Capítulo90
Victoria llegó al lado de su hermana, y con la voz cargada de angustia y preocupación, le habló tratando de transmitirle calma, como si con sus palabras pudiera detener el tiempo:
—No te preocupes, todo estará bien. Te llevaremos al hospital; ya verás que todo saldrá perfecto.
Se acercó entonces hasta donde estaba Enrique, y con esa autoridad y confianza que siempre sabía infundirle, le pidió que se hiciera cargo de los dos pequeños. Ella debía irse junto a su hermana y no podía dejarlos solos. En ese instante, Enrique sentía que no quería separarse de ella ni un segundo; deseaba con toda su alma acompañarla y estar ahí para protegerla. Pero bastó una sola mirada suya para comprender que, justo ahora, su lugar estaba allí. Entendió que debía hacerse responsable de los niños, como la prueba definitiva de que podía ser el hombre en el que ella siempre había creído.
Victoria corrió de prisa a despedirse de Vivian: le dio un abrazo rápido pero lleno de cariño y le explicó brevemente lo que ocurría y por qué tenía que marcharse tan de repente. Lejos de molestarse, Vivian le apretó la mano con fuerza, dándole a entender que no se preocupara por nada, que comprendía perfectamente que la vida, a veces, tiene sus propios tiempos y sorpresas.
Mientras tanto, todos los presentes estaban muy preocupados, pendientes de cada movimiento. José, que nunca la dejaría sola cuando sabía que podía necesitarlo, decidió irse también con ella para darle apoyo en ese momento tan importante.
Al llegar a la clínica, Fernanda fue atendida de inmediato y llevada con rapidez a la sala de partos. Afuera, en la sala de espera, Gustavo caminaba de un lado a otro, incapaz de quedarse quieto; la incertidumbre lo carcomía por dentro. Nadie salía a darle noticias, ni siquiera Victoria, y cada minuto que pasaba se le hacía tan largo como una eternidad.
Transcurrieron tres horas: tres horas que a Gustavo se le hicieron interminables, llenas de miedos, esperanzas y pensamientos que iban y venían sin descanso. Hasta que, finalmente, la puerta se abrió y apareció Victoria. Se la veía un poco pálida, con el rostro cansado; era evidente que había vivido momentos de mucha tensión y angustia, y aún conservaba un rastro de ellas en la mirada. Pero en el instante mismo en que vio a Gustavo, su expresión cambió por completo, y una sonrisa inmensa y luminosa le iluminó el rostro.
—¡Felicidades! —le dijo; y aunque trató de mantener la calma, su voz se quebraba, atravesada por una alegría inmensa y profunda—. Gustavo… ya eres papá. Es un niño hermoso, sano y fuerte.
El corazón del hombre dio un vuelco de felicidad, y sin pensarlo dos veces, corrió hacia donde ella estaba. Al entrar en la habitación, lo primero que vio fue a Fernanda: agotada, pero radiante, con el pequeño recién nacido descansando plácidamente sobre su pecho, envuelto en ese amor que ya lo protegía desde el primer segundo de vida.
A Gustavo se le llenaron los ojos de lágrimas: lágrimas de felicidad pura y absoluta. Se acercó despacio, con el miedo casi sagrado de romper algo tan perfecto, y besó a su mujer con toda su alma, como si estuviera adorando lo más valioso que tenía en el mundo, dándole las gracias sin palabras por haberle dado ese regalo que siempre había sido su mayor deseo.
Pasado un buen rato, Fernanda ya había sido acomodada y descansaba cómodamente en su habitación. Fue entonces cuando José, con esa calma que siempre lo caracterizaba y esa sabiduría de quien sabe cuándo dar un paso al lado, le dijo:
—Creo que ya es momento de que te vayas, Victoria. Sabes que en casa te están esperando tus dos pequeños, y seguro te extrañan. Yo me quedo aquí; no te preocupes, me aseguraré de que todo siga bien.
José siempre había sido así: ese hermano comprensivo, el hombro fuerte en el que todas podían apoyarse, dispuesto a estar ahí sin pedir nada a cambio. Ella se acercó a él, lo abrazó con fuerza, como agradeciéndole en silencio por ser ese pilar inquebrantable, y se despidió sabiendo que Fernanda quedaba en las mejores manos posibles.
