Capítulo 8 El Libro
Siempre me ha gustado dibujar. De hecho, creo que es algo genético porque mi madre también dibujaba y se le daba bastante bien. Y por lo que sé, mi padre tiene una carpeta llena de bocetos que hizo cuando era adolescente, casi todos de anime y manga.
A mis padres, por cierto, también les encanta todo lo que tiene que ver con Japón.
Todavía no entiendo por qué se divorciaron.
Jara, sin embargo, era de letras.
Le encantaba escribir, de todo. Era una «historias», siempre se estaba inventando cuentos, fábulas, lo que fuese. Hasta decía que quería ser escritora cuando fuese mayor.
Pero lo que más le gustaba del mundo era la poesía.
Tenía un cajón de su habitación lleno de cuadernos con tantos poemas escritos que ya no se podía abrir sin que se atascase.
—¿Qué te parece este? —me solía preguntar cuando me los enseñaba, tendiéndome el cuaderno con las dos manos.
Yo los leía, fingía que había entendido todo lo que ponía, sonreía y le decía:
—Me has dejado sin palabras.
—¿De verdad? —Se le iluminaba la cara y se inclinaba hacia mí.
—De verdad de la buena —asentía yo.
¡Tenía diez años! ¡Qué leches iba a entender yo de poesía!
Si yo me pensaba que los copiaba de internet y luego venía a vacilarme.
Pero no, porque una tarde me quedé en su casa y, mientras merendaba viendo la tele a su lado, me fijé en que no le hacía ni caso a «Hora de aventuras» y que se dedicaba a escribir en su cuaderno del cole, con la lengua asomándole entre los dientes de pura concentración .
Un verso detrás de otro.
Creo que empezó cuando su abuelo enfermó.
Estaban muy unidos.
¡Joder! Hasta yo estaba unida a él.
Había sido policía nacional en Madrid y siempre estaba contando anécdotas. Nosotras nos meábamos de la risa escuchándole. Además, tenía un pastor alemán que se llamaba Rex, que era superdivertido.
Cuando Jara iba a visitarle, yo siempre intentaba acompañarla.
Nos lo pasábamos pipa con el perro.
Ella se lo llevaba hasta la entrada del piso, yo me quedaba en el salón sujetando su colchoneta, lo soltaba y el muy loco atravesaba todo el pasillo disparado, saltaba sobre su «cama» y atravesaba todo el suelo deslizándose, como si fuese un perro surfista.
Acababa estampándose contra la pared, el sofá o lo que fuese, pero le encantaba hacerlo. ¡Aunque se diese golpes!
Al rato aparecía el abuelo de Jara desde la cocina, riendo, con dos bocadillos de Nocilla enormes, y aquello ya era apoteósico.
Se murió un mes de julio.
El mismo año que empezamos el instituto.
No era muy mayor y no me acuerdo de lo que le pasó. Solo sé que fumaba mucho. Tanto que tenía los techos de su casa teñidos de color beige, con manchas extrañas, pero que curiosamente quedaban bonitas. Yo hasta pensaba que los había pintado él así, aposta.
Jara se quedó devastada.
Se pasó todo el verano encerrada en su casa, en sus cuadernos y en su poesía.
Cuando volvimos a vernos, habían cambiado algunas cosas.
Ella había perdido como tres o cuatro kilos. Ya de normal era delgada y alta, pero después de aquellos meses daba un poco de miedo.
Y yo había cogido todos los que había perdido ella.
Evidente.
Iba con ella a las piscinas, a la playa, a todos lados, salíamos a pasear, lo hacíamos todo siempre juntas .
¿Qué fue lo que me pasó?
Mi hermano me pasó, mi hermano, su estúpida PlayStation y un juego que se llamaba Final Fantasy. Me pasé todo el verano enganchada a aquella máquina, pero sin dejar de comer, o puede que comiendo más incluso, así que me convertí en lo que hoy en día llaman una chica curvi.
Pero prefiero no acordarme de aquellos años.
En el instituto no son precisamente amables con las personas que son un poco diferentes.
Pero volviendo a mi habilidad para dibujar, yo tenía una explicación pendiente que darle a Emma, así que, la misma noche que recibí el segundo vídeo, decidí que era mejor no alargarlo más y le pedí que me acompañase a mi habitación.
Abrí el último cajón de mi escritorio, revolví algunos libros, varias mierdas más y debajo de todo lo encontré. Un bloc A3. Lo saqué con cuidado, soplándole el polvo de la tapa, se lo entregué y le indiqué con la barbilla que lo abriese.
Lo hizo y se quedó mirando durante unos segundos el primer dibujo, con los dedos quietos sobre el borde.
Después comenzó a pasar hojas, muy despacio.
Cada vez tenía la boca más abierta.
—¿Los has hecho tú? —me preguntó, levantando la vista un instante para volver enseguida al bloc.
Asentí con la cabeza.
—Son increíbles.
—Bueno, están bien, tampoco es para tanto —dije, tirándome de la manga del pijama.
—¡Qué dices, tía, son la caña!
No supe qué responderle.
Siguió pasando hojas durante unos minutos más, pasando la yema del dedo por encima de los trazos, hasta que llegó a la penúltima hoja, que mostraba un dibujo a medio terminar.
Levantó la cabeza y me miró.
—Nunca me los habías enseñado .
—Es muy personal —le respondí, cruzándome de brazos—. Hacía años que no lo sacaba.
—¿Y eso por qué?
Cogí aire para lo siguiente.
Era difícil hablar de ciertas cosas.
—Jara escribió un libro de poesía con apenas catorce años —le dije encogiéndome de hombros—. Se empeñó en que yo le hiciese las ilustraciones y, cuando me acordaba, las iba haciendo.
Emma abrió la primera hoja y empezó a recorrer el bloc de nuevo.
—No te imaginas lo pesada que se ponía para que terminase todos los dibujos —le conté sacudiendo la mano—. Cuando por fin acabé y se los di, me dijo que su madre iba a hablar con no sé quién para ver si lo publicaban.
Me acerqué a la ventana y eché un ojo a la calle. Estaba desierta a esas horas, ni un alma.
—Después me enfadé con ella y dejé de ser su amiga. —Apoyé la cabeza en el cristal—. Desde ese día no volví a dibujar.
Abrió la boca y empezó a hablar muy despacio, cerrando el bloc con cuidado sobre el regazo.
—Ahhh… —Parecía que no encontraba las palabras para decir la frase—. Ese es el libro que ella te ha…
—Exactamente —la interrumpí.
Estiré los brazos, haciéndole saber que quería que me devolviese el bloc. Me lo entregó y volví a guardarlo, empujando el cajón hasta el fondo.
—Por eso he aceptado su propuesta —le dije cuando cerré el cajón—. Lo que dice al final del primer vídeo… Jamás se me hubiese pasado por la cabeza algo así. Supongo que es de esas cosas de las que solo te das cuenta cuando sabes que te mueres.
—Ya ves —asintió ella con los labios apretados—. Pero creo que la entiendo.
—Por eso he aceptado hacer lo que me ha pedido, porque me parece importante .
—Y el exnovio futbolista con el que tienes que recuperar la amistad para ayudarle con su sueño de irse a Londres… —Sonrió divertida—. ¿No crees que a lo mejor podrías aprovechar para recuperar algo más?
Respiré profundo y me señalé a mí misma.
—Emma, ¿tú me has visto bien?
Ladeó la cabeza e hizo una mueca, entrecerrando un ojo.
—A ver… no eres Ester Expósito, pero tampoco estás tan mal —me dijo encogiéndose de hombros—. Si bajases un pelín de peso, te arreglases un poco, serías la hostia de resultona.
Hice una mueca antes de responderle.
—Eso es lo que siempre nos dicen a las gorditas.
Se levantó y me dio un abrazo, meciéndome un poco de lado a lado.
—Eh, no te olvides, a los tíos les gusta que haya carne para agarrar.
—Sí, ya. —Me agarré los muslos con las manos—. Pero es que aquí hay para agarrar y para alimentar a medio Somalia.
Me miró con la cabeza ladeada.
—Ay, Nora, vale, sí, tienes sobrepeso, pero es que encima no te arreglas nada. Siempre andas diciendo que quieres el pelo liso, pero no te he visto usar una plancha en los dos años que te conozco.
—Ya. —Suspiré y me tocó reconocer la verdad—. Me da pereza.
Un brillo cruzó por sus ojos y se le escapó una sonrisa de lado.
—¿Quieres que te lo alise ahora?
—¿A las once de la noche?
—¿Tienes algo mejor que hacer? —preguntó arqueando las dos cejas.
Miré al techo y apreté los labios.
—Pues no.
—Y ponemos la serie nueva de Amazon, Off Campus, que mola un montón —me propuso dando saltitos por el dormitorio y tirando de mí del brazo hacia la puerta .
Nos fuimos al salón las dos y ella enchufó la plancha del pelo, dejándola calentar apoyada en el reposabrazos del sofá mientras yo me dejaba caer en el suelo, entre sus piernas, con la espalda contra el cojín y el mando de la tele en la mano.
—Off Campus —repetí mientras la buscaba—. ¿De qué va?
—De tíos buenorros que son de puta madre.
—Eso no existe —murmuré.
Por fin la encontré. Estiré el cuello para fijarme bien y ladeé la cabeza al comprobar que alguien había visto todos los episodios.
La miré de reojo y sonrió.
—El sábado me dejaron plantada —soltó con las manos en la nuca—. Pero me da igual, la vuelvo a ver, no pasa nada.
—Pues vale.
Seleccioné el primer episodio y le di a play.
—Sabes que los tíos que salen en estas series no existen en la vida real —le informé con la voz cargada de ironía mientras ella me recogía un mechón y lo separaba del resto con los dedos.
—Calla, no seas aguafiestas. —Me dio un pequeño toque en la nuca con el codo—. Y no muevas la cabeza.
Una hora después comenzamos a pelearnos.
—Ese tío tiene que ser gay —defendía yo.
—¡Que no, Nora, que no es gay!
—No existe ni un tío en el mundo al que le guste cocinar y se preocupe tanto por que la casa esté limpia. ¡Eso es imposible!
—Que no es gay, joder, que en el cuarto libro se lía con una tía que estudia Derecho.
—No me lo creo.
—Pues no te lo creerás, pero es verdad.
La plancha se cerró sobre mi pelo con un chasquido y un hilillo de vapor me subió por delante de la cara.
—Ay, cuidado, que me quemas la oreja —me quejé, apartando la cabeza .
—Que no te muevas, coño —me riñó, volviéndome a colocar recta con las dos manos—. ¡Ale, eso por meterte con Tucker!
—¿Lo has hecho aposta?
—Por favor, Nora, no seas tontita.
Lo había hecho a mala leche. Me había chuscarrado el lóbulo derecho por decir en voz alta algo que era más que evidente.
—Ya te digo yo que ese es gay —mascullé sin que me oyese.
Casi a la una de la mañana, con la nuca calentita por la plancha y la cabeza de Emma justo encima de la mía, me pasó un espejo de mano para que me mirase.
El pelo se me había quedado perfecto. Liso y suave por primera vez en no sé cuánto tiempo.
—¿Ves? Si es que con un poco de mimo estás guapísima —me dijo por encima del hombro.
Torcí el morro y asentí.
—Sí, puede ser.
Volví a mirarla de reojo, me levanté despacio, le di un beso en la cabeza y me fui hacia la puerta de mi habitación.
—¡Ese tío es gay! —le grité antes de cerrar y empezar a reírme.