Capitulo77 #4
Los observó en silencio, sintiéndose el hombre más afortunado del mundo. Lo tenía todo, y mientras ellos estuvieran a su lado, nada más importaba.
Se acercó con pasos sigilosos y depositó un beso suave en la frente de cada niño. Luego, inclinándose sobre Victoria, rozó sus labios con un beso cargado de amor y protección. Se apartó para comenzar a desvestirse; el día había sido agotador y su cuerpo pedía a gritos un baño que le devolviera la calma.
Pero lo que él no sabía es que, en el instante mismo en que sus labios tocaron los de ella, Victoria había abierto los ojos. Aún así, decidió mantenerlos cerrados, fingiendo que seguía dormida.
Mientras él se quitaba la ropa, dejando ver la fuerza de su cuerpo y las huellas de un día difícil, ella lo observaba desde la penumbra. Admiraba cada movimiento, sintiéndose segura y amada en su propia sombra.
El deseo que comenzó a arder en su interior fue incontrolable. Sentía cómo el calor recorría cada rincón de su cuerpo y cómo su corazón latía con fuerza desbordada, marcando el ritmo de su ansiedad. Sin poder evitarlo, sus pezones se endurecieron visiblemente bajo la tela, una reacción involuntaria ante la imagen del hombre que amaba.
Al escuchar que él entraba al baño, se levantó de un salto, dominada por la urgencia de calmarse. Fue a la cocina, se sirvió un vaso de agua y respiró hondo, intentando con todas sus fuerzas serenar el fuego que le recorría las venas.
Regresó a la habitación, pero al entrar, quedó paralizada. Enrique estaba allí, vestido solo con una toalla. Gotas de agua aún resbalaban por su piel tersa y musculosa, dibujando senderos que la hicieron tragar saliva con dificultad. Sin poder evitarlo, pasó la lengua lentamente sobre sus labios, necesitada, ansiosa por poseer lo que veía.
Él se acercó con paso firme y la atrapó entre sus brazos con fuerza, pegando su cuerpo al de ella. Acercó sus labios a su oído y susurró con voz ronca y seductora:
—¿Te gusta lo que ves? Pues puedes tocarlo... puedes hacer lo que quieras conmigo. Todo es tuyo, Victoria. Yo te pertenezco.
Ella intentó apartarse, luchando contra su propia voluntad. Había jurado, con firmeza, que no volvería a estar con él hasta que estuviera legalmente libre.
Capilo 80
Ella intentó apartarse, luchando contra su propia voluntad. Había jurado con firmeza que no volvería a estar con él hasta que estuviera legalmente libre.
Pero él no se movió. Mientras ella balbuceaba sus razones, forcejeando contra él y contra sí misma, Enrique simplemente la observaba en silencio. Sus ojos oscuros la recorrían, devorándola, ignorando por completo sus palabras y su resistencia.
Sin darle tiempo a terminar, la atrajo hacia sí con fuerza y selló sus labios con un beso brutal, desesperado y lleno de una pasión arrolladora. Un beso que lo decía todo, que anulaba cualquier promesa, cualquier límite y cualquier duda. Sus bocas se fundieron en una sola, hambrientos, necesitados, perdidos en el fuego que siempre había existido entre ellos.
Cuando por fin se separaron, ambos jadeaban, con el aliento entrecortado y los cuerpos temblando. Él la sostuvo aún por la cintura, mirándola fijamente a los ojos.
La soltó despacio, dejando que su piel rozara la de ella al separarse, y con voz grave y segura, le susurró:
—Mañana... mañana seré un hombre libre. Y solo seré para ti.
En ese instante, como si esas palabras la hubieran despertado de un sueño o, por el contrario, la asustaran más que nunca, ella dio un paso atrás y se metió rápidamente entre las sábanas. Se acomodó con un movimiento ágil y nervioso, dándole la espalda y escondiéndose bajo las coberturas, como si huyera de él, de su propia ansiedad y de la intensidad de ese momento.
Él sonrió con dulzura al ver su reacción. ¿Quién iba a decir que era mayor que él? En ese momento, con esa actitud huidiza y tímida, parecía una muchacha de veinte años, llena de inocencia. Negó con la cabeza, todavía sonriendo, incapaz de creer lo adorable que se veía al tratar de esconderse.
Salió de la habitación en silencio, dejándola reposar. Al llegar a la sala, el ambiente cambió por completo. Su expresión se tornó seria y gélida. Sacó el teléfono y marcó rápidamente a uno de los hombres que tenía vigilando a Melisa.
La línea contestó al otro lado, pero Enrique no perdió tiempo en formalidades. Solo dijo con voz firme y cortante:
—No la pierdas de vista.
Y colgó de inmediato.
Entró de nuevo en la habitación y se acostó con cuidado a su lado. Él, que durante tanto tiempo había sido esclavo del insomnio, descubrió que solo necesitaba sentirla cerca para que su mente y su cuerpo se relajaran por completo. Dormía plácidamente, profundamente, como si su presencia fuera el único antídoto para sus pesadillas.
Al día siguiente, fue despertado bruscamente por el llanto de uno de los pequeños. Abrió los ojos de golpe y miró la hora; el corazón se le encogió un instante: se había quedado dormido de más. Eran las 9:00 de la mañana y tenía una reunión importantísima programada desde hacía semanas para las 7:30.
