¿Nunca es tarde para el amor Capítulo86
93%

Capítulo86

Después de esa visita a la cárcel, Enrique entendió que llevaba años cargando con una culpa que, en el fondo, nunca debió ser suya, aferrado a lo sucedido con Luciana, su primer amor. Se había juzgado tantas veces por no haber estado ahí, por no haber podido salvarla… Pero, ¿cómo iba a lograrlo si todo, desde el principio, había estado planeado para que él fracasara?

Iba en silencio absoluto, perdido en sus propios pensamientos, mientras Andrés lo observaba discretamente a través del espejo retrovisor. Pasaron largos minutos donde el único sonido era el ronroneo constante del motor, hasta que su compañero rompió el silencio con una frase que pesó en el aire:

—Se nota cuánto te afecta verla así… aunque, créeme, bien ganado que se lo tiene. Igual que tu tío Franco.

Enrique no contestó. Su mente estaba demasiado lejos, atrapada en recuerdos que todavía le dolían en el alma, como heridas que nunca terminan de cerrar.

—¿Vamos directo a la oficina, cierto? —preguntó Andrés, dando por hecho que seguirían su rutina de siempre.

—Hoy no iré. Me tomaré el día libre —respondió Enrique, con una calma tan inusual que parecía irreal.

Andrés soltó una carcajada sincera, incrédulo. Aquel hombre nunca se detenía, siempre estaba sumergido en el trabajo, ahogándose en obligaciones solo para no sentir, para no tener que enfrentarse a sí mismo. Era imposible creer que, justo ahora, quisiera detenerse.

—¿Entonces a dónde quieres ir? —insistió, curioso por ese cambio repentino que no esperaba.

—Al cementerio.

Andrés no dijo una palabra más; lo comprendió al instante. Simplemente condujo despacio por la gran ciudad, respetando ese momento de intimidad que su amigo necesitaba, ese espacio donde ni él debía entrar.

Al llegar, se dirigieron primero al lugar donde descansaba su madre. La tumba lucía, como siempre, impecable, adornada con rosas frescas y hermosas; su padre siempre se aseguraba de que ese rincón luciera perfecto, como si con ese cuidado pudiera mantenerla aún presente entre ellos.

Enrique se arrodilló y acarició la lápida con suavidad, en un gesto lleno de respeto y de esa añoranza que nunca se iba. Luego habló, con una voz profunda y contenida, donde se notaba a flor de piel todo el dolor que había llevado oculto durante años:

—Madre… hoy, la persona que te quitó la vida está encerrada tras unas rejas. Hubo un tiempo en que deseé matarlo con mis propias manos, y creí que eso me daría paz… pero no lo hice. Espero que, donde estés, no me juzgues por todo lo que he sido y lo que he hecho en esta vida. Solo quiero que sepas que ya no seguiré por ese camino. Estuve años atrapado entre el odio y la necesidad de poder, creyendo que si llegaba muy alto, si demostraba ser el mejor, por fin sentiría que valía algo ante mi familia… aunque todo eso me costara perderme a mí mismo, aunque tuviera que vender mi propia alma.

Allí, frente a aquella tumba, ya no se veía al hombre duro, fuerte y temido por todos. Se veía solo al niño que la había perdido demasiado pronto, que había crecido con una ausencia que nunca, en todo este tiempo, había logrado sanar del todo.

De pronto, una brisa fresca le rozó el rostro y lo hizo levantar la mirada hacia el cielo. El sol comenzaba a ocultarse entre las nubes, pero por primera vez en muchísimos años, Enrique no sintió frío, ni vacío, ni esa tristeza pesada de siempre. Al contrario, sintió una paz inmensa y una calidez suave que le recorrió todo el cuerpo, como si una respuesta clara y amorosa le hubiera llegado directamente desde allá arriba.

Se levantó lentamente y caminó unos pasos hasta llegar a la tumba de Luciana Moretti. Se detuvo frente a ella, miró su fotografía en la lápida y también la acarició con ternura, con el mismo cariño de antes, como si realmente pudiera tocarla a ella, y no solo la piedra fría. Y le habló con el corazón totalmente abierto:

—Siempre te llevaré conmigo, grabada a fuego en mi corazón… pero necesito que sepas algo importante: ahora he vuelto a ser feliz. Incluso sonrío más que antes, tal como tú siempre me pedías, tal como tú querías que fuera. Quédate tranquila, descansa por fin: quien te puso aquí, quien nos robó todo ese tiempo juntos, está ahora mismo encerrado, pagando cada gota de daño que nos hizo.

Al decir esas palabras, se irguió con dignidad y caminó de regreso hacia el auto. Aquel lugar que había visitado tantas veces lleno de rabia, de frustración, de rencor y de una culpa que lo consumía vivo… por primera vez lo veía irse sin ese peso aplastante sobre los hombros. Ya no dolía igual; ya no quemaba por dentro.

Andrés no preguntó nada, solo lo esperó con paciencia, respetando cada paso, cada cambio que estaba ocurriendo en él.

—Llévame a la casa de mi padre —ordenó Enrique al subir al vehículo.

