Capítulo.87
Al día siguiente, cuando Victoria abrió los ojos, su primer pensamiento fue para Enrique. Se giró en la cama y acarició con infinita ternura a sus dos pequeños, depositando un beso suave sobre la frente de cada uno. Al verlos, sintió una punzada de emoción: eran una copia exacta de su padre, con esos mismos rasgos firmes y esa mirada profunda que la había conquistado. Sintió el impulso irrefrenable de tomar el teléfono y llamarlo, de escuchar su voz, de saber dónde estaba y cómo se sentía. Pero se contuvo a tiempo. Conocía a Enrique mejor que a nadie; sabía que, tras lo que habían vivido y la decisión de ayer, el hombre necesitaba su espacio, ese silencio interno que él mismo había buscado durante tanto tiempo para ordenar su alma.
Se dirigió a la ducha, y cuando salió, envuelta en una bata ligera, se detuvo exactamente frente al gran ventanal de la sala. Era el mismo lugar donde Enrique solía pararse durante horas, mirando hacia lo lejos, perdido en sus pensamientos o en un horizonte que solo él parecía comprender. Ella sonrió con una calma que le nacía desde muy adentro. Por primera vez en mucho tiempo, se sentía inmensamente feliz, completa, como si una pesada carga hubiera desaparecido no solo de los hombros de él, sino también de los suyos propios.
Sin embargo, justo en ese instante de paz, su segundo pensamiento la llevó lejos, hacia una figura que le dolía y le costaba en igual medida: su padre. A pesar de todo lo sucedido, de todo el daño causado y del abandono, algo en su interior se removía. «Realmente no se lo merece», se dijo a sí misma con firmeza, pero la lógica del corazón tiene reglas que la razón no logra explicar. Decidió ir a ver a su hermano, quien se estaba quedando en una de las habitaciones de la casa. Entró despacio y lo movió con suavidad.
—Fernando… despierta.
El chico se removió entre las sábanas, con la voz pastosa por el sueño.
—¿Puedes dejarme dormir? ¿Qué hora es? ¿Se puede saber qué tienes tú hoy? —murmuró, sin abrir los ojos.
—Despierta ya —insistió ella, seria pero cariñosa—. ¿Cómo consigo el número de nuestro padre?
Al escuchar esas palabras, Fernando se incorporó de golpe, totalmente despierto, como si le hubieran vertido agua fría encima. La miró con desconfianza y sorpresa.
—¿«Nuestro» padre? —repitió, marcando bien las palabras, pues para él escuchar ese frase de ella fue una sorpresa
Sin esperar más, tomó su celular, buscó entre sus contactos y se lo mostró.
—Ayer hablé con él —dijo Fernando, con tono serio y sin rodeos—. Sé que no está bien, aunque intenta fingir que todo marcha a la perfección. Se le nota en la voz, en cómo habla… se le está yendo la vida, Vicky.
—No te preocupes —respondió ella, suavizando la situación, aplicando esa psicología inversa que tan bien conocía: si mostraba debilidad, el dolor ganaba; si mostraba control, el afecto podía actuar sin lastimar—. Después de la boda de Vivian iremos a verlo. No es urgente, pero es necesario.
Marcó el número rápidamente. Después de varios intentos, cuando ya pensaba que no contestaría, hubo una respuesta al otro lado de la línea. No escuchó aquella voz fuerte, autoritaria y segura que recordaba de su niñez. Lo que llegó a sus oídos fue un sonido quebradizo, cansado, casi sin fuerza. Y aunque ella le había dicho tiempo atrás que lo perdonaba —y se lo había repetido a sí misma mil veces—, en el fondo, la verdad era que ese perdón nunca había sido total; era más un acto de misericordia que de olvido. Sin embargo, al escuchar esa fragilidad, algo cambió en su pecho: no era amor, ni siquiera cariño, sino una compasión inmensa, lógica y humana.
—Hola, padre —dijo con suavidad, midiendo cada palabra, manteniendo la distancia pero el respeto—. ¿Cómo estás?
Al otro lado, el hombre, a pesar de sus dolencias y de saber que su tiempo se acababa, sonrió con dulzura, una sonrisa que se notó en su tono de voz.
—¡Mi niña! Qué alegría escucharte. Estoy perfectamente, muy bien, no te preocupes. He estado cuidando tu finca con mucho esmero… me encantan esos árboles de mandarina que tú misma sembraste . Incluso ya he cosechado una vez… están hermosos, llenos de fruto, tal como tú querías.
Victoria iba a responder, a preguntar por su salud, por sus días, pero en ese momento el teléfono emitió un aviso: entraba otra llamada. Miró la pantalla y vio el nombre: José.
—Padre, te llamo luego, me están buscando por algo importante. Cuídate mucho —se despidió, cortando la comunicación. Al contestar a la otra línea, escuchó la voz apresurada de su hermano.
—¡Vicky, tienes que bajar rápido! ¿Se te ha olvidado ya? Hoy le van a tomar las medidas finales al vestido de Vivian. Ella está histérica y solo se calma si tú estás ahí. ¡Vamos, que todos ya estamos esperando!
Victoria había olvidado por completo ese compromiso. Se miró al espejo: todavía tenía el cabello mojado y estaba en ropa interior. Se apresuró a terminar de vestirse, secó su larga cabellera con movimientos rápidos pero elegantes, y mientras lo hacía, pasó por la habitación de Fernando, que ya se levantaba.
