Capítulo 16 Game Over
El uno de diciembre me desperté a las seis de la mañana. Fui a la cocina, me hice un café y me lo tomé viendo las noticias, mirando de reojo el móvil que descansaba junto a mí.
Quería intentar una cosa antes de que el vídeo de Jara me llegase.
Pero todavía faltaban dos horas y las noticias, en fin, sin comentarios.
Así que volví a verlos todos para ir haciendo tiempo.
No eran muy largos, apenas duraban veinte minutos, pero el último, el que recibí el uno de noviembre, el mismo día que acabé en una comisaría y llegué a mi casa a las cinco de la mañana, solo lo había visto dos veces.
La primera, cuando me desperté al mediodía de aquel día y vi que me estaba esperando, y la segunda, cuando decidí hacer capturas de todos los outfits que me envió mientras me daba una masterclass sobre moda.
La verdad es que la muy jodida vestía súper bien.
Pero realmente esa parte me importaba menos. La que me interesaba era la que hablaba sobre los motivos por los que rompió con Hugo.
—Pensé en dejarle mucho antes de saber lo de mi enfermedad.
Cuando escuché aquello la primera vez, flipé en colores. Pensaba que estaba superenamorada de él.
—Le quería, bueno —bajó la cabeza y sonrió—, le sigo queriendo. Es imposible no quererle porque es un tío genial. Pero después de cuatro años, las mariposas en la barriga se habían ido apagando, sobre todo porque él solo pensaba en el fútbol y yo cada vez pintaba menos.
Estiré la mano, cogí la taza de café y le di un sorbo. Se había quedado helado. Pensé en ir a la cocina y calentarla, pero estaba tan a gusto tapada con la manta que renuncié .
—Y entonces le ofrecieron irse a Londres, al Chelsea —continuó Jara—. Su sueño de toda la vida. Pero sabía que, si no lo acompañaba, no se iría. —Negó despacio con la cabeza—. Y yo no pensaba ir a Londres, Nora. No quería dejar Valencia, ni a mi familia. Pero tampoco iba a ser un lastre para él.
Se llevó los dedos al puente de la nariz, presionando un momento, como si intentara contener algo antes de que se le escapara del todo.
—Tomé la decisión antes de las vacaciones, pero no tuve el coraje suficiente para hacerlo en ese momento.
Hizo el gesto de la victoria con la mano, pero la mueca de su cara dejaba claro que era pura ironía.
—Doña consejitos también la caga, ¿eh? —dejé caer, como si pudiese oírme.
—Necesitaba tiempo, tiempo para ordenar mis ideas, distanciarme un poco, y pensé que lo mejor sería esperar a que pasase Navidad.
—Se frotó la sien con un dedo—. No quería joderle las fiestas a él y a su familia, sobre todo a su madre, que me quiere un montón.
Pensé que lo mejor sería esperar a después, pero ya sabes lo que dice el refrán: «No dejes para mañana lo que puedas hacer hoy».
La toma cambió a un primer plano de su cara. Parecía otra Jara, mucho más seria.
—En septiembre me dijeron lo del cáncer.
Se me hizo un nudo en el estómago.
—Ya no esperé más. Le dejé esa misma tarde. —Otra mueca, seguida de una carcajada triste—. Fui un poco capulla y le dije que había conocido a otro.
Bajó la cabeza y guardó silencio, pero poco a poco sus hombros comenzaron a temblar. Cuando volvió a mirar a la cámara se estaba riendo.
—Y como me conocía bien, no se lo creyó. —Negó con la cabeza muy rápido sin dejar de reír—. Nunca se me ha dado bien mentir. —Paró y miró a la cámara—. Ya te imaginarás por qué lo hice así.
Asentí con la cabeza, lo sabía de sobra .
Yo también la conocía muy bien a ella.
—Querías que todos te recordásemos así de maravillosa —le respondí, pero no me hizo ni caso y siguió hablando.
—En fin, poco más. —Levantó su dedo acusador una vez más y, mirando a la cámara, añadió—: Como se te ocurra comprar algo más grande de una treinta y ocho… No sé ni lo que te haré, pero lo del patín será una minucia. ¿Entendido?
—Señor, sí, señor —le respondí.
A la mierda la vergüenza. Ya me daba igual hacer el payaso y seguirle el rollo.
El vídeo se acabó y aproveché para volver a mi café, aún más frío. Se había convertido en un café helado, que tampoco estaba mal.
Miré el reloj.
Ya casi eran las siete y media de la mañana.
