Nunca es tarde para volver a intentarlo Capítulo 1 No Tiene Gracia
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Capítulo 1 No Tiene Gracia

—Es una broma de mal gusto —afirmé.

Aún tenía el móvil en la mano, con la imagen congelada desde hacía unos segundos. Lo dejé sobre la mesa del escritorio y miré a mis amigos.

—De muy mal gusto —repitió Silvia, cruzándose de brazos y apoyándose contra el marco de la puerta.

Liam no dijo nada.

Solo se quedó mirándonos, callado, como hacía siempre, con una mano apoyada en el mentón y negando ligeramente con la cabeza.

—¿Lo han podido hacer con IA? —pregunté yo—. ¿O realmente pensáis que es ella?

—¡Ahí lo tienes! —soltó Silvia, dando una palmada seca—. Está generado con IA, todo falso. Deberíamos ir a la policía y denunciarlo, por suplantar a una muerta. Seguro que es un delito.

Podía ser.

Pero decía cosas sobre mí que solo la auténtica Jara podría saber.

Que sí, que podrían haberlo generado con IA, pero parecía tan natural, tan real, tan ella misma.

Aunque por otro lado había algo que no cuadraba.

¿Una persona que se está muriendo gasta así los últimos meses de su vida?

¿Grabando vídeos para enviarlos desde la tumba? ¿En serio?

Era muy raro.

—Venga, arréglate y vamos a la comisaría a poner una denuncia —me urgió Silvia, tirándome de la manga hacia la puerta—. Ya verás qué paquete le va a caer al cabrón que haya ideado esto.

—¡Para, leches! —le pedí .

Me estaba poniendo ella más nerviosa que el vídeo. Con la tirria que les tiene a los policías, no sé por qué ahora le dan ganas de ir corriendo a la comisaría.

Se sentó en la cama y me quedé mirándola de reojo. Entonces abrió los ojos muy grandes y se llevó una mano a la boca.

—¡¿Y si es cosa de Hugo?!

Me giré de golpe hacia ella y parpadeé varias veces.

—¿Hugo? ¿En serio?

—Podría ser, ¿no? —preguntó encogiéndose de hombros y levantando las cejas.

Él sí sabía cosas sobre mí. No tantas como Jara, que me conocía desde los seis años, pero bastantes. Empecé a negar con la cabeza. Me estaba empezando a agobiar tanto que hasta me dolía.

—¡Liam, coño, di algo! —gritó Silvia de repente, zarandeando a nuestro amigo por el hombro.

—¿Qué? ¿Qué pasa? —Reaccionó levantando las manos.

—Que estás muy callado, ¿qué piensas?

No respondió inmediatamente.

Nos miró a los ojos a las dos primero, abrió la boca y entonces soltó la bomba.

—¿Os imagináis lo que debe de ser saber que te vas a morir? —Apretó los labios antes de seguir hablando—. Que solo te quedan seis meses de vida.

Hasta aquel momento ni se me había ocurrido pensarlo.

Se me hundieron los hombros completamente y la indignación que me recorría el cuerpo empezó a disiparse lentamente. A Silvia le debió pasar algo parecido porque soltó el aire despacio y se dejó caer de espaldas sobre la cama.

Yo me senté en mi silla de escritorio y me quedé mirando al suelo.

¿Qué haría yo si me quedasen solo seis meses de vida?

Viajar. Sí, haría el viaje de mis sueños a Tokio. ¡Qué puñetas! Igual no volvería, me quedaría allí disfrutando de la vida hasta el último momento .

¡Oh, sí, señor!

Volví la vista hacia mi estantería, donde estaban mis figuritas de anime. Tenía que arreglarla un poco, estaba todo patas arriba. Y mira que mi madre me castigó un millón de veces cuando era pequeña para que aprendiese a ser más ordenada, pero no sirvió para nada.

Mi madre…

Sí, quizás hablase con ella también, no sé.

