¿Nunca es tarde para el amor Capitulo77 #6
87%

Capitulo77 #6

—Porque si es así —continuó Victoria, inmutable—, déjame decirte que esa mujer no te ama ni te amará nunca. Sabe manipular muy bien a sus presas. Imagínate tú, si el gran Enrique de la Torre, que tiene un lugar como este —tú lo acabas de decir—, lo pudo engañar... imagínate a ti. No solo te engañó a ti, sino a Arturo, y acuérdate hasta que él se dio cuenta de su manipulación. Pero miro que tú estás ciego por ella. Solo imagina lo que Enrique te hará cuando descubra que me trajiste a este lugar. ¿Para qué me trajiste? ¿Para torturarme o quizás para que me dé cuenta de lo que Enrique es capaz? Realmente sé de lo que es capaz. Lo que me sorprende es que no sabía que tuviera un lugar como este. Se puede decir que es un hombre justo. Castiga al malo, ¿no es así, Wilson?

Wilson no esperaba esa reacción de la mujer. Lo primero que él quería era que ella huyera de Enrique, al darse cuenta de la "maldad" de su amante. El hombre se recompuso, su rostro endureciéndose, y con una voz que había perdido todo rastro de calma, dijo:

—¿Será que pensarías lo mismo si yo te corto un dedo? —dijo, tomando una pinza oxidada de la mesa y acercándose lentamente a la mujer, con una sonrisa que ya no tenía nada de tranquila, sino de una amenaza helada.

Vivian miró el reloj por quinta vez en los últimos diez minutos. Su hermana, Victoria, no había llegado. La impaciencia se mezclaba con una creciente inquietud. No era propio de Victoria retrasarse tanto, y menos en un día tan importante como ese. Un nudo de preocupación comenzó a formarse en su estómago. Se levantó de golpe del sofá y se acercó a la ventana para ver si la veía bajar del auto.

Vivian, al ver cómo el tiempo seguía su inexorable curso y su hermana no aparecía, sintió que la inquietud se transformaba en un frío presagio. Ya no podía esperar más. La decisión, aunque difícil, se formó en su mente: había decidido llamar a Enrique. Sabía que él no dudaría en actuar, para bien o para mal.

Enrique, ajeno al drama que se tejía en otros lugares, estaba inmerso en una reunión. La sala de juntas era un bastión de cristal y acero, un reflejo de su imperio, donde cada palabra se sopesaba y cada mirada podía ser una sentencia. Presidía la mesa con la autoridad que lo caracterizaba, su mente enfocada en los números y las estrategias que se desplegaban ante él. De repente, el discreto vibrar de su teléfono rompió la tensa calma. Una mirada al identificador de llamadas y supo, por el nombre de Vivian, que no era una llamada que pudiera ignorar. Con un gesto apenas perceptible, pidió disculpas a los presentes y se levantó, el ceño fruncido anunciando que algo importante había sucedido.

Enrique, al escuchar el tono urgente de Vivian y la notoria ausencia de Victoria, sintió un escalofrío. Colgó la llamada y, con un movimiento rápido y autoritario, marcó el número de los hombres que había asignado para protegerla. La respuesta que recibió le heló la sangre: "Señor, la señorita Victoria se fue con un amigo... conocido". La descripción que sus guardaespaldas le dieron encajaba a la perfección con una sola persona: Wilson.

Su mente, un torbellino de presentimientos, lo llevó a Arturo. No, la amistad con él ya no era la misma de antes; ahora la comunicación era más fluida, más honesta. Decidió llamarlo; la esperanza de que Victoria estuviera con él era un clavo ardiendo al que se aferraba. Pero la voz de Arturo al otro lado de la línea, con su genuina confusión, le confirmó sus peores temores: Victoria no estaba con él.

En ese instante, la misma desesperación gélida que había sentido cuando perdió a Luciana lo embargó. Un pánico atroz le oprimió el pecho, un recuerdo visceral de la impotencia y el terror de la pérdida. Wilson. La imagen del rostro calmado y la sonrisa falsa del hombre se grabó en su mente, y con ella, una certeza oscura: había subestimado la crueldad de su enemigo. La cacería había comenzado, y esta vez, el depredador no era él.

Enrique entró de nuevo en la sala de juntas, su rostro era una máscara de hierro. La tensión se palpaba en el ambiente, más densa que antes.

—Sucedió algo muy importante —su voz fue grave y cortante, sin espacio para réplicas—. La reunión la terminará Andrés.

Andrés, con un asentimiento casi imperceptible, se hizo cargo de la situación. Enrique salió sin una palabra más, pero justo antes de que la puerta se cerrara, su voz resonó:

—Te espero en el lugar de siempre cuando termines.

El hombre se subió a su carro. El chofer, con la habitual calma, preguntó:

—¿A dónde, señor?

—A la casa de Melisa —respondió Enrique, con la mandíbula tensa.

Condujo hasta allí con la velocidad de un rayo, pero al llegar, la casa estaba vacía, un eco de silencio lo recibió. ¿Acaso no le habían dicho que la mujer no había salido de su casa ese día? La rabia le subió por la garganta. Realmente eran unos inútiles. Estaba demasiado estresado, con una furia contenida que amenazaba con estallar. En aquel momento, la única prioridad era Victoria. Marcó su número, pero la llamada fue directamente al buzón de voz, un sonido hueco que confirmó sus peores temores.