—Oye —le dijo ella—, tú te quedas aquí y te encargas de los niños: Henry y Enrique. No los dejes solos ni un segundo.
El chico sonrió con esa media sonrisa traviesa que siempre tenía.
—No sé cocinar —se excusó, encogiéndose de hombros.
—El desayuno ya está listo en la cocina, solo es servirlo. No me vengas con excusas. Y llévalos con su abuelo un rato, sé que a él le encanta estar con ellos.
—¿Y si me piden cambiarlos? —preguntó él, fingiendo terror— Todavía no se me da bien eso de los pañales.
—Ya aprenderás, es cuestión de lógica y práctica. ¡Hazte cargo! —le dijo ella, dándole un empujón amable hacia la puerta.
Cuando estuvo lista, bajó las escaleras y salió al gran vestíbulo. Miró a su alrededor: gente entraba y salía deprisa del inmenso edificio, empleados, ayudantes, modistos, todos concentrados en sus tareas, tan absortos en lo que hacían que seguramente ni siquiera habían notado su presencia. De pronto, una figura se cruzó en su camino: una mujer muy hermosa, de mirada inteligente y porte elegante, a quien ella recordaba perfectamente: Arturo se la había presentado apenas hace dos días. Era Dayana.
Al verla, Dayana se detuvo y, con una sonrisa amable y sincera en los labios, se dirigió a ella:
—Señora Victoria…
Esa forma de llamarla, con ese título que denotaba respeto pero también distancia, hizo que Victoria detuviera el paso y se girara con rapidez, estudiando a la joven con calma.
—¿Cómo estás, Dayana? —preguntó con voz suave pero firme.
—Lo siento… de verdad, lo siento mucho —dijo la chica, bajando la mirada, nerviosa—. Siempre supe cómo era Melissa, y aun así… mantenía la amistad con ella. Sé que estuvo mal, que debí haberme alejado antes o haberte avisado…
Victoria dio un paso hacia ella y puso suavemente la mano sobre el hombro de la mujer, levantando su rostro para que la mirara a los ojos.
—No te preocupes. Lo que tú hiciste no está mal, ni es traición. Eso tiene otro nombre: se llama lealtad. Y ser leal a quien uno quiere, aunque esa persona se equivoque o actúe mal, no es un defecto. Es solo que, a veces, la lealtad nos pone en situaciones difíciles y nos trae problemas que no buscamos. Pero tú eres una buena mujer. Es un placer tenerte aquí, y ya sabes: cuentas conmigo.
Dejó a Dayana mucho más tranquila, con el peso de la culpa quitado de encima, y continuó su camino. Al llegar a la entrada principal, vio a José, que no tenía buena cara.
—¿Sabes cuánto tiempo llevo aquí esperándote? —dijo él, mirando su reloj con dramatismo exagerado—. Exactamente media hora. ¡Vaya, qué paciencia la mía!
Victoria sonrió, le dio dos besos afectuosos en las mejillas y entró rápidamente al lujoso automóvil que los esperaba.
—No me he demorado tanto, exagerado —respondió ella, cómplice de su hermano. Se giró hacia , Mauricio?
El chico, que conocía perfectamente la dinámica entre ambos, sonrió por el espejo retrovisor.
—Claro que no, señora. Yo diría que ha sido muy rápida.
El auto arrancó con rapidez, abriéndose paso entre el tráfico de la ciudad. Al llegar a la gran empresa familiar, notó que todo era un ir y venir de personas, todos caminando con prisa, con papeles en la mano, serios y concentrados. «Mauricio tiene razón, son demasiado exagerados —pensó ella con diversión—, al final solo es un vestido».
Pero entonces la vio. Allí, en medio del gran salón de diseño, estaba Vivian. Sonreía radiante, rodeada de telas y cajas. Victoria se detuvo un instante y la observó detenidamente, analizando cada detalle con la perspicacia que la caracterizaba. ¿Eran imaginaciones suyas o su hermana pequeña estaba distinta? Le pareció verla un poco más voluminosa, con unas formas que antes no tenía. Incluso, ella que siempre había sido delgada y de pecho pequeño, ahora lucía esa zona mucho más desarrollada, más llena, más redonda.
Una duda cruzó su mente, lógica y clara: «¿Estará embarazada?». A pesar de que Vivian ya iba a casarse, a pesar de ser una mujer joven, para Victoria seguía siendo una chiquilla, su niña pequeña a la que siempre había protegido.
En cuanto Vivian la vio llegar, corrió hacia ella y se lanzó a sus brazos tal como lo hacía cuando tenía 16 años. Victoria la recibió con la misma ternura y fuerza de siempre, sintiéndose profundamente orgullosa de aquella joven que había florecido ante sus ojos.
Después de las medidas, cuando el vestido —una creación preciosa, elegante y llena de magia, diseñada con maestría por José— quedó ajustado a la perfección, Victoria solo pudo quedarse mirándola, embelesada. Vivian lucía como una pequeña princesa, irradiando luz y felicidad.
—Te ves preciosa —le dijo Victoria con voz emocionada—. Andrés va a quedar encantado cuando te vea llegar al altar. Va a ser el hombre más afortunado del mundo, y créeme, él lo sabe.