¿Nunca es tarde para el amor Capítulo89
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Capítulo89

—Sabes, Enrique, para mí eres como un hijo, aunque ante tus ojos solo sea un amigo, un hombre de tu misma edad… y te agradezco por ello, porque me haces sentir eternamente joven —dijo Andrés, con una sonrisa serena y la voz cargada de complicidad—. Pero lo que nunca imaginé es que tendrías la entereza de dejar ir a Wilson. Hoy no hablo como tu compañero, sino como el padre que siempre ha estado a tu lado: estoy verdaderamente orgulloso de ti. No digas nada ahora. Llévame a casa… y más tarde, yo seré quien te acompañe hasta el altar.

—Nunca me dijiste que aprobabas que me fueras hacer mi padrino —alcanzó a murmurar Andrés, confundido por esa ternura repentina.

—Simplemente decidí que era momento de que entendieras por ti mismo —respondió Andrés, dejando la frase suspendida, como una lección aprendida a medias.

Eran las cuatro de la tarde. Frente a ese mar inmenso y brillante que Vivian jamás creyó conocer, se reunían todas esas personas que no compartían su sangre, pero que en su corazón eran su verdadera familia: sus hermanos, y esa mujer que había puesto su vida entera en la preparación de este día, convirtiéndose en la madre que el destino le había negado al nacer.

Allí iba ella, caminando envuelta en un vestido blanco, tan hermoso que parecía sacado directamente de un sueño. Si su madre biológica pudiera verla ahora, quizás ni siquiera reconocería a aquella niña frágil que un día abandonó. Vivian avanzaba con paso firme, dirigida hacia el hombre al que le había costado tanto tiempo, paciencia y lágrimas conquistar.

El mar se extendía hasta el horizonte, donde el cielo y el agua se fundían en un mismo azul profundo y profético. Allí, bajo la luz dorada de la tarde que bañaba todo con un brillo de oro, se celebraba por fin la boda con la que Vivian había soñado desde niña. La atmósfera era mágica, como si la naturaleza misma hubiera detenido su ritmo para ser testigo de ese momento en que el pasado dejaba de doler para dar paso a la felicidad.

Allí estaba ella, caminando despacio, vestida de una tela que parecía tejida de nubes y esperanzas. Era una creación elegante y llena de magia, diseñada con maestría por José, quien la observaba avanzar con el corazón desbordado de emoción. Él recordaba con nitidez a esa pequeña niña asustadiza que llegó un día a su puerta, cargada de miedos y desconfianza, convencida de que todos los hombres harían daño. Con infinita dulzura y paciencia, él le había enseñado lo contrario: que no todos querían herirla ni ultrajarla. Verla ahora, convertida en mujer, radiante y segura de sí misma, le arrancaba lágrimas de orgullo y ternura.

A su lado, caminaba Victoria, sosteniéndola con amor y firmeza, mientras las lágrimas rodaban por sus mejillas sin que ella intentara detenerlas. Para Victoria, Vivian no era solo una hermana menor: era la niña a la que había jurado proteger, la flor que había visto crecer y florecer, y que hoy, por fin, veía cumplido su mayor deseo.

En las primeras filas, Fernanda la miraba con una dulzura infinita, acariciando con suavidad su vientre abultado, donde una nueva vida estaba a punto de nacer. Gustavo, a su lado, le estrechaba la mano con delicadeza, compartiendo en silencio esa emoción inmensa y sagrada. También estaba allí la señora Marta Lucía, por fin en paz y mucho más serena; aunque su hijo Franco cumplía condena en la cárcel, con el tiempo había comprendido que su sufrimiento era el precio justo de sus actos, y que la justicia había llegado para todos, sin excepciones.

Todos los presentes, aunque la sangre no los uniera, eran la familia que Vivian había elegido y que la había elegido a ella: quienes le dieron refugio, amor y un lugar en el mundo cuando más perdida se sentía. Ella avanzaba sin dudar hacia Andrés, el hombre que tanto le había costado ganarse y que hoy la esperaba en el altar con la mirada llena de promesas, dispuesto a convertirla en la mujer más feliz del universo.

Era, sin duda, la boda de sus sueños: un día donde el dolor del pasado ya no tenía cabida, y donde solo reinaban la gratitud, el amor verdadero y la alegría absoluta.

Victoria tomó la mano de su pequeña y se la entregó a Andrés con infinita suavidad, como si le entregara lo más valioso que poseía.

—Tú también has seguido tu propio camino… y hoy tengo la fortuna de haber podido acompañar a las dos mujeres más importantes de mi vida hasta el altar —dijo con la voz rota por la emoción, pero firme—. Espero que tú, Andrés, sepas cuidarla y valorarla tanto como Gustavo ha sabido hacer con Fernanda. Ella merece ser amada sin reservas.

El oficiante dio inicio entonces a la ceremonia. Cuando todo concluyó y los aplausos llenaron el aire, Arturo se acercó despacio hasta donde estaba Victoria, con una sonrisa sincera y el corazón en calma, consciente del efecto que sus palabras podrían tener en quien los observaba.

