Nunca es tarde para volver a intentarlo Prólogo
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Nunca es tarde para volver a intentarlo

Nunca es tarde para volver a intentarlo

Por Jakobe Fontan

© inepub.com

Prólogo

Me Engañaste

La lluvia me caía directa sobre la cabeza, sin que el paraguas que había cogido de casa sirviera de nada. Se había doblado hacia dentro por el puto viento que soplaba como si estuviese en medio de un huracán.

Al final lo dejé caer porque estaba harta y desapareció en medio de la tormenta.

Me dio igual.

Ya todo me daba igual.

Me quedé de pie frente a su nicho, mirando su fotografía, sin poder moverme, con los puños apretados, sintiendo cómo el agua fría se me colaba por el cuello del abrigo y me bajaba por la espalda.

Volví a leer su nombre.

JARA FERRANDO MOLINA.

Debajo, las fechas.

20-06-2004 / 05-03-2025

Ni siquiera llegó a cumplir los veintiún años.

Me temblaban las manos, y no sabía si era por el frío o por el hambre, pero tenía que hablar con ella, tenía que sacar lo que llevaba dentro desde hacía tres días.

—No puedo olvidar lo que ha pasado —le dije en voz baja—. Jara, no puedo, de verdad que no puedo.

El recuerdo de la noche que pasé con Hugo apareció una vez más. Cerré los ojos e intenté apartarlo como pude, pero estaba tan agotada mental y físicamente que no fui capaz.

Respiré hondo, intentando calmarme, pero cada vez que me acordaba de lo mal que salió todo, me era imposible .

Levanté los párpados y volví a mirar las fechas, intentando calcular cuánto tiempo había pasado esperando una oportunidad, pero los números se mezclaban en mi cabeza.

Ya no tenía fuerzas ni para pensar.

—He cumplido todo, Jara —me quejé mientras me limpiaba la cara con el dorso de la mano. Llovía tanto que casi no veía nada—. Medio año haciendo todo lo que me pides en los vídeos, ¿para qué?

Mi cuerpo se rindió y me tuve que apoyar en el nicho, con la palma abierta sobre el mármol helado, porque las piernas ya no me aguantaban.

El viento arreció un poco más y me sacudió el abrigo. Me encogí sobre mí misma, con los hombros hundidos hasta casi tocarme las orejas.

—¡Me engañaste! —le grité mirando fijamente las letras de su nombre—. No puedo fingir que soy otra persona solo porque tú pienses que es lo mejor para mí. Lo siento, Jara, pero lo dejo.

Me giré para irme, pero allí de pie, a dos metros, estaba ella.

Mirándome.

No pude dar ni un paso.

Entonces caminó hacia mí, abrió la boca y me recordó una frase que me había dicho cuando recibí su primer vídeo.

—Se acabó echar balones fuera, Nora.

Me pasé la mano por la cara, para limpiarme y poder enfocar bien.

Pero ya no había nada que mirar.

Había desaparecido.

Casi sin darme cuenta me llevé los dedos a la boca y empecé a morderme las uñas. ¿Y si ella tenía razón? Apreté los labios y volví la vista hacia la lápida.

—Está bien. Te perdono —le dije en voz baja—. Sé que nunca quisiste hacerme daño, pero tienes que entender que no puedo luchar contra tu fantasma.

Me besé la palma de la mano y la apoyé en su fotografía .

—Te quiero, Jara. —Mis ojos se llenaron de lágrimas al pronunciar aquellas palabras, pero las repetí de nuevo—. Te quiero muchísimo y ojalá no te hubieses ido, pero tengo muchas cosas que replantearme.

Me quedé un rato frente al nicho, hasta que estuve tan empapada que no pude aguantar más.

Me di la vuelta y caminé.