Capítulo 12 Prisionera
—Nora —le escuché llamarme—. ¿Tienes un segundo?
Le miré de arriba abajo. Ya no llevaba pantalones cortitos. En su lugar llevaba un legging de tío, que le marcaba unas piernas que parecían aún más fuertes que cuando las llevaba al aire. Y como ya empezaba a hacer rasca, también iba tapado de arriba.
Una versión otoñal del Hugo deportista.
—Sip. —Le miré seria—. ¿Qué?
Se rascó la nuca y pareció dudar un momento si hablar.
—No quiero molestarte, pero es que…
—Venga, dale, que tengo que empezar —le urgí, que se me iba la hora.
—Es por el tema de los estiramientos.
Ay, jobar, es verdad, siempre se me olvida. De hecho, me explicó cómo eran y creo que solo los hice las dos veces siguientes. Como ya no me volvieron a dar agujetas, pasé olímpicamente del tema.
—Perdón, perdón —le rogué haciendo una pequeña reverencia.
Aunque, por otro lado, no me hubiese importado que me saliesen agujetas otra vez y que me diese un masaje mágico de nuevo. Una parte de mí pensó en mentirle y decirle que volvía a tenerlas, que quizás… pero mi lado racional acabó llevándose el gato al agua.
—Hoy estiro sin falta, te lo prometo —afirmé completamente convencida de que lo haría.
—¿Te acuerdas de todos los movimientos?
Me quedé inmóvil.
No sabía hacia dónde mirar para disimular.
¡Maldita sea !
Por eso había dejado de hacerlos, porque no los recordaba, eran un montón. Si me los hubiese apuntado o algo, pues no se me habrían olvidado, pero como me los explicó después de darme el masaje, no me enteré de nada.
—Me vendría bien un repaso —confesé.
—¿Te parece bien cuando termines? —me sugirió—. Me avisas, que estaré por ahí haciendo algo de fuerza. —Señaló al lugar más maravilloso de la pista de atletismo.
El gimnasio bajo las gradas.
Asentí y me di la vuelta sin dejar de pensar en lo que pasó allí dentro.
—Tengo que preguntarle a ChatGPT dónde dan masajes así —murmuré mientras me alejaba hacia la línea de salida.
Me puse los AirPods y comencé a trotar. Cinco vueltas corriendo y una caminando para descansar.
Por algún motivo que desconocía las primeras se me hacían un mundo.
Cuando llevaba una y media ya me daban ganas de mandarlo todo a la mierda y largarme, pero en cuanto comenzaba la tercera, de repente me empezaba a encontrar bien y aguantaba hasta la quinta sin problema.
Incluso me daban ganas de acelerar un poco, pero no lo hice, porque ya la cagué por dejarme llevar.
Me emocioné y acabé hecha una piltrafa. Ni pude terminar la última serie, así que nada de querer avanzar más rápido. Cada cosa a su tiempo.
Terminé las dos primeras series pasando de los nueve minutos por poco. Las dos semanas siguientes tendría que apretar sí o sí.
Decidí acercarme a beber un poco de agua de la fuente, porque estaba medio seca.
Miré un momento al suelo mientras caminaba.
Las zapatillas nuevas que me había comprado eran comodísimas.
Tuve que darle las gracias a Emma doce veces, porque fue ella la que me dijo que tenía que jubilar mis viejas Adidas.
Me morí de pena cuando las eché al cubo de la basura. Les tenía mucho cariño .
Escuché un ruido más allá, en el pasillo que atravesaba las gradas por debajo. Me asomé curiosa, pero no había nada. Volví a oírlo. Era un sonido metálico, de piezas chocando unas contra otras.
Venía del gimnasio.
Me acerqué despacio, sin hacer ruido, pegada a la pared, y me asomé poco a poco.
Vi a Hugo, al fondo, en una de las máquinas de tortura, de espaldas a la puerta. Sentado en un banquito, con los brazos estirados, mientras se sujetaba a una barra y tiraba de ella.
Se había quitado la camiseta y se le veían los dorsales completamente marcados.
Se me secó la boca de golpe. Cada vez que tiraba de la barra hacia abajo, una cosa enorme llena de placas se levantaba por detrás de la máquina.
¡Había docenas! No sé cuánto peso estaba levantando, pero seguro que muchísimo.
El tono y el volumen que tenía eran increíbles.
Me tenía embobada mirándolo sin parar, con las manos apretadas contra el marco metálico de la puerta.
