Capítulo 18 Compras
Estaba empanada contemplando la Albufera por el ventanal, acordándome de una excursión que hicimos en barquito por allí cuando era una niña.
Jara y yo íbamos asomadas, mirando al agua todo el rato, intentando ver los peces, mientras que el guía explicaba algo a lo que ninguna de las dos prestamos atención.
Fue la primera vez que comí en el Bon Aire.
Y ahora, diez años después, seguía exactamente como yo lo recordaba.
Con sus paneles de techo que imitaban a la madera, sus paredes pintadas en blanco y, entre las enormes ventanas, una especie de minijardín vertical, como si hubiesen querido meter dentro del restaurante un pedazo del marjal que había a cincuenta metros.
Era muy bonito, pero lo mejor no era la estética. Era el aroma a paella cocinada a la leña que notabas en cuanto entrabas por la puerta. Se te hacía la boca agua en menos de cinco segundos.
—Te veo cambiada —observó mi padre cuando el camarero terminó de servirnos las bebidas y se alejó.
—¡Se está poniendo en forma! —rio mi hermano.
—¿De verdad? —preguntó mi padre con los ojos abiertos de par en par—. ¿Y eso?
—¡Le gusta un chico! —exclamó Alejandro riendo todavía más.
—¡Capullo! —gruñí en voz baja.
Aproveché también para darle una patada por debajo de la mesa. Se encogió al recibir el golpe y volvió a darle la risa, tapándose la boca con la servilleta para disimular.
—Me dejáis sin palabras —habló de nuevo mi padre, con las cejas todavía arqueadas .
Lancé un bufido y comprendí que no me quedaba otra que explicar lo que realmente sucedía, porque si no me iban a jorobar la comida entre los dos. Y no quería que eso pasase porque estábamos en el mejor sitio de Valencia para comer paella.
Curiosamente a mí el arroz desde hacía unos años me sentaba fatal, pero sin embargo en aquel sitio no. Así que quería aprovechar para ponerme hasta las cejas.
—No me gusta ningún chico —comencé a explicar, cruzando los brazos sobre la mesa—. He comprendido que necesitaba cambiar algunos hábitos y cuidarme un poco más, solo eso. —Fulminé a mi hermano con la mirada—. No lo hago por nadie, lo hago por mí, ¡¿entendido?!
—Vale, vale, tampoco hace falta que me acuchilles —dijo, levantando las manos como si se rindiera.
—No me des ideas —le sugerí.
—¿Todo bien por aquí? —Otro camarero, de mi edad, con el pelo repeinado hacia atrás y una bandeja bajo el brazo, se había parado junto a nuestra mesa sin que lo viéramos venir—. Les traigo ya los entrantes, si les parece.
—Perfecto, perfecto —le confirmó mi padre, frotándose las manos.
El chico los repartió por la mesa y justo cuando se iba mi padre le chistó.
—¿Sí, señor?
—Tráenos más alioli, majete —le pidió—. Y pan, que estos comen como si no hubiese un mañana.
—Marchando.
¡Tendrá jeta el tío! ¡Se había comido él todo el pan poniéndose alioli como si intentase batir un récord mundial! ¡El señor «hay que cuidarse»!
Menudo ejemplo para su hija en pleno proceso de adelgazamiento. Apreté los dientes y lo maldije. ¡Yo también quería comer más ajo! Estiré el brazo para coger el último pedazo de pan y untarme, y recibí de vuelta la mirada fulminante que yo le había lanzado a mi hermano dos minutos antes.
Bajé la cabeza y devolví la mano a su lugar original, junto al tenedor. Alejandro, al verme la cara, debió sentir lástima de mí y decidió alabarme un poco.
—Pues además de ponerse en forma, también ha hecho las pruebas para volver a arbitrar y con unos tiempazos, ¡que ni Carl Lewis!
Mi padre se giró hacia mí, con los ojos aún más abiertos que la primera vez.
—Pero, pero… —balbuceó—. Si odiabas arbitrar y no te gusta el fútbol.
—Eso no es así —le corregí levantando las manos—. Yo no tengo problema con arbitrar, lo que no me gustan son las madres histéricas que me llaman de todo y no tienen ni put… —respiré profundo—. Ni santa idea de las normas.
—La verdad es que algunos padres están un poco locos —confirmó Alejandro.
—Y el fútbol no me disgusta —seguí explicando—. O sea, jugar no, pero cuando hay partido de la selección, no me pierdo ninguno.
¡Como para perdérmelos! Quedada en el bar, cervecitas, patatas fritas, cachondeo y de fondo la televisión. Toda una fiesta.
