Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 9 También Me Muero
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Capítulo 9 También Me Muero

Fue lo que pensé cuando llevaba corriendo diez minutos por la pista de atletismo aquella tarde. Estaba agobiada porque solo tenía un mes y medio para prepararme y apreté demasiado.

Me di un flatazo de la muerte.

Pensé que me habían disparado o algo, como en las noticias de Estados Unidos, que se esconde un francotirador en la universidad y empieza a cargarse a sus compañeros de clase porque un abusón le quitó las natillas cuando tenía seis años.

Afortunadamente quedaban personas en el mundo con un poco de solidaridad, y unos brazos me sujetaron por la cintura cuando estaba a punto de desmayarme.

—Ven, vamos hasta la grada para que te sientes.

Era una voz grave y muy seria, pero entre la música de los AirPods y el mareo, no entendí nada.

—Lo que tú digas —respondí jadeando, doblándome hacia delante con las manos en las rodillas.

Tenía la vista borrosa, tanto que ni sabía quién era la persona que me estaba ayudando.

Pero solo podía ser Ferri.

Un señor de sesenta y pico años que entrenaba al equipo de atletismo.

No había tratado con él nunca, pero le había visto muchas veces cuando entrené para ser árbitra de fútbol.

Siempre andaba por allí. Era el que abría la pista y el que la cerraba.

De hecho, mi padre y él acabaron haciéndose amigos.

Ah, sí, sí. Yo entrené durante meses con mi padre, cómo no.

Fue él quien metió a Alejandro en el mundo de los árbitros.

Y un día se cansó de que yo siempre le anduviese pidiendo dinero, así que me apuntó también, contra mi voluntad, pero insistiendo constantemente en lo importante que era formar parte de algo, ser responsable, y practicar deporte para estar sano y más activo.

Dieciséis años tenía yo entonces.

¡Cómo le odié cada puta tarde que me hizo correr por aquella jodida pista de atletismo!

Era una discusión constante, en la que yo repetía sin parar «no puedo más, papá» y él seguía con su rollo de «no pienses, respira como te enseñé y sigue».

Pero he de reconocer que al final conseguí correr los dos kilómetros en nueve minutos y medio.

Después de eso, cuando Josué me enseñó los requisitos para aprobar, dejé de hablarme con mi viejo un mes.

¡Me había mentido!

Me había dicho que los menores teníamos que correr los dos kilómetros en menos de diez minutos y realmente podíamos hacerlo en once.

El cabrón de Alejandro, por cierto, lo hizo en ocho. Se presentó a las pruebas porque se aburría aquella tarde. Para darme apoyo, me dijo el muy chulito.

Pensé en todo lo que sufrí para aquel nueve treinta que ahora no servía de nada. Ya era mayor de edad. Ahora lo tenía que hacer en menos de nueve.

¡Por el amor de Dios! ¡Nueve!

Mientras me acordaba de todo aquello, con una mano todavía apretada contra el costado, recuperé algo de aliento. Me quité los AirPods y acerté a decirle a mi salvador:

—Gracias, Ferri, gracias, rey. Pensé que la palmaba.

—¿Tan mal me ves? —me respondió con la voz aún más seria.

Enfoqué un poco la vista en sus gemelos.

No parecían los de un señor de sesenta años. Subí un poco y sus cuádriceps tampoco. Eran más como los de alguien de mi edad, de veintipocos .

Confirmé que no podía ser Ferri, porque iba sin camiseta y aquella tableta de chocolate, firme y tersa, no se correspondía con la de un sexagenario.

¡Y los pectorales!

¡Por Dios, tenía más tetas que yo!

O sea, no en cantidad, que también tenía dos. Me refiero en volumen. Me vino a la cabeza Khal Drogo, el de Juego de Tronos. Así que decidí subir un poco más la mirada, para ver si había suerte y se parecía también a Jason Momoa.

Pero resultó que no.

Era clavadito al exnovio de mi ex mejor amiga, Jara.

Me quedé petrificada y no fui capaz de dar un paso más.

—No, no te pares, por fa, que casi hemos llegado a la grada —me pidió.

Cuando por fin me dejó caer sobre un asiento, se apartó un poco y le pude ver de arriba abajo. ¡Era la primera vez que le veía tan ligero de ropa desde el viaje de fin de curso del instituto!

Entonces le había visto con bermudas, pero no tenía nada que ver con el dios esculpido en granito que tenía delante ahora mismo. Aparte, llevaba un pantaloncito de running que le tapaba lo mínimo.

Empecé a darle vueltas a la idea de Jara.

¿Qué podía hacer yo para ayudar a este? Si ya estaba de maravilla. Lo único que necesitaba este chico era un pedestal para colocarlo encima y que el resto de los mortales pudiésemos admirarle cada mañana.

—¿Quieres un poco de agua? —me preguntó después de darle un sorbo a una botella.

Miré a mi alrededor preguntándome de dónde la había sacado y entonces me fijé en que allí mismo había una bolsa medio escondida.

Estiró la mano y me la colocó delante de la cara.

Me encogí de hombros y acepté .

Justo cuando estaba a punto de rozarla con los labios, me di cuenta de que él acababa de beber de allí mismo y me acordé de las tonterías que hacíamos cuando éramos crías: los besos indirectos.

¡A Jara le obsesionaban!

Sonreí al pensarlo: ahí iba mi primer beso indirecto con el chico al que deseé durante los cuatro años de la ESO.

