Capítulo 15 Mi Premio
—No puedo más, de verdad, que no puedo más —me quejé con los ojos ya húmedos.
Y no era mentira, estaba segura de que iba a dar un patatús allí mismo.
—Que sí puedes —me contradijo él—. Sigue, que puedes.
—Que no, joder, papá, que no puedo.
—Tu cerebro te dice que no puedes, pero tu cuerpo se sigue moviendo. No seas quejona y respira como te expliqué. Inspirar dos veces cortas y espirar dos veces cortas. ¡Venga, dale!
Cuando por fin terminamos la vuelta, seguimos caminando.
Según mi padre, aquella era la mejor manera de empezar en el atletismo. Dar una vuelta andando y después una corriendo, y así sucesivamente, incrementando cada semana una vuelta extra al trote.
¿De dónde sacó aquella idea?
Ni idea, porque mucho «lerele», pero mi padre no había hecho atletismo en su pu… santa vida. De hecho, siempre había estado gordo, pero gordo a tope, de pesar cien kilos con mi edad.
Sin embargo, con treinta y pico años, cuando yo no era más que un bebé, le pasó algo y perdió treinta kilos en diez meses. Se quedó hecho un figurín, el muy canalla.
Nunca le pregunté qué fue lo que le hizo bajar tanto peso de golpe en tan poco tiempo, pero sí me acuerdo de algo. Me contó que cuando estaba gordo tardaba tres horas en subir al peñón de Ifach, y que cuando ya estaba delgado lo consiguió en tan solo noventa minutos.
Creo que exageró un poco, pero nunca lo acompañé para comprobarlo .
Y sí, correcto. Si torturarme todas las tardes en la jodida pista de atletismo no era suficiente, los fines de semana me obligaba a hacer senderismo con él, y a veces vía ferrata también, lo que por cierto me daba un vértigo de impresión.
Pero entre tener que oír un interminable sermón sobre superar mis miedos y escalar, prefería lo segundo.
Ahora, muchos años después, he de reconocer que sus métodos, que con diecisiete años me parecían crueles, funcionaron. En seis meses consiguió que me pusiese tan en forma que ni yo misma me lo creía.
Y por fin fui libre.
O eso pensaba yo.
Pero no.
Porque después empecé a arbitrar y descubrí que, además de un erudito del atletismo, también era comentarista deportivo. Con especial énfasis en repasar todos los errores que había cometido la árbitra.
Gracias a Dios que solo le tuve que aguantar cinco meses. Los que tardé en irme a hacer las prácticas de la FP a Ibiza en primavera y perderle de vista hasta el verano.
—¿Me echas de menos, papá? —le pregunté una noche que le llamé.
—Eh… sí, claro, claro —me respondió sin mucha convicción.
¡Le daba igual lo que fuese de mí!
Y eso que las dos primeras semanas lo pasé fatal.
Me asignaron los peores trabajos, más horas que una burra y encima me colocaron a una tía asquerosa que fumaba como una puta carretera en nuestra habitación. Lugar que, por cierto, estaba en el sótano de un hotel, con una ventana que era del tamaño de un folio y que encima no se podía abrir.
—Me quiero volver a casa —le repetía llorando todas las noches cuando lo llamaba.
—No, Nora, no —se negaba él—. Tienes que ser responsable y consecuente con tus elecciones.
—Pero es que esto es un infierno —le explicaba yo .
—No, cielo —me contradecía con mucha paciencia, pero con argumentos completamente absurdos—. Trabajar en una mina es un infierno.
—Pero es que son muchas horas.
—Son ocho horas, como en todos los trabajos.
Otro argumento absurdo. Los funcionarios no hacen ni seis.
—Pero es que la tía que me han puesto en la habitación fuma.
—Pues tendrás que aprender a negociar con ella una solución.
Una hostia le hubiese dado de buena gana, pero me sacaba una cabeza.