—La selección anda bien —agregó mi padre—. El año que viene en el Mundial de Estados Unidos igual damos la sorpresa.
—Sí, ya —rio mi hermano—. Nos mandarán para casa en octavos, como siempre.
—Ten fe, hijo, ten fe —le pidió mi padre, dándole un golpecito en el hombro.
Después se giró hacia mí y me apretó la mano.
—Estoy orgulloso de los cambios que has introducido en tu vida —me felicitó mirándome a los ojos—. Sé que de adolescente te di algo de caña, pero ahora veo que ha dado sus frutos.
—Gracias —le respondí de la manera más plana posible.
¡Algo de caña me dijo !
¡Será posible! Me daba caña para este mundo y el que viene, pero al nombrar aquella etapa de mi vida me hizo recordar algo y una sonrisa se me dibujó en la cara.
—Papá, ya que hablamos de la adolescencia —comencé a juntar mis índices repetidamente sobre la mesa—, ¿recuerdas cuando teníamos un presupuesto de cincuenta euros todos los meses para comprarnos ropa?
Me miró con los ojos entrecerrados y asintió.
—¿Podríamos recuperar las viejas costumbres durante un tiempo?
—¿No te paga la federación de árbitros? —me preguntó.
—Eh, no —negué con la cabeza—. O sea, sí, me pagan, pero todavía no he arbitrado nada. —Me erguí sobre la silla—. ¡Y además solo son treinta euros por partido!
—Eso son ciento veinte pavos al mes, ya tienes para ropa.
Qué bien se le daban las matemáticas a mi padre y además tenía un sistema de escucha selectivo. Solo recibía lo que le interesaba.
—¡Pero que todavía no me han pagado nada!
—Bueno, ya te pagarán —respondió encogiéndose de hombros—. Y podrás comprar ropa con el fruto de tu esfuerzo.
—Papá, por favor —le insistí—. Que todo lo que tengo se me ha quedado grande.
Sonrió, bajó la cabeza y negó mientras reía.
—Vale, está bien, pero con una condición.
—¿Condición? —Parpadeé un par de veces—. ¿Qué condición?
—En vez de darte dinero, te acompaño de compras.
—¿Qué? —exclamé, echándome hacia atrás en la silla—. No, no, no, mejor no.
—¿Por qué no? —intervino Alejandro—. Papá tiene un gusto para la ropa que te cagas.
—Gracias, hijo —le dijo mi padre.
—Ya tengo una personal shopper —expliqué yo.
—Bueno, eso da igual, me gustaría acompañarte —insistió él.
Me dio en la nariz que aceptaba o no habría inyección de capital .
—¿Prometes que no pondrás caras raras si algo no me queda bien?
—Lo juro por mis hijos —asintió él poniéndose una mano sobre el pecho.
Le miré de reojo pensando si realmente cumpliría con su palabra.
Tenía cincuenta y tres años y le seguía encantando hacer el payaso en cuanto podía. De hecho, diría que cuanto más viejo se hacía, más se le agudizaba, pero como me iba a pagar la ropa, tendría que soportar sus excentricidades durante un par de horas.
Había sido así durante toda la vida.
Desde que yo empecé a necesitar más recursos económicos.
—¡Así no se pide dinero! —me riñó una vez cuando yo tenía quince años.
—No entiendo —le respondí entonces.
—A ver… en vez de venir y decirme «Necesito dinero» como si fuese el cajero del banco, lo que tienes que hacer es acercarte de manera cariñosa, haciendo un puchero, para que me dé mucha pena.
—Sacó su labio de abajo y lo hizo temblar de una manera magistral—.
Entonces, con una voz muy triste, me dices: «Papá, necesito que me eches un cable, porque no tengo dinero», y si además me das un abrazo y añades «por fi, por fi, por fi», es imposible que yo te diga que no.
Puse los ojos en blanco al escucharle, pero me resigné e intenté repetir.
—Papá, necesito que me eches un cable, porque no tengo dinero. —Hice el puchero, le abracé fuerte, muy fuerte, y añadí—: Por fi, por fi, por fi.
—Limpia el aseo, que este fin de semana te toca a ti, y luego hablamos —me respondió el muy cab… simpático.
¡Ya me había liado!
—¿Y cuándo quieres ir de compras?
La pregunta me trajo de nuevo al presente.
—¿Esta tarde?
—Es domingo —me recordó, arqueando una ceja.
—Ya, pero Aqua no cierra nunca .
—Muy bien, pues esta tarde nos vamos de shopping —festejó levantando su copa—. ¿Te apuntas, hijo?
Mi hermano levantó la mirada del plato y negó rápidamente.
—Tengo planes.
—Oh, ¿alguna chica? —insinuó mi padre.