Ni me acordaba de que me faltaban dos series para terminar.
Entonces de repente soltó la barra y todas las placas cayeron de golpe contra el fondo, haciendo un ruido brutal.
Me giré rápido y me quedé junto a la entrada, apoyada allí mismo, con el corazón latiendo más rápido que cuando estaba corriendo.
¡No me había pillado espiándole de milagro!
No quería que me viese y se pensase algo raro, como que me gustaba o qué sé yo.
Jara había sido muy específica en sus instrucciones respecto a él.
¡Apoyo emocional! ¡Nada más!
Volví a la pista como alma que lleva el diablo para terminar mis dos series. Cuando lo hice, volví por el gimnasio jadeando y me asomé de nuevo, pero esta vez sin disimular.
Pero él ya no estaba allí.
Me acerqué a la máquina y miré las placas. Tenía puesto el pitorro ese que se pone para elegir el peso en noventa kilos. Doce más de lo que pesaba yo. Y el tío podía con ello .
Miré la barra, estiré las manos, la cogí e intenté tirar de ella.
En vez de bajar, me quedé yo colgando.
La solté y volví a mirar las placas.
—¿Pero cómo puede levantar esto? —me pregunté a mí misma.
—¿Quieres probar? —escuché detrás de mí.
Me giré rápido y le vi.
Era él.
Se me hundieron los hombros al ver que llevaba camiseta.
Negué con la cabeza y me acerqué.
—Mejor vamos con los estiramientos.
Volvimos a la pista, donde ya no quedaba nadie, y la cruzamos para llegar al césped.
—Túmbate ahí mismo —me indicó.
Me senté primero y después me eché hacia atrás hasta quedar boca arriba, notando cómo las briznas de hierba me pinchaban en los brazos mientras contemplaba el cielo ya oscuro de noviembre.
—Dobla las rodillas.
¡Ale, ni por favor ni nada! Ordeno y mando. No me extraña que hubiese congeniado también con Jara. Eran tal para cual.
Se puso a mi lado y me miró un segundo.
—Vamos con la izquierda.
Sin más aviso, me cogió la pierna por el tobillo con una mano y por la corva con la otra, y empezó a elevarla despacio.
—Dime cuando notes tensión.
—Ya —me salió del alma.
—Pero si casi no la he levantado —se quejó él—. Relaja la pierna, por favor, que no estás ayudando.
Qué fácil era decirlo. Suspiré e intenté soltar el músculo, dejando el peso muerto en sus manos, y él continuó subiendo hasta que la pierna formó casi un ángulo recto con el suelo.
—Ahí —me dijo—. ¿Notas el tirón aquí?
Me colocó la mano en la parte posterior del muslo .
La noté, grande, sujetándolo, y me vino a la cabeza de nuevo aquella tarde del masaje. Se me erizó la piel de los brazos instantáneamente y el corazón empezó a palpitarme más rápido.
Asentí sin hablar.
Me estaba haciendo un daño de la hostia, y aun así, por dentro, algo empezaba a removerse de nuevo.
—Bien. Aguanta.
Treinta segundos, o quizás más, me tuvo con la pierna de aquella forma tan dolorosa, mientras me sujetaba con una mano por el tobillo y la otra seguía en el muslo.
—Ahora voy a llevarla hacia ti —me avisó.
Empujó despacio, acercando la rodilla hacia mi pecho, y tuve que agarrarme a la hierba con los dedos para no tensar la espalda sin querer.
—Nora, respira despacio —me pidió.
—Lo intento —gruñí.
Solté todo el aire de golpe e inspiré de nuevo. La pierna cedió otro par de centímetros hacia dentro mientras la parte posterior del muslo se acordaba de toda la familia de mi personal trainer.
Él ni se movió.
Mantuvo la presión con las manos, con la rodilla casi pegada a mi pecho y la cara inclinada hacia mi pierna.
Entrecerré los ojos y me fijé en su mandíbula.
Tenía una cicatriz pequeñita que no le había visto nunca.
Quise levantar la cabeza para mirar más de cerca, pero no pude. Me tenía prisionera entre sus manos.
Aquella palabra, prisionera, desató un torbellino de sensaciones en mi mente.
Nunca había sido la prisionera de nadie.
Cerré los ojos y de repente me vi a mí misma boca abajo, con las manos esposadas a la espalda, sobre la camilla del gimnasio mientras Hugo recorría mis piernas con sus pulgares.
Lo hacía despacio, igual que la última vez.
Solo que esta vez no había pantaloncitos que le detuviesen.
Siguió subiendo y subiendo, por el culo, por la espalda, hasta que llegó a la nuca y hundió sus manos entre mi pelo .
—¿Quieres ser mi prisionera? —me susurró al oído.
Tragué saliva mientras sentía su aliento recorriendo mi nuca.
Asentí rápido.
—¡Quiero, quiero! —respondí en voz alta.
—¿Cómo dices, Nora? —me preguntó él.
Abrí los ojos y le vi allí, en medio del césped de la pista de atletismo, sujetándome la pierna.
Parpadeé rápido y solté lo único que se me ocurrió.
—¡Quiero, quiero cambiar! ¡De pierna, me refiero! —dije dándome un par de palmadas en la que tenía libre.
Él ladeó la cabeza y pareció conforme.
—Bien, vamos con la otra.
Se colocó a la derecha y repitió el proceso.
—Tienes los isquiotibiales muy acortados —afirmó, casi más para sí mismo que para mí.
—Gracias —conseguí mascullar entre el dolor—. Es lo más bonito que me has dicho desde que me llamaste payasita hace un mes.
Levantó la vista hacia mí un segundo y sonrió.
—Anda, si sabes sonreír y todo —gruñí, y noté que se me hacía un nudo en el estómago al ver lo guapo que era.
Negó con la cabeza con el gesto divertido aún en la cara.
—Venga, payasita, arriba.
Me levanté del suelo y me explicó lo siguiente que íbamos a hacer, pero yo solo me quedé con que debía sujetarle de un hombro, para no caerme. Después debía levantar una de mis piernas hacia atrás y llevarme el tobillo hasta el culo.
Lo intenté, pero no conseguía concentrarme, porque aquello estaba tan duro que no parecía un hombro. Cuando por fin levanté la pierna lo suficiente y cacé la zapatilla, no fui capaz de soportar el tirón y el pie volvió al suelo.
Hugo suspiró y se rascó el mentón.
—Vamos a probar de otra manera. —Me pidió que le sujetase del otro hombro y que volviese a intentarlo .
Le apreté el otro para ver si estaba igual de duro que el primero y sí, vaya que sí.
Levanté el pie y esta vez fue él quien lo cazó, y no se le escapó.
Lo dobló hacia atrás hasta que el talón casi tocó el glúteo, y yo pensé que me iba a explotar la parte delantera del muslo. Fue como si me colocasen una sartén ardiendo encima.
No pude evitarlo y me fui hacia adelante, chocando con él, que ni se movió. Me sujeté con la otra mano y me quedé allí, con la cara apoyada contra su pecho mientras me intentaba romper una pierna.
—¿Cuánto peso has perdido? —me susurró al oído aprovechando la cercanía.
¡Quiero, quiero! Fue lo primero que pensé en decir, pero creo que me había preguntado otra cosa. Algo del peso.
Sí, eso era.
¡Aiba! ¡Se había dado cuenta!
—No sé —mentí con los ojos muy abiertos.
Jamás me hubiese imaginado que él se fijaría.
—¿Sabes que no es bueno que bajes peso muy rápido?
—¿Y eso por qué? —le pregunté.
—Si adelgazas tan rápido y no haces estiramientos, se te va a quedar la piel flácida y no te gustará —me explicó—. Por eso es importante hacer esto.
Asentí rápido sin saber qué réplica darle.
Se acercó un poco a mí y volvió a susurrarme al oído.
—Supongo que en primavera querrás ir a la playa, lucir tu nuevo tipazo en bikini y todo eso que os gusta a las chicas, ¿no?
Se me cortó la respiración un segundo entero.
Tardé casi cinco minutos en darme cuenta de que ya habíamos terminado y de que él se había ido.
Me quedé allí, en el césped, con la pierna aún levantada y pegada al culo, como si fuese una paloma echando la siesta .
Me pasé todo el camino de vuelta sin dejar de pensar en dos cosas: bikinis, que no tenía ni uno, solo bañadores. Y la otra: ser prisionera de un hombre, que me sujetase y me hiciese suya, ahí en plan bestia.
Cuando llegué a casa y vi a Emma, me acerqué corriendo a ella.
—Nena, nena. —La sujeté por los hombros—. ¿Sabes que siempre digo que la de «Cincuenta sombras de Grey» es una pringada?
Ella asintió con el ceño fruncido.
—Pues igual —le dije muy despacio—, todo eso de que te dominen de vez en cuando… no habría que descartarlo tan rápido.