Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 10 ¿Qué Me Pasa?
17%

Capítulo 10 ¿Qué Me Pasa?

Una semana después, Emma decidió que teníamos que hacer un maratón de Off Campus y terminar de ver los cuatro episodios que a mí me quedaban.

Volvimos a discutir sobre la sexualidad de Tucker durante el quinto, mientras él preparaba el pavo de Acción de Gracias en pantalla.

Y a las doce ella ya se había quedado frita, recostada en su lado del sofá, y yo, la verdad, ya estaba saturada de la serie. Las cosas de la realidad alternativa me agobiaban.

La tapé con una mantita fina que teníamos por el salón siempre y me fui a mi habitación.

Había conseguido correr dos series de cinco vueltas, los malditos dos kilómetros, por segunda vez desde que empecé a entrenar. Pero cuando volví me sentía súper activada. No tenía nada de sueño y ya llevaba media hora tumbada en la cama mirando al techo.

Y para colmo, cada pocos minutos pasaba algún coche por la calle y se iluminaba toda la habitación, dibujándose sombras alargadas por las paredes que se movían rapidísimo y daban un poco de miedo.

Muy a tono con las fechas.

Quedaba una semana para Halloween.

Me acordé de mi amor platónico, Chris Hemsworth vestido de Thor.

Podía pedirle que me ayudase a conciliar el sueño. Un poquito de imaginación y en dos minutos estaría superrelajada.

Pero otro puto coche pasó por la calle haciendo de nuevo la mierda de las sombras .

¡Decidido por unanimidad! Había llegado el momento de llamar a Martina, la casera, y decirle que me arreglase la persiana de una vez o me comprase unas cortinas, pero de las gordas, de las que tapan la luz del todo.

Pensé que me iba a pasar toda la noche en vela.

¡Ojalá ese hubiese sido el mayor de mis problemas!

Me dormí, sí, pero cuando me desperté por la mañana, mi vida se había convertido en un infierno.

Tenía un dolor horrible en las piernas que prácticamente me impedía dar un paso.

Era como si me clavasen millones de agujas a la vez.

Y además parecían pesar diez veces más de lo normal.

Cada vez que tenía que bajar una escalera, me quería morir.

Iba por el campus con los dientes apretados todo el rato intentando entender qué leches le estaba ocurriendo a mi cuerpo.

Era imposible que pudiese entrenar de aquella manera.

A la hora de almorzar me fui hasta la cafetería y decidí saltarme la siguiente clase. Tardé tanto en llegar que, cuando por fin lo conseguí, ya se había pasado el tiempo del descanso, pero me dio igual, no podía más con mi alma.

Me dolió hasta cuando me dejé caer en la silla.

Entonces apareció un chico y se sentó frente a mí.

Era Hugo.

—¿Agujetas?

¡Claro! Eso era lo que me pasaba. Hubiese pestañeado al escuchar su revelación, pero el dolor se había irradiado al resto de mi cuerpo y ni eso pude.

Le respondí haciendo un ruido con la garganta, sin abrir la boca, y comenzó a reírse.

—¿Estás estirando antes y después de correr?

Intenté abrir la boca para contestar, pero no pude, así que recurrí a mi único método de comunicación. Repetí el mismo ruido de antes.

—No te entendí, pero viéndote está claro que no.

Descubrí que podía apretar los labios, así que lo hice .

—Si quieres podría darte una pequeña clase sobre estiramientos mañana por la tarde.

También podía abrir los ojos muy grandes.

Así que lo hice.

¡Mañana dice! ¡Este está loco! Al único sitio que voy a ir yo mañana es al hospital, a que me ingresen y me pongan la epidural, a ver si así me dejan de doler las piernas.

Tiré de mi ruido de garganta por tercera vez, pero esta vez Hugo no fue capaz de interpretar lo que le decía. Así que me esforcé por vocalizar algo.

—I… u… o… e… no… —balbuceé como pude.

—¿Ibuprofeno? —repitió él.

¡Genial, me había entendido!

—No, no, olvídate —me dijo haciendo gestos con las manos—. De hecho, está contraindicado. A ver, te va a quitar el dolor, sí, pero el músculo tardará más en recuperarse.

