Capitulo77 #5
Pero Franco estaba harto de su altanería, harto de que lo tratara como a un sirviente. La agarró del brazo y le devolvió el golpe, pero solo fue uno, seco y contundente. La fuerza fue tal que Melisa cayó sentada de golpe en el sofá, mirándolo con los ojos desorbitados, incrédula. Era la primera vez que él se atrevía a alzarle la mano.
—No soy el imbécil de Wilson —escupió él con desprecio—, ese tonto que está ciegamente enamorado de ti y que te permite todo. Tú para mí solo fuiste un pasatiempo, un capricho. Y creo que la que debería estar temblando de miedo eres tú. Porque recuerda bien: la que mató a su primer amor fuiste tú.
Ella intentó replicar, pero él continuó, acercándose peligrosamente:
—Y aunque sepa que fui tu cómplice, no me tocará. Se te olvida que soy familia, soy su tío. Mi hermano, su padre, jamás lo permitiría.
Melisa se puso de pie lentamente, sacudiéndose la ropa, con una sonrisa llena de veneno.
—¿De verdad crees eso? Pues te equivocas. Creo que el primero que caerá eres tú. No solo por ser mi cómplice, sino porque eres el hombre que sigue enamorado de la mujer que él ama... esa mujer que él no es capaz de olvidar.
Lo miró fijamente, clavando sus ojos en los de él.
—¿Sabes qué es capaz de hacer un hombre por amor? Matar. ¿Acaso se te ha olvidado... que yo ya lo hice?
Al terminar el desayuno, Victoria se acercó al padre de Enrique y le preguntó si él tenía algún compromiso para ese día.
—No te preocupes, hija —respondió el hombre con amabilidad—. Si tienes algo que hacer, ve tranquila. Yo me quedaré con los niños.
—Yo también me quedo —intervino el hermano de Victoria con una sonrisa—. No te angusties. Irás a hacer los preparativos para la boda de Vivian, ¿verdad?
—Así es —confirmó ella—. Le prometí que la ayudaría con todo.
Tras esa breve y tranquila conversación, Victoria se retiró a su habitación. Se dio un baño rápido y se puso un vestido rosa ceñido al cuerpo que resaltaba perfectamente sus curvas, haciéndola lucir radiante y muy hermosa.
—No te preocupes, los niños estarán muy bien —repitió el padre de Enrique al verla bajar.
La mujer salió de la casa y, al estar afuera, su rostro cambió ligeramente. Allí estaban los dos guardaespaldas que Enrique había asignado para protegerla. Sentía que no tenía un minuto de privacidad; ella siempre había sido una mujer libre y acostumbrada a ir y venir sin compañía. Aun así, guardó silencio y no dijo nada.
Mientras esperaba, sacó su teléfono y llamó a su hermana. La chica estaba eufórica al otro lado, contándole emocionada todos los planes para el gran día. Victoria cortó la llamada sonriendo, pero su atención fue captada de inmediato por alguien más.
Un hombre se acercaba caminando hacia ella. Era Wilson.
Hacía muchísimo tiempo que no lo veía; ni siquiera cuando estuvo en Francia coincidieron. Lo notó diferente, pero conservaba ese porte elegante y distinguido de siempre.
—Victoria... —pronunció él con una media sonrisa tranquila.
Ella se giró con desconfianza. Sabía perfectamente que Enrique desconfiaba profundamente de él, que lo consideraba parte del problema, pero el hombre parecía calmado y sereno.
—Cuánto tiempo sin vernos. Estás más hermosa que nunca —dijo él.
Victoria lo saludó con educación; al fin y al cabo, alguna vez pensó que era un excelente hombre.
—Me encantaría quedarme charlando, pero tengo prisa, algo importante que hacer —dijo ella intentando dar media vuelta y alejarse.
—Espera, por favor. Me gustaría decirte algo muy importante... es sobre Enrique. Es sobre lo que él sospecha de mí y de Melisa... pero prefiero contártelo a ti, sé que tú eres sensata.
Wilson hablaba con tal tranquilidad que incluso los guardaespaldas de Victoria dudaron. Ella, queriendo saber la verdad y confiando en que no pasaría nada, les indicó con un gesto que se detuvieran.