—Puede ser —respondió Alejandro.
¡Míralo cómo le gusta hacerse el interesante!
—¿Tú sabes algo? —me preguntó a mí.
—¿Yo? Ni idea, si este nunca suelta prenda.
—Bueno, bueno. —Soltó una carcajada—. La de cosas que me estoy enterando hoy.
El camarero reapareció con la paella humeante y nos preguntó si nos servía él, con el cucharón ya listo sobre el borde. Mi padre le observó con una cara que casi me dio miedo.
—No, no, déjala en medio, niño —le indicó señalando al centro de la mesa—. Y tráenos más alioli, que se nos ha terminado otra vez.
—Ahora mismo —respondió el camarero visiblemente afectado por la mirada que le había echado mi viejo.
¡Aunque he de reconocer que la había cagado!
Nosotros… bueno, realmente, toda familia valenciana que se precie come directamente de la paellera. Es una costumbre que a la gente de fuera le suele parecer poco higiénica.
Obviamente no tienen ni idea.
Cada uno come de su lado y no mete la cuchara en el de los demás. ¡Además, qué leches, somos familia! ¿Qué higiene ni qué ocho cuartos?
De hecho, mi padre en ese sentido es tan «tradicional» que hasta le molesta que no nos den cucharas de madera para poder rascar el «socarrat» sin tener que preocuparse por rayar la paellera.
Dejé de pensar en lo que acababa de ocurrir y me llevé la primera cucharada a la boca.
La sensación que experimenté fue la caña.
Me dejé el arroz sobre la lengua unos segundos, empujándolo contra el paladar para sacarle todo el jugo.
Hasta cerré los ojos para no tener ninguna distracción.
Creo que se me escapó un gemido incluso.
Estaba sabrosa, con el grano en su punto justo, un auténtico placer.
¡¿Cómo no iba a estar gordita yo?!
Si es que me encanta comer.
El camarero volvió con más alioli y una jarra de agua que nadie le había pedido. La dejó en una esquinita, sigiloso, casi de puntillas, como si temiera interrumpir algo.
—¿Todo bien con el arroz? —preguntó, señalando la paellera con la barbilla.
—De categoría —le respondí yo, sin levantar la vista del plato, con la boca todavía llena.
Sonrió y desapareció camino de la cocina.
Allí ya no habló nadie mientras comíamos. Solamente mi hermano, al que le dio por hacer de las suyas cuando volvió el camarero para recoger.
—Esa no hace falta que la lavéis —bromeó señalando la paellera—. Ya la hemos dejado nosotros reluciente.
—La verdad es que estaba cojonuda —añadió mi padre.
El camarero soltó una risa corta, apiló los platos vacíos uno encima del otro sobre la paellera y se la llevó cogiéndola por las dos asas.
Si mi profesor de restauración de la FP le hubiese visto hacer eso, lo habría echado del instituto, pero me daba igual, porque me había quedado en la santa gloria, sujetándome la tripa con las manos.
Y entonces me di cuenta de la cagada que acababa de cometer.
Apreté los dientes y maldije para mí misma.
No tenía que haber comido tanto antes de ir a comprar ropa.
Iba a estar hinchada y todo me iba a quedar fatal.
Jara había sido tajante en sus instrucciones. Todo tallas treinta y ocho o menos, y si iba por letras, entonces XS.
¡XS! ¡La madre que la…! ¡Yo no había usado una XS ni cuando tenía trece años!
Si algo de lo que me probase se rompía, ¿tendría que pagarlo ?
Estaba pensando en aquella posibilidad cuando una pregunta de mi padre me pilló fuera de juego y respondí sin pararme a pensar.
—Y entonces, ¿cómo se llama el chico que te gusta?
—Hugo.
Me tapé la boca con las dos manos, pero ya era tarde.
Acababa de abrir la caja de Pandora.
Se acabaron las compras. Las próximas tres horas iban a ser un completo interrogatorio por parte de mi viejo y seiscientos consejos sobre cómo son los hombres, las intenciones que tienen y un largo etcétera que ya había escuchado mil veces.
¿Por qué leches habré dicho que me gusta Hugo?
Si no me gusta.
Es guapo, está cachas, y todo eso, pero no me gusta. No quiero nada con él, solo le ayudo a superar lo de Jara porque ella me lo pidió.
¡Pero ya está!
No me gustaba, nada de nada.
Hice una pequeña mueca.
Bueno, a lo mejor un poco, pero solo un poco.
Bajé la cabeza y me sujeté la nuca con las dos manos.
Joder, sí que me gustaba.
Me acababa de dar cuenta.
¡Me gustaba un montón!