O sea, que pan para ahora y hambre para mañana.

Había que pensar en otra alternativa.

—A… ra… e… ta… ol… —intenté decir.

—Tampoco —negó él con la cabeza—. Bueno, a ver, si te duele mucho, sí, te aliviará un poco, pero me lo dejaría para la noche, para poder dormir y descansar.

Leches, hasta que no me lo dijo no había caído en ese detalle. ¿Cómo iba a conciliar yo el sueño así? Pero bueno, si tomándome un paracetamol al menos podía pasar cinco o seis horas sin cagarme de dolor, algo era.

Apoyé los codos sobre la mesa y dejé caer la cabeza sobre ellos.

—Tengo una pomada muy buena, para las agujetas, traída de Andorra —escuché decir a Hugo—. Se la suelen dar a los esquiadores novatos, pero lo mejor que podrías hacer es ir a un fisio a que te hagan un masaje.

—O… en… go… i… e… ro… —respondí sin levantar la cabeza .

—Vente mañana a la pista, a las ocho, te explico cómo estirar y te intento dar yo el masaje con la pomada.

Alcé un ojo y le miré fijamente.

—¿E… se… io? —pregunté.

—Lo que tú veas, yo sin problema.

No hablé más. Solo levanté el dedo pulgar para que viese que estaba conforme.

Después no sé muy bien qué pasó. Creo que me quedé dormida sobre la mesa, porque cuando conseguí levantar la cabeza ya se había ido. De hecho, no había nadie, la cantina estaba vacía y hasta los que atendían la barra habían desaparecido.

Decidí pasar de todo y me fui hasta el parking de los patines eléctricos, cogí el mío y volví a mi apartamento.

Le di las gracias a Dios todas las veces que pude por tener ascensor y, cuando entré en casa, me fui a la cocina directamente, me tomé un paracetamol y de cabeza a la cama.

Hasta que me hizo efecto, di más vueltas que un tiovivo.

¡Dormí hasta el día siguiente!

Desgraciadamente mis amigas las agujetas seguían allí, dispuestas a alegrarme la vida un poco más.

Pasé la jornada como pude hasta que llegaron las siete de la tarde y mi móvil comenzó a pitar.

Desbloqueé la pantalla para ver qué leches le ocurría y entonces abrí los ojos de par en par.

Un recordatorio del calendario. Había quedado con Hugo para que me explicase cómo estirar y ¿me diese un masaje con una pomada en las piernas?

Negué con la cabeza.

No, no podía ser. Aquella parte me la debí inventar yo en medio de mis dolores. ¡Qué leches me iba a dar a mí Hugo ningún masaje! Vamos, ni aunque viniese el mejor médico del mundo le iba a dejar yo a nadie que me tocase las piernas con el dolor que tenía.

Sesenta minutos después, bajé la cabeza y pregunté:

—¿Aquí encima ?

Él asintió y yo me subí a una camilla que había en el gimnasio de la pista de atletismo.

—Tenemos un pequeño problema —observó él.

—¿Cuál?

—Se me olvidó decirte que te pusieras pantalones cortos.

Bajé la mirada hacia mis leggings maravillosos, que me llegaban hasta los tobillos.

—¿Y qué hacemos?

—En el macuto tengo míos —me respondió en voz baja.

Apreté los labios y volví a levantarme.

No me importaba ponerme su ropa, pero lo de tener que subir y bajar de camilla era un calvario. Metí las manos por la goma y tiré hacia abajo para sacarme los leggings y me quedé blanca.

Se me había olvidado decirle que se diese la vuelta.

—Perdón —se disculpó, girándose él mismo.

Noté cómo un calor me subía por el cuello hasta la cara. ¡Por Dios, qué vergüenza! Acababa de dejarle ver mi ropa interior y llevaba unas bragas de abuela horrorosas. Con lo que me dolían las piernas solo pensé en ponerme lo más cómodo que encontré, joder.

¡No pensé que nadie las fuese a ver!

Rebusqué en su macuto y noté que de allí dentro salía un potente olor a humanidad. Entonces me di cuenta de que sus pantalones iban a oler igual o incluso peor.

—No pasa nada, no pasa nada, ya me ducharé al volver a casa —murmuré.

