Capitulo77 #3
—¿A qué me trajiste aquí, Enrique? —añadió—. Sabía que mi cuñada había elegido ese nombre para tu hijo porque la mujer se había enamorado perdidamente de ti desde el primer día. Pero tú siempre fuiste un inútil, claro que te enamoraste de una simple sirvienta.
—Sabes por qué te traje aquí? Porque ya tengo el valor de hablar. Antes no sabía cómo hacerlo ni cómo empezar —dijo su hermano—. Eres mi hermano, crecimos juntos, nacimos de la misma madre y padre, y te amo.
Una lágrima rodó por su mejilla al decirlo. Franco se sintió impaciente; no toleraba sentirse vulnerable, y la forma en que su hermano hablaba lo ponía así.
El padre de Enrique se levantó, tomó una foto de la pared y dijo:
—Mira a esta mujer. Fue el amor de mi vida, pero tú decidiste matarla. En ese entonces me pregunté por qué lo hiciste, y sabes cuántas veces te apunté con un arma a la cabeza? Muchas veces pude matarte y hacerte desaparecer. Porque este hermano al que crees inútil, el que nunca se interesó por los negocios de la familia, es detective. He investigado cada cosa de ti y algunas cosas te las he encubierto.
—Tú fuiste quien la atropellaste. Lo sé —afirmó con firmeza.
Franco se paró de un salto:
—Claro que no fui yo —dijo con voz temblorosa.
—No lo niegues —le dijo su hermano, levantando la mano con firmeza antes de darle un puñetazo—. He mantenido silencio no solo por ti, sino por mi hijo. Si Enrique descubre que tú fuiste quien asesinó a su madre, te hará pedazos. No solo es un genio en los negocios, también es un hombre despiadado si se trata de proteger a los suyos. Quizás te desaparezca y nadie sepa si estás vivo o muerto.
—No quiero que mi hijo sea un hombre lleno de odio. Y no solo eres el asesino de su madre: también te convertiste en el amante de su esposa y cómplice de esa mujer. Sé perfectamente que ella mató al primer amor de Enrique, que ha contratado personas para desaparecer a Victoria. Pero eso no lo he permitido. También sé que la amas, ¿no es así? Sigues aferrado al amor del pasado, pero esa mujer ya no te quiere —dijo—. La perdiste.
Franco se dio cuenta de que su hermano conocía cada uno de sus secretos, y que solo el vínculo de sangre lo había salvado de la policía o de desaparecer. Suspiró, tomó su arma y la apuntó hacia él:
—En este momento también puedo hacerte desaparecer. Pero al mirarte a los ojos, veo a nuestra madre. No lo haré, porque no soy como tú. Lo único que te voy a decir es: aléjate de mis nietos, de mi hijo y de Victoria. Esa mujer ya te pertenece, ahora es la mujer de mi hijo.
—Quisiera preguntarte por qué tanto odio hacia mi hijo, pero ya sé la respuesta: la herencia que ni siquiera él sabía que le pertenecía. Ahora quiero que te vayas de mi vida y te olvides de que tienes un hermano como yo. Me olvidaré de ti, pero al primer error que cometas, yo mismo te meteré preso.
Después de la reunión en la empresa familiar, Enrique se dirigió a su propia compañía: había dejado muchos negocios sin cerrar al decidir irse en busca de Victoria, y el día había sido lleno de estrés. Pero todo lo resolvió con la destreza que lo caracterizaba; en los negocios era un hombre brillante, y cada decisión que tomaba estaba calculada al detalle.
A las diez de la noche, había citado a Melisa en uno de los mejores restaurantes de la ciudad. La mujer se sorprendió al recibir la llamada —la última vez que habían hablado, él había intentado reconciliarse con ella. Estaba demasiado feliz: eligió su mejor vestido, se maquilló con cuidado y se puso su perfume preferido. Al mirarse en el espejo, lucía tan elegante como siempre.
Al llegar al restaurante, caminó con paso firme hasta la mesa donde Enrique estaba sentado. Sintió cómo su piel se erizaba y su corazón latía con fuerza: era el hombre que desquiciaba cada parte de su cuerpo, a quien adoraba con una profunda obsesión. Se acercó, le dio dos besos en la mejilla, haciendo que el hombre sintiera repulsión al verla actuar.
—¿Dónde estabas todos estos días? Te he extrañado muchísimo —dijo ella con voz dulce y tierna, actuando de forma que lo sorprendió.
—Sé perfectamente dónde estaba: con la mujer que amo, Melisa —respondió él seco—. Ya sé lo que eres, no tienes que fingir. Me repudia la gente que me quiere ver como un imbécil, pero tú ya me conoces demasiado bien para intentarlo.
Capilo79
Qué te sucede, Enrique? ¿Por qué me hablas de ese modo? ¿No sabes cuánto me lastima? No tienes idea de lo mucho que te amo, ni de todo lo que he sacrificado por ti.
El hombre permaneció en silencio, clavando en ella una mirada que parecía atravesarle el alma. Se preguntaba cómo había podido ser tan ciego: era una maestra en el arte de manipular, y él, ingenuo, se había dejado envolver por esa dulzura que sabía fingir a la perfección.
Sonrió con amargura, sintiéndose el hombre más estúpido del mundo. Su mente viajó al pasado, recordando las noches en vela llorando por Luciana, su primer amor. Entonces había jurado encontrar al culpable... pero ¿cómo iba a imaginar que lo tenía siempre enfrente? Que la asesina de la mujer que amaba estaba justo delante de sus ojos.
Sonrió de nuevo, pero esta vez su voz destilaba rencor y veneno:
—¿Me tomas por imbécil, Melisa? Pues no lo soy. Sé perfectamente todo lo que has hecho.
La respiración de ella se quebró. El pánico la invadió, un nudo helado en el estómago que no sabía cómo controlar. Aún así, intentó mantener la máscara y repitió, con la voz temblorosa:
—¿Qué te pasa, Enrique?
—¿Que qué me pasa? —replicó él, airado—. Te lo diré claro: fuiste la amante de mi tío Franco. Pero eso no es todo. Sé también que te acostaste con Wilson; el muy idiota se dejó engañar y decidió traicionarme. Pero hay más: decidiste matar a tu propia prima... y ahora intentas hacer lo mismo con Victoria, ¿no es así?
Enrique se levantó de un salto y, antes de que ella pudiera reaccionar, la aferró violentamente del cuello. La presión hizