Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 2 Post Vídeo
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Capítulo 2 Post Vídeo

Había pasado una semana desde que recibí el vídeo de Jara. Exactamente el uno de septiembre, a las ocho de la mañana.

Yo estaba dormida, completamente despatarrada sobre la cama para no cagarme de calor y con el despertador apagado porque aún no habían empezado las clases.

Entonces el móvil vibró sobre la mesita.

Me acordé de haber alargado el brazo sin abrir del todo los ojos, con la intención de silenciarlo y seguir durmiendo, pero en vez de eso abrí el WhatsApp sin saber por qué y vi que alguien me había mandado un vídeo.

¡A las ocho de la mañana!

¿Quién podía ser tan capullo de hacer algo así?

Le di al play para ver qué tipo de chorrada era y entonces apareció ella, sonriendo y mirando a la cámara.

Fue como si me hubiese dado una ducha de agua helada.

Abrí los ojos del todo y me incorporé de un tirón, mirando la foto de perfil, el nombre, todo.

No había duda, era ella.

Era Jara.

Estaba hablando, diciendo algo que no escuchaba porque tenía el volumen quitado, pero me dio igual lo que dijese, porque el corazón me empezó a latir tan fuerte que pensé que me iba a dar un «parraque».

Solté el móvil de golpe, rebotó contra el colchón y acabó cayendo al suelo con la pantalla hacia arriba.

Me quedé sentada en la cama, con la espalda pegada al cabecero y las rodillas contra el pecho, sin dejar de mirarlo.

Alguien me estaba gastando una broma .

Tenía que ser eso.

Habían hackeado el número de Jara, o le habían robado el teléfono a su madre, o yo directamente me estaba volviendo loca, porque los muertos no mandan WhatsApps.

No, no lo hacían.

Me tapé la cara con las dos manos y respiré hondo varias veces, contando hasta cinco cada vez, intentando convencerme de que en cuanto volviera a mirar, la pantalla estaría en negro y todo habría sido un error mío, una confusión por sueño.

Reuní el valor suficiente para asomarme al borde de la cama y, estirándome hacia el suelo, lo cogí. Los dedos me temblaban tanto que casi se me resbaló. Vi que el vídeo seguía en marcha y que ahora Jara tenía una pizarra a su espalda y apuntaba cosas en ella.

Tragué saliva, lo pausé y retrocedí al chat.

No había ni un mensaje.

Solo el vídeo.

Todas las conversaciones antiguas, con las bromas, las buenas noches y los memes que nos enviábamos, no estaban. Todo borrado desde el día que me enteré de lo que había hecho y decidí mandarla a la mierda, borrándola de mi vida para siempre.

Un escalofrío me subió por los brazos hasta erizarme la piel entera.

No podía ser real.

Salí de la conversación de golpe, con el pulgar torpe sobre la pantalla, y volví a entrar unos segundos después, casi esperando que el chat estuviese vacío, como lo había estado desde hacía cinco años, pero no.

El vídeo seguía allí.

Esperándome.

Me levanté de la cama de un salto y empecé a caminar por la habitación, mordiéndome la uña del pulgar e intentando pensar con claridad a pesar de que la cabeza me iba a mil por hora.

Tenía que ser un deepfake .

Había visto vídeos así en internet, de esos que ponían la cara de alguien famoso sobre otra persona con IA, y aunque no sabía muy bien cómo funcionaba, tenía que ser eso. Alguien con demasiado tiempo libre, y muy mala baba, había cogido fotos suyas y le había puesto voz encima.

¿Pero por qué? ¿Y quién?

Me senté en el borde de la cama con el portátil abierto sobre las rodillas, buscando en Google «cómo saber si un número de WhatsApp ha sido robado», «deepfake voz igual», «hackear WhatsApp de una persona fallecida».

Las manos me sudaban tanto que se me iban los dedos del teclado.

Tardé el triple de lo normal en escribir cada palabra, y tuve que borrarlas media docena de veces.

Ninguna respuesta encajaba del todo.

Me planteé llamar directamente a la madre de Jara, pero la sola idea de marcar ese número me daba muy mal rollo.

Al final, después de darle mil vueltas sentada en la cama, decidí que solo había una forma de averiguar qué leches era aquello.

Tenía que verlo.

Apreté los labios muy fuerte.

Era el vídeo de una muerta.

¿Realmente quería?

Subí el volumen y llevé el dedo hasta el triángulo de reproducir, tomando aire por la nariz antes de tocarlo.

Me quedé sin respiración durante los primeros segundos, viendo aparecer su habitación de siempre, con algunos de los pósteres que yo misma le había ayudado a colgar cuando teníamos catorce años.

Comenzó a hablar.

Su voz sonaba tan real, tan suya, con esa entonación que hacía siempre al principio de las frases, que era imposible que fuese algo artificial. Era ella, realmente era ella y estaba haciendo bromas sobre estar muerta.

Solo Jara sería capaz de hacer algo tan retorcido .

Se me llenaron los ojos de lágrimas en cuanto dijo dos frases más. Acababa de adivinar lo que yo estaba pensando en ese mismo momento: llamar a Liam y a Silvia para que me ayudasen a entender qué era aquello.

Y lo hice.

No quería ver más yo sola.

Me estaba empezando a doler la cabeza más que en toda mi vida. Me sentía mareada, no sé, era muy raro todo.

Me froté los ojos con el dorso de la mano para despejarme y envié un WhatsApp a nuestro minigrupo, en el que solo estábamos nosotros tres. Les dije que tenía una urgencia, que viniesen a mi apartamento lo antes posible.

Liam respondió de inmediato. Me confirmó que avisaba a Silvia y que tardarían quince minutos en llegar.

Volví a mirar el móvil.

¿Sería capaz de terminarlo sin ellos?

Quince minutos. Podía esperar quince minutos.

No esperé ni dos.

Me coloqué la pantalla frente a la cara y, con el índice temblando, toqué el icono de play.

Jara me habló de hacer una promesa y se quedó callada casi treinta segundos, esperando a que yo dijese que sí. No le prometí nada. Ni lo hice, ni lo haría jamás.

Entonces su tono cambió.

Se puso seria. Muy seria. Tanto que casi no la reconocí.

Y yo pensé que iba a pedirme perdón por lo del viaje de fin de curso. Cinco años esperando esa frase. Cinco años ensayando lo que le contestaría, todas las cosas horribles que llevaba dentro y que me moría de ganas de soltarle a la cara.

Pero era Jara.

De disculparse, nanai.

Y entonces me explicó por qué no lo iba a hacer.

Y yo me sentí la persona más miserable del mundo .

Porque me enteré de que se estaba muriendo y no hice nada. Estuve unos días asimilándolo y después seguí con mi vida como si no fuese conmigo.

Y ella, mientras tanto, había cogido una cámara y había gastado parte del poco tiempo que le quedaba en grabar aquello.

Para mí.

Me limpié la cara con las dos manos, pero no servía de nada, porque no paraba de llorar.

En ese momento le hubiese perdonado lo que fuese.

Y entonces la escuché decir que me agarrase a algo, que me iba a contar su idea.

De nuevo haciendo el payaso.

No le hice caso, ¿a qué me iba a agarrar si estaba sentada sobre la cama?

Seguí escuchando.

Y el corazón se me paró en seco. El móvil se me cayó de las manos. Lo que acababa de oír no podía ser. Era imposible que lo que acababa de proponerme fuese verdad.

Me llevé la mano a la boca y me quedé mirando el iPhone en silencio, con la pantalla ya completamente negra.

¡Pam, pam!

—¡Ahhhhhhh! —Solté un grito que no veas.

Alguien había dado dos golpes fuertes, muy fuertes.

—¡Nora, Nora! ¿Estás bien? —Era la voz de Liam.

Estaba en el rellano, aporreando la puerta.

Después escuché la voz de Silvia, ordenándole que la echase abajo.

Salté de la cama y corrí hasta la entrada antes de que destrozasen la casa y me metiesen en un lío.

—¿Estás bien? —me preguntó Silvia sujetándome de las manos cuando les abrí—. ¿Qué ha pasado? ¿Cuál es la urgencia?

Miré hacia la habitación y solo se me ocurrió decir una cosa.

—Vais a flipar en colores cuando os lo enseñe .

Una hora después de ver el vídeo, y tras una discusión mientras desayunábamos, acompañé a Liam y a Silvia hasta el rellano.

No podía dejar de pensar en el final. Era la segunda vez que lo veía, esta vez acompañada de ellos, pero todavía no podía creérmelo del todo.

Me quedé apoyada en el marco mientras Silvia seguía despotricando ya en la escalera.

—Lo de esa tipeja no es normal, y eso… —Señaló mi móvil con el dedo—. Eso no está bien. No, nada bien —repetía mientras negaba con la cabeza—. Y espero que ni se te haya pasado aceptar lo que te ha dicho.

—Silvia, ya vale —le pidió Liam—. Cálmate.

—No, no me da la gana calmarme, coño —respondió ella cruzándose de brazos.

Lanzó un bufido enorme y me clavó los ojos.

—No se puede jugar así con la gente, no está bien.

Bajé la cabeza y asentí.

Tenía toda la razón del mundo. La propuesta que me había lanzado Jara desde la tumba era, como poco, desafortunada. Incluso rozando el mal gusto, aunque sus intenciones eran buenas.

—¿Estarás bien? —me preguntó Silvia con la voz más suave.

Sonreí y volví a asentir.

—Te quiero, churri —me dijo poniendo morritos.

Después le cambió la cara y su expresión se endureció, apuntándome con el dedo a la altura de la nariz.

—Borra el vídeo y no vuelvas a verlo —me ordenó.

—Luego lo borro —le confirmé.

—Vale, guay. —Se giró hacia Liam y le miró de arriba abajo—. ¿Vas a llamar al ascensor hoy o mañana?

El chico se llevó una mano a la cabeza y apretó el botón con la otra. Unos segundos después, Silvia lo quitó de en medio de un empujón, abrió la puerta y se metió dentro. Antes de seguirla, él se detuvo durante un instante y me miró a los ojos .

—Descansa, Nora —me sugirió.

Cerré y me quedé allí, con la frente apoyada, escuchando cómo Silvia volvía a reñirle.

Abrí el chat para borrar el vídeo, pero algo me lo impidió. No sé si la pena o qué, pero no pude.

Aquella noche no pegué ojo.

Igual que las diez siguientes, que dormí fatal.

Miraba el móvil cada mañana al despertar para comprobar si el vídeo seguía allí.

Mismo resultado cada día.

Y más arriba, la foto de perfil de Jara, sonriendo con las gafas de sol subidas sobre el pelo.

Tenía tanta ansiedad que ya no sabía ni qué pensar.

Era todo demasiado irreal.

Y aquella misma tarde empezaba el primer encargo.