Capitulo83
El vibrar insistente del celular de Enrique rebanó el silencio tenso. Era su padre. La voz al otro lado, un torbellino de preocupación apenas contenido, irrumpió:
—Enrique, ¿ya estás con Victoria?
—Todavía no —respondió Enrique, un tic nervioso casi imperceptible en la mandíbula. Su mirada, de acero, se endureció aún más al escuchar la siguiente indicación paterna—. Pero no le digas a su hermana.
Enrique se irguió de su asiento, sus ojos escanearon la habitación y se detuvieron en uno de sus hombres. Con una voz gélida y distante, impregnada de una decisión inquebrantable, ordenó:
—Llama a la policía. Y deja todas estas evidencias encima de la mesa.
Los hombres se miraron entre sí, el desconcierto pintado en sus rostros. La orden era insólita. Enrique no llamaba a la policía; aquellos que osaban cruzarse en su camino solían desvanecerse, sin dejar rastro. Sin embargo, la promesa hecha a su padre resonaba en su mente como un eco persistente: no volvería a asesinar. Pero, en su fuero interno, la sabía: una promesa era solo una línea. Torturar, para luego entregar a la justicia, era un abismo moral completamente diferente. La ira no perdonaría, y la sed de venganza encontraría su cauce, incluso bajo el velo protector de la ley.
Enrique salió de la mansión con una premura febril, dejando atrás el caos que había orquestado. Cada paso alimentaba una desesperación creciente, una angustia que se clavaba más hondo en su pecho por no haber encontrado a Victoria. La imagen de lo que aquel "imbécil" podría estar haciéndole lo carcomía por dentro, avivando la furia en sus venas hasta convertirla en un fuego inextinguible.
A la entrada del imponente edificio, se topó con Andrés, cuyo rostro reflejaba una preocupación casi tan palpable como la suya.
—¿La encontraste? —preguntó Andrés, la voz tensa, sin rodeos, una sentencia implícita en sus palabras—. Sabes que si no lo hacemos, su hermana me matará.
Enrique, sin detener su andar, apretó los puños.
—La encontraremos. ¿Qué te dijeron? ¿Adónde la llevarían?
Andrés respiró hondo, intentando ordenar la avalancha de información que había recabado.
—Dijeron que a un lugar donde nadie sospecharía.
Enrique había pasado la noche en vela, una agonía compartida con Andrés. Su mente era un torbellino incesante, girando obsesivamente en torno a la misma pregunta: ¿A qué lugar se la llevaría? La frustración se materializó en furia incontrolable: había arrasado su escritorio, los objetos volando en un arrebato de impotencia. Dio mil vueltas por la oficina, un león enjaulado, cada paso una tortura.
Mientras tanto, Andrés permanecía hundido en su asiento, la cabeza gacha, sumido en un silencio denso y abrumador. Después de un largo rato, Enrique se detuvo frente al ventanal, su mirada perdida en la ciudad que lentamente despertaba.
—¿Ya fuiste a ver a los niños? —preguntó, la voz ronca, apenas audible, un murmullo de vulnerabilidad.
Andrés no levantó la vista. —No tengo el valor para verlos en este momento. Lo que ellos más quieren es el calor de su madre.
Andrés volvió a la misma posición, inmóvil, una estatua de desesperación. En esa postura permaneció hasta las dos de la tarde. Ninguno había probado bocado; solo el café, amargo y constante, los mantenía despiertos, al límite de su resistencia. De repente, como un resorte, Andrés se puso de pie, sus ojos brillando con una epifanía, una chispa de horror y revelación.
—¡Ya sé dónde está! —exclamó, la voz cargada de una mezcla escalofriante de espanto y certeza—. El lugar que nadie sospecha… ¡Es tu lugar de tortura!
Enrique sintió una punzada de ironía amarga, pero la desesperación por Victoria era más fuerte que cualquier otra emoción. Sin dudar, siguió a Andrés, la esperanza una llama tenue en la oscuridad.
Al llegar al lugar, Enrique lo recorrió con la mirada, pero esta vez, un miedo gélido le atenazaba el pecho. No era el miedo de un hombre acostumbrado al peligro, sino el temor más primitivo y visceral: el de perder a alguien amado. Sus ojos se detuvieron bruscamente. Allí estaba Wilson, sentado en la misma silla que él siempre ocupaba, con una indolencia escalofriante, la encarnación misma de la calma en la tormenta. Y a su lado, la imagen que desgarró el alma de Enrique: Victoria. Atada, visiblemente golpeada, su rostro marcado por el sufrimiento, por el horror.
Enrique miró al hombre que siempre lucía tranquilo, aquel que, entre los tres, pasaba por el más cuerdo, el más sensato. Pero ahora, Wilson sonreía de lado como un desquiciado, una mueca perversa que no auguraba nada bueno.
—Mira lo que le hice a esta mujerzuela —dijo con una voz cargada de un placer retorcido, asqueroso—. Sabes, incluso llegué a pensar en abusar de ella, pero no me gusta de esa manera.
En un movimiento rápido, Andrés apuntó con su arma a la cabeza de Wilson.
—Creo que no deberías haber hecho eso —sentenció, la voz fría y firme, cargada de una amenaza implícita.
La sonrisa torcida de Wilson se amplió aún más, sus ojos brillando con una chispa de malicia al ver el arma de Andrés, como si el peligro lo excitara.
—¿No debería haber hecho qué, precisamente? —preguntó Wilson, sin apartar la mirada de Victoria, como si la presencia de Enrique y Andrés fuera una mera molestia, un telón de fondo para su retorcido espectáculo—. ¿No debería haberle enseñado a esta perra lo que les pasa a las que se meten en lo que no les importa? ¿O quizás no debería haber disfrutado cada golpe, cada lágrima, sabiendo que cada uno era un paso más cerca de volverte loco, Enrique? Sabía que vendrías. Siempre vienes por lo que consideras tuyo. Pero esta vez, mi querido amigo, la victoria es... diferente. Es mucho más dulce.
Se inclinó ligeramente hacia Victoria, y con una lentitud exasperante, la acarició el cabello, un gesto que en otras circunstancias podría haber sido tierno, pero que ahora estaba cargado de una perversión absoluta, repugnante.
—Es una pena que no te gusten de esta manera, Andrés —continuó, volviendo su mirada a Enrique, un brillo aún más oscuro en sus ojos, cargado de un odio visceral—. Porque te aseguro que cada vez que ella respira, cada vez que su corazón late débilmente, es un eco de mi triunfo. Y tú, Enrique, lo escucharás por el resto de tu miserable vida. Este no es un simple secuestro; es un mensaje. Un mensaje tallado en la piel de tu querida Victoria.
La calma gélida de Enrique se rompió en mil pedazos, dejando escapar un rugido animal de dolor y rabia.
—¡¿Por qué haces esto, Wilson?! —explotó, dando un paso adelante, solo para ser frenado por la mano firme de Andrés, que lo ancló a la realidad—. ¡Siempre te he tratado como parte de mi familia! ¡Siempre!
Wilson soltó una carcajada, una risa hueca que resonó en el macabro escenario, desprovista de cualquier alegría, de cualquier humanidad.
—¿Familia? —escupió la palabra como si fuera veneno, como si le quemara la boca—. ¿Crees que alguna vez me sentí parte de tu perfecta, intocable y aburrida familia, Enrique? ¿Crees que las migajas de tu "generosidad" me hacían sentir algo más que un perro callejero al que le lanzan un hueso? ¡Siempre estuve a tu sombra! Siempre fuiste el brillante, el exitoso, el que lo tenía todo. Y yo... yo siempre fui el comodín, el segundo plato, el que nadie veía realmente.
Se levantó de la silla, sus movimientos lentos, deliberados, cargados de una furia contenida que había fermentado durante años, una bomba a punto de estallar.
—Cada vez que me mirabas con esa compasión condescendiente, cada vez que me "ayudabas", sentía la humillación quemándome la piel. Y ahora, Enrique —se acercó a Victoria, su voz bajando a un susurro lleno de odio puro, concentrado—, ahora es tu turno de sentir lo que se siente perder lo que más valoras. De ver cómo aquello que crees tuyo se rompe en tus manos. Esto no es solo por Victoria, no. Esto es por cada vez que me hiciste sentir insignificante. Es por cada "gracias" que te tuve que dar sin sentirlo. ¡Es por todo!