Capítulo 5 La Pelea
Aquel fin de semana no pude dejar de pensar en la proposición de Jara.
Había venido Sergio por la noche a casa, con intención de quedarse hasta el domingo por la tarde, y estaba convencida de que estando con él conseguiría desconectar, pero solo sirvió durante media hora.
En cuanto terminamos, se tumbó a mi lado y la cabeza empezó de nuevo a darle vueltas al vídeo.
Eché la mano por encima de la almohada y subí un poco el volumen de la playlist que sonaba en el móvil, a ver si así, con la música de fondo, podía dejar de pensar, pero tampoco funcionó.
Aunque si he de ser sincera, no era la propuesta lo que me tenía más inquieta. Era lo que Jara me había contado sobre Hugo. Sobre su futuro.
Le habían hecho una oferta para jugar en el filial del Chelsea FC, un equipo de Londres, y se iba a mudar cuando terminase tercero. Pero Jara enfermó al poco de comenzar el curso y él decidió posponer su marcha para quedarse y estar con ella en sus últimos seis meses.
Sin embargo, para sorpresa de todos, ella le dejó.
No tengo ni idea de por qué, pero ocurrió así.
Fue la noticia bomba del año anterior.
A mí la verdad ni me iba ni me venía, porque ya no era amiga de ninguno de los dos, pero en el grupo de WhatsApp de las fiestas les encanta el salseo, así que durante dos semanas no se habló de otra cosa.
Hubo todo tipo de comentarios y teorías.
Primero que si cuernos, que si infidelidades, que si terceras personas .
Después que si un embarazo no deseado, que si una denuncia por agresión sexual. Cada burrada más grande que la anterior, pero realmente nadie sabía la verdad.
Entonces alguien lo puso en el grupo.
No recuerdo quién.
Jara estaba enferma, muy grave, cáncer o algo así, de los chungos, de los que se te llevan en meses.
Pensé que también eran habladurías, y al final nos olvidamos todos del tema.
Hasta que Jara falleció en marzo.
Alejandro, mi hermano mayor, que tenía algo de relación con Hugo, me contó en una comida de domingo con nuestro padre que él estaba hecho polvo por partida doble. Primero porque ella le dejó, sin darle ni la más mínima explicación, y después porque se murió.
Ahora había reaparecido desde el más allá para chantajearme y convertirme en el instrumento de sus maquinaciones.
Y yo, tonta de mí, acepté participar en su juego.
Todo por culpa de Silvia, que después de pasarse días echando pestes sobre ella, cambió de opinión.
—No, no, a ver, no me contradigo —me dijo indignadísima una mañana en el comedor—. Lo que pasa es que ya me conoces, tengo arranque de caballo y parada de burro. Lo he estado pensando mejor y creo que las ideas de Jara no son malas.
—¿Me estás vacilando? —le pregunté.
—No, mira, no, piénsalo bien —me dijo sujetándome los hombros y mirándome fijamente—.
Hugo ahora mismo está perdido, no tiene a nadie que de verdad le conozca como tú.
Los tres erais superamigos, así que la única persona que puede ayudarle a superar esto y cumplir su sueño de irse a jugar a Londres eres tú.
—O un psicólogo, ¿no? —le pregunté yo con las cejas levantadas.
—No, no, no. —Agitó las manos sobre la mesa—. Esos solo van por la pasta. Necesita a alguien de confianza. Te necesita a ti, Nora.
—No sé, tía —negué varias veces con la cabeza—. No sé .
—¿No será que te sigue gustando?
—No, para nada.
—¿Seguro? —insistió ella.
—Segurísimo —recalqué yo.
—Pues mira, hablando de Roma… —Señaló a mi espalda con la barbilla.
Me giré rapidísimo para verle, pero no había nadie.
—¡Serás mentirosa! —me gritó Silvia entre risas—. Aún pierdes el culo por él y lo niegas.
Bueno, a ver, gustarme no, pero el chaval era guapo, y yo había estado pillada por él durante cuatro largos años, pero ya no. Yo estaba genial como estaba. Con mis estudios, con Sergio y con mis movidas.
—¿Sergio? —exclamó ella, arrugando la nariz como si le llegara un mal olor.
—Sí, ¿qué pasa?
—Pero si ese tío es medio subnormal, ¿cómo te sigues viendo con él?
Los hombros se me hundieron casi sin darme cuenta.
Sergio Almendros, se llamaba, el figura.