Puse una nueva alarma a las ocho menos cinco y me fui al aseo, cogí la plancha del pelo y empecé a alisarlo mientras me miraba en el espejo.
—Aún me flipa que tuviese planeado fingir durante meses que en su relación todo estaba bien —le murmuré a mi reflejo—. ¿Yo sería capaz de hacer algo así por otra persona?
Hasta ese momento siempre había pensado que Jara era una egoísta, que me lo había robado sin pensar en las consecuencias, en el daño que me iba a hacer, pero después de escucharla, empezaba a tener mis dudas.
Había decidido hacer lo que fuese para ayudar a Hugo.
No era capaz de imaginarme lo que tenía que ser estar en esa tesitura. Volví a mirarme al espejo, a los ojos, fijamente.
—¿Tú te hubieses ido a Londres con él? —me pregunté a mí misma.
Entonces me acordé de mi padre.
De todas las veces que había renegado de sus métodos, pero tuve que volver a reconocer que funcionaban. Alejandro y yo éramos superindependientes. No nos temblaba el pulso si teníamos que coger un avión e irnos a la otra punta del mundo solos.
Pensé en todas esas personas que nunca hacían nada porque necesitaban a alguien. Ir al cine, de vacaciones, a cenar… La gente me miraba con los ojos abiertos como platos cuando les decía que a veces me iba sola a ver una película, o a un concierto, como si fuese un delito.
Ya me quedé sin hacer muchas cosas siendo adolescente. De primeras siempre se apuntaba todo el mundo, pero a la hora de la verdad, la mayoría se echaban atrás.
La alarma del móvil comenzó a sonar.
Volví corriendo al salón y la apagué para no molestar a Emma.
Lo sujeté entre mis manos y esperé a que pasasen los minutos que quedaban para las ocho.
Cuando solo quedaba uno, marqué el teléfono de Jara y esperé con el dedo preparado en el botón de llamada. Calculé que solo debían faltar diez segundos para las en punto, así que apreté y escuché los tonos.
No saltó el contestador.
En algún lugar, el teléfono de Jara estaba encendido y estaba sonando.
—¡Cógelo, coño, cógelo! —le grité a mi iPhone.
Pero nadie respondió.
Al final la llamada se cortó después de casi dos minutos.
Justo en ese momento, entró el vídeo de Jara.
El cuarto vídeo.
Me dejé caer en el sofá y volví a marcar el teléfono.
No hubo tonos, directamente saltó la locución:
«El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura».
Pensé en enviar un WhatsApp como la vez que lo intenté con Silvia, pero ya sabía cuál iba a ser el resultado, así que ¿para qué?
Miré el pequeño recuadro negro, dentro del chat de WhatsApp, que esperaba a que yo le diese play para reproducir su contenido.
Lo hice y giré el móvil para verlo a pantalla completa .
Apareció Jara, sentada en la silla de su escritorio, mirando fijamente a la cámara, hasta que arrancó a hablar.
—Lo más jodido de saber que te vas a morir no es morirte, ¿sabes, Nora? Lo más jodido es todo lo que aprendes, que ojalá hubieses sabido antes.
Hizo una pequeña pausa y suspiró, dejando caer los hombros como si el propio peso de la frase la aplastara.
Tras unos segundos volvió a hablar.
—Todos los sueños que tenías, que fuiste dejando para después y que ya no podrás cumplir, eso es lo que más duele. Te crees que tenías tiempo, que tenías toda la vida por delante y entonces, de repente, no hay más. —Levantó las manos y se encogió de hombros—. Game over, gracias por participar.
Dejó caer las manos sobre su regazo y entrecerró los ojos.
—Por eso te insistí tanto en los primeros vídeos que nada de dejar para mañana lo que puedas empezar ya.
La imagen cambió de plano y la cara de Jara apareció más cerca, tanto que se le veían los poros y una pequeña rojez alrededor de la nariz.
—Cuando estás en mi situación, solo puedes pensar en lo que no hiciste, en lo que dejaste a medias.
—Negaba con la cabeza mientras hablaba—.
En los amigos que perdiste y que ya no podrás recuperar, en las horas que dedicaste a chorradas que no servían para nada, dejando de lado a madres, padres, hermanos, las personas que realmente importan.
Una lágrima se derramó por su rostro deslizándose hasta la barbilla.
—Joder, tía —apretó los labios fuerte—, que te tengan que decir que la palmas para que por una vez en tu vida te des cuenta de lo que es realmente importante…
da puto asco. —Se llevó un puño a la boca y cerró los ojos durante unos segundos—.