Al salir de la clínica, distinguió de inmediato un auto que le resultaba demasiado familiar. Cuando el conductor bajó la ventanilla y ella levantó el rostro, reconoció a uno de los hombres de confianza, uno de los vigilantes de Enrique.
—Señora de la Torre, tengo orden de llevarla sana y salva a su destino, tal como me lo pidió el señor —dijo el hombre con el mayor respeto.
Ella sonrió levemente, con esa mezcla de firmeza y coquetería que formaba parte de su esencia, y le corrigió con su tono habitual:
—No me vuelvas a llamar así… Solo dime Victoria, o mejor aún: señorita Hernández. Todavía no estoy casada para llevar ese apellido —hizo una pausa, miró al frente y añadió con esa seguridad que la hacía única—; y creo que, incluso si algún día me caso, seguiré llevando mi apellido: Hernández.
El camino se hizo largo, como si la noche quisiera extenderse un poco más, pero por fin llegó a su destino. Al entrar y mirar el reloj, vio que ya eran las cuatro y media de la madrugada. «Vaya que mi hermana sí que ha sufrido bastante hoy», pensó, sintiendo aún en su propia piel el peso de aquellas horas llenas de angustia.
Todas las luces estaban apagadas y el silencio reinaba en la casa; supuso que, a esa hora, todos debían estar profundamente dormidos. Pero no era así. De repente, una voz grave, profunda y muy conocida resonó en la penumbra, haciéndola dar un respingo de sorpresa:
—¿Cómo está tu hermana?
El susto fue tal que soltó un grito y se llevó una mano al pecho. Jamás imaginó que él estuviera despierto, esperándola en la oscuridad.
—¿Qué haces ahí? ¡Casi me matas del susto! —exclamó ella, recuperando el aliento poco a poco.
Él dio un paso hacia ella, saliendo de las sombras con esa presencia imponente que llenaba todo el espacio.
—Te estaba esperando —dijo con sencillez, como si fuera lo más obvio del mundo—. ¿Ya nació?
—Sí, ya nació —respondió ella, todavía con el corazón acelerado por la sorpresa.
—Ya lo sabía —confesó él, acercándose más aún—. Le acabo de escribir a Gustavo y me envió la foto del niño. Por cierto… creo que muy pronto tendrás que volver a vivir esto y acompañarme a otro parto: tu hermana Vivian también va a ser madre. Me lo dijo Andrés hace un rato.
—Me lo imaginaba… —murmuró Victoria, con la voz entrecortada y cargada de cansancio, dejando caer un poco los hombros, vencida por una jornada tan larga e intensa.
Enrique no dijo nada más. Se acercó totalmente a ella, le tomó el rostro entre las manos y se aferró a sus labios en un beso profundo, intenso, de esos que parecen querer devolverle de golpe toda la energía que le faltaba. Cuando por fin se separaron, él la miró a los ojos con ternura y deseo a la vez.
—Te miras increíblemente hermosa, aunque se nota que estás agotada —le susurró—. Iré a prepararte un té, para que descanses mejor.
Ella lo miró con esa chispa de diversión y desafío que siempre encendía la llama entre ellos, y respondió con tono juguetón:
—Vaya… el gran Enrique de la Torre va a prepararme un té. Eso sí que es un honor para mí, ¿quién lo diría?
Él arqueó una ceja, atrapando al vuelo su juego, y respondió con voz ronca y llena de promesas:
—Si sigues hablándome así, con esa forma tan tuya de mirarme y provocarme, se me va a olvidar que has estado toda la noche de pie en una clínica, cansada y preocupada… y en lugar de un té, te haré el amor aquí mismo, ahora mismo.
Ella sonrió: esa sonrisa que sabía perfectamente qué efecto causaba en él, y se rindió con fingida inocencia:
—Está bien… está bien, ya no diré nada. Ve por el té, antes de que cambies de opinión.