Le conocí en un cumpleaños y me empezó a hablar por Instagram. La verdad es que yo al principio ni me acordaba de quién era. Me había pillado tal tajada que no sabía ni quién había organizado la fiesta.
Cuando quedamos y le vi, me acordé. Llevaba aparato, el labio de abajo se le salía un poco hacia adelante, y no es que fuese precisamente guapo, pero me entretenía y, la verdad, mis anteriores conquistas habían sido un auténtico desastre.
A saber: un chico de Cullera que a las dos semanas me dio largas diciéndome que tenía un trastorno mental, que no sé si era verdad, pero tampoco me importó mucho, y eso que estaba bastante bueno.
Y la anterior, no sabría yo qué decir ni lo que fue.
Sucedió durante una especie de crisis de identidad sexual momentánea que tuve en las fiestas de moros y cristianos de Alcoy.
Tampoco me acuerdo bien, porque iba un poco pedo .
Vale, lo reconozco, iba muy pedo, pero eso da igual.
Besaba muy bien y nunca había estado con una chica, así que de perdidas al río. Fue una lástima, porque no llegamos a mucho más. Como yo estudiaba en Valencia y ella vivía en Alicante, casi no podíamos vernos.
Duramos tres meses.
—Nora, leches, ¿me quieres contestar? —me exigió Silvia dándome un capirotazo en la frente.
—¿Qué? ¿Qué quieres? —La miré a los ojos enfadada—. Que me has hecho daño, pedazo de burra.
—¡Pero…! —Se llevó un nudillo a la boca y se lo mordió—. ¡Llevo dos minutos esperando que me respondas!
—¿A qué?
—¡Que por qué sigues viéndote con el idiota ese!
—¡Ay, Silvia, no me hagas hablar!
Esta chica no entendía nada y yo no quería tener que reconocer el motivo, pero ya no aguantaba más, me estaba agobiando, así que se me llenaron los ojos de lágrimas como me pasaba siempre que me metían mucha caña.
—Porque no quiero estar sola, joder —confesé al final bajando la cabeza.
Ella parpadeó un par de veces y se sentó a mi lado para abrazarme.
—Ay, churri, lo siento.
Sí, claro, todo el mundo lo siente, a todo dios le daba penita la pobrecita Nora, pero eso no solucionaba que yo me seguía sintiendo sola.
—Pero, nena… —comenzó a hablar mientras me acariciaba el pelo—. Si estás perdiendo el tiempo con Sergio no podrás encontrar a alguien mejor.
—Sí, para lo que me sirve, cada vez que me fijo en alguien pasa de mí.
—Bueno… —Respiró profundo—. A lo mejor es que tienes que tener más paciencia .
—La paciencia no es lo mío, ya lo sabes.
Intenté olvidarme de aquella conversación y volví a mirar a Sergio, que estaba a mi lado, completamente dormido ya.
Había venido a lo de siempre y ni siquiera me había preguntado por el verano, las vacaciones, lo que había hecho, cómo lo había pasado, nada de nada. ¡Y eso que mi padre nos había llevado de viaje a Estados Unidos durante tres semanas! ¡Y él lo sabía!
¡Me pasé medio viaje discutiendo con él por WhatsApp!
Total, que yo tenía más de cien fotos para enseñarle y el muy cabrón no me preguntó absolutamente nada.
Entró en el piso y se quitó la camiseta sin haber llegado siquiera a mi habitación.
Empezó a darme besos por el cuello mientras yo intentaba explicarle que no teníamos prisa, que podíamos charlar un rato antes, pero él ya se conocía todos mis puntos débiles.
Para cuando me quise dar cuenta, me había desnudado, estaba tumbada sobre la cama y le tenía encima, así que cerré los ojos y me dejé llevar, porque total, era lo mejor que podía hacer en ese momento.
Le di un pequeño codazo para ver si se despertaba.
—Sergio.
Ni se enteró.
—¡Sergio! —Volví a darle, un poco más fuerte, clavándole el codo en el costado.
—Déjame dormir —me respondió sin abrir los ojos.
—Que tengo que hablar contigo.
—Mañana —murmuró, hundiendo la cara en la almohada.
—No, mañana no, ahora.
—Joder, que estoy muerto de cansancio, no seas plasta y déjame dormir.
—¡Pero vamos a ver! —solté enfadada, sentándome de golpe en la cama—. ¡Que necesito hablar contigo!
—Vale, vale, ya voy, pero no grites.
—No he gritado.
—Pues no hables alto .
—Sergio. —Respiré profundo y abrí el grifo—. ¿Qué harías si me gustase otro chico?
Él se giró hacia mí, entrecerró los ojos, abrió la boca para hablar, la cerró y negó con la cabeza. Volvió a recostarse, se giró y siguió durmiendo.
Abrí los ojos de par en par.
¡Le daba igual!
—¿Has oído lo que te he dicho?
—Sí, pero no me importa —murmuró contra la almohada.
—¿Cómo que…? —balbuceé—. ¿No te molestaría?
—No. —Le escuché suspirar—. Cuando vieses que pasa de ti, volverías a llamarme.
¡Menudo cabrón, lo que me acababa de decir!
Me dieron ganas de coger el móvil y atizarle con él.
Pero el pobrecito iPhone no tenía culpa de nada.
Con lo que me había costado conseguir a alguien que me lo vendiese bien de precio por Wallapop, como para romperlo contra la cabeza de mi…
¿follamigo? ¿Amigovio? No sabía ni qué narices de relación tenía con él.
De repente se me juntó todo y me subió un calor por el cuello que no veas.
—Quiero que te vayas —le dije en voz baja.
Se giró y me miró de arriba abajo.
—¿En serio?
—Sí, por favor —asentí rotundamente—. ¡Vete!
—A ver, vale, tranqui, vamos a hablarlo —me dijo muy despacio, incorporándose sobre un codo.
—No, no quiero hablar nada —respondí yo—. ¡Quiero que te vayas ya!
—¡¿Pero tú estás loca o qué te pasa?! —me gritó de repente, saltando de la cama.
Y yo no sé por qué me pasaba, pero cuando me gritaba cualquier otra persona me agobiaba. Sin embargo, cuando Sergio me levantaba la voz, era como si alguien apretase un botón y explotase una bomba nuclear.
¡Y vaya que si explotó!
Empecé a llamarle de todo, a pegarle, a empujarle, solo quería que se fuese de mi habitación y me dejase tranquila.
—¡Vale, vale! ¡Ya me voy! —dijo dando saltos para meter la pierna en el pantalón—. ¡Joder, no hay quien te entienda!
—¡Que te pires de una vez! —seguía gritando yo, mientras le tiraba todo lo que encontraba por la cama.
¡Hasta la almohada le lancé!
Cerró de un portazo y desapareció.
Escuché cómo salía por la puerta de la calle, a la que también le dio un golpe.
Dos minutos después, Emma, mi compañera de piso, entró muy despacio, casi a cámara lenta, asomando primero solo la cabeza. Debió pensar que también le tiraría algo a ella.
—Holi —saludó moviendo los dedos.
Después arrugó la nariz y me preguntó:
—¿Estás bien? —Lo dijo con vocecita de pena.
Asentí con las manos tapándome los ojos para que no me viese llorar, pero ya me conocía después de dos años juntas.
Se acercó y se sentó en el borde de la cama.
—Los tíos son lo peor.
Sorbí los mocos y la miré por encima de los dedos.
—Qué va, tía. Si no ha hecho nada, soy yo, que estoy súper agobiada por una movida que me ha pasado.
Se cruzó de brazos e hizo un puchero.
—¿Se lo cuentas a tu compi de piso? —me pidió imitando la voz de una niña pequeña.
Consiguió arrancarme una sonrisa.
Desde que volvió de sus vacaciones casi no habíamos hablado .
—Vale —contesté sorbiendo de nuevo los mocos—. Pero te va a parecer rarísimo y, sobre todo, por fi, no me hagas preguntas, porque ni yo misma lo entiendo.
Asintió con la cabeza y se echó hacia delante, apoyando los codos en las rodillas. Empecé a explicarle todo lo relacionado con el vídeo de Jara.
Cuando terminé, no dijo nada. Se quedó callada, mirándome con los ojos muy abiertos.
—¿Qué piensas? —le pregunté yo.
—Que, si me pasase a mí, estaría cagada —respondió.
—Ya, yo lo estoy, un poco.
Emma se rascó el mentón y se giró hacia mí.
—Solo hay una cosa que no entiendo.
—¿Cuál? —le pregunté.
—Lo del libro de poesía y los dibujos… Esa parte no me ha quedado clara.
Se me escapó un bufido sin darme cuenta.
Era tardísimo y no me apetecía explicarle aquella parte.
—Te lo cuento otro día, ¿vale? Que me muero de sueño.
—Vale —me contestó arrastrando la a durante casi dos segundos.