—Agradezco a la vida haberme cruzado con una mujer tan extraordinaria como tú —le dijo con tranquilidad, midiendo cada palabra—. Gracias a que, por un tiempo, decidiste alejarte de Enrique, yo tuve la oportunidad de acercarme a ti y descubrir a un ser humano increíble. Me enseñaste muchas cosas: entendí que no vale la pena vivir de apariencias, ni mucho menos gastar la vida compitiendo con los demás. Y lo mejor de todo es que, gracias a tu forma de ver el mundo, hoy me llevo de maravilla con Mauricio. —La abrazó con afecto, un gesto respetuoso pero lo suficientemente cercano para ser notado.

Victoria levantó la mirada, y lo primero que vio fue a Enrique.

Allí estaba él: vestido con ese traje que le quedaba tan bien, elegante, imponente, con una presencia que llenaba todo el lugar. Pero lo que le robó la atención fueron sus ojos. En esa mirada oscura y profunda, se leía con claridad que, en ese instante, lo único que deseaba era cruzar la distancia que los separaba y estrangular a Arturo con sus propias manos.

Victoria sonrió para sus adentros. «Aquí sigues, tan posesivo como siempre… y qué me gusta saber que solo es mía esa capacidad de despertarte esto». Esa era su forma de amarlo: provocándolo, haciéndole ver lo que podía perder, sabiendo bien que eso solo lo ataba más a ella.

Enrique se acercó con pasos rápidos y firmes, cortando el aire a su paso.

—¿Qué estás haciendo? ¿Es que quieres que te rompa las manos aquí mismo, delante de todos? —soltó con esa voz grave y profunda que siempre imponía respeto, obligando a Arturo a separarse de inmediato, aunque sin perder la calma.

—No te alteres, ya sabes que mi corazón pertenece a otra persona. Victoria es solo una gran amiga, una mujer que me ha enseñado mucho —respondió Arturo con una tranquilidad calculada, disfrutando secretamente de la reacción explosiva de su amigo.

En ese momento, el sonido cristalino de las copas chocando cortó la tensión: era el brindis. Ambos tuvieron que dejar la conversación pendiente, conscientes de que los ojos de todos estaban sobre los novios. Vivian sonreía con dulzura, levantando su copa con alegría infinita, mientras los invitados comenzaban a llenar la pista de baile con música y risas.

El padre de Enrique le dio unas palmaditas en el hombro, lleno de orgullo, mientras su tío le dedicaba una sonrisa cómplice, como si disfrutara de verlo tan alterado por celos. La señora Raquel, por su parte, lo tomó rápidamente de la mano y lo arrastró hacia la pista, obligándolo a bailar para alejarlo de allí.

Pasado un buen rato, la fiesta estaba en su plenitud. Sin embargo, Diana ya había bebido demasiadas copas y apenas lograba mantenerse en pie, sostenida solo por la fuerza de su obsesión. De repente, se abrió paso a empujones entre la gente, subió al estrado y tomó el micrófono que allí había. Su voz sonaba arrastrada, cargada de rencor y verdad oculta:

—¡Enrique…! ¡No tienes idea de cuánto te amo! ¡Eres el hombre de mis sueños, mi amor prohibido, lo único que he deseado! —gritó, señalando con el dedo a Victoria con furia—. ¡Y ella… esa mujer mayor, esa vieja astuta, te ha quitado de mi lado para siempre! ¿Por qué? ¡Dime por qué nunca pudiste amarme a mí, si yo lo hubiera dado todo por ti!

El señor Antonio corrió de inmediato hacia su hija para quitarle el micrófono, seguido de cerca por la señora Raquel; entre ambos intentaban callarla mientras el murmullo de la confusión crecía en la sala. Gustavo, que estaba cerca, sentía una vergüenza inmensa arderle en las mejillas. No podía creer que su hermana fuera capaz de llegar a ese límite. Había pensado que, cuando ella le hablaba de su obsesión, se trataba de una broma de mal gusto o de un capricho pasajero, pero nunca imaginó que estaba tan ciega y perdida por su primo como para humillarse de esa forma en público.

Iba a dar un paso hacia ellos, decidido a ayudar a calmarla, cuando sintió que alguien le aferraba la mano con fuerza. Era Fernanda. Ella lo detuvo en seco, mirándolo con ojos muy abiertos y una mezcla de dolor y alegría.

—Creo que… justo ahora… van a ser papás —le dijo ella entre suspiros cortados.

Gustavo la miró, sorprendido, sintiendo cómo todos sus nervios se disparaban de golpe, olvidando instantáneamente el escándalo de Diana.

—¿Cómo? ¿Ahora? —alcanzó a balbucear, sin saber qué hacer primero.

—Así es… ya es ahora… —logró decir ella, antes de que un grito fuerte y claro saliera de su garganta, cortando la música, las conversaciones y todo el ruido a su alrededor.

Victoria, al escuchar ese sonido que conocía tan bien, giró en redondo y corrió de inmediato hacia su hermana borrando de su mente, en una fracción de segundo, la escena de celos y rabia que acababa de presenciar.