Y pasaría más tiempo con el idiota de mi hermano. O mejor, me lo llevaría de viaje conmigo. ¡Ahí está! Ese es el punto.

Seguro que sería un show pasar los últimos meses de mi vida con Alejandro por Japón. A lo mejor no es tan malo que te digan que solo te quedan seis meses de vida.

—¡Ay, no, por Dios! —murmuré después de encogerme entera.

—¡Eh! ¡Hola! —Escuché que alguien me decía, chasqueando los dedos delante de mi cara—. Aquí Silvia llamando al planeta Nora. ¡Tía, que te estoy hablando!

Levanté la mirada y la vi, inclinada sobre mí con una ceja arqueada.

—¿Qué? —pregunté sin saber muy bien qué había pasado en los últimos cinco minutos.

Estaba tan sumida en mis pensamientos sobre qué hacer con mis últimos seis meses de vida que se me fue la olla.

—¿Podemos ver el resto del vídeo?

—¿El vídeo?

Entonces me acordé del vídeo de Jara. Por un momento lo había olvidado. Asentí rápido, cogí el móvil del escritorio, lo desbloqueé y se lo pasé.

—No, joder, pero siéntate a terminar de verlo con nosotros —me ordenó ella, dando unas palmaditas en el colchón.

—Voy, voy.

Me acerqué a la cama para sentarme en el borde y Silvia me indicó con la mano que me pusiese en el medio, entre los dos. Después me colocó el iPhone en la palma y me hizo un gesto con la barbilla para que le diese de nuevo al play .

Apreté el triangulito y apareció la habitación de Jara de fondo.

—¿Por qué minuto íbamos? —pregunté yo.

—Déjalo desde el principio —me pidió Liam—. Y gíralo, en horizontal, para que se vea más grande.

Obedecí.

Tuve que agitarlo un poco, porque estaba viejecillo y a veces fallaba.

La imagen se amplió y ocupó toda la pantalla.

Apenas un segundo después apareció Jara.

—¡Sorpresa! —gritó con los brazos abiertos y una sonrisa enorme en la cara—.

Si has recibido este vídeo, es que la he palmado.

¡Cosas que pasan! —añadió encogiéndose de hombros—.

Seguro que cuando te enteraste de mi enfermedad te quedaste flipándolo durante una semana, pero es importante que prestes atención a lo que tengo que decirte, porque ahora sí que lo vas a flipar de verdad.

Entrecerré los ojos y me incliné un poco más sobre el móvil.

—No estoy muerta —dijo, y empezó a asentir muy despacio—. Todo ha sido un montaje, como cuando Ross fingió su muerte en Friends para ver cómo reaccionaban sus amigos. ¿Cómo os quedáis?

Entonces se rascó el mentón y volvió a hablar.

—Hablo en plural, porque seguramente habrás empezado a ver el vídeo sola, te habrás cagado y habrás llamado a tus mejores amigos, Liam y Silvia.

—Una sonrisa se le formó de oreja a oreja—.

No hay problema, porque todavía no sabías las normas.

Pero lo siento por vosotros dos. —Miró a izquierda y derecha, como si realmente supiese que ellos estaban sentados a mi lado, y siguió hablando—: Este lo podéis ver, pero los próximos no, porque Nora y yo tenemos que tratar temas muy personales.

Y es mejor que no interfiráis. Así que, recordando tus propias palabras de cuando éramos niñas: «Una promesa que se hace debe cumplirse». ¡Promete que cumplirás las normas!

Se quedó callada, con las cejas levantadas, esperando a que yo dijese «lo prometo» .

—¿No vas a decir nada? —me preguntó Liam, dándome un codazo suave.

—¿Qué quieres que diga? —le solté yo.

—Joder, promételo.

—Pausa, pausa —pidió Silvia, estirando el brazo para tocar la pantalla.

Entonces se giró hacia mí y me clavó los ojos.

—¡A mí no me jodas, tía! Promete lo que te dé la gana, pero yo quiero ver el próximo. —Parecía súper indignada—. No me puedes enseñar esto y dejarme así, con esta intriga sin saber lo que viene después.

Abrí la boca para responder, pero Liam se me adelantó, levantando un dedo.

—Eh, yo creo que habría que respetar su voluntad, ¿no?

—Y una polla voy a respetar a una tía más falsa que un billete de seis euros —replicó Silvia, apretando los dientes.

—A ver, a ver, calma, chicos —les pedí—. Vamos a terminar de verlo, porque vais a alucinar todavía más.

Apreté el icono de play, el vídeo arrancó de nuevo y Jara siguió hablando.

—Supongo que ahora mismo Silvia estará echando espuma por la boca diciendo que ni de coña prometas nada, y Liam, que llevará media hora callado, habrá dicho algo sobre respetar las últimas voluntades de los difuntos.

Se acercó a la cámara tanto que su cara lo ocupó todo.

Entonces habló con una voz de ultratumba que me volvió a helar la sangre.

—¡Puedo leer vuestras mentes! Y si no me obedeces, volveré convertida en un fantasma. —Abrió mucho el ojo derecho y lo acercó del todo al objetivo—. Y os mataré de una forma horrorosa a los tres.

Después de ver cómo había adivinado exactamente las reacciones de mis amigos, pensé que sería capaz de volver de la tumba, y tragué saliva .

Era muy convincente.

Se echó de nuevo hacia atrás, hasta que el plano quedó a la altura de su cintura.

—Vamos con el resto de normas: no intentes bloquear mi teléfono para que no te lleguen más vídeos, no servirá.

—Negó con la cabeza mientras las apuntaba con un rotulador en la pizarra—.

Tercera norma: debes obedecerme y hacer exactamente todo lo que te diga.

—Se cruzó de brazos y miró fijamente a la cámara—.

Y sabré si no lo haces. Si no te portas bien, habrá consecuencias.

Siguió hablando en voz baja mientras apuntaba la tercera norma.

—Lo de las consecuencias es algo que ninguna de las dos supimos aprender a tiempo, pero lo vamos a solucionar.

Se separó de la pizarra y asintió satisfecha.

—Eso es todo, solo tres sencillas normas.

Entonces chasqueó los dedos y la pizarra desapareció usando el mismo truco simplón, quedando ella sola frente a la cámara.

—Esto está siendo más divertido de lo que pensaba —habló de nuevo, y después se llevó una mano a la sien—.

¿Qué más? ¿Qué más? —Miró a su alrededor, estirando el cuello—.

Tenía una chuleta por aquí con todo lo que tenía que decir, pero Rodolfo se ha puesto a jugar con ella y ha desaparecido.

—Se rascó el mentón y añadió—: Aunque más o menos me acuerdo.

Sí, sigamos. Después de explicarte las normas, solo me queda una cosa por decir.

El plano cambió y apareció sentada sobre su cama, con la cámara centrada en su rostro.

—Sé que la cagué hace años contigo y no busco que me perdones. Pensé que se te pasaría y que todo volvería a la normalidad, pero me equivoqué.

Sus ojos parecían haberse humedecido.

—Dejé que pasase tanto tiempo que me moría de vergüenza cada vez que pensaba en hablarte para intentar arreglarlo. Pero nunca es tarde para volver a intentarlo.

Dejó escapar un pequeño suspiro antes de continuar .

—Cuando me enteré de mi enfermedad, pensé en llamarte, pero no quería que me perdonases por lástima, ni mucho menos que volviésemos a ser amigas y vieras cómo me apagaba mes a mes.

Sonrió y se señaló a sí misma con las dos manos.

—Quiero que me recuerdes así de maravillosa, pero, sobre todo, quiero decirte que se acabó echar balones fuera, Nora. Llevas haciéndolo toda la vida, y quiero que te pongas las pilas.

Señaló a la cámara con el dedo.

—¡Agárrate a donde puedas, porque voy a contarte la idea que he tenido!