Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 13 El Besucón
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Capítulo 13 El Besucón

La sala de informática de la facultad estaba a tope los jueves por la mañana. Era el jodido refugio de toda la gente entre clases. Y al fondo del todo estaba él escondido. Ya lo tenía calado. Siempre se ponía en el mismo sitio, en la esquina que daba a la pared más alejada de las ventanas.

Lo hacía porque, según me había contado él mismo, allí pegaba el aire acondicionado con más fuerza que en ningún otro sitio. Nos habíamos hecho muy colegas durante el primer año de la uni. Yo creo que él me vio y me reconoció como de su tribu cuando coincidimos en clase.

Los dos vestidos de negro, con ropa súper ancha. La suya de grupos de heavy y la mía de series de anime y manga. No tenía claro si a él le pasaba lo mismo que a mí, que me vestía así para disimular que me sobraban veinticinco kilos.

Y lo digo por el siguiente motivo: le había visto en las fiestas de los jueves cantando reguetón. Se sabía todas las putas canciones de trap del universo y si algo sabía yo de los heavys, es que esos no escuchaban a Bad Bunny ni aunque les apuntases con una metralleta.

Tampoco le pregunté nunca. No quería que se ofendiese o algo y me dejase de ayudar con mis problemas técnicos.

Me acerqué despacio hasta el fondo de la sala, cogí una silla vacía que había por allí, me senté a su lado, muy cerca, y carraspeé.

—Holi, Roger.

Levantó la vista de su portátil un segundo y frunció el ceño.

—¿Has vuelto a perder la contraseña del wifi del vecino ?

Parpadeé un par de veces y abrí la boca para responder que no, que estaba allí por otro motivo, pero recordé que al comprarme el iPhone no se la pude poner, porque no la encontré.

A ver, no la había perdido, eso seguro.

La tenía muy bien apuntada en un papel, que tampoco había extraviado, porque estaba guardado en un sitio.

El problema es que no me acordaba en cuál.

—No, calla, coño, es otra cosa —le informé en voz baja, tapándome la boca con la mano.

—¿Se te ha vuelto a cerrar la sesión de Amazon de tu padre?

—¡Que no, cojones! ¿Te quieres callar y dejar que te explique? —le dije levantando ligeramente la voz sin darme cuenta.

—Eh, vosotros dos —nos increpó un chico que estaba delante, girándose entero en la silla—. ¡Aquí no se puede hablar!

—¡Pues no hables! —le respondí yo, sacándole la lengua.

¡Sería gilipollas el tío!

Acerqué la silla todo lo que pude a Roger y le susurré al oído.

—Tengo un problema de telefonía.

—A ver, ¿qué se te ha roto? —me preguntó.

Levanté la cabeza por encima del monitor de su portátil, no sé por qué, fue un acto involuntario. Entonces me encogí de nuevo, pegué mi hombro al suyo y le hablé al oído.

—¿Se puede programar WhatsApp para que envíe un vídeo automáticamente en una fecha concreta? Sin que la persona que lo envía tenga que hacer nada en ese momento.

Me miró un segundo y se llevó un dedo a la sien. Después se giró del todo hacia mí en la silla, con los codos apoyados en las rodillas.

Apretó la mandíbula y ladeó la cabeza.

—A ver, el WhatsApp oficial no tiene ninguna función nativa para programar envíos, eso para empezar —dijo—. Pero se puede hacer igualmente, solo que requiere un poco más de montaje.

Los ojos se me abrieron del todo .

¡O sea, que Jara podía haber dejado los vídeos programados sin necesidad de que nadie le ayudase a enviarlos! Esta era una pieza nueva en el rompecabezas.

¡Una pieza muy grande!

¡Enorme!

Roger siguió hablando mientras yo pensaba en las que ya tenía y en cómo encajarlas entre sí para entender un poco lo que estaba pasando en mi vida.

—La manera más sencilla sería usando WhatsApp Business API, que es la versión para empresas.

Esa sí permite automatizar mensajes mediante plataformas externas, conectando todo con un servidor que ejecuta el envío cuando le dices.

—Se rascó la nuca y empezó a enumerar cosas—.

Pero necesitas una cuenta Business verificada, un número dedicado y acceso a la API, que Meta no le da a cualquiera.

Fue como si me hablase en chino mandarín.

No entendí una mierda.

Solo que se podía hacer si tenías eso de la API y una cuenta de no sé qué verificada.

Lo que saqué en claro fue que, pagando, era posible.

—Vale, vale, o sea, que se puede —repetí, asintiendo despacio para hacer como que iba entendiendo.

Miró al techo durante unos segundos antes de responder.

—Se puede, pero es muy complicado.

Bien, se puede.

Punto.

Vamos con la siguiente pregunta.

—¿Y el móvil desde el que se envían tiene que estar encendido?

Miró un segundo a la pantalla de su portátil.

—Tiene que tener la sesión abierta en el servidor, sí. El teléfono físico puede estar apagado, pero la sesión web tiene que mantenerse activa. —Frunció el ceño—. ¿Por qué me preguntas todo esto? ¿Qué quieres hacer?

Me acerqué a su mejilla y le di un beso en señal de agradecimiento .

—¡Ya te contaré, pero me has ayudado un montón!

Me quedé mirándole.

¡Era un crack este chaval!

