Capítulo 3 No Lo Veo Claro
Allí dentro había demasiadas personas para mi gusto. Se notaba que las vacaciones habían acabado y a todo el mundo le daba por apuntarse a cosas nuevas. Siempre era igual.
Los gimnasios se llenaban de gente, que se borraba antes de que llegase Navidad. Y por lo que tenía entendido, en las academias de baile también pasaba.
¿Haríamos nosotros lo mismo?
Miré a Silvia, que sonreía como una mema, dando pequeños saltitos en el sitio. Volví la vista al otro lado y vi a Liam, que tenía una cara de mustio que no podía con ella, con los brazos colgando como si le pesaran una tonelada.
El profesor le dio al play y aquello empezó.
—Un, dos, tres, bachata —repetía sin parar mientras se movía.
No era difícil seguirle, al menos no para mí.
Sin embargo, Liam parecía una cigüeña embarazada.
Y Silvia, bueno… le seguía, pero sin estilo, más rígida que una piedra, pero al menos no se perdía como su compañero de piso, que iba dos segundos por detrás del resto.
Pero lo más gracioso era la canción que sonaba. «Por un pendejo no se llora», de Manuel Turizo.
Mientras seguía la coreo, yo escuchaba la letra y pensaba que aquel cantante tenía que conocerme, porque lo que había llorado yo por algunos pendejos, si lo supiese, me sacaba en el videoclip con él.
Silvia me decía siempre que era porque no tenía filtro, porque me dejaba seducir por el primero que aparecía.
Y a lo mejor era eso .
O a lo mejor era que yo no era la más bonita, ni la que mejor tipo tenía, y con mis kilos de más no estaba como para ponerme exigente.
—¿Qué? ¿Nos vamos a mi piso? —me dijo una noche un tío que, bueno, no estaba mal.
—A ver, que casi no te conozco —le respondí yo.
Ni se inmutó. Directamente el muy desgraciado me dijo:
—No te preocupes, que hay otras más dispuestas. —Me miró de arriba abajo y añadió—: Y menos gordas.
Se dio la vuelta y se largó.
Ni siquiera se giró para ver cómo me lo tomaba.
Y yo me quedé allí plantada, en medio del pub, con una expresión de idiota que no podía con ella.
Me ardía la cara como si me hubiesen abofeteado, tanto, que, en un despiste de Silvia y Liam, me escabullí y me volví a mi apartamento. Caminaba por la calle arrastrando los pies, con la cabeza gacha, sin dejar de pensar por qué había tíos que tenían que ser tan desagradables.
Entonces pasé por delante de una tienda de colchones que tenía unas vidrieras enormes, de esas que van desde el suelo hasta el techo, y me detuve un instante.
—No sé ni para qué sales —le dije a mi reflejo.
Total, ya tenía a Sergio. No era gran cosa, ni yo tenía muy claro qué éramos exactamente, pero me escribía, venía a casa de vez en cuando y me reía con sus tonterías.
—Habrá que conformarse —afirmé, y la Nora del cristal asintió también—. Genial, estamos de acuerdo.
—¡Por parejas! —Escuché gritar.
Di un salto en el sitio y miré a mi alrededor. Volvía a estar en la academia de baile.
Se formó un círculo alrededor del profesor y cada una de nosotras intentó buscar un chico con el que emparejarse. Silvia y yo lo intentamos con Liam, pero se lo llevó ella.
Yo acabé sola, porque no había hombres suficientes .
—No os preocupéis, porque ahora iremos cambiando; las que estéis solas, igualmente intentad repetir la coreo, ¿de acuerdo?
Me encogí de hombros.
—¡Qué remedio! —dije en voz baja.
Mi soledad duró poco.
—¡Cambio! —gritó el profesor.
Empezaron a pasar chicos y fue todo desastre durante diez minutos.
Un clon, con bigote, de mi padre intentó romperme un brazo, el siguiente estuvo a punto de dislocarme el codo y el tercero, un chaval con cara de estar pasándolo peor que Liam, directamente se disculpó y no bailó.
Estuvo mirando al profesor y yo me quedé mirando al siguiente que me tocaba, que era bastante mono.
—¡Cambio!
Entonces me di cuenta de lo que iba a pensar en cuanto me pusiese un dedo encima.
Bajé la vista al suelo y me sequé la mano en el pantalón rápido antes de dársela. Me la cogió y me puso la otra en la espalda. Justo debajo del omóplato, donde la camiseta me quedaba ancha.
—Soy Héctor —me dijo en voz baja.
—Yo Nora —respondí yo más bajo aún.
Cuando quise darme cuenta ya me estaba dando la vuelta debajo de su brazo. Hicimos la figura entera, perfecta.
—¡Ole, muy bien! —Me sonrió.
De repente empezó a hacer mucho calor dentro de la academia.
—¡Cambio!
Me dio las gracias y se fue con Silvia.
¡Hubiese preferido que me diese su Instagram!
Me quedé mirándome las zapatillas hasta que llegó Liam a mis brazos. Pobrecito mío, se notaba que no estaba nada a gusto.
—¿Cómo lo llevas? —le pregunté.
—Horrible —me respondió con la cara desencajada—. ¿Cómo hemos acabado aquí ?
Miré hacia la izquierda y allí estaba una de las culpables, bailando con el clon bigotudo de mi padre.
—Por culpa de esa que está ahí —le susurré, y miré hacia el techo—. Y la otra que está por ahí arriba en algún lado.
No respondió nada, se limitó a apretar los dientes e intentar indicarme que yo debía girar levantando su mano.
Le salió fatal y tarde.
—¡Cambio! —gritó el profesor.
—Venga, campeón, que esta noche te devuelve los mandos de la PS5 —le dije, dándole una palmada en el hombro cuando se fue con Silvia.
Y allí seguimos durante media hora más.
Disfrutando del embolado en el que Jara nos había metido a los tres.
Bueno, realmente me obligó a mí sola, pero Silvia decidió apuntarse por iniciativa propia y arrastró a Liam con ella. Aunque si he de ser sincera, los intentos de que yo me apuntase a clases de baile habían comenzado muchos años antes.
El primero fue mi viejo, cuando yo apenas era una adolescente. Como la pareja que se buscó después del divorcio bailaba, se convenció de que aquello era la solución para todo.
—Es un ambiente muy sano, porque no se bebe, además conoces mogollón de gente y, quieras o no, también haces un poco de ejercicio que te viene bien.
—Pero es que a mí no me gustan la salsa y la bachata, papá —protesté, cruzándome de brazos.
Realmente lo que me mataba era la idea de que se me restregase un tío contra el cuerpo. Tenía dieciséis años y no sabía lo equivocada que estaba entonces con respecto a los bailes latinos.
Después vino mi hermano.
Yo ya tenía dieciocho. Fue cuando volví de las prácticas en Ibiza. Alejandro había conocido a una chica que también bailaba y lo había metido en la secta. No paraba de repetirme lo maravilloso que era el mundillo.
—Y nos vamos a ir a Benidorm a un festival que se hace todos los años, que te pasas una semana entera bachateando y conociendo a gente de todo el mundo.
Me acuerdo de que le dije algo muy interesante.
—¿Sabes que te estás empezando a parecer a papá?
Y cuando ya pensaba que me había librado de los obsesos de los bailes latinos, apareció Jara con el mismo cuento.
—Sé que te vas a negar en redondo, pero te gustaba hacer coreografías k-pop y bailabas de aúpa. He visto los vídeos que subiste con las chicas de Paiporta a YouTube.
Levantó su móvil y lo enseñó a la cámara.
De alguna manera que yo no sabía, había encontrado el canal del grupo con el que yo había hecho danza urbana durante un año.
—No debiste dejarlo nunca, porque te mantenía en forma y conocías gente. Pero en esta ocasión vas a apuntarte a salsa y bachata. Y estaría encantada de explicarte todos los motivos y beneficios, pero no es necesario. Si quieres el libro y tus dibujos, estas son mis condiciones.
—Me apunto contigo —me dijo Silvia cuando vio aquella parte.
—¿Lo harías?
Se encogió de hombros y asintió.
—Podemos ir a una clase de prueba a ver qué tal. —Miró hacia el techo y añadió—: Hay una escuela de baile a dos calles de aquí, en el cruce de las avenidas.
—¿En serio? Nunca me había fijado.
Apretó los labios.
—Está un poco escondida, como metida hacia dentro en la fachada del edificio, y si no te fijas, pasa muy desapercibida.
—Silvia, tú sabes que no tengo ni para pipas, ¿no?
Se hizo la sorda y le dio un codazo a Liam.
—¿Qué, churrilla, te apuntas ?
—¡¿Eh?! —exclamó él—. Nope.
—¿Por qué? No seas aguafiestas, vente también, que necesitaremos un chico para bailar con él.
Mientras aquellos dos seguían discutiendo yo empecé a agobiarme. De las cosas que me había pedido Jara, había una que me parecía bien. La segunda me disgustaba un poco, pero entendía por qué lo había hecho y acepté a regañadientes, aunque significase tragarme cinco años de orgullo.
¡Pero lo de tener que pagar una academia de baile! ¿Qué costaría el mes? ¿Y de dónde iba a sacar el dinero?
—¡Es que nunca quieres hacer nada! —Escuché gritar a Silvia.
—Eh, eh, ¿qué pasa? —pregunté con los ojos muy abiertos.
—¡Este! —respondió Silvia, señalando a Liam, que seguía sentado en el borde de la cama—. Que parece que tenga ahor… arora… atorafobia —consiguió decir por fin—, o como se diga la mierda esa de no salir a la calle.
—¡A mí no me pasa nada! —protestó él—. ¡Prefiero jugar a la PS5! ¿Por qué no me puedes dejar vivir en paz?
—Tú sigue con el vicio y el día menos pensado… —le amenazó ella, señalándole con el dedo índice—. ¡Mejor me callo!
Me quedé mirándolos a los dos sin entender muy bien a qué venía tanto escándalo.
Yo estaba con él, también me molaba más la idea de jugar a la PS5 y ahorrarme la pasta de las clases de baile, pero Silvia parecía tan decidida que a ver cómo me atrevía yo a decirle que no.
—¿Te parece bien si vamos a preguntar? —me soltó.
Asentí con la cabeza y me estiré por completo. Algo me sonó por ahí detrás, en la espalda, y tragué saliva. Pero enseguida me di cuenta de que no había sido ninguna vértebra.
Era mi tripa, que protestaba porque ya eran las nueve.
¡Hora de desayunar!
Los invité a seguir la conversación en la cocina.
Con el café ya en la mano, Silvia miró a Liam .
—¡Tú vas a venir también a probar!
—¿Yo? No —negó él, escudándose detrás de la taza—. Antes me corto una pierna.