Capítulo 17 Convivencia
Creo que había visto a Emma enfadada un par de veces en los dos años que llevaba conociéndola. Por lo menos una segura que sí, porque me lio un pollo con lo de romperle su tablet que no se me olvidará jamás.
Yo solo llevaba dos semanas en el piso. Ella estaba cocinando no sé qué y, cuando pasé por la cocina, la rocé sin querer y acabó estrellada en el suelo. La pantalla se resquebrajó, pero solo un poquito. Realmente seguía funcionando.
¡Si hubiese usado un soporte, no habría pasado nada!
Quise explicarle que la culpa era toda suya, pero le salió una vena en el cuello que le palpitaba de una manera tan exagerada que pensé que le iba a dar un infarto. Tenía la cara rojísima, como los alemanes que se churruscan en la playa todas las primaveras.
—¡Te prometo que te pago la reparación! —fue lo único que me atreví a decirle, con las manos levantadas a la altura del pecho.
No sabía de dónde iba a sacar el dinero, pero lo conseguiría.
—Pero por favor, no me mates —le rogué, retrocediendo un paso.
¡Respiraba como un toro! Solo le faltaba hacer eso que hacen con la pata de arrastrar la arena y salir como una loca a embestirme.
Pero no lo hizo.
En su lugar comenzó a respirar más despacio, con los ojos cerrados y una mano en el pecho. El tono de su cara fue bajando hasta parecerse al de un humano de verdad y por fin me habló.
Una sencilla, única y reconfortante frase.
—La semana que viene la quiero arreglada.
Tragué saliva y asentí.
Ni el congelador del piso sacaba tanto frío .
Me pasé toda la tarde recorriendo el barrio de Ayora buscando una tienda de informática donde arreglarla. Cuando por fin encontré un sitio de móviles, con un chino muy dispuesto, y me dijo el precio de la reparación, casi me muero.
Pensé que me saldría mejor comprarle una nueva.
Cuando se la devolví reparada, hablamos de lo que había sucedido.
—No soporto que nadie toque mis cosas, y menos que me las rompan, lo llevo muy mal.
—Sí, sí, ya me había dado cuenta —asentí, acurrucando la tablet contra el pecho antes de tendérsela.
—Pero no pasa nada, todo guay entre tú y yo —me dijo sonriendo—. La rompiste, la has arreglado, ya es agua pasada.
—Claro, claro —confirmé yo.
Desde aquel día, Emma quedó catalogada para mí como psicópata disfuncional con tendencias homicidas.
Después resultó que era una tía de puta madre, pero claro, hay que entenderla.
Tu compi de piso, con la que has hablado dos veces, te rompe el cacharro que usas para mirar las recetas mientras cocinas, para ver YouTube por la noche en la cama, las series, las pelis y un largo etcétera; pues es normal que reacciones mal.
Pero enseguida se fue a su habitación, la mar de contenta por recuperar su tablet, y volvió con mi portátil.
—Ale, ya está, ya no lo necesito más —me informó sonriente, dejándolo caer sobre el sofá, a mi lado—. Gracias por dejármelo.
Lo cogí y agradecí sinceramente que me lo devolviese.
No se lo había prestado en ningún momento.
Entró en mi habitación la misma noche del incidente y, sin decir ni pío, lo cogió de mi escritorio y se lo llevó. No sé si es que no me vio o le dio exactamente igual que yo lo estuviese usando.
La seguí intentando entender lo que acababa de suceder.
—Esto… Emma… te has llevado mi portátil —le dije señalando a su cama, donde lo había dejado.
—Sí, me falta el cargador, ¿me lo traes ?
—Perdona, pero no termino de entender.
—Es sencillo —me respondió encogiéndose de hombros—. ¡Quiero ver Juego de Tronos y me has jodido la tablet! Así que hasta que me la arregles, me quedo con tu portátil.
—Pero… no sé yo… —balbuceé, rascándome la nuca.
Me clavó la mirada y añadió muy seria:
—¿Algún problema?
—No, no, ninguno.
Me di la vuelta y me volví a mi habitación pensando en qué excusa le iba a poner al día siguiente al profesor de microeconomía intermedia por no entregar mi trabajo.
La segunda vez que la vi enfadada, lo disfruté sentada en el sofá, contemplando cómo abroncaba al tío con el que se había acostado la noche anterior.
Le dijo de todo menos bonito.
El chaval no sabía ya ni dónde meterse.
Solo miraba a la puerta preguntándose dónde estaban las llaves para abrir la cerradura y largarse, pero como no lo sabía, pues allí seguía, aguantando el chaparrón.
Al final, cuando ya no pude aguantarme más de la risa, me metí la mano debajo de la nalga, las saqué y se las tiré para que pudiese huir.