La próxima semana volvería a la sala de informática para invitarle a casa a cenar fajitas de las que venden en el DIA, que están buenísimas. Unas patatas fritas, unos refrescos y así de paso le pediría que me sacase de nuevo la contraseña del wifi del vecino.

Pero sucedió algo muy raro.

Algo con lo que yo no contaba.

Él también me miraba fijamente y entonces noté que comenzaba a acercarse, lentamente, hacia mí, y a medida que lo hacía, estiraba los labios e iba cerrando los ojos.

Giré la vista hacia su portátil. Recuerdo que pensé en cogerlo, ponerlo entre su boca y la mía, y dejar que actuase de barrera, pero por algún motivo que desconozco, mis brazos tardaron una barbaridad en reaccionar.

Y él cada vez estaba más cerca, apenas a dos centímetros.

Así que hice lo que me habían enseñado que se hacía en las discotecas ante estas situaciones.

Me eché hacia atrás.

Un poquito solo.

Pero no sirvió, porque él siguió acercándose.

Así que me eché más para atrás aún.

¡Y catacrash!

Putas sillas con ruedas.

Al inclinarme tanto, patinaron hacia delante, la silla salió disparada de debajo de mí y me caí de espaldas, dándome una soberana hostia, que todavía no sé cómo no me desnuqué allí mismo. Si no llega a ser porque la pared estaba prácticamente al lado, me habría dejado la cabeza contra el suelo.

Por el amor de Dios, qué dolor.

Toda la gente que estaba en las últimas filas se puso en pie. Alguien se acercó para ayudarme. El propio Roger, al que tenía ganas de calzarle un guantazo, lo hizo también. Al final me recompuse como pude, sacudiéndome los vaqueros con las dos manos.

Miré a ver si mi dignidad estaba por allí, pero como no la vi, apreté los puños y me fui.

¡Cómo no!

Seguida de Roger, al que de repente le entraron ganas de disculparse por lo que había pasado.

—Lo siento, Nora, lo siento —me repetía.

—¡¿Pero tú eres tonto o qué te pasa?! —le grité cuando salimos.

—No sé —me dijo con la cabeza baja—. Te acercaste tanto, y luego te quedaste mirándome casi un minuto, sin hacer nada, que pensé que era una señal.

Me llevé las manos a la cabeza y me las coloqué en la nuca.

¿Qué le podía decir yo ahora a este?

Se me ocurrió una idea genial. Pensé que sería lo mejor y más rápido, para no tener que decirle que no me gustaba, que no era mi tipo. No quería hacerle sufrir de manera gratuita.

Supongo que estas cosas solo las hace una persona a la que ya la han jodido muchas veces con la frase de «es que yo te veo más como una amiga».

Eso me pasó una noche con un idiota en la disco, a las tres de la mañana.

¡Y una mierda como una amiga, capullo! ¡Venga ya, si nos habíamos conocido dos horas antes!

Eres un tío, estás soltero y se te pone a tiro una tía como yo, aunque esté un poco gordita, ¿y me dices que no? ¡Con siete cubatas en el cuerpo! ¡Lo que pasa es que no te he gustado y punto! Pero ten un poco de mano izquierda, asqueroso.

Dime que tienes novia.

¡Miénteme!

No me dejes la autoestima por los suelos.

Eso le tendría que haber dicho, pero no estuve fina ese día.

—Roger, cielo, presta atención —le pedí .

Coloqué mis manos delante de la boca, como si estuviese rezando, y con los labios apoyados contra ellas, seguí hablando.

—Yo tengo pareja, Roger.

Después respiré profundo y seguí explicándole.

—Lamento si te ha dado la sensación de que tenía algún tipo de interés en ti más allá de la amistad.

Me empezó a dar pena el pobrecito y se me humedecieron los ojos. ¡Joder, joder, si es que además es muy buena persona! En otro momento, hasta quizás le hubiese dado una oportunidad, pero con todos los frentes que tenía abiertos, como para meterme en más saraos.

—No lo sabía —me respondió él aún cabizbajo, con los hombros caídos.

Ay, pobrecito, estaba más mono, y tan vulnerable. ¡Qué penita me dio verle así!

—No volveré a molestarte —añadió.

—Eh, eh. —Le hice que levantase la cabeza dándole un toque en el mentón—.

No, no, no, cariñet. No vamos a dejar de ser amigos, aunque hayas intentado partirme la nuca.

—Me dio la risa tonta al recordar el batacazo que me acababa de dar—.

Y para que veas que esto no tiene importancia, si quieres, la semana que viene te invito a cenar fajitas otra vez.

Se le iluminaron los ojos como dos faroles.

—¿En serio?

—¡Y tan en serio! —Le di un pequeño codazo—. Y estará Emma, que sigue sin churri, así que tú tranqui, que yo me pasaré toda la semana hablándole bien de ti. ¿Te parece?

Asintió muy rápido, casi como un muñeco de resorte.

—Pero tráete el portátil, por si acaso hiciese falta hackear algo.

—Sin problema, Nora.

Se despidió de mí con un apretón de manos y regresó a la sala de informática .

Me quedé allí un rato parada, con los brazos cruzados y la mirada perdida en el pasillo. Se podían mandar WhatsApps de manera automática, sí.

¿Pero cómo podía Jara haber conseguido que mi patín eléctrico desapareciese?