Capítulo88
Enrique ya estaba de pie en el exterior de la casa, con la postura erguida y la mirada fija en el camino, esperando la llegada de Andrés. De vez en cuando, consultaba su celular y luego el reloj en su muñeca; los minutos transcurrían y su impaciencia crecía, aunque no lo demostraba con gestos bruscos, sino con esa quietud tensa que lo caracterizaba. Al cabo de un buen rato, distinguió por fin el vehículo acercándose a gran velocidad. Andrés detuvo el coche en seco, bajó de un salto y se apresuró hacia él con una disculpa en los labios, visiblemente alterado por el retraso.
—Lo siento, de verdad. Sabes perfectamente que hoy es mi boda, y curiosamente amanecí con una necesidad inmensa de prepararle yo mismo el desayuno a mi futura esposa. Se me fue el tiempo sin darme cuenta —explicó, pasándose una mano por el cabello, algo despeinado.
—No te preocupes —respondió Enrique con una calma inalterable, dando media vuelta y dirigiéndose ya hacia el auto.
Esa respuesta sencilla y serena hizo que Andrés levantara una ceja, sorprendido. Era extraño, casi antinatural, escuchar a Enrique hablar con esa tranquilidad, sin reclamos, sin esa severidad que siempre había marcado su trato. Algo había cambiado profundamente en él, algo que iba mucho más allá de lo que habían hablado el día anterior.
—Tengo que ir al sótano —dijo Enrique mientras tomaba asiento—. Pero sabes bien que a esta hora, y con todo el movimiento que hay en la zona, no podemos entrar por la puerta principal ni mucho menos.
—Lo sé. No te preocupes —respondió Andrés, arrancando el motor y tomando una ruta distinta a la habitual—. Sé exactamente dónde está la entrada secundaria, esa que nadie más conoce.
Condujo con destreza y rapidez, manteniendo el silencio absoluto durante todo el trayecto. No hubo preguntas, no hubo comentarios; ambos sabían que el momento que se avecinaba era definitivo. Al llegar al destino, bajaron y avanzaron juntos hacia el acceso oculto. Ni una palabra fue dicha entre ellos, solo se intercambiaron una mirada cargada de significado: Andrés le dio a entender que lo respaldaba, fuera lo que fuera lo que decidiera hacer; Enrique, por su parte, le agradeció con la sola intensidad de sus ojos.
Al cruzar el umbral y adentrarse en aquel lugar, Enrique recorrió con la mirada cada rincón, cada pared, cada sombra. El aire seguía cargado de la misma energía pesada, fría y oscura de siempre. Allí, entre esas cuatro paredes, había impartido justicia a su manera, allí había hecho pagar a tantos hombres que, de otro modo, habrían seguido caminando libres por las calles, repitiendo sus crímenes, dañando a más personas. «¿Lo hice por justicia o por venganza?», se preguntó de pronto. Y por primera vez, la respuesta no le importó tanto como la consecuencia: el mal había sido contenido.
Caminó hasta donde se encontraba Wilson, atado, demacrado, esperando sin duda el final que para todos era el único posible al entrar en ese sitio. Enrique se acercó lentamente, cortó las cuerdas que lo sujetaban y, cuando el hombre quedó libre de ataduras pero inmóvil por el miedo y la sorpresa, lo miró fijamente a los ojos, escrutando hasta el último rincón de su alma.
—Sabes, Wilson… me duele —empezó a decir Enrique con una voz baja, profunda, donde se mezclaba la decepción más amarga con una extraña serenidad—. Me duele en el alma que me hayas traicionado… y todo por una mujer que, siendo honestos, jamás valió la pena ni la mitad de lo que tú creíste. Si me hubieras dicho: «Enrique, estoy enamorado de Melissa, me está volviendo loco», te la habría cedido sin dudarlo ni un segundo. Para mí, tu amistad, tu lealtad, valían infinitamente más que cualquier mujer. Si me hubieras venido y me hubieras pedido dinero, ayuda, lo que fuera… yo habría puesto todo lo que tengo a tus pies, sin preguntarte por qué ni para qué.
Hizo una pausa, y en su mirada hubo un destello de dolor genuino, algo que Wilson jamás había visto en él.
—Lo que más me duele… —continuó— es pensar en todos esos consejos que me diste durante años. Tú eras quien me guiaba, quien me decía qué camino tomar, en quién confiar, a quién temer. Y ahora sé que cada una de esas palabras, cada advertencia, cada recomendación, era parte de un plan para destruirme. Y lo peor de todo… es que sonabas tan sincero, tan convencido, tan sabio… que nunca, ni por un instante, llegué a sospechar que todo era una actuación perfecta.
