Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 4 No Te Agobies
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Capítulo 4 No Te Agobies

No volví a ver a Silvia y Liam juntos hasta la última semana de septiembre. El tío vino a la clase de prueba de bailes latinos y no regresó jamás, y cada vez que intentaba quedar con ellos siempre estaban ocupados, pero finalmente conseguimos vernos en el campus a la hora del almuerzo.

—Bueno, ¿qué? —me preguntó Silvia—. ¿Lo hacemos o no?

Yo no lo tenía claro.

Nos habíamos pasado la última semana discutiendo cada noche por WhatsApp sobre el vídeo de Jara.

Los días impares me decía que le parecía bien lo que Jara me había propuesto, absolutamente todo… y los pares me decía que era una manipuladora y que hiciese lo que a mí me diese la gana.

Me llevaba loca.

Y Liam no ayudaba mucho, porque cuando le escribía a él y le preguntaba, se limitaba a responder siempre lo mismo.

«No sé qué decirte, tengo sentimientos encontrados».

¡Vaya respuesta de medio pelo!

Con aquello no podía yo hacer nada.

Apreté los dientes y miré a Silvia. Tenía mi móvil en la mano y me miraba con esa cara suya de estar lista para todo, con una ceja levantada y el pie dando golpecitos en el suelo.

Asentí con un gesto y ella abrió los contactos, buscó el nombre de Jara y le dio a llamar. Puso el altavoz y acercó el teléfono entre las dos, sujetándolo en alto.

«El teléfono al que llama está apagado o fuera de cobertura», escuchamos los tres.

—Mierda —soltó, chasqueando la lengua .

Se cruzó de brazos y me devolvió el iPhone.

—Mándale un WhatsApp —me ordenó.

No me dio tiempo a hacer nada porque me lo quitó de nuevo.

—No, deja, deja, que se lo mando yo. ¡Un audio mejor!

Apretó el botón del micrófono, se lo acercó a la boca y empezó a gritar.

—¡Escúchame bien, capullo de mierda! ¡No sé quién eres, pero déjate de leches y da la cara o te arranco las pelotas! ¿Entendido?

Soltó el dedo y el audio empezó a enviarse.

Apareció solo un tick.

—Lo tiene apagado del todo —bufó, dejando caer los hombros.

—Pero si ya ha saltado antes la locución cuando habéis llamado —nos recordó Liam encogiéndose de hombros—. ¿Qué esperabais que pasase ahora?

—Tú calla, ¡que para lo que sirves! —le respondió, dándole un pequeño empujón. Después siguió gruñendo—: No sé lo que está pasando y esto me tiene negra.

Estaba a punto de contestarle cuando le vi.

Era Hugo.

Cruzaba por el campus con la mochila colgada de un hombro y la vista clavada en el suelo, camino de la cantina.

Silvia lo vio al mismo tiempo que yo.

—Este seguro que sabe algo —murmuró, entrecerrando los ojos sin apartarlos de él—. Tenemos que hablar con él.

—No —dije.

—Vamos.

—He dicho que no.

No me hizo ni caso. Me agarró del brazo con las dos manos y empezó a tirar hacia la cafetería. Me llevó arrastrándome mientras yo intentaba plantar los pies en el suelo.

—¿Cómo eres tan fuerte? —le pregunté, pero no me respondió .

Cuando entramos, lo vimos sentado solo en una mesa del medio, con el café sin tocar delante y la cabeza gacha, mirando la pantalla del móvil sin moverse.

Nos detuvimos junto a la barra.

—¿Y ahora qué le decimos? —le susurré, agarrándola de la muñeca.

Silvia no respondió. Miró la mesa de al lado, donde había un vaso desechable de Coca-Cola a medio terminar con una bandeja debajo. Lo cogió sin pensárselo dos veces.

Me miró y yo miré la bandeja.

—No —le pedí, negando con la cabeza a toda prisa—. No, no, no.

Pero ya era tarde.

Se alejó de la barra, rodeó la mesa de Hugo y, al pasar por detrás, le dio con el pico de la bandeja en la espalda. La dejó caer soltando un grito que hizo que los pocos alumnos que había por allí se girasen a ver qué pasaba.

—¡Ya te vale, tío! —le increpó, con las manos en las caderas—. ¡Me has tirado el refresco!

Hugo se giró despacio, con una expresión entre el susto y la confusión absoluta.

—¿Qué?

—Que reacciones, chaval —le ordenó chasqueando los dedos frente a su cara—. Que te disculpes y me pagues uno nuevo.

—Que no te he tirado nada —protestó él, levantando las palmas—. Ni me he movido.

—Pues claro que sí, te echaste para atrás cuando pasaba y mira, todo lleno de mierda por tu culpa. —Señaló el suelo con un gesto dramático—. Y no me queda dinero. ¡Venga, a la barra, a pagar! —ordenó apuntando hacia donde estaba yo.

Hugo soltó el aire despacio, con los ojos cerrados un segundo, y se levantó apoyando las dos manos en la mesa .

Se acercaron y, cuando llegó a mi altura, se quedó mirándome, completamente quieto.

—Hola, Hugo —le saludé en voz baja.

—Hola, Nora —balbuceó, bajando enseguida la mirada.

—Dos euros, tú, empanado —lo cortó Silvia, dándole un golpecito en el brazo—. Venga, paga.

—¿Cómo que dos euros? —preguntó con la boca muy abierta.

—Dos latas, una para mí y otra para Nora.

Sacó el dinero y nos invitó sin discutir más. Después abrió los ojos de par en par cuando se dio cuenta de que le seguíamos hasta su mesa y nos sentábamos con él.

Silvia parecía encantada de la vida, con una sonrisa que no intentó disimular ni un segundo y las cejas arqueadas de pura satisfacción.

