Capítulo 7 El Arbitrucho
Siempre que mi padre quería «motivarme», me comparaba con mi hermano. El responsable, el formal, el educado. Y yo me pillaba unos agobios que no veas, porque yo no era como él, punto. Cada uno era como era y Alejandro, por el motivo que fuese, era don perfecto.
—Hola, tata. ¿Qué haces tú por aquí? —me preguntó cuando dejó de correr y se acercó a la grada.
—Buenas noches, campeón —le respondí con un poquito de ironía.
Se agachó donde tenía el macuto, sacó una botella de agua y le dio un trago largo dejando caer la cabeza hacia atrás.
Le miré de arriba abajo y me crucé de brazos.
Éramos como el sol y la luna.
Me sacaba casi una cabeza, llevaba metido en el gimnasio desde los quince.
Tenía un cuerpazo, que sí, que era mi hermano y todo eso, pero debía reconocer que estaba cañón.
Y encima, como manejaba algo de dinerillo, pues nunca le faltaba alguna lista que se le acercase, pero no era tonto el tío.
No se dejaba liar por ninguna. Tenía muy claro que su objetivo era llegar a ser árbitro de primera y desechaba todo lo que pusiese en peligro sus metas.
Y yo creía que acabaría consiguiéndolo porque siempre se salía con la suya.
Me dio la risa floja al recordar cómo le llamaba mi tía abuela Pepa, la de Pinoso:
El arbitrucho.
Aunque realmente le adoraba. Bueno, qué leches, es que toda la jodida familia le quería con locura.
Caía bien a todo el mundo, era súper social, y encima era un «bien queda».
Nadie se enfadaba con él, todos le seguían como si fuesen corderitos y de verdad que la idea de tener que pedirle ayuda entonces hacía que me llevasen los diablos.
Pero necesitaba dinero.
Entre pagar el piso, comer y salir a tomar una cerveza de uvas a peras, siempre estaba tiesa. Y es que se estaba poniendo Valencia que para el que la quiera. Ya te pedían tres euros por un café en cualquier lado.
—Ay, perdona, que estaba seco —me aclaró cuando terminó de beber.
Después me miró a los ojos e hizo una pequeña mueca.
—¿Cuántos años hace que no venías a este sitio? —me preguntó levantando un dedo y girándolo alrededor.
—No sé, ¿tres, cuatro?
—Ya, y seis también —me corrigió él, señalándome con la botella—. Pero aquí estás de nuevo, solo que no sé para qué.
—Necesito que hables con Josué —solté, así, sin paños calientes.
Se quedó con la botella a medio bajar y me miró con los ojos entrecerrados.
—Con Josué, ¿para qué?
Tardó casi cinco segundos en decir cuatro palabras.
—Para volver a arbitrar.
Se limpió la boca con el dorso de la mano y me sostuvo la mirada durante un momento que se hizo bastante largo.
—No —sentenció, y se agachó a recoger la toalla—. Paso.
—Pero… —Me erguí sobre el banco de la grada—. ¿Pero por qué no?
—Que no, Nora, que no me líes.
—Que no te lío, joder, ¿pero por qué no quieres hablar con él?
—Porque te conozco y vas a hacer lo mismo que la última vez y paso de que me hagas quedar mal. —Hizo una pequeña pausa y añadió, señalándome con la toalla—: Además, ¿por qué quieres volver a arbitrar? Si no te gusta el fútbol .
—Necesito dinero —murmuré, bajando la vista a mis propias zapatillas.
—¿Qué has dicho? —me preguntó ladeando la cabeza.
—Que necesito dinero, que estoy tiesa.
—Pero si tienes la pasta de la beca, que te dan todos los años tres mil pavos, ¿qué me estás contando?
Puse los ojos en blanco y miré hacia el cielo.
—Que no, que la pasta de la beca la tiene papá y la usa para pagar el alquiler y no me deja tocarla.
—Pero también te da dinero todos los meses, locaza.
—Sí, ya, trescientos euros entre él y mamá, pero con eso me llega para comer y poco más.
¡Aquí el señorito, como también es un mantenido, pero además se saca quinientos eurazos todos los meses arbitrando, ya no se acuerda de lo jodida que es la vida del estudiante normal y corriente!
—¿Y por qué no te metes de camarera?
¡Sabía que me iba a decir eso! ¡Lo sabía!
Pero me callé.
No le quise responder porque esta conversación ya la habíamos tenido más veces. Sin embargo, él no tuvo la misma consideración y debió pensar que sería divertido restregarme una vez más por la cara una de las peores decisiones de mi vida.
—¿No hiciste la FP de restauración para eso?
No, no lo hice por ese motivo y el muy zoquete lo sabía.
Lo hice porque me costó horrores sacarme cuarto de la ESO.
Me pasé tres meses todas las tardes, sentada cuatro horas cada día, con mi padre, haciendo ejercicios y estudiando, repasando.
Acabé tan saturada que me metí a la FP de restauración solamente para no tener que tocar un libro durante el par de años que duraba.
Qué fácil le era meterse conmigo.
Ya no se acordaba de que a él en la ESO le había ido como el culo y se había querido pasar a FP también.
Mi padre le echó una bronca que no veas.
Le dijo que ni iría a su graduación porque le había quedado una sin aprobar, y que para él no era posible concebir que se exaltase la mediocridad.
Una graduación, si no era con todo notables o más, no tenía ningún mérito.
Aquí, mi «papi», otro que también era más cabrón que nadie.
Sabía dónde meter el dedo para hacer daño.
No gritaba, no levantaba la voz. Se sentaba delante de nosotros y nos decía lo mucho que le habíamos decepcionado cuando la cagábamos y, Dios, aquello escocía más que el vinagre.
Sobre todo, a Alejandro.
Creo que solamente por demostrarle que no tenía razón, se sacó el bachiller con una media de notable, pasó la PAU y se sacó el Grado en Ciencias de la Actividad Física y del Deporte en cuatro años sin suspender ni una puta asignatura.
A esa graduación sí que fue mi viejo, con el pecho dos tallas más grande y la camisa que parecía que le iba a estallar.
Hasta le compró un coche.
Un Audi A1, ni más ni menos… de segunda mano, pero qué leches, un Audi. No veas tú cómo andaba mi hermano con su cochecito de feliz para aquí y para allá todos los días.
Y yo me moría de la envidia.
—¿Sabes una cosa? —le dije negando con la cabeza—. Cada día te pareces más a papá.
Comenzó a reírse y a subir por la grada hacia mí. Levantó la mano para enmarañarme el pelo, pero en el último momento se detuvo y se quedó mirándome muy serio.
—¡Hostias! —me dijo con los ojos muy abiertos, inclinándose hacia un lado para verme mejor—. Te has hecho un alisado.
¡La madre que lo parió! Si es que por eso caía tan bien, porque se fijaba en todos los detalles. Y encima te los ensalzaba y claro, bajabas la guardia y ya te tenía comiendo en su mano.
—Sí, pero no me cambies de tema.
—Te queda genial, en serio —me repitió asintiendo muy rápido—. Estás más guapa .
—¡Que no me cambies de tema, Alejandro! —le grité.
¿Será verdad o me lo estaba diciendo para quedar bien?
Se me escapó un pequeño suspiro casi sin darme cuenta. Creo que era la primera vez en años que un hombre me decía que estaba guapa, pero no contaba, porque era mi hermano.
Entonces me fijé en que él había empezado a hablar y yo no le estaba prestando ni la más mínima atención.
—…además, el plazo para apuntarse era hasta finales de septiembre, ya ha pasado, yo no puedo hacer nada. —Me miró de arriba abajo—. Y aparte, no te van a dejar entrar sin volver a pasar el teórico y las pruebas físicas.
—No hay problema, eso lo paso yo con los ojos vendados.
—¿Seguro?
—Que sí —afirmé apoyando las manos en el asiento y poniéndome de pie.
—¿Cómo es el fuera de juego?
¡Cabrón! Me hizo la pregunta más difícil de todas las normas del fútbol. Me senté y me froté las manos contra los muslos, como si de ahí fuese a sacar la respuesta.
¡Piensa, Nora, piensa! ¡Joder, piensa! ¡Está por ahí dentro, en alguna parte!
¡Ya, ya me acuerdo!
—Eso es cuando uno le pasa el balón al que está más delante, pero que no está donde tiene que estar, porque está en posición que no es correcta, porque…
—Me empecé a liar yo sola, moviendo las manos en el aire como si eso ayudase—.
Para que la posición sea correcta, tendrá que estar en el sitio bueno, pero como está en el malo, no se la puede pasar, entonces se pita falta… y… y ya está.
—¿Saque indirecto o directo? —añadió él.
¡Hijoputa! Se me escapó un resoplido y me quedé mirando un punto fijo del césped .
Memoria, Nora, memoria, céntrate: césped, igual a campo de fútbol, hombre de negro igual a árbitro, hay un fuera de eso… como se llame… y entonces, lo que hace el de negro es pitar…
No conseguí acordarme, la verdad, así que me la jugué.
—¿Indirecto?
—Que se señaliza… ¿cómo?
¡Pero me cago en la puta! ¡Deja de hacerme tantas preguntas, que el examen ya me lo hará Josué!
Apreté los dientes y clavé los ojos en él, buscando alguna pista en su cara que no me iba a dar.
—¿Levantando la mano cuando sacan? —balbuceé, encogiéndome un poco sobre mí misma.
Sus ojos se abrieron de par en par.
—Ole, muy bien. —Ahora sí, me enmarañó el pelo y me dio un abrazo asqueroso, porque estaba completamente sudado—. Alucino con que te acuerdes.
—¡Eh! ¿Qué te crees? —le dije golpeándole con el dedo en el pecho—. Me lo tomaba muy en serio. Si no hubiese sido por las prácticas habría seguido.
—¿Y lo de correr dos kilómetros en la marca cómo lo llevas?
¡Mierda! ¡Ahí sí que me había pillado! Se me escapó una risa nerviosa y desvié la mirada hacia las gradas vacías.
—¿Cuándo son las pruebas? —le pregunté.
—A finales de noviembre. En menos de dos meses.
—Joder. —Tragué saliva.
—Vaya, casi me habías convencido.
—No, no, no, no —dije muy rápido, levantando las manos—. Podré, te lo prometo, como me llamo Nora, que podré.
—Vale —me respondió riendo—. Hablaré con Josué, pero espero verte aquí todas las tardes corriendo una hora.
¿Todas las tardes? ¿Una hora?
Los hombros se me hundieron de golpe.
¡Este tío está loco !
Me miró de reojo y comenzó a reírse por lo bajini.
—¿Qué pasa? —le pregunté con los brazos en jarra.
—Que vas a tener que darle un poquito de caña —me dijo con sorna, guiñándome un ojo—. Y no sé lo que sueles cenar, pero yo empezaría a darle a la pechuguita de pollo a la plancha.
—Alejandro, por fa, no te pases.
Ya me estaba empezando a agobiar. Bastante caña me había dado Jara ya en el segundo vídeo, como para que este ahora me diese más.
Le miré durante unos segundos en silencio y se me escapó otro suspiro.
—¿Qué piensas? —le pregunté al ver que ya llevaba casi un minuto callado.
—Que deberías hablar con mamá.
Cerré los ojos y ya di por perdidos mis hombros, que debían de estar ya hundidos por debajo de la grada.
—No quiero hablar con ella.
—Ya lo sé, pero deberías.
—No, y no quiero saber nada, por favor.
Bajó la cabeza y negó un par de veces.
—¿Algún día me contarás el motivo?
—No lo sé, Alejandro, quizás.