería pasar y, claro, me tuve que tropezar con algo y acabé aterrizando en el regazo de Hugo, que me sujetó por la cintura con las dos manos.

—Uy, perdón.

Le abracé y le di un beso en la mejilla .

—Un besito para el campeón que ha salvado a la princesa que se mataba.

—Sí, la princesa Fiona —gruñó Emma, poniendo los ojos en blanco.

Hija de puta.

Eso era un golpe muy bajo.

Esto acababa de convertirse en la Tercera Guerra Mundial.

—Pero princesa, al fin y al cabo —le sonreí.

—Bueno, ¿te vas a tu sitio o qué? —me preguntó ya visiblemente molesta.

—Roger, rey, que te veo aún acalorado, ¿me lo cambias?

La cara de Emma se descompuso y se le hinchó la vena del cuello tanto que parecía que iba a estallar.

—¿En serio? —preguntó el hacker.

—Sí, por fi, que me da el aire y tengo un poco de frío.

—Apágalo, mujer, que yo ya estoy bien —sugirió Emma.

—No, que si lo andas encendiendo y apagando, gasta más —le expliqué, dándole un par de golpecitos en el hombro—. Roger se cambia, ¿verdad que sí, guapetón?

¡Vaya que si aceptó!

Lo hizo dando saltos de alegría.

—A ver si también cuelgas a este del perchero —murmuré mientras me sentaba al otro lado de la mesa, frente a Hugo—. ¿Qué esperas, cariño? —le dije a Emma—. Ponnos una ronda de piononos.

Llenó los cuatro vasos de chupitos y brindamos por algo de lo que la verdad ni me enteré, porque después de dos cervezas, tres chupitos de tequila y ahora la crema de licor, yo ya empezaba a estar mareada.

Emma, que estaba superdelgada, debía de llevar una tajada de récord Guinness.

Pero no.

La muy jodida parecía haberse curtido en los pubs más duros del barrio. Tenía más aguante que un puto marinero ruso.

—Uy, Hugo, te has manchado —observó ella .

Era verdad, tenía un poco de crema de piononos en la comisura de los labios.

Ella cogió una servilleta de papel para limpiarle y la muy zorrona aprovechó para enseñarle un primer plano de su escote.

Apreté los labios.

Contra aquello ya no podía hacer yo nada.

Pensé en tirarle algo a la cabeza, pero como no fuese la lámpara del techo y fingiese que se había caído sola…

—¡Ahh, pero qué puto asco! —gritó Emma.

Abrí la boca enorme al ver lo que había pasado.

Hugo le acababa de vomitar toda la cena encima.

Me sujeté la boca con las dos manos para no descoyuntarme de la risa. Hasta abrí los brazos para dar una palmada, pero me detuve en el último instante.

No podía parar de reírme mientras Roger ayudaba a Hugo a ir al aseo para limpiarse, sujetándolo por debajo del brazo.

Emma me lanzó una mirada más fulminante que la anterior. Tenía toda la parte delantera del vestido echada a perder. Seguro que se le había colado vómito hasta por las tetas.

—¡Ya dijo que no solía beber tequila! —le recordé, secándome una lágrima de la risa con el dedo.

—Esto no va a quedar así —me amenazó antes de desaparecer por la puerta de la cocina.

Volvió con el cubo y la fregona y se puso a limpiar.

—¿Te lo quieres llevar a tu habitación? —le propuse.

—Vete a la mierda —me respondió mientras escurría la fregona.

Terminó y se largó de vuelta a la cocina. Y yo comencé a recoger las cosas de la mesa justo cuando los dos chicos reaparecieron.

—Madre mía, Nora, este tío está fatal.

—Ya dije… que tequila… no —respondió el pobre Hugo.

Aprovechando que mi rival seguía en la cocina, le guiñé un ojo a Roger y le dije :

—Ayúdame a meterlo en mi habitación y aprovecha para ayudar a Emma a recoger, que así ganas puntos.

Se dio tanta prisa en hacerlo que casi nos tiró a los dos.

Al final Hugo acabó tumbado sobre mi cama, conmigo al lado, con la papelera de mi escritorio preparada entre mis brazos, por si le daba por vomitar otra vez.

Entonces escuché que llamaban a mi puerta.

—Adelante —respondí.

—No, sal tú. —Era la voz de mi enemiga.

Suspiré pesadamente, pero me levanté y salí al pasillo.

Me tendió la mano y me dijo:

—Bien jugado.

Estreché su mano y negué con la cabeza, sin poder evitar una sonrisa.

Cerré la puerta y me senté de nuevo en el borde de la cama.

—El rollo era emborracharla a ella para que te dejase tranquilo —le dije a Hugo mientras le acariciaba el pelo—. Siento que no haya salido bien.

Me sujetó la mano y le dio un beso.

—Buenas noches —dijo sin abrir los ojos—. Te quiero.

Se me heló la sangre al escuchar aquellas dos palabras.

¿Había dicho que me quería?

¿O me lo había imaginado yo?