No basta con que te lo diga un psicólogo o lo leas en un blog de autoayuda.
No, te tienes que morir. —Le vantó el dedo índice al aire—: Joder, morirte, tía, ¿te das cuenta?
Solo para poder empezar a entenderlo. ¡Y es una mierda!
Cerró los ojos un instante, apretándolos. Entonces echó la cabeza hacia atrás, los abrió, suspiró y volvió a mirar a cámara.
—Así que, por favor, Nora, no seas igual de idiota que yo —lo dijo despacio, palabra a palabra—, no pases de largo por este mensaje sin interiorizarlo. Grábatelo a fuego.
La imagen volvió a cambiar de plano.
Jara llevaba otra ropa, como si hubiese grabado en días diferentes, y aparecía sentada en el borde de su cama.
Se abrazó a sí misma, cruzando los brazos por delante del pecho, encogiéndose un poco.
—La primera noche, tras enterarme, no pegué ojo. Pensé en tantas cosas, hasta en tirarme por una ventana cuando empezase el dolor. —Levantó las cejas un par de veces—. ¿Cómo te quedas?
Se me paró el corazón.
Y después dejé de respirar.
Ella asintió varias veces con la cabeza.
—Pues sí, ¿por qué no? —Chasqueó los dedos—. Algo rápido e indoloro. Tres segundos de caída y adiós, Jara. ¿Qué más daba una semana más o menos?
Lo dijo de una manera tan fría que yo seguía sin reaccionar. No me imaginaba que hubiese pensado ese tipo de cosas.
De nuevo cambió de plano, esta vez desde los hombros, y otra vez en la silla, más recta y sonriendo.
—Bueno, pero no quiero aburrirte con esto.
Señaló con el índice hacia la cámara, apuntando directamente al objetivo con un gesto que parecía querer atravesar la pantalla y tocarme en el hombro.
—Llega Navidad, y Hugo lo va a pasar fatal en estas fechas porque serán las primeras Navidades en las que yo no estoy.
—Respiró profundo y continuó—: De la misma manera que yo aún le quiero, sé que él, en cierta manera, aún me seguirá queriendo y va a necesitar mucha ayuda.
—Dejó escapar todo el aire que había cogido hacía unos segundos y añadió—: Estar entretenido, hacer planes, salir, ir a alguna fiesta, así que, por favor, Nora, ayúdale.
Se levantó y caminó hacia la pizarra mientras la cámara la seguía.
—Ah, quiero que sepas que estoy orgullosa de ti, de lo bien que lo estás haciendo.
Me encogí sobre el sofá.
—No sé yo, nena —le respondí—. He tenido algunos pensamientos con respecto a Hugo que no sé si te gustarían.
Sonrió de nuevo y señaló a un dibujo bastante cutre que había hecho.
Era un patín eléctrico.
—Como muestra de mis poderes, ¡tachán! —Realizó un gesto bastante teatral con los dos brazos—. Tu ecológico medio de transporte te será retornado.
Me dieron ganas de pausar el vídeo y bajar corriendo al rellano para ver si era cierto, pero sabía que no hacía falta.
El patín iba a estar allí seguro.
—Te quiero muchísimo —la escuché decir.
Volví a sentirme un poco rastrera por lo que había pasado con Hugo durante el masaje y por las cosas que me imaginé cuando me ayudaba a estirar.
Sus ojos se humedecieron de nuevo, mucho más que la vez anterior.
—Y ojalá no me muriese. —Se frotó los ojos con el dorso de la mano—. Ojalá hubiese sido más valiente para decirte todo esto a la cara, pero no pude. Espero que algún día me puedas perdonar.
Hubo un corte, un salto brusco en la grabación, y apareció limpiándose la cara con un pañuelo de papel arrugado.
—Perdón, se me ha ido de las manos —explicó mirando a la cámara, sorbiendo un poco por la nariz—. Te dejo, hasta el próximo año.
Comenzó a reírse a carcajadas sin ningún motivo .
—Lo siento, lo siento. —Hacía gestos con las manos, como si intentase parar algo—. Se me ha ido la olla. He pensado que si te atragantabas con una uva acabaríamos viendo el próximo vídeo juntas y me ha dado la risa tonta.
Yo también me reí al escuchar la estupidez que acababa de soltar.
Guiñó un ojo, se llevó dos dedos a los labios, los lanzó hacia la cámara, y la grabación terminó.
—Hasta el año que viene, loca —me despedí yo también.