Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 14 Superarlo
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Capítulo 14 Superarlo

Todo el mundo dice que los estudiantes viven que te cagas, que la vida del estudiante es la repolla, que bla bla y más bla. No tienen ni pajolera idea de lo que es la vida del estudiante de verdad.

Yo me levanto todos los jodidos días a las seis de la mañana, desayuno un triste y mísero café con leche desnatada y sacarina, porque estoy haciendo ayuno intermitente y me da igual si eso lo rompe, porque odio el té.

Me tiro casi media hora repasándome el pelo con la plancha por culpa de Emma.

—Es importante que sigas haciéndolo para mantenerlo liso y perfecto —me dice todos los días.

Además de lavarme los dientes, ponerme crema hidratante, maquillarme un poco, solo un poco, elegir la ropa, preparar la mochila, el portátil y un largo etcétera de cosas, de las que siempre se me olvida alguna.

Tengo que caminar cuarenta minutos hasta la facultad. ¿Por qué? Porque me pasé de lista y no supe tener la boca cerrada.

—Te dije que, si volvías a enseñar los vídeos, te castigaría con mis poderes paranormales —me repitió Jara—. Así que, ale, fuera patín. A caminar, por desobediente.

¡La madre que la parió! No sé cómo lo hizo, pero lo hizo.

Solo me consuela que, según Alejandro, con las caminatas y entrenar en la pista de atletismo un par de veces a la semana iba más que sobrada para las pruebas de árbitra.

Después me paso seis horas yendo de un pabellón a otro, porque los iluminados que organizan las aulas no son capaces de poner todas las clases seguidas en la misma, y nos tienen a media universidad dando vueltas como borregos.

Cuando llega la hora de comer, estoy tan floja que a veces no soy capaz ni de levantar el tenedor.

No es que no tenga hambre, que la tengo y mucha.

Pero me da tanta pereza cocinar que prefiero no comer e irme directamente a la cama.

Pero como las tripas no paran de sonar, no soy capaz de dormirme y al final termino comiendo a las cuatro de la tarde, cuando aprovecho para ponerme morada.

Al menos esta rutina me ayuda a cumplir los horarios del ayuno intermitente. Esto último, lo del ayuno, ha sido idea de mi hermanito. ¡Cómo no!

Menuda charla me dio sobre todos sus beneficios.

Pensé que por fin me habría librado de las interminables explicaciones de mi padre y aparece su hijo para cumplir el refrán «de tal palo, tal astilla».

Cuando un humano normal pensaría que el día ya se ha acabado, me toca estudiar todo lo que he aprendido durante la mañana. Hacer trabajos, resumir temas, preparar presentaciones en Canva, realizar proyectos y mil cosas más.

Como hasta las doce aún puedo comer, me doy una vuelta por la cocina y atraco la nevera. Y lo más flipante es que, cenando como un jabalí, he perdido cuatro kilos ya.

Pero sigamos con la «maravillosa» vida del estudiante.

Si además es martes o jueves, me calzo la ropa de hacer ejercicio, me voy hasta la parada del tram y espero a que aparezca Hugo, que amablemente se ofreció a echarme un cable después de estar a punto de morir en mi primer entrenamiento.

Me cuela con su tarjeta, y vuelvo a la universidad para correr durante una hora.

Y aún queda una cosa más los miércoles, en la que prefiero ni pensar.

Sí, correcto, el baile.

Así llevo ya casi dos meses.

Con un tren de vida que ni una estrella de rock estando de gira .

El único momento guay que tengo es aprovechar lo que dura el viaje de vuelta en tram para hablar un poquito con Hugo y enterarme de cómo va llevando el duelo.

—No entiendo cómo lo haces, tío —le dejé caer ayer.

—¿A qué te refieres?

—Joder, entrenas por las tardes con el equipo, luego corres en la pista y además juegas los fines de semana. —Apoyé la cabeza contra la ventana y suspiré—. Yo creo que me moriría.

Ay, mierda, seré burra.

Estoy soltando lo primero que me viene a la cabeza sin acordarme de que la novia de este chico falleció hace ocho meses.

¡Dios, Nora, no puedes ser más zoqueta!

—Te acostumbras —me respondió, con la vista clavada al frente.

No le dije nada más. Había gastado todo el cupo de palabras que podía emitir después de aquel día. El oxígeno que me quedaba era el justo para llegar a casa, ducharme y caer derrotada en la cama.