Wilson permanecía en silencio, con la respiración entrecortada. No entendía nada. Se preguntaba qué extraño fenómeno estaba ocurriendo. ¿Desde cuándo Enrique era así? ¿Desde cuándo se permitía sentir, expresar dolor, hablar de sentimientos en lugar de actuar con frialdad absoluta? Y en ese momento, extrañamente, Wilson se sintió infinitamente peor que si le hubiera gritado o golpeado; la decepción de aquel hombre al que había traicionado lo estaba desmoronando por dentro.
—Te voy a soltar —anunció Enrique, y vio cómo los ojos del otro se abrían desmesuradamente—. Tenía decidido entregarte a la policía, dejar que la ley hiciera lo que yo debí haber hecho hace tiempo. Pero no lo haré. Siento que, a pesar de todo el daño que causaste, a pesar de tu traición, lo que te tenía verdaderamente ciego y dominado era esa obsesión enfermiza por Melissa. Tú has tenido todo lo que tienes porque te lo has ganado, porque has trabajado a mi lado, porque eres inteligente y capaz, no por mi caridad. Entregarte a la policía… se siente desleal a lo que fuimos alguna vez, y aunque fuiste tú quien rompió todo eso, yo no quiero ser quien termine de pisotear lo que quedó.
Se inclinó un poco más hacia él, y su voz adquirió un tono cortante, cargado de advertencia, donde ya no había rastro de sentimentalismo, solo voluntad de acero.
—Pero escúchame bien: no lo vuelvas a intentar. No te confundas ni te creas que esto es debilidad. Si alguna vez te cruzas en mi camino, si intentas algo contra mí o contra los que amo, moveré cielo y tierra para encontrarte, y te prometo que yo mismo te sepultaré donde nadie te encuentre. Y sabes que tengo la capacidad y la voluntad para hacerlo.
Wilson levantó el rostro, buscando palabras que no le venían. La culpa, la vergüenza y la confusión lo tenían paralizado. Entonces, Enrique sacó un cheque de su bolsillo, lo escribió rápidamente y se lo entregó.
—Ahora toma esto, vete lejos, olvídate de que existo, olvídate de este lugar. Y ni se te ocurra abrir la boca para hablar de todo lo que hemos vivido, de lo que hemos hecho o de lo que sabes. Porque así como te estoy soltando hoy, así soy capaz de hacerte desaparecer mañana si llegas a escuchar tu nombre junto al mío. Recuerda bien lo que te digo. Pero te dejo ir… porque, irónicamente, gracias a tu traición, a tus planes, a tus falsos consejos… hoy tengo a la mujer que amo a mi lado. Sin quererlo, me despejaste el camino hacia Victoria. Así que voy a fingir, Wilson, voy a fingir que todos esos consejos que me diste alguna vez nacieron realmente de tu corazón, que querías lo mejor para mí. Voy a guardar ese recuerdo y dejar que te vayas con él.
Wilson miró la cantidad escrita en el papel: era una fortuna. Quedó sin habla, sintiéndose el más grande de los cobardes al recibir dinero del hombre que había intentado destruir. Andrés, que había permanecido en silencio todo el tiempo, impasible como una estatua, se acercó y abrió aquel portón de metal frío, la puerta que él mismo juraba que nunca se abriría para Wilson, pues su regla de oro siempre había sido: quien entra aquí, no vuelve a salir.
Al sentir el aire fresco de la calle golpear su rostro, Wilson se detuvo un instante. Respiró hondo, llenando sus pulmones de libertad, una libertad que no se sentía como victoria, sino como una condena a vivir con su propia conciencia. Se giró hacia ellos e inclinó la cabeza, en una despedida llena de respeto, culpa y gratitud. Pasaron por su mente las tardes de negocios, las grandes comidas, las largas conversaciones, los planes compartidos. ¿Cómo había permitido que todo eso se perdiera por una ilusión? ¿Por qué se había dejado convencer por una mujer que solo usaba su ambición? Entendió entonces que ninguna explicación que él pudiera dar sería suficiente, ninguna justificación borraría lo hecho. Sin decir una sola palabra más, dio media vuelta y se marchó, perdiéndose en la distancia, sabiendo que acababa de perderlo todo, pero que se le había dado una segunda oportunidad que no merecí