—No pienso hablar nada con esa idiota.
—Bueno. —Le escuché reír—. Tú sabrás.
Nada, no conseguí nada de compasión por su parte, ni un ápice. ¡Maldito! Me tocó bajar la cabeza y trabajar. Sí, sí, trabajar, porque aquello de prácticas no tenía nada. Era una manera de tener empleados encubiertos sin dar de alta. O dados de alta, pero sin pagarles.
Cuatrocientos euros míseros me daban.
Habitación y comida, también.
Un robo.
Cinco años después, pensando de nuevo en retrospectiva, el trabajo de Ibiza no estaba tan mal. Con lo que te pagan en Valencia de camarera y con el coste de la vida actual, después de comer y pagar el alquiler, creo que no me quedarían ni los cuatrocientos euros limpios.
—¡Nora, te toca! —Escuché gritar a alguien.
Abrí los ojos y allí estaba Josué, el delegado de la federación de árbitros.
—Venga, niña, que parece que estés soñando despierta.
—Ya voy, ya voy, joder, qué estrés —murmuré mientras me acercaba a la línea de salida.
—¿Preparada? —me preguntó cuando ya estaba situada.
Asentí y él gritó «ya» .
Clavé la pierna izquierda con todas mis fuerzas y corrí, corrí tanto como pude, sin pensar en dejarme nada para después. Hasta cerré los ojos para no ver dónde estaba la llegada.
Cuando la rebasé y me detuve, tenía el corazón a mil por hora, con las manos apoyadas en las rodillas y el pecho tirando de aire a bocanadas.
—Siete segundos cincuenta y tres —me dijo su compañero.
Abrí los ojos de par en par al escuchar la cifra.
No estaba nada mal.
Ahora solo me quedaba repetirlo cinco veces más.
No sé si sería capaz, porque con la primera ya se me había escapado medio pulmón por la boca y solo tenía un par de minutos para recuperarme.
Alejandro, que andaba por allí, cotilleando como siempre, se me acercó y me dijo, dándome una palmada en la espalda:
—Joder, tata, tiempazo.
—Déjame morir en paz —intenté decirle mientras recuperaba el aliento, con la cabeza colgando hacia el suelo.
Gracias a Dios que la prueba de correr los dos kilómetros la habíamos hecho antes de las series de sesenta metros, porque si lo llegan a hacer al revés, me voy de cabeza a visitar a Jara al otro barrio. Cuando terminamos, tenía la ropa tan sudada que parecía que me habían sacado de una piscina.
—Enhorabuena, Nora —me felicitó Josué—. Estás dentro.
No pude ni sonreír.
Cuando intentaba enfocar la vista, veía chispitas apagándose y encendiéndose en mi campo de visión. Creo que estaba a punto de darme algo grave a nivel cerebral. Un aneurisma, puede.
—¿Nos hacemos un Whopper? —me preguntó Alejandro.
Fue escuchar aquella mágica palabra y me erguí de golpe, como si me hubieran pinchado con una aguja.
—Sí, por Dios.
—¿En el de la Malvarrosa? —me sugirió .
—En el que sea.
—Pero vamos andando, ¿no? —añadió él para que quedase patente una vez más que las mujeres somos más inteligentes que los hombres.
—Sí, lo que faltaba —le bufé—. Llévame en tu Audi, que para algo lo tienes.
Se estuvo riendo de mí durante todo el trayecto hasta el parking.
Cuando por fin nos sentamos en la hamburguesería, me miró a los ojos, con una cara de solemnidad que parecía la de un ministro, y asintió con la cabeza varias veces.
—Estoy orgulloso de ti, hermanita.
Respiré profundo y le devolví la mirada.
—¿Te he dicho que cada día te pareces más a papá?
—Sí, creo que sí. —Se rio de nuevo.
Después miró al fondo, a la barra, se volvió y apretó los labios.
—¿Lo de siempre?