Había pasado exactamente una semana desde aquel día inolvidable. Esa tarde, todos los hermanos estaban reunidos en la casa de Fernanda, compartiendo alegría y elogiando sin cesar al pequeño recién nacido, que dormía plácidamente convertido en el centro de todo ese universo de amor. Pero de repente, Victoria se quedó mirando fijamente a Andrés, y con la seriedad de quien deja un encargo sagrado, le dijo:
—Andrés, quiero que cuides bien de Vivian. Siempre ha sido mi niña consentida, a la que he protegido de todo, y jamás quiero que vuelva a sentir el frío de la soledad en su vida. —Hizo una pausa, miró a todos los presentes y anunció con firmeza—: Yo me iré a Colombia. Me enamoré de esa finca, de sus paisajes infinitos, de su gente cálida, de ese clima que cambia y sorprende, del olor a café que se respira en el aire a cada paso… y sobre todo, de ese calor de hogar que se siente allí. Pero también tengo una razón más profunda: necesito estar al lado de mi padre, pendiente de él, para que cuando llegue el momento en que él deba irse de este mundo, yo no sienta remordimiento ni culpa por haber estado lejos. Además, Fernando necesita verlo, ¿no es así?
Se dio cuenta de inmediato de lo que había dicho y de cómo había sonado. Su hermano menor, Fernando, que siempre había sido el más apegado y sensible con su padre, había bajado la mirada, y en sus ojos se reflejaba una tristeza inmensa al escuchar aquellas palabras.
—¿Te irás? —preguntó Fernanda con voz suave, pero cargada de nostalgia—. ¿Y cuándo volverás?
—Quizás dentro de un año… quizás en seis meses —respondió ella, tratando de restarle peso a la despedida.
—Pero Enrique vive aquí… —intervino Vivian, con un hilo de voz, como aferrándose a una esperanza para que su hermana no se marchara—. José también vive aquí. ¿Por qué no vas unos meses y simplemente regresas?
—Yo me iré contigo —dijo Enrique de golpe, con esa seguridad que siempre lo caracterizaba, dejando a todos en silencio—. Para eso está mi padre: para hacerse cargo de las empresas y dirigir todo en mi lugar. Y espero que esta vez no me esté llamando a cada rato para preguntarme cosas.
—¿Ah sí? ¿Y por qué? —preguntó ella, curiosa ante su determinación repentina.
—Porque para eso te dejaré a Andrés encargado de todo —respondió él, como si fuera la solución más lógica y evidente del mundo.
Andrés, que hasta ese momento escuchaba todo en silencio, se puso de pie de inmediato, levantando las manos en señal de rendición, con una sonrisa divertida:
—¡Hermanos! ¿Se les olvida algo? ¡Acabo de casarme! Y me iré de luna de miel, así que no cuenten conmigo por unos días. Pero pronto regresaré, ¿no es así? —Miró a su esposa con amor y continuó—: Mientras tanto, mi padre estará al frente de todo. Yo me iré con el amor de mi vida hacia ese lugar donde logré ser un hombre distinto y mejor; pero no se preocupen: estaré viniendo y yendo, casi como si no me hubiera ido.
Y así, tal como lo habían dicho, llegó el día de la despedida. Todos estaban en el aeropuerto, reunidos para decir adiós. Había gente allí que Enrique jamás pensó que vería despidiéndolo: incluso su abuela, quien se acercó a Victoria y la abrazó con ternura, como si quisiera transmitirle toda su fuerza con ese gesto.
Su tío Antonio también estaba allí, y se acercó a explicarle con discreción por qué la señora Raquel no había podido asistir:
—No pudo venir, está muy pendiente de Diana… la tuvieron que llevar al psiquiatra. Lo que le pasó en la boda fue demasiado, y necesita ayuda profesional.
Ya subidos al avión, Enrique miró por la ventanilla y, por primera vez en mucho tiempo, sintió con fuerza lo afortunado que era: tenía una familia que, aunque imperfecta, estaba unida y siempre presente.
Mientras tanto, Victoria, sentada a su lado, se perdió en sus propios pensamientos. «Si Franco no hubiera tomado el camino equivocado, si no hubiera actuado con maldad», pensó con tristeza, «ahora mismo estaría aquí, rodeado del amor de todos sus seres queridos. Pero por sus malas decisiones, ahora está en una celda fría y, lo que es peor, parece que ni siquiera siente arrepentimiento».