Se levantó de un salto, tomó al bebé en brazos para calmarlo y salió en busca de Victoria, preguntándose por qué no lo había despertado. Al llegar a la sala, se detuvo en seco.
El desayuno estaba servido y allí estaban su padre, Andrés, y el hermano de Victoria, desayunando tranquilamente. Antes de que Victoria pudiera extender las manos para recibir al niño, fue su padre quien se adelantó y lo tomó en sus brazos con una sonrisa divertida.
—Vaya, creo que se te pegaron las sábanas, muchacho —bromeó el hombre mientras mecía al pequeño—. Andrés te iba a despertar, pero fui yo quien le pidió que te dejara descansar. Hacía años que no te veía dormir con tanta paz.
Enrique iba a protestar, a explicar que tenía compromisos, pero al ver la mirada de su padre, comprendió que discutir era inútil. Suspiró y se dirigió velocísimo al baño. Se duchó y se vistió con una rapidez asombrosa, moviéndose con la precisión de un reloj.
Salió de nuevo a la sala minutos después, dejando a Victoria con la boca abierta y sin palabras. Estaba impecable, como siempre. Iba vestido completamente de negro, un traje que le quedaba como un guante, resaltando su figura fuerte y elegante. A pesar de la prisa, se veía exquisitamente guapo, irradiando una autoridad y un atractivo que dejaban a todos sin aliento.
Victoria no podía apartar la vista de él. Lo devoraba con la mirada, admirando cada detalle, incapaz de creer que ese hombre tan imponente y elegante fuera suyo. Pero mientras ella veía belleza, Andrés veía peligro.
Lo observaba con el ceño fruncido y una extraña inquietud clavándosele en el pecho. Sabía demasiado bien lo que significaba que Enrique se vistiera así, completamente de negro. Era su uniforme de guerra, la señal inequívoca de que algo terrible estaba por suceder. Cuando Enrique lucía de esa manera, la sangre estaba por correr. Y ahora Andrés no podía evitar preguntarse: ¿a quién habían marcado para eliminar?
Enrique desayunaba con voracidad, consciente de la mirada interrogante de su amigo, pero ignorándola por completo. Al terminar, se levantó con esa agilidad felina que lo caracterizaba. Besó la frente a los niños, luego se acercó a Victoria y le robó un beso rápido pero intenso en los labios, se despidió de su padre y, sin decir una palabra más, salió de la casa con paso decidido.
En cuanto la puerta se cerró, Andrés no pudo contenerse más. Se giró hacia el padre de Enrique y soltó:
—Cuéntame... ¿qué ha pasado? ¿A quién vamos a eliminar?
Desde el auto, Enrique contestó la llamada pendiente, y con voz fría respondió:
—Tengo una reunión importante primero... y luego nos iremos de cacería.
—Vaya... —musitó Andrés para sus adentros, sintiendo cómo se le helaba la sangre en las venas—. ¿Será Melisa? ¿O acaso será Franco? ¿O quizás Wilson? ¿Quién será el primero en ocupar el "cuarto frío"?
Su mente maquinaba, pero una cosa estaba clara: esa noche, alguien iba a desaparecer para siempre.
Melisa había marcado una y otra vez el número de Franco, y luego el de Wilson, pero el silencio al otro lado de la línea era la única respuesta. Desesperada, intentó con Diana. La chica apenas contestó con evasivas, diciendo que estaba "muy ocupada". Melisa lo sabía perfectamente: esa "ocupación" no era otra cosa que irse de compras y tratar de seducir a su propio primo.
—¡Son unos cuantos inútiles! —murmuró con rabia, lanzando una mirada de odio al teléfono—. ¿En quién carajos puedo confiar?
Al poco tiempo, el aparato vibró de nuevo sobre la mesa. Al ver el nombre en la pantalla, contestó al instante. Era Franco.
—Enrique lo sabe todo —fue lo único que alcanzó a decir ella.
Al otro lado, a Franco se le heló la sangre en las venas. Miles de pensamientos y miedos se agolparon en su mente. Hacía apenas veinticuatro horas había hablado con su hermano, y conocía demasiado bien la furia de su sobrino. Si Enrique sabía la verdad sobre el pasado... nadie estaba a salvo.
Sin perder un segundo, se dirigió al lugar de encuentro: aquella casa alejada, un secreto que nadie más conocía, su "refugio", como solía llamarlo. Al entrar, la encontró sentada en la sala.
Ella tenía un cigarrillo entre los dedos, y aunque intentaba mantener la compostura y seguía viéndose elegante y hermosa, él notó al instante que estaba fuera de sí. Rara vez fumaba; solo lo hacía cuando el miedo era más fuerte que su orgullo.
—Vaya... veo que estás nerviosa —dijo él con voz pausada y burlona—, o más bien... asustada.
—¡Tú también deberías estarlo! —replicó ella, levantándose de un salto.
Sin previo aviso, descargó su furia contra él, dándole cachetadas fuertes y sonoras una y otra vez.
—¡Te dije que la desaparecieras! ¡Te lo ordené! Si no fuera por tu maldita negligencia, nada de esto estaría pasando —gritaba fuera de sí.