—Sí, y dile que le pongan mucha mahonesa, por fi.
Volvió a reírse y se fue a pedir.
Gracias a Dios que el sitio estaba vacío, porque con lo lentos que son en los Burger King, si llega a estar a tope y tengo que esperar una hora para cenar, me muero.
Tenía más hambre que un maestro de escuela.
Me había pasado la última semana comiendo pechuga de pollo a la plancha, con un chorro de limón exprimido para darle sabor. ¡Ole, ahí, como si fuese de Murcia! Y para alternar, brócoli al vapor. Y sin poder quejarme, que al menos le podía echar cebolla sofrita con bacon para darle algo de sabor.
Pero lo peor no fue eso.
Llevaba una semana estancada, sin perder ni un gramo.
Menudo puñetazo le di al lavabo cuando vi que los números de la pantallita seguían siendo los mismos. Me dieron ganas de sujetar la báscula con las dos manos y tirarla por la ventana. Pero era de Emma y, si se la rompía, tendría que mudarme de casa como mínimo .
Me bajé, me senté en el váter, apreté todo lo que pude e hice pipí.
Me pesé de nuevo y marcaba doscientos gramos menos.
¡No era suficiente!
Me quité el sujetador y las bragas, me subí otra vez, y la muy hija de puta marcó lo mismo.
—¡Serás zorra! —le gruñí.
Creo que aquella cosa me odiaba.
Y yo a ella también.
Entonces levanté la mirada y me vi en el espejo. Completamente desnuda.
Se me hizo un nudo en el estómago y sentí cómo la ansiedad me invadía por completo. Hacía años que no me paraba a verme de verdad, con calma, fijándome en los detalles. Y lo que vi, tengo que confesar, no me gustó.
Intenté meter barriga como hacen los tíos cuando pasean por la playa, pero no sirvió de mucho.
Podía disimular un poco el abdomen sin respirar, pero tenía unos muslos imposibles de ocultar.
Me apreté el derecho con las manos y comprobé que la piel cedía ante la presión.
Estaba flácida y además aparecían un montón de bultitos.
La ansiedad dio paso a una sensación de melancolía. Mi cuerpo no tenía nada que ver con lo que salía en los anuncios o en las películas.
Me acordé de las chicas de Dove. Los cuerpos reales, las chicas curvy. ¡Joder! ¡Y una leche! Aquellas cuarentonas no tenían ni un gramo de celulitis, estaban de puta madre comparadas conmigo. Y encima eran todas guapísimas, con sonrisas blancas y perfectas y miradas sensuales.
¡Tenían de realidad lo mismo que tenía yo de astronauta!
Volví a ponerme la ropa, cerrando los ojos un instante mientras me abrochaba el sujetador, y me fui a mi habitación, cogí el móvil y busqué en el WhatsApp la conversación con Jara. Le di al tercer vídeo y avancé hasta la mitad.
No me apetecía nada ver la parte en que me abroncaba por haber roto las normas .
Me dijo que me había advertido, me regañó de nuevo, cerró los ojos, chasqueó los dedos y añadió que acababa de usar sus poderes para quitarme uno de mis bienes más preciados.
Miré hacia mi portátil y pensé: «No, otra vez no, por favor».
Ya había pasado por que me quitasen cosas.
Pero como no sucedió nada raro, no le di mayor importancia hasta el lunes. Cuando bajé al portal, descubrí que mi patín eléctrico había desaparecido.
Estuve llorando durante los cuarenta minutos que tardé en llegar a la universidad.
—…una talla menos de la que gastas ahora, o si no, talla única, pero como compres algo que sea más de la treinta y ocho, volveré a castigarte quitándote otra cosa o haciéndote algo peor.
—¡Pero que unos pantalones de la treinta y ocho no me caben, zoqueta! —le grité.