Emma se volvió hacia mí con los brazos en jarra.
—¡¿Pero por qué le ayudas?! —me recriminó.
No fue como la primera vez. Ya llevábamos casi un año viviendo juntas y sabía que se había desenfadado hacía ya un rato. Seguía vacilando al tío solo por diversión.
—Había pasado a la categoría de tortura, Emma, y me ha dado pena —le respondí.
Era un chico muy mono y su único pecado había sido decir «No sé cómo se prepara café en un trasto de estos», refiriéndose a la cafetera italiana que estaba sobre los fogones.
Propietaria de la misma: Emma.
Menospreciar algo suyo, malo, muy malo .
—Eres una floja —me soltó—. A estos chavales hay que darles un poco de caña para que espabilen, que están agilipollados de pasarse toda la vida bajo las faldas de sus madres.
—Te voy a dejar a Sergio una semana, para que me lo endereces.
Se acercó corriendo y se dejó caer a mi lado, con las piernas cruzadas sobre el sofá.
—¿Quién es Sergio? —me preguntó con los ojos muy abiertos—. ¿Te has buscado un churri?
—De momento nos estamos conociendo.
—¿Pero de dónde ha salido?
Le conté cómo nos habíamos conocido y torció el morro ligeramente.
—Bueno, ya me lo presentarás.
Y lo hice, lo hice.
Diez minutos tardaron en empezar a pelearse. Todo porque Sergio era del Barça y Emma del Valencia a muerte. Cuando me cansé de que nadie me hiciese caso, la empujé a ella dentro de su habitación y me llevé al otro a la mía para que se ocupase de lo que se tenía que ocupar.
En cuanto terminamos me preguntó si podía irse al salón para seguir discutiendo con Emma.
Creo que ahí fue cuando empecé a darme cuenta de que a este chaval le faltaba un hervor. Pero era lo menos malo de la sección en la que a mí me dejaban hacer las compras, así que pensé en quedarme con él un tiempo y, cuando me di cuenta, se me había pasado el plazo de devolución.
Si no hubiese sido tan pasota, quizás habría considerado tener algo más serio, pero yo era demasiado impaciente. Enviarle un WhatsApp y tener que esperar al día siguiente para que me respondiese, para mí era casi un insulto.
Y volviendo a mediados de diciembre del año actual, una nueva discusión había vuelto a enturbiar la paz y armonía de nuestro pequeño apartamento .
—No, no y no, Nora, no quiero que venga otra vez cuando esté yo.
—Pero si le gustas un montón, no para de hablarme de ti cada vez que me ve.
—¡Ya, lo sé! Por eso no quiero verle. Porque él a mí no me gusta nada. —Empezó a enumerar cosas con los dedos de una mano—. No me gusta el heavy, no me gustan los ordenadores, no soy una friki como vosotros, así no, «res de res», ¿entendido?
Pero yo estaba preparada para esta ocasión.
Tenía un as bajo la manga.
—Le he visto cantar canciones de Bad Bunny —le informé muy despacio, haciendo especial hincapié en las dos últimas palabras.
Parpadeó un par de veces.
—¿Qué? ¿En serio?
—DTMF se la sabe entera, hasta la cantó en el karaoke que organizaron los de economía.
Sacudió la cabeza sin dejar de mirarme.
—¿Me estás vacilando, Nora?
—Te lo juro por mi vida.
—Vale. —Levantó el índice y me apuntó con él—. Pero háblale y dile que no me agobie con los mensajitos, que a mí eso no me va. Y que se duche, joder, que la última vez que vino olía que apestaba.
—Es que los gorditos sudamos mucho. La humedad en esta ciudad es una locura.
—Pues que se eche desodorante y se traiga una camiseta de repuesto si hace falta.
—¡Anda, ven aquí que te abrace! —le pedí abriendo los brazos.
—Menos rollo —me respondió fingiendo que seguía molesta—. ¡Como no consiga la clave de otra wifi, se queda sin cenar!
Levanté el dedo pulgar y asentí con firmeza.
Después me fui a mi habitación, cogí mi móvil y le envié un WhatsApp a Roger .
«Próximo fin de semana cena, ¿fajitas o chino? Besos de Emma. Tráete el portátil. Y una camiseta extra :-p».
Se va a pensar que lo de la ropa es una invitación para quedarse a dormir, me lo veo venir.
Me quedé mirando la pantalla del móvil, mordiéndome el labio.
Deslicé el dedo y abrí la parte de configuración. Toqué sobre el icono del wifi y unos segundos después apareció la lista de todas las que había alrededor de nuestro apartamento.
Había una que destacaba por la intensidad de su señal.
Y por el nombre que le habían puesto.
«A robar wifi a vuestra puta madre».
¡Qué creatividad, por Dios!