—¿A cuál de todas? —preguntó Andrés, sabiendo perfectamente que poseían propiedades en muchas ciudades y lugares distintos.

—A la pequeña finca.

Andrés no volvió a hacer preguntas. Simplemente puso el coche en marcha y al principio condujo despacio, pero Enrique, impaciente por llegar a ese lugar que ahora sentía que lo llamaba, le dijo con firmeza:

—¿No puedes ir más rápido?

—Está bien —respondió su amigo, y aceleró sin dudar.

Mientras avanzaban, Enrique miraba los paisajes hermosos que se extendían a los lados de la carretera y se sumergió en sus recuerdos de la niñez, de esa época dorada donde todo parecía más sencillo, más seguro.

Al llegar a la casa —ese lugar que había evitado durante años precisamente porque le huía al dolor de todo lo que ya no estaba—, abrió la puerta. Todo seguía impecable, ordenado y bien cuidado, aunque notó que algunas cosas habían sido cambiadas o renovadas por su padre con el paso del tiempo. Sus ojos se detuvieron enseguida en el viejo columpio que su padre le había construido cuando era pequeño: ahora tenía otro color, lucía recién pintado y reparado, como si hubiera estado allí, esperando fielmente, a que él decidiera volver.

—¿Ya tienes decidido qué vas a hacer con Wilson? —preguntó Andrés, rompiendo la calma del momento.

—Lo entregaré a la policía. Se acabó protegerlo.

—Por fin estamos de acuerdo en algo —respondió el otro, con alivio.

—Pero será mañana —aclaró Enrique, sin siquiera volverse a mirarlo—. Vete ya, y mañana temprano vienes por mí.

Andrés intentó insistir en quedarse a su lado; no quería dejarlo solo, menos después de todo lo que habían vivido. Pero Enrique le pidió que se marchara, recordándole que estaba a punto de casarse, que tenía su propia vida y que debía descansar. Andrés, sabiendo que tenía razón y que su amigo necesitaba estar consigo mismo, decidió hacerle caso. Se marchó dejándolo allí, solitario y en silencio, comprendiendo que, en ese momento, más que compañía, lo que Enrique necesitaba era esa paz, esa soledad necesaria para cerrar sus propias heridas.

Era una pequeña finca, escondida entre colinas verdes y árboles frondosos, un lugar que parecía haberse detenido en el tiempo, exactamente igual a como lo guardaba su memoria. La casa tenía una construcción antigua y sólida, con paredes blancas que el sol había teñido de tonos cálidos, y un techo de tejas rojas que brillaban intensamente cuando los rayos del sol los tocaban. Estaba rodeada de jardines llenos de flores de mil colores —rosas, jazmines, claveles—, y el aire siempre se llenaba de un perfume dulce y natural que, al respirarlo, le traía de golpe la imagen viva de su madre.

Al entrar, el olor a madera vieja y limpia lo recibió como un abrazo conocido. Todo tenía ese orden tranquilo, esa calma especial que ella siempre había sabido darle a todo lo que tocaba. Recordaba con claridad las mañanas de antes, cuando salían los tres juntos: su madre, hermosa y siempre sonriente, caminando del brazo de su padre, quien la miraba con una adoración inmensa, como si ella fuera el único tesoro que existía en todo el mundo. Él, pequeño y ágil, corría delante de ellos, sintiéndose el dueño absoluto de todo aquel paraíso.

Cerca de la entrada, justo bajo la sombra de un inmenso árbol de ramas espesas, estaba el columpio que su padre le había hecho con sus propias manos. Allí pasaba horas enteras, meciéndose suavemente e imaginando que volaba, mientras sus padres se sentaban en un banco de piedra cercano, hablando en voz baja, riéndose de sus travesuras y prometiéndose el uno al otro que esa felicidad duraría para siempre, que nada podría separarlos.

Recordaba también las tardes en el huerto, donde su madre le enseñaba los nombres de cada planta y cada fruto, explicándole con una paciencia infinita cómo crecían las cosas de la tierra y cómo debía cuidarlas. Su padre, por su parte, le hablaba con orgullo de cada rincón de esa tierra, repitiéndole siempre que ese lugar era su refugio, su herencia y su hogar: un sitio donde siempre estarían a salvo, lejos del ruido y de los problemas del mundo.

Enrique caminaba ahora por esos mismos senderos de tierra apisonada, y cada paso le devolvía una imagen nítida: su madre cortando flores para adornar la mesa, su padre arreglando una cerca o podando los árboles con destreza, las risas que resonaban entre las paredes, las comidas largas y llenas de amor en el porche, donde el tiempo no corría, sino que simplemente se disfrutaba sin prisas.

Aquí, en esta pequeña finca, él había sido realmente feliz. Aquí había sido solo un niño, protegido por el amor más grande que jamás pudo imaginar… antes de que la tragedia llegara para romperlo todo. Y al mirar cada rincón, intacto y cuidado con esmero, comprendió que el amor de sus padres no había muerto con ellos: seguía vivo en cada árbol, en cada flor, en el viento que movía las hojas y en ese columpio que aún esperaba, fiel y silencioso bajo la sombra del árbol, tal como lo hacían ellos en su recuerdo.