—En cuanto pierdas un poco de peso podrás ponértelos y notarás dos cosas: primera, te sentirás genial al ver que te puedes poner ropa que antes no podías. Experimentarás un subidón que te dará ánimos para seguir esforzándote. Y la segunda, como se retroalimenta, tendrás la autoestima por las nubes.
Hizo una pausa y se acercó a la cámara.
—No hace falta que me des las gracias, ¡pero no le vuelvas a enseñar los vídeos a nadie!
Apreté el «pause».
—Todavía estoy muy lejos de poder ponerme una treinta y ocho, Jara, solo he perdido ocho kilos, y esta semana ni un gramo —le expliqué a su imagen congelada, con el dedo todavía sobre la pantalla—. No puedo comprarme toda la ropa de esa talla, ¿y si luego no adelgazo lo suficiente?
Obviamente no hubo respuesta, el vídeo seguía pausado.
Lo puse en marcha, pero ella cambió de tema justo en ese instante.
—Llegados a este punto, voy a contarte por qué dejé a Hugo realmente .
La imagen cambió y apareció sentada en su cama, como siempre que se ponía en modo serio.
—No fue por mi enfermedad, como toda la gente piensa —afirmó antes de comenzar con la explicación.
Cuando terminó, se me hundieron los hombros por completo.
Lo que relató me generó un nudo tan grande en el estómago que me dio un ataque de ansiedad.
Decidí que ya estaba harta de todo. De Jara, de entrenar, de mi hermano, de ser árbitra de nuevo, de las pruebas que eran en unas semanas, y cogí las llaves para bajar al súper.
Iba a comprarme una tarrina de Häagen-Dazs enorme y atiborrarme a helado. Necesitaba algo rico en mi vida, aunque solo fuese por un rato.
Pero justo en ese momento me entró un WhatsApp al móvil.
Era de Hugo.
Y cuando lo leí, se me aceleró el corazón tanto que me olvidé del helado. Solo eran seis palabras, pero aquel mensaje hizo que no me rindiese.
—Aquí está la comida —anunció Alejandro, dejando la bandeja sobre la mesa de un golpe.
¡Me dio un susto de cojones!
Se quedó mirándome de reojo y añadió:
—Últimamente siempre estás en la parra, hermanita.
—Tengo muchas cosas en la cabeza —me excusé.
Pero no era verdad. Solo podía pensar en una cosa: Doble Whopper con extra de mahonesa para Nora, la superárbitra recién reincorporada a la federación valenciana.
Me froté las manos con la boca ya haciéndoseme agua.
Estiré los brazos, con las palmas hacia arriba para recibir mi bandeja con mi premio, pero algo salió mal.
¡El Whopper no estaba!
En su lugar, había una mierda de bol de color verde con cuatro asquerosas hojas de lechuga que se asomaban por el borde .
—Te he pedido una ensaladita César. —Sonrió el cabrón de mi hermano—. Que ahora que te estás poniendo buenorra, no querrás echarlo todo a perder.
No me pude contener.
Se me arrugó el mentón y comencé a llorar desconsoladamente.
—¡Pero por qué me odiáis todos! —balbuceé entre lágrimas, tapándome la cara con las dos manos.
Alejandro se sentó a mi lado y me pasó el brazo por encima del hombro.
—Que no te odio, tontita, pero es una lástima, con lo bien que vas.
Me giré hacia él y le miré a los ojos, con los labios temblándome.
—Pero me merezco un premio —protesté sollozando.
—No hay mejor premio que la satisfacción de saber que lo has logrado —me respondió guiñándome un ojo.
Con los ojos aún llorosos, le solté lo primero que me vino a la cabeza.
—¡Ese premio es una mierda!
Cuando conseguí calmarme, cogí mi iPhone, busqué el último mensaje de Hugo y volví a leerlo.
«¡Suerte con las pruebas de árbitra!»
Sonreí a la pantalla.
—Te debo una, rey —susurré sin que mi hermano me oyese.