Miré hacia el cielo y pedí perdón a Jara por lo que estaba a punto de hacer.

Me puse la botella en los labios y bebí, y bebí y seguí hasta que no quedó nada.

¡Joder, estaba deshidratada!

Se la devolví vacía y él me miró con cara de pocos amigos.

—Lo siento —dije en voz baja mientras me encogía.

—No pasa nada. Ahora la rellenaré en la fuente —me respondió señalando con la barbilla al final de la grada, a la zona de los aseos.

Se hizo un silencio, un poco incómodo. Creo que se quería ir, pero igual le daba palo dejarme sola y que me volviese a marear.

—El otro día querías hablar de Jara, de lo que pasó… ya sabes… —arrancó él, rascándose la nuca.

Pero no siguió.

Sabía a lo que se refería. Al viaje de fin de curso de la ESO. Cuando se acostó con Jara durante el botellón y decidí que me habían jodido la vida entre los dos.

—No hay nada que hablar, Hugo —le aclaré—. Aquello fue hace mucho tiempo. Yo no era más que una cría egoísta que no sabía ni lo que decía ni hacía. —Bajé la cabeza ligeramente—. Debería haberme alegrado por ella, y por ti, pero era idiota. ¡Y una cabezona!

Hugo se acercó y se sentó a mi lado.

—No digas esas cosas, Nora, que te bajará la autoestima.

—No creo que pueda bajarme más. —Sonreí, encogiendo un hombro.

Él negó con la cabeza y suspiró.

—Bueno, si vienes a correr regularmente te subirá poco a poco .

—¿Tú crees?

Me miró de reojo y asintió.

—Sí, créeme, funciona. Se te activarán un montón de cosas, te sentirás mejor y además…

—La sangre se vuelve más líquida —le interrumpí para seguir enumerando las ventajas de trotar un rato todos los días, contándolas con los dedos—. El cerebro se oxigena mejor, aumenta la creatividad, duermes mejor, todo beneficios.

Mi padre me las había recitado tantas veces durante los meses que entrené con él que me las sabía de memoria. Se me habían quedado grabadas a fuego para el resto de mi vida.

Se quedó mirándome con las cejas completamente levantadas.

—¡Me acabas de dejar loco!

Apreté los dientes y me crucé de brazos.

—Que esté gordita no significa que no sepa la teoría.

—Perdón… No quería…

Le hice un gesto con la mano para que supiese que no había problema. Después señalé a la pista.

—Tienes que seguir, ¿no? —Aproveché para mirarle yo a él, un buen repaso de arriba abajo—. Además, te vas a quedar helado, sin camiseta ni nada, provocando de esa manera a las chicas del atletismo.

Sonrió mientras se levantaba, sacudiéndose las palmas.

—Sigues siendo la misma payasita del insti —murmuró.

Entonces me di cuenta de que estaba diferente. Menos serio, menos algo. No sabía el qué. Seguramente la vuelta a la rutina le estaría ayudando a no pensar en Jara. Menudo verano debía de haber pasado el pobre.

«Payasita del insti».

Yo también sonreí al pensar en la broma. Era algo entre colegas de atletismo. Uno que estaba en la cima y otro que estaba… no sé dónde, ¿en la ladera, abajo del todo? ¿En el fondo del valle?

—Me gusta cómo llevas el pelo —fueron las últimas palabras que le escuché decir antes de ver cómo se alejaba trotando .

Volví a quedarme petrificada por segunda vez en menos de media hora.

Pero esta vez no por el flato.

¿El pelo? ¿En serio?

Me había hecho una coleta alta. Nada del otro mundo. Me llevé la mano al lateral de la cabeza, comprobando que seguía ahí.

Quise darle las gracias, pero ya estaba al otro lado de la pista.

¡Qué manera de correr, por Dios! Si no hubiese tenido que volver a casa para seguir viendo Off Campus con Emma, me hubiese quedado un rato más solo por verle pasar de nuevo.

Pero ya era tarde.

—¡Pero qué guapa está mi niña! —me gritó mi compi de piso cuando me vio entrar por la puerta.

Parpadeé varias veces y miré hacia abajo, a mis maltrechas Adidas que ya pedían un cambio a gritos. Tenían seis o siete años. Y el resto de la ropa que llevaba estaba más o menos igual.

No sé de dónde leches sacó lo de que estaba guapa.

—Churri, me encanta que se te vea el cuello —me alabó al acercarse a la puerta, girándome un poco de los hombros para verme mejor—. Si fuese bollera, me darían ganas de darte un bocado.

—Pero no lo eres, ¿verdad? —le recordé yo apuntándole con los dos dedos índices.

—No, claro que no, ¿por? —me preguntó con una ceja levantada.

Le guiñé un ojo y sonreí.

—Porque mañana viene a cenar nuestro hacker favorito, Roger.

La pobre puso una cara de asco. Abrió la boca muy grande, pero le puse un dedo en los labios para que no hablase.

—Cena, un poco de charla, le ríes tres gracias, nos pone Netflix gratis y se va, nada más.

Le salió un puchero enorme, dejándose caer contra el marco de la puerta.

—¿No podrías buscar otro que se parezca menos a Torrente ?

—Ay, de verdad, Emma, qué superficial eres —le solté riendo, dándole un empujoncito al pasar—. Me voy a la ducha, ¿y seguimos con Off Campus?

—Sí, por favor —sollozó.