—En verano, durante las vacaciones, lo llegas a echar en falta.

Le miré por el rabillo del ojo.

¿Echar en falta el qué? ¿Esto del ejercicio? Ay, madre, este tío estaba chalado. ¿Cómo iba a echar alguien en falta este tipo de tortura moderna?

—En septiembre, con la vuelta a la rutina, los primeros días se nota.

Abrí la boca muy grande.

¡Ahora lo entendía yo todo!

Por eso me estaba costando a mí tanto, porque en vez de en septiembre empecé aún más tarde, en octubre, por culpa de Jara, obviamente, que no me dio las indicaciones desde el principio.

—¿Sigues enfadada por lo de Halloween? —me preguntó tras medio minuto de silencio.

Giré la cabeza y le vi allí, sentado a mi lado, mirándome, más «bonico» él. Con su cortavientos ajustado y su pelo aún húmedo por el sudor .

—No me enfadé realmente.

Quería explicarle lo de Jara para que lo entendiese, pero no podía, y además tenía miles de preguntas que hacerle sobre ella, pero no sabía si era buena idea. No quería ponerle triste. Se supone que mi misión era apoyarle, pero no tenía ni idea de cómo hacerlo.

Y el inútil de ChatGPT no me había resuelto nada.

Que le escuchase, me había escrito cuando le pregunté «¿Cómo ayudar a una persona a superar el fallecimiento de su pareja?»

¡Pedazo de memo! ¡Si no suelta prenda, cómo leches voy a escucharle!

—¿En qué piensas?

¡Ya estamos! Solo me hace preguntas, así es imposible.

—Pues estaba pensando en la IA, que no dejan de salirme cosas en Instagram de que si es mala, que le quita el trabajo a la gente, que cada vez nos hace más tontos.

—Vaya —me respondió con las cejas levantadas.

—¿Te sorprende? —le dije enseñándole las palmas de las manos—. Estoy estudiando marketing, rey. Se usa mucho para crear contenido, cada día más. Hasta el panadero hace ya los carteles usando DALL-E.

—¿ DALL-E? —Frunció el ceño ligeramente—. ¿Ese no era el robot que recogía basura?

Me tuve que tapar la boca con las dos manos para no desternillarme de la risa allí mismo.

—No, joder —le dije cuando por fin conseguí parar de reírme—. Ese era Wall-E.

Sonrió y negó con la cabeza.

—Pobrecillo bicho —añadió él, dándose un golpecito en la sien—. Se pasa toda la película persiguiendo al otro robot que parece un huevo y que solo piensa en su misión.

Apreté los labios y le miré a los ojos.

—Eso pasa mucho, ¿sabes?

—¿A qué te refieres ?

Cogí todo el aire que pude y dejé salir un poquito de sinceridad sin filtros.

—A gente que se pasa toda la vida persiguiendo a alguien sin que la otra persona se dé cuenta.

No dijo nada más.

Apoyó la cabeza en el cristal y se quedó en silencio durante el resto del trayecto. Solamente cuando el altavoz del tram anunció la penúltima parada, volvió a hablar.

—Perseguir a alguien que no se da cuenta no es tan malo. Solo tienes que gritarle más fuerte para que se entere. —Se levantó y cogió su bolsa—. Es peor cuando la persona que quieres perseguir ya no está.

Aquellas palabras me cayeron como bola de demolición.

Bajé la cabeza tanto que pensé que me iba a tocar las rodillas.

En vez de hacerle pensar en algo bonito, había conseguido todo lo contrario, recordarle que Jara ya no estaba.

—Lo siento, Hugo —murmuré, retorciendo la correa de la mochila entre los dedos.

—¿Por qué?

—Por hablar de más y meter la pata.

Me sujetó la barbilla y me empujó la cabeza hacia atrás, obligándome a mirarle a los ojos.

—Quería muchísimo a Jara, ¿sabes? —me empezó a contar—. Cuando me dejó, la simple idea de vivir sabiendo que ella estaba ahí y que ya no estábamos juntos se me hacía insoportable.

Hizo una pausa y respiró muy profundo.

—Después enfermó e hice todo lo posible por volver a verla, aunque solo fuese una vez, pero se negó en redondo. Y yo no entendía el motivo.

Se quedó mirando a través de la ventana. No sé a qué o adónde, pero en silencio.

Yo sí entendía a Jara, pero no porque fuese más lista que él. Era el mismo motivo por el que no quiso arreglarse conmigo cuando supo que iba a morir.