Por fin los encontré y me los puse lo más rápido que pude, sintiendo de nuevo un dolor indescriptible.

Me subí por segunda vez a la camilla y le dije que ya estaba lista.

—Es una pena lo de este sitio —me empezó a explicar en voz baja mientras me quitaba los calcetines—. Si cuidasen un poco las máquinas, se podría hacer aquí de todo, pero como es gratis, la gente no cuida nada y está todo el material hecho un desastre.

Su voz sonaba más triste que el día anterior .

¿Le habría pasado algo?

Miré a mi alrededor y me estremecí ligeramente.

Era una habitación no muy grande, bajo las gradas, con unas pequeñas ventanitas en lo alto de la pared que daba al exterior, que poca luz dejarían pasar.

Había al fondo lo que me parecieron unas máquinas de tortura modernas, con aspecto de llevar años sin que las usase nadie.

Cerca de la camilla había una cinta de correr y una bici estática a la que le faltaba un pedal, y justo enfrente estaba lleno de pesas tiradas por el suelo.

—Antes lo ordenaba y lo barría todas las semanas, pero desde que… —No terminó la frase.

Respiró profundo, me miró a los ojos y apretó los labios.

—Es posible que te haga un poquito de daño, pero intenta aguantar, ¿vale? —me pidió mientras abría el tubo de la pomada.

—Es imposible que me pueda doler más —le respondí.

—Tú intenta relajarte.

Se puso algo de pomada en las palmas y las frotó despacio.

Di un pequeño respingo al notar cómo me tocaba las plantas de los pies, porque tenía las manos heladas, pero me llegó un aroma a eucalipto que me trasladó a Galicia, cuando tenía diez años, de vacaciones con mi padre y mi hermano.

Cerré los ojos y me dejé llevar por el recuerdo.

Pero Hugo comenzó a realizar movimientos con un ritmo pausado y circular. Me estaba haciendo unas cosquillas del copón y tuve que apretar los ojos para no reírme.

Enseguida pasó a los tobillos y la cosa cambió bastante. Me apretaba con los pulgares y realmente me hacía algo de daño, pero no era como el de las agujetas. Era diferente, era un dolor más localizado.

Fue subiendo despacio hacia el gemelo, hundiendo de nuevo los dedos en mi piel hasta que llegó a un punto en que no aguanté más y apreté los dientes.

—Ay, jo… Dios… —me quejé, agarrándome al borde.

—Lo siento, pero aguanta un poco, que es normal .

¡Qué simpático!

—Luego cambiamos y te torturo yo a ti, a ver cuánto aguantas —gruñí tan bajo que no me oyó.

Siguió apretando, más aún todavía, haciendo mucho más daño, pero de repente sucedió algo alucinante.

Una sensación de euforia me invadió por completo.

Parpadeé varias veces y miré hacia todos lados preguntándome si aquello era posible.

El dolor seguía ahí, con cada movimiento de sus manos, pero me encantaba.

De hecho, quería que me apretase más, quería sentir sus dedos clavándose aún más fuerte en mi cuerpo.

No entendía nada.

Solté el aire por la nariz y dejé caer los hombros contra la camilla deseando que aquella tortura no se terminase nunca.

Pero se terminó.

Cuando llegó a las rodillas, todo aquel cóctel de sensaciones comenzó a desaparecer y yo quería que volviese, así que se me ocurrió una idea.

—Hugo, Hugo —lo llamé—. Las rodillas, no, por favor, que me duele demasiado.

Él asintió y siguió subiendo.

Comenzó a palpar por la parte superior del muslo.

Clavaba los pulgares y subía despacio, muy despacio, hasta casi la cadera. Y cada vez que lo hacía, a mí se me erizaba la piel de todo el cuerpo. Toda su mano acompañaba a los dedos que marcaban el camino y otra vez volvió el placer.

—Date la vuelta, por favor —me dijo en voz baja.

Me puse boca abajo y continuó realizando el mismo movimiento por la parte trasera, llegando hasta donde comenzaban sus pantalones cortos, deslizándose un poco por dentro de ellos en algunas ocasiones. Mientras yo me moría de ganas de que se deslizase todavía un poco más.