¿Nunca es tarde para el amor Capitulo84
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Capitulo84

Dos días después, el incierto parpadeo de los párpados de Victoria rasgó la penumbra de la inconsciencia. Un quejido apenas audible escapó de sus labios agrietados, mientras sus ojos, aún nublados, pugnaban por enfocar la habitación. La luz le pareció hiriente; los sonidos, distantes y amortiguados. El dolor era una presencia sorda, constante, una punzada que ascendía desde su cabeza hasta la mano enyesada. Poco a poco, imágenes fragmentadas de los últimos días comenzaron a filtrarse, nebulosas al principio, luego nítidas y crueles, cada recuerdo una puñalada. La amnesia protectora se disipaba, revelando el horror de Wilson, sus palabras, los golpes… la cruda realidad.

Su mirada se posó en Enrique, dormido profundamente en una silla junto a la cama, el rostro surcado por el cansancio y la angustia. Una sola palabra, apenas un susurro reseco, escapó de sus labios:

—Tengo sed...

Enrique abrió los ojos al instante, como un resorte activado por la voz de Victoria. La incredulidad dio paso a un alivio puro. Se inclinó y besó su frente con una ternura inaudita. El hombre, habitualmente impenetrable, se mostraba ahora vulnerable, desgarrado por la culpa desde el instante en que la había rescatado. Lágrimas silenciosas rodaron por sus mejillas; el miedo a perderla había sido tan abrumador que se sentía miserable. Se acercó de nuevo, la besó con una delicadeza que desmentía su naturaleza, y con una rapidez que denotaba su constante estado de alerta, le tendió un vaso de agua.

Enrique sentía una inmensa felicidad por el despertar de Victoria, pero la culpa lo carcomía, un sentimiento que lo había acompañado desde que ella yacía inconsciente en aquella cama, por cada golpe que había recibido. Al cabo de un rato, se despidió con un suave beso en los labios de Victoria y la promesa de regresar. Afuera de la habitación, lo esperaban los hermanos de Victoria. José lo miró con evidente desaprobación, convencido de que, al lado de Enrique, su hermana siempre estaría en peligro. Vivian, por el contrario, lo observaba con una sonrisa comprensiva, mientras el joven Fernando, de naturaleza extrovertida, se acercó a saludarlo.

Al entrar a la recámara, los hermanos se dieron cuenta de que Victoria ya había despertado, un hecho que llenó de alegría sus corazones. En ese preciso instante, Enrique, que había olvidado su celular, decidió regresar a la habitación. José sostenía la mano de su hermana con delicadeza.

—Vicky, sabes que te amo profundamente —dijo José, su voz cargada de una preocupación sincera que rozaba la súplica—. Y sé perfectamente que el corazón elige a quién amar. Pero creo que es momento de que te alejes de Enrique. Si no te has dado cuenta, cada vez que estás a su lado, corres un gran peligro. Ahora fue tu mano fracturada, ¿y luego qué? ¿Perderás la vida? Recuerda, tienes dos hijos que debes cuidar. Sé que él te ama, pero es un amor lleno de peligro. Es mejor que te alejes de él.

—¡Claro que no! —interrumpió Vivian, indignada—. No ha sido su culpa que esto le pase a Victoria. ¡Él la ama!

—Así es —secundó Fernando—. Tú eres una mujer hecha y derecha, y sabes perfectamente lo que debes hacer.

—No quiero perderte —volvió a insistir José, su voz casi una súplica.

En ese momento, Enrique entró en la habitación, deteniendo la discusión y sumiendo a los hermanos en un profundo silencio. Tomó su celular de la mesita de noche, se acercó a Victoria, le dedicó una última mirada cargada de sentimientos encontrados, y salió sin decir una palabra. De camino a casa, cada frase de José martillaba su cabeza, resonando con una verdad dolorosa. Era cierto. Cada vez que Victoria estaba a su lado, recibía palabras hirientes, rechazo, el acoso de los periodistas y, ahora, incluso había puesto en riesgo su vida. Quizás él debía alejarse de ella. La idea, aunque desgarradora, comenzaba a arraigarse en su mente.

Victoria sabía que cada frase que sus hermanos decían era verdad. Cada uno de ellos tenía su razón, un argumento sólido. Pero ella no podía alejarse de Enrique; simplemente lo amaba con una fuerza inquebrantable.

—No me alejaré de él. Lo amo —afirmó con voz firme, a pesar de la debilidad—. A su lado me siento plena.

—¿Dónde está Fernanda? —preguntó de repente, cambiando el tema.

—Ella no sabe lo que te pasó. Su embarazo es riesgoso. Fue lo mejor —dijo José, tratando de sonar convincente.

Una semana exacta había transcurrido desde aquella conversación, y Enrique se había refugiado en el trabajo. Quizás era una forma de evitar a Victoria, de no sentirse aún más culpable. Pero Victoria se había dado cuenta de su estrategia. Con su mano aún enyesada, caminaba por la casa sosteniendo al pequeño Henry. Ese día, había decidido esperar a Enrique. Exactamente a las dos de la madrugada, el hombre entró. Victoria encendió la luz. Él lucía, como siempre, impecable; era el hombre que siempre hacía que su corazón se detuviera.

—¿Por qué estás despierta? —preguntó él, su voz ronca por el cansancio y la tensión.

—¿Por qué me estás evitando? —replicó la mujer, levantándose de donde estaba, acercándose a él mientras Enrique, casi instintivamente, retrocedía un paso.

—¿Lo ves? ¿Acaso ya no soy atractiva para ti, Enrique? ¿El amor se acabó? Dímelo y me iré —dijo, la voz quebrada. Unas cuantas lágrimas recorrieron su rostro, las cuales limpió rápidamente con el dorso de su mano.

Enrique quiso decirle que sí, que ya no la amaba, que era lo mejor. Pero sus palabras se quedaron atascadas en la garganta. Hizo todo lo contrario. Se aferró a ella en un beso apasionado que no necesitó palabras para que ambos se dieran cuenta de que ese amor seguía ahí, latiendo con fuerza indomable en sus pechos.

—No quiero ponerte en peligro, ¿lo entiendes? —dijo por fin el hombre, soltando a la mujer con suavidad, su voz cargada de una emoción que rara vez mostraba—. Eres lo más importante de mi vida. Eres mi mundo, Victoria.

Mientras pronunciaba esas palabras, lágrimas rodaron por las mejillas de aquel hombre inquebrantable, fuerte, y que, aparentemente, delante de todo el mundo, nada lo hacía flaquear. Ahí estaba, con lágrimas en los ojos.

—Ya he perdido y sé el dolor de perder —continuó, su voz un susurro de vulnerabilidad—. Pero perderte a ti... me volvería loco.

—¿Por qué me perderías? —dijo Victoria, acercándose a él, secando una lágrima con la suavidad de un pétalo.

—¿Miras esto? —dijo él, señalando su brazo enyesado—. Si no fuera un brazo, y si fuera tu vida...

—Creo que es mejor no lo digas —interrumpió Victoria, su voz llena de convicción—. Mientras me ames, no me perderás.

Enrique estaba decidido a alejarse de ella. No solo porque no quería ponerla en peligro, sino también porque temía los reclamos que ella pudiera hacerle por aquel lugar al que había sido llevada. Ahora que ella sabía que existía, temía que le tuviera miedo. Pero al mirarla así, tan dispuesta para él, sin un solo reclamo, simplemente no tuvo el valor de alejarla de su vida. La sentó entre sus piernas, sintiendo el calor de su cuerpo.

—Pensé que me tendrías miedo —dijo, acariciando su cabello.

—¿Por qué lo haría? —replicó Victoria, su mirada firme—. ¿Qué hiciste con ese hombre?

—Sigue encerrado —respondió él. Mientras pronunciaba esa frase, su rostro se ensombreció, un indicio de la oscuridad que aún lo acechaba.

—No quiero que lo asesines, Enrique —dijo Victoria con voz clara, sin rastro de duda—. Sé que ese lugar existe porque las personas que has llevado allá no han sido buenas. Pero no quiero que vuelvas a asesinar. Quiero que lo entregues a la policía. Tiene demasiadas evidencias de todo lo que él ha hecho. Lo que hizo tu tío Franco y Melisa... ellos están en prisión.