Yo me coloqué frente a Hugo sin dejar de mirarle.

Le vi muy mal.

No sabría explicar exactamente lo que era. Estaba más pálido, más apagado, más triste. Esa era la palabra: triste. Normal, su novia se había muerto hacía seis meses después de estar juntos cinco años.

¡Madre mía! ¿Tanto tiempo se había pasado ya?

—Bueno, niño, ¿y cómo lo llevas? —le preguntó Silvia, apoyando la barbilla en la mano.

—Perdona, ¿nos conocemos?

—Tío, el año pasado estuvimos en la misma clase de inglés, no me jodas —le recriminó ella.

Después miró al techo y añadió:

—¡Anda! Me meo.

Se levantó, cogió su refresco y desapareció en dirección a los baños sin mirar atrás, dándome una palmada en el hombro al pasar.

¡La madre que la parió!

Si llego a saber que me la iba a jugar así, la mato.

Suspiré casi sin darme cuenta y levanté la mirada hacia Hugo, que seguía callado, dándole vueltas al café sin tocarlo, mirando a la nada.

—¿Estás bien? —le pregunté al final—. ¿Te pasa algo ?

Me clavó la mirada, pero no dijo nada. Soltó el aire despacio, se levantó, cogió la mochila del respaldo de la silla y dio un paso para irse.

—¿Es por Jara? —le pregunté.

Se quedó parado, como si le hubiesen dado al pause.

Entonces se giró hacia mí y me preguntó:

—¿Qué quieres, Nora?

Quise contarle lo que había pasado, pero Jara había sido muy específica. Jamás, bajo ningún concepto, pasase lo que pasase, debía hablar de los vídeos con Hugo.

—Han pasado seis meses desde que…

—Lo sé —me interrumpió—. ¿Y?

Joder, qué complicado era encontrar las palabras para poder hablar con él.

Le hice un gesto con la mano para que volviese a sentarse.

Accedió, dejándose caer en la silla, y me relajé un poco.

—Antes éramos amigos, hasta que… ya sabes…

—Se me hizo un nudo en el estómago, pero tenía que seguir hablando con él—.

No pude despedirme de ella y pensé que igual, hablando contigo, podía, no sé…

cerrar algo y pasar página. —Puse los codos sobre la mesa y hundí la cabeza entre mis manos—. No sé ni lo que digo, lo siento.

—No te preocupes, está todo bien —afirmó él—. Ya hablaremos otro día, ahora tengo que irme.

Asentí con la cabeza y él se levantó de nuevo. Salió de la cafetería y yo me quedé allí, con la cabeza aún entre las manos, pensando que la cosa había ido peor de lo que yo había imaginado.

Silvia apareció de vuelta y me miró a los ojos, dejándose caer en la silla de enfrente.

—¿Qué? ¿Qué ha pasado? —me preguntó.

—Nada —respondí negando con la cabeza—. Nada de nada.

Ella estiró el cuello hacia la entrada y ladeó la cabeza varias veces, intentando ver a Hugo alejándose de la cafetería, pero no sé si lo consiguió .

—Pues sí que está hecho una piltrafilla —me dijo cuando volvió a mirarme.

Era cierto.

Habíamos sido amigos durante años y le conocía bien. Era un tío súper enrollado, la mar de simpático, gracioso y divertido. No tenía nada que ver con el chico que había estado sentado delante de mí.

—¡Oye! ¿Dónde coño está Liam? —me preguntó Silvia mirando hacia todos lados.

Yo tampoco me había dado cuenta de que no estaba.

—Bueno, da igual, lo importante ahora es la petición de Jara.

—Silvia… —respondí bajando la cabeza—. No sé yo si voy a ser capaz.

—¡Venga, que sí, solo tienes que hacer lo que te diga en los vídeos! —soltó, dándome un apretón en el antebrazo.

Entonces levanté la mirada, apoyé los puños en la mesa y le clavé los ojos.

—¿Pero tú qué interés tienes en todo esto? —mascullé.

—Eh… ¿Yo? —titubeó durante unos segundos—. Ninguno, pero ahora que le he visto tan pocho al pobre, me ha dado tanta pena que creo que le vendría bien algo de ayuda.

Me subió un calor por la cara que no me pude aguantar.

—¡Silvia! ¡Pero es que ya no somos amigos!

—¿Y qué? —preguntó abriendo mucho las manos—. Te vuelves a hacer su amiga y apañado.

—Pero que no es tan fácil, joder —gruñí.

Se me alzó la voz casi sin darme cuenta y Silvia me hizo gestos para que rebajase el nivel de decibelios. Después se inclinó sobre la mesa y me habló en voz baja.

—¡A ver, churri! ¿Tú quieres recuperar el libro y los dibujos, sí o no?

Sí, realmente quería, claro que sí. La otra propuesta de Jara, justo al final del vídeo, me había parecido una idea muy bonita.

No me quedó otro remedio que asentir con la cabeza .

—¿Entonces? —me preguntó ella.

—No me gusta la parte de «obedecer» —le expliqué.

—¡De momento solo te ha mandado apuntarte a bachata, tampoco es para tanto! —me increpó ella.

—¡Ay, Dios, Silvia, me vas a volver loca! —resoplé, dejando caer la frente sobre la mesa.

—No te agobies, Nora, no te agobies, respira hondo —me dijo, frotándome la espalda.

Me quedé mirando la silla de Hugo, ahora vacía.

¡Que no me agobie, dice!

Una muerta me mete en un embolado de la leche, mi amiga cambia de opinión cada cinco minutos y el próximo fin de semana he quedado con Sergio en mi apartamento.

Y llevo sin depilarme desde hace meses.

¡Cómo no voy a agobiarme!