¿Nunca es tarde para el amor Capitulo85
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Capitulo85

Enrique miraba, fascinado, la dulzura con la que Victoria le hablaba. Por fin tenía la certeza: aquella mujer estaba realmente decidida a compartir su vida con él, y él no estaba dispuesto a dejar escapar esa oportunidad solo por miedo a lo desconocido.

—Está bien —dijo, cediendo, aunque en su voz se notaba un rastro de inseguridad que no logró ocultar del todo—. Si es lo que tú quieres, así será. Pero exijo una promesa: que algún día te casarás conmigo.

Victoria sonrió con ternura, y fue ella quien, sin dudarlo ni un segundo, lo besó con una pasión tan intensa que lo desarmó por completo. Cuando se separaron, lo miró fijamente a los ojos y le habló con esa calma profunda que solo refuerza lo que realmente importa:

—Creo que hemos aprendido mal lo que significa amar. Nos han repetido toda la vida que el amor verdadero empieza y se sostiene gracias a un compromiso formal, ¿verdad? —hizo una pausa, como si estuviera a punto de revelar un secreto guardado durante años—. Pero ¿y si ese compromiso, con el paso del tiempo, se convierte en cadenas? ¿Y si lo que llamamos seguridad termina convirtiéndose en nuestra propia prisión? Yo no quiero eso… y estoy segura de que tú tampoco.

Enrique la escuchaba sin interrumpir, sintiendo cómo sus argumentos iban desmontando poco a poco las convicciones que le habían inculcado desde niño.

—Lo que yo quiero —continuó ella, tomándole la mano con fuerza, como para anclar sus palabras a su corazón— es que siempre me sostengas así. Que me hagas sentir amada, segura y protegida, sin necesidad de papeles ni fechas impuestas. Quiero que nunca pierdas esa sonrisa… ni ese miedo sutil a perderme, porque eso solo demuestra cuánto me valoras. Quiero convivir muchos años con el hombre que amo, construir nuestra historia a nuestro ritmo, sin prisa ni reglas ajenas. Quizás más adelante me case contigo, quién sabe. Pero si lo que necesitas para sentirte tranquilo es un símbolo —añadió con una sonrisa traviesa, acercándose de nuevo hasta rozar sus labios—, puedes comprarme un anillo enorme y ponérmelo en el dedo. Será nuestra promesa de amor, escrita por nosotros, no por las normas de nadie más.

La noche cayó como un manto suave y silencioso sobre ellos, y las palabras ya no hacían falta: el silencio se llenó de todo lo que se habían dicho y de todo lo que aún quedaba por vivir. Enrique, que hasta hacía poco había temido perderla, ahora sentía que tenía el mundo entero entre sus brazos. Victoria, por su parte, se entregaba con la misma libertad con la que había hablado: sin ataduras, sin miedos, solo con el deseo de demostrarle que el amor verdadero se vive, no se firma.

Todo comenzó con un nuevo beso, más profundo y apasionado que el anterior, en el que se fundieron como si quisieran convertirse en una sola persona. Las manos de Enrique recorrían su cuerpo con delicadeza, como si estuviera tocando algo sagrado, mientras ella se aferraba a él, recordándole con cada caricia que su lugar era ahí, a su lado. El miedo que antes lo paralizaba ahora se transformaba en pasión; ese temor sutil a perderla, del que ella había hablado, solo servía para que cada instante fuera más intenso, más valioso, más real.

No hubo prisas, ni reglas, ni nada que no saliera de sus propios deseos. Cada mirada era una confirmación, cada suspiro una promesa. Victoria le regalaba su cuerpo y su alma con la misma naturalidad con la que le había explicado su visión del amor: libre, auténtica, incondicional. Y Enrique, a su vez, le daba todo lo que ella pedía: seguridad, amor, protección, esa sonrisa y esa entrega que hacían que ella se sintiera la mujer más afortunada del mundo.

Entre sábanas y susurros, construyeron su propio universo. El matrimonio dejó de ser un requisito obligatorio para convertirse solo en una posibilidad futura, porque esa noche entendieron que su unión ya era más fuerte que cualquier papel o ceremonia. Cuando por fin el cansancio los venció, quedaron abrazados, respirando al mismo ritmo, con los dedos entrelazados como si ya llevaran puesta esa promesa de amor que pronto sellarían con un anillo, si así lo querían.

Era el comienzo de todo: una historia escrita por ellos, sin guiones ajenos, basada en la única verdad que importaba: se amaban, y eso era más que suficiente.

Al día siguiente, Enrique abrió los ojos y se asomó al inmenso ventanal, ese mismo lugar al que había acudido tantas veces cargado de soledad y marcado por unas ojeras profundas, fruto del insomnio que lo había atormentado durante tanto tiempo. Pero esa mañana todo era distinto: había dormido profundamente, tanto que ni él mismo podía creerlo. Miró el reloj: eran las dos de la tarde. Quizás se debía a que había pasado horas hablando y sintiéndose amado junto a Victoria, pensó, y una sonrisa sincera se dibujó en su rostro. Se sentía pleno, ligero, relajado; incluso el simple hecho de escuchar el ritmo de su propia respiración le provocaba una sensación de satisfacción que hacía mucho no experimentaba.

Después de una ducha reparadora, se vistió con ropa sencilla, y aun así su porte se mantenía elegante y apuesto como siempre. Al cabo de un rato, se dirigió hacia la cocina, y allí estaba ella: Victoria, rodeada de sus dos pequeños. Al verlo, la mujer le regaló una sonrisa amplia y cálida, haciéndole señas para que se acercara.

—Ya pasó la hora del desayuno —le dijo con ternura—, así que prepárate: vamos a almorzar.

Comieron sin prisas, disfrutando de la tranquilidad del momento. Cuando terminaron, Enrique besó a cada uno de los niños con cariño y luego se despidió para salir. Afuera lo esperaba Andrés, su compañero de siempre y cómplice de mil batallas, quien al verlo exclamó de inmediato:

—¡Mira nada más! Se te nota en el cuerpo lo bien que estás. Me alegra verte así, hermano.

Enrique lo abrazó con fuerza, un gesto que hablaba por sí solo de años de lealtad y confianza inquebrantables. Luego se puso unas gafas de sol, subió al coche y, mientras se acomodaba en el asiento, preguntó con curiosidad:

—¿Cómo van los preparativos de tu boda?

Andrés soltó una risa entre resignada y feliz.

—La verdad es que me encantaría que fuera perfecta… tanto que hasta me gustaría casarme contigo en lugar de con ella —bromeó, y luego suspiró con dulzura—. Pero hablando en serio: yo quería hacer la ceremonia en mi casa, algo íntimo y familiar, pero ella tiene el corazón puesto en la playa. ¿Cómo le voy a decir que no? Se lo merece todo.

Enrique sonrió ante la felicidad de su amigo, pero su expresión cambió por completo cuando formuló su siguiente pregunta, ahora cargada de seriedad y determinación:

—¿A dónde iremos hoy?

—A la cárcel —respondió Enrique sin titubear.

Andrés frenó en seco, sorprendido.

—¡¿A la cárcel?!

Al llegar a su destino, Enrique bajó del vehículo con lentitud, dando pasos pausados que se volvieron más pesados conforme se acercaba al interior. En cuanto cruzó las puertas, sintió la frialdad de las celdas impregnarse en su piel, en sus huesos, en cada rincón de su mente. Esa sensación helada lo hizo reflexionar profundamente sobre las palabras que Victoria le había dicho la noche anterior: ella no quería que siguiera quitando vidas, por más culpables que parecieran ser, porque tarde o temprano la justicia o el destino se encargarían de alcanzarlos… y entonces él sería quien terminara encerrado en un lugar como ese, perdiendo todo lo que por fin había encontrado.

Cuando estuvo frente al cristal de separación, se sentó despacio y tomó el teléfono con dedos firmes pero cargados de contención. Del otro lado apareció Melissa. Él recordaba a una mujer imponente, caprichosa, llena de energía y belleza deslumbrante… pero ya no quedaba nada de eso. Frente a él había alguien totalmente transformada: derrotada, apagada, con la mirada perdida y la altivez de antaño reducida a cenizas.

Enrique habló con voz pausada, sin gritos, pero con una dureza que revelaba cuánto le había costado llegar hasta ahí:

—¿Por qué lo hiciste?

Melissa levantó el rostro de golpe, y por un instante volvió a asomarse la furia que siempre la caracterizó.

—¡Porque se lo merecían! —escupió con rencor—. Me quitaron a mi madre… y luego me quitaron a ti.

Enrique parpadeó, sorprendido. Nunca habría imaginado que detrás de tanta maldad se escondiera una envidia tan profunda hacia su propia prima.

—¿Qué te quitó Victoria exactamente? —preguntó él, incrédulo.

—¡Me quitó el amor de mi vida! —gritó ella, desbordada por la frustración.

Enrique negó lentamente con la cabeza, sin rencor, pero con la certeza de quien ya ha visto la verdad desnuda:

—Sabes perfectamente, Melissa, que lo que sientes por mí no es amor. Si lo fuera, jamás me habrías traicionado tantas veces. Tu amiga Dayana ya me confesó cada una de tus fechorías; sé todo lo que planeaste, todo lo que hiciste para dañarnos.

Al escuchar ese nombre y saber que su cómplice la había delatado, Melissa se alteró por completo: empezó a temblar y a lanzar insultos incoherentes, perdiendo cualquier resto de compostura que le quedaba.

Enrique la miró un último instante, grabando en su memoria esa imagen para cerrar ese capítulo de su vida para siempre, y pronunció las palabras definitivas:

—Esta es la última vez que nos vemos.

Colgó el teléfono, se puso de pie y se alejó sin mirar atrás, dejándola sola con su propia miseria.

Lo que Melissa ignoraba era que, para ella, Dayana era su cómplice incondicional, alguien que nunca la habría delatado por voluntad propia. Pero la realidad era otra: lo que obligaba a Dayana a permanecer a su lado eran las amenazas diarias y la culpa que Melissa le inculcaba sin descanso, recordándole siempre que, por su culpa, habían cometido un asesinato.