—Es un amigo de confianza —les dijo.
Aceptó la invitación de tomar un café y, sin pensarlo demasiado, subió al auto del caballero buscando respuestas.
Pero en cuanto las puertas se cerraron y el vehículo comenzó a moverse, la expresión amable de Wilson desapareció por completo. Sus ojos se tornaron fríos y oscuros, y el ambiente dentro del coche se volvió pesado y peligroso. La máscara había caído.
El coche dio varias vueltas en círculos, desorientándola, hasta que finalmente regresaron al inmenso edificio del que ella acababa de salir, pero esta vez entraron por la parte trasera, en una zona oculta y desconocida para ella. Apenas estacionaron, Wilson no perdió tiempo: la tomó con brutalidad del brazo y la arrastró fuera del vehículo.
Abrió una puerta pesada y secreta que dejó a Victoria totalmente perpleja. La obligó a caminar hacia adelante, empujándola con fuerza.
En cuanto cruzó el umbral, el cuerpo se le erizó por completo. La respiración se le cortó en seco y sintió que la sangre se le helaba en las venas. Sus ojos se movieron rápidamente de un lado a otro, incapaz de creer lo que veían. Era un lugar oscuro, frío y cargado de una atmósfera pesada, opresiva.
—¿Te gusta este lugar? —preguntó él con voz siniestra, rompiendo el silencio.
Ella no pudo articular palabra. Estaba paralizada por el horror.
—Este lugar... pertenece al hombre que amas —continuó él acercándose a su oído—. Es de Enrique. Él nunca te trajo aquí, claro está. Pero a él y a Andrés les encanta pasar el tiempo en este sitio. Aquí es donde traen a quienes cometen maldades que la ley no puede o no sabe castigar... o simplemente a aquellos a quienes hay que taparles la boca para siempre.
Wilson hizo una pausa, mirando el lugar con una mezcla de miedo y fascinación.
—Aquí... ellos son la ley.
Victoria seguía en silencio, escuchando cada palabra como si fueran golpes. Estaba perpleja, aturdida, intentando asimilar que el hombre que la amaba, que la protegía y que le daba ternura, era también el dueño y señor de aquel infierno.
Capilo:81
Mientras Wilson hablaba, Victoria no le prestaba la menor atención. Su mente y sus ojos estaban completamente absortos en la minuciosa observación del lugar: un pozo oscuro que desafiaba toda lógica. No podía creer que un sitio como aquel perteneciera a Enrique. Caminó con lentitud hacia una mesa metálica donde una exhibición inquietante la esperaba: cuchillos de todo tipo, desde las hojas más finas hasta los más burdos, y no solo eso, al lado, un arsenal de objetos destinados, sin duda, a la tortura.
Wilson, percibiendo su fascinación, se acercó a ella con pasos firmes. El tono de su voz se elevó, perforando el opresivo silencio del lugar.
—Miro que te gusta el lugar, ¿verdad? Estás deslumbrada, ¿cierto? —inquirió con una sonrisa torcida.
Victoria levantó el rostro. Sus ojos, antes perdidos en la sombría colección, se encontraron con los de Wilson. Sabía que no podía mostrarle miedo, ni un ápice de debilidad. Con una sonrisa cargada de ironía, que ocultaba un torbellino de emociones, observó al hombre que tenía enfrente. La última persona que ella se hubiera imaginado que la llevaría a un lugar como ese era Wilson, un hombre que siempre se había mostrado tan sensato, tan ponderado.
Con una voz que, por un milagro de su propia voluntad, sonó pausada y tranquila, preguntó:
—¿Por qué, Wilson? ¿Por qué me trajiste a este lugar?
Wilson, con una risa amarga que resonó en el eco de la estancia, respondió:
—¿En serio quieres saber el porqué? Te traje a este lugar porque Enrique siempre se cree el mejor, porque me arrebató la mujer que más he amado de mi lado.
—¿En serio? —dijo Victoria, su ironía teñida de un sutil desprecio—. No me digas que esa mujer, por casualidad, es Melisa.
Wilson guardó silencio, la mención del nombre actuando como un dardo envenenado.