Capitulo82
Arturo giró lentamente hacia ella, la mujer que, completamente desnuda, observaba el crepúsculo a través del ventanal. Se preguntó, con una punzada de remordimiento, por qué su belleza le había pasado desapercibida hasta ahora. Era, sin duda, un espectáculo para los ojos, un lienzo de gracia. Se sentía afortunado, dueño de un tesoro que recién comenzaba a desentrañar. Con delicadeza, se acercó, sus dedos rozaron la curva de sus caderas, una caricia que la invitó a girar. El brillo de una sonrisa, apenas un destello en sus labios, le dio la bienvenida.
—Quiero preguntarte algo —comenzó Arturo, la inquietud anudándole la voz—. Sé lo que has pasado, sé cómo te has esforzado por alejarte de ella, de esa persona que solo te ha manipulado, que te ha hecho tanto daño.
Dayana bajó la mirada, un escalofrío de terror recorriéndole la espalda. Sabía, con una certeza helada, a quién se refería Arturo.
—¿Sabes que Melisa y Wilson son amantes? —La pregunta, cruda y directa, rompió el silencio.
—Lo sabía —contestó ella, la voz apenas un susurro, pero firme.
—¿Y sabes adónde irían? —insistió Arturo, la paciencia agotándose.
—No tengo un lugar exacto —confesó Dayana, sus ojos buscando los de él—, pero su refugio, el sitio donde siempre se encuentran, es la casa de Franco. Está a las afueras de la ciudad. Nadie sabe que le pertenece, es su guarida secreta. Si me preguntas adónde irían ellos dos... a la casa de él.
Una voz, cargada de una preocupación repentina, irrumpió en el ambiente. —¿Por qué? —preguntó Dayana, confundida.
—Porque Victoria ha desaparecido, según Enrique. Y la persona que la tiene es Wilson.
Un nudo de preocupación se formó en el estómago de Dayana. Aunque no era amiga de Victoria, ni siquiera la conocía realmente, sabía de la turbia reputación de Wilson. Inmediatamente, Arturo volvió a llamar a Enrique, compartiendo la posible ubicación.
Enrique irrumpió en la escena, sus ojos escrutando cada rincón de la fastuosa mansión. La casa, espléndidamente cuidada, contrastaba brutalmente con la tensión que arrastraba. Con un gesto imperioso, impartió instrucciones precisas a sus hombres antes de presionar el timbre. Dentro, Melisa y Franco, inmersos en una discusión que ya duraba horas, se miraron, la misma pregunta suspendida en el aire: «¿Quién podría ser?». Franco, con un suspiro de hastío, se dejó caer en el sofá.
—Ve a abrirle a tu perro faldero —dijo, la voz cargada de cansancio ante las idioteces de Melisa.
Melisa abrió la puerta, y al ver al hombre que la esperaba, palideció al instante. La sangre se le heló, la presión le bajó y la respiración se le cortó. Enrique la observó, y una sonrisa ladeada se dibujó en sus labios, una sonrisa que Melisa conocía demasiado bien y que no presagiaba nada bueno.
—Te sorprende verme por aquí, ¿no es así? —dijo, atrapándola con una rapidez felina, sujetándola del cuello con tal fuerza que Melisa sintió que el aire le faltaba, que la vida se le escapaba.
Enrique entró a la casa, arrastrando a Melisa sin soltarla, y la arrojó a los pies de Franco.
—Vaya, vaya. Aquí están los dos miserables a los que hoy haré picadillo —sentenció, la voz helada.
Franco, al escuchar la voz de Enrique, se levantó del sillón con una presteza sorprendente. El impacto fue evidente, pero se esforzó por disimularlo.
—¿Y tú qué haces en mi casa, miserable? ¡Vete de mi propiedad! —exclamó, intentando imponer autoridad.
—¿Me estás hablando a mí? —Enrique arqueó una ceja, la calma que precedía a la tormenta—. ¡Átenlo!
En cuestión de segundos, los hombres de Enrique irrumpieron y sometieron a Franco, mientras Melisa, en el suelo, luchaba por recuperar el aliento.
—¿Qué esperan, son imbéciles? ¡A ella también! Vayan a la cocina y pongan una olla a hervir.
Melisa, con una vanidad que ni en el terror la abandonaba, se recompuso rápidamente.
—¿Qué ibas a hacer? ¿Me vas a pelar como un pollo? Esa es mi especialidad —se burló, arrastrándose a los pies de Enrique, un atisbo de desafío en su mirada.
—¿Qué quieres, Enrique? —preguntó, intentando sonar desafiante.
—¿Realmente me preguntas qué quiero? —replicó él, con una risa sin humor—. ¿Por qué no empiezas por decirme dónde está Victoria?
Franco, atado y con los ojos desorbitados, exclamó:
—¿Cómo así que dónde está Victoria? ¿Acaso no está contigo, imbécil? ¡No me digas que no supiste cuidarla, no te la mereces!
—¡Y tú sí! —replicó Enrique, la furia encendiéndose en sus ojos—. ¡Golpéenlo!
Los golpes resonaron en la sala, crudos y sin piedad.
—Voy a empezar a contar hasta tres —dijo Enrique, cruzando las piernas con elegancia, encendiendo un cigarro con parsimonia y sacando una navaja que puso lentamente en el cuello de Melisa—. Quiero que me digas el lugar exacto donde está Victoria. Quizás debería marcarte —añadió, hundiendo la navaja con firmeza, sin llegar a cortar la piel.
—Señor, el agua ya está —dijo uno de sus hombres después de un rato, rompiendo el tenso silencio.
Melisa, mientras tanto, lloraba incontrolablemente, intentando balbucear una explicación sensata entre sollozos, pero las palabras se ahogaban en su garganta, incapaz de formar una frase coherente bajo la gélida mirada de Enrique y la punta de la navaja que aún rozaba su piel. La amenaza de la olla hirviendo pendía en el aire, tangible, ineludible.
Enrique ya llevaba cuatro cigarros consumidos, y ninguno de los dos miserables había soltado prenda. Se levantó, dio un último sorbo a su cigarro y luego lo apagó con frialdad en el brazo de Franco. El hombre no pudo gritar, pues tenía la boca amordazada; solo sintió cómo se quemaba su piel, un dolor sordo y agónico que le arrancó un gemido ahogado.
—Sabes, Franco —dijo Enrique, con una voz cargada de un veneno contenido—, cuando me di cuenta de que tú habías matado a mi madre, hace no mucho, quise cortarte en pedazos. Pero no lo hice. ¿Sabes por qué? Por mi padre.
Franco ahora sí temblaba de miedo. Sabía perfectamente que Enrique había estado investigando la muerte de su madre durante mucho tiempo, y que no lo hubiera matado antes era, de verdad, un milagro.
—¡Quítenle la mordaza! —ordenó Enrique, con la voz tan afilada como la navaja en su mano.
Rápidamente, uno de los hombres se acercó a Franco y le quitó el vendaje que le cubría la boca.
—Habla —exigió Enrique, sus ojos fijos en los de Franco—. Te juro por Victoria que yo no tengo nada que ver con su desaparición. ¡Por mi madre, por lo que quieras!
Enrique miró fijamente a su tío. Reconocía la verdad en los ojos de aquel hombre que, de niño, tanto lo había maltratado y forjado su carácter. Aquel que había sido su verdugo, ahora decía la verdad. Luego, se giró hacia Melisa y la encuelló de nuevo, levantándola del suelo con una fuerza brutal.
—Si no quieres que tu hermosa cara vaya a dar a esa olla que ves allí, habla de una vez.
—No sé dónde estará esa inservible —siguió Melisa con su arrogancia, a pesar del terror, intentando mantener la compostura.
Enrique llamó a uno de sus hombres.
—¡Métanle la cara en el agua!
La mujer, al borde de la histeria, rápidamente se quebró.
—¡Ya te firmé el divorcio! ¡No sé dónde la tendrá! Sé que la traería aquí, pero luego me dijo que la llevaría a un lugar que nadie sospecharía.