Capítulo 11 La Fiesta
Hasta la noche de Halloween solo había pisado una comisaría de policía dos veces en toda mi vida. Una para sacarme el DNI y la otra para sacarme el pasaporte para ir de viaje a Estados Unidos.
La tercera vez fue por culpa de dos idiotas.
—¿Nora Martínez?
Un agente de policía local bajito con bigote se había asomado por la puerta y me miraba fijamente. Me hizo gestos con la mano para que lo acompañase y obedecí.
Se sentó en su escritorio, tras un panel de metacrilato enorme. Me dio muy mal rollo pensar que aquel hombre era policía y no se había enterado aún de que ya habíamos superado el covid-19 hacía ya cuatro años.
—Cuéntame lo que viste, por favor.
Respiré hondo.
—Estaba con mis amigos en Rumbo, en la fiesta de Halloween, y me vio Sergio, se acercó a hablar conmigo porque habíamos tenido una discusión hacía un mes o dos, no me acuerdo cuándo exactamente.
—Un momento, un momento —me pidió con un gesto, levantando la palma.
Comenzó a teclear en su ordenador, presumiblemente lo que yo le había contado hasta ese momento.
Abrí los ojos muy grandes al ver cómo lo hacía.
Usaba solo los dos dedos índices de sus manos.
¡Iba a tardar quinientas horas en redactarlo todo!
Decidí reestructurar mi declaración para utilizar el mínimo de palabras posible. Eran las cuatro de la mañana, estaba muerta y quería largarme de allí cuanto antes .
—…señorita Martínez había discutido con su pareja, Sergio Almendros —terminó de teclear él a los diez minutos.
—No, no, perdone, no es mi pareja, solo somos conocidos.
Me miró de reojo, negó con la cabeza y comenzó a apretar la tecla de retroceso muy despacio, letra a letra.
—Con un conocido. —Volvió a mirarme y me pidió que siguiese.
¡Nora, resume, por tu padre, resume!, me dije a mí misma.
—Hugo, conocido dos, malinterpretó e increpó a conocido uno. —Levanté los brazos sin darme cuenta y añadí—: Gran malentendido, fin de la historia.
El hombrecito asintió, apretó los labios y siguió redactando.
—Hugo Díaz malinterpretó la discusión y agredió a Sergio Almendros.
—No, no, perdone otra vez. —Me llevé una mano a la cabeza.
No quería interrumpirle, pero no fue así como pasó realmente.
—Verá, Hugo sí que malinterpretó, pero solo pidió a Sergio que me dejase en paz, pero el otro zoquete, porque no se le puede llamar de otra manera, como iba medio mamado, empezó a meterse con Hugo, e hizo un comentario muy feo sobre su exnovia fallecida que estuvo muy fuera de lugar.
«¿Ya te has olvidado de tu noviecita la muerta?».
Eso fue lo que dijo.
No fui capaz de repetirla porque me daba asco.
Aquella noche confirmé que Sergio era un gilipollas de pura cepa.
—Entonces claro —seguí relatando—, Hugo se calentó y le soltó una hostia, y ahí es cuando se lio la monumental. Pero realmente, si yo tuviese que decir de quién es la culpa, tiraría más para el lado de Sergio.
Me tapé la boca con la mano y le miré fijamente a los ojos.
—¿Esto lo pueden leer ellos?
El agente se rascó el mentón y asintió.
—Si se celebra un juicio por delitos leves, sí, podría ser que lo leyesen, aunque normalmente no se necesita ni abogado.
—Se ajustó las gafas y siguió con su explicación—.
El juez suele ponerle una multa de doscientos cincuenta euros al que empezó la reyerta y poco más.
Si no está claro quién comenzó, a veces incluso les pide que hagan las paces allí mismo, se dan un apretón de manos y la cosa no va más allá.
Parpadeé al escuchar cómo funcionaba nuestro sistema judicial y reconsideré la última parte de mi declaración.
—Pues ahora que lo dice, no sabría decirle quién empezó.
—Hace un momento ha dicho literalmente que Hugo —miró a la pantalla — le soltó una hostia.
Estiré el cuello intentando ver el monitor. Luego le miré las manos y sacudí la cabeza. ¿Cuándo coño había escrito la última parte?
—Sí, sí —asentí—. Pero creo que Sergio le empujó. O sea, que fue un poco como en defensa propia.
Él negó con la cabeza y se quitó las gafas, frotándose el puente de la nariz con dos dedos.
—A ver, hija, te voy a aclarar cómo funciona el artículo 20.
4.º del Código Penal —me habló con demasiada paciencia para mi gusto—.
La ley exige que la defensa propia sea proporcional al ataque.
Si respondes a un simple empujón con un puñetazo, estás cometiendo un exceso que anula la eximente completa y nos obligará a detener y denunciar por un delito de lesiones. ¿Entiendes?
Tragué saliva.
De repente habíamos pasado de «todo se arregla con un apretón de manos» a delito de lesiones, denuncias, detenciones. Me estaba agobiando una barbaridad. Sentí cómo un calor me subía por la cara y empecé a abanicarme con la mano.
—Pero cuando le sujetaron, Sergio también le dio un puñetazo a Hugo.
—Esa parte no me la habías contado aún.
—Es que no habíamos llegado —respondí en voz baja, encogiéndome un poco en la silla.
El hombre dejó escapar un suspiro y se colocó las gafas de nuevo. Comenzó a teclear otra vez con los dos dedos y muchos minutos después volvió a mirarme .
—¿Algo más que quieras declarar?
Negué con la cabeza y bajé la mirada al suelo.
Recé para que no me hiciese más preguntas y me dejase irme de una vez a mi casa.
—Pues ale, firma aquí —me pidió tras deslizar una hoja que acababa de imprimir por debajo del metacrilato—. Y ya te puedes marchar.
No había bolígrafo.
Empecé a pensar que, para ser un policía, aquel hombre tardaba demasiado en darse cuenta de los detalles. Finalmente carraspeó y me pasó el suyo por encima del panel.
Firmé lo más rápido que pude.
—Tenemos tus datos, si necesitamos algo más, ya te llamaremos.
Asentí, me levanté y recorrí el pasillo de vuelta hacia la salida. Silvia y Liam estaban esperándome en la salita de fuera. Se emperraron en acompañarme a casa, pero les dije que no hacía falta, que estaba bien.
Nos despedimos con un abrazo y me fui con los dientes apretados, cagándome en todos los familiares de Hugo y Sergio. Por su culpa me había olvidado el abrigo en la discoteca y ahora estaba tiritando.
Once grados marcaba el termómetro de una farmacia que había justo frente a la comisaría.
Cada paso que daba maldecía el puto disfraz de Blancanieves que llevaba puesto.
No abrigaba nada. Tenía los brazos prácticamente al aire y en las piernas…
ja, ja y más ja. En las piernas llevaba unas medias blancas que llegaban hasta los muslos en un intento de compensar lo cortita que era la falda, pero que se me bajaban todo el rato, porque no estaban diseñadas para unos muslos XXL como los míos.
¡Talla única! ¡Y una leche!
Pensé en descalzarme, quitármelas y mandarlas a la mierda allí mismo. Me había pasado media noche subiéndomelas y ya estaba hartita.
Cuando ya me había quitado un zapato escuché una voz que me llamaba por mi nombre y me giré para ver quién era .
Hugo venía corriendo hacia mí, con la capa ondeándole detrás.
Me calcé el zapato y esperé a que me alcanzase.
—Nora, ¿cómo…?
—¡¿Tú eres gilipollas o qué te pasa?! —le interrumpí, plantándome delante de él.
Se quedó blanco.
Tardó la vida en reaccionar y empezó a balbucear algo.
—Pero… es que… yo…
Lo que me faltaba, uno imbécil y este ahora se me vuelve tartamudo. Tomé la iniciativa yo, porque si no iba a llegar a mi casa a la hora de comer.
—A ver, Hugo, ¿quién coño te crees que eres para meterte en mis cosas con Sergio?
Abrió la boca para responder, pero volvió a tardar una eternidad en hacerlo. Era como si no fuese capaz de pensar.
—Pensé que te estaba molestando y quise ayudarte —respondió bajando la cabeza.
—¿Me has visto bien, Hugo? —Me señalé un brazo—. ¿Te parece que necesite que Leónidas venga a salvarme con estos brazos que tengo?
Sí, sí, así se presentó en la discoteca.
Disfrazado del líder de los espartanos.
En cualquier otro momento le habría dado hasta las gracias, pero es que él no se estaba dando cuenta del problema real.
—Sí me estaba molestando, rey —le expliqué—. Pero soy capaz de manejarle yo solita. —Lo observé con la cabeza ladeada—. Hugo, tú no puedes meterte en saraos así, ¿no te das cuenta?
—¿A qué te refieres?
—Vas a ser futbolista profesional la próxima temporada. No puedes jugártela por una chorrada.
—No creo que ayudar a una mujer que está siendo agredida sea una chorrada .
—Sí, claro, chaval —ironicé, poniendo los ojos en blanco—. Agresión total, venga ya.
Me acerqué a él, le sujeté por los hombros y le miré a los ojos.
—Tú no tienes que cuidarme, ¿vale? —le dije sonriendo—. Bastante me estás ayudando ya con el atletismo, pero eso es todo. Aunque vaya vestida de princesita, no lo soy. Soy Nora, ¿te acuerdas? La que estuvo cinco años sin hablarte.
Asintió con la cabeza, aunque yo tenía mis dudas de si realmente había entendido algo.
—Me voy para mi casa —le solté, y me di la vuelta—. El martes nos vemos en la parada del tram.
—Te acompaño.
Confirmado, no había entendido nada el muy gañán.
Suele pasar con los que son guapos y están muy buenos. Algo les tiene que fallar, no lo pueden tener todo al cien por cien, porque si no, serían perfectos y eso no existe.
Me giré y di un paso hacia él.
—Hugo, esto es Valencia, no Medellín —le solté, dándole un empujoncito en el hombro—. Vete a tu casa y descansa.
Estuve a punto de añadir «que mañana tienes partido», pero no, porque era festivo.
Seguí caminando y cien metros más adelante no pude evitar volver la vista atrás. Deseaba que el muy idiota me hubiese seguido a escondidas. Le hubiese reñido por hacerlo, pero en el fondo me hubiese parecido un gesto superprotector.
Pero no, se comportó justamente como ningún tío se comporta jamás.
Hizo lo que le pedí.
Se marchó hacia su casa.
Negué con la cabeza, metí la mano en el bolso y saqué mi iPhone para mirar la hora.
Ya eran las cinco menos cuarto de la mañana .
Tenía cuarenta mensajes de Silvia y Liam preguntándome si había llegado bien. Les respondí que sí, que estaba llegando a casa, que descansasen.
Y por último abrí la conversación de Jara.
Dentro de unas tres horas recibiría su tercer vídeo.
El de la ropa.
El de las compras.
¡Joder, qué mal rollo!
Tomé la decisión de apagar el móvil cuando me metí en la cama y pasar de todo. Cuando me despertase, a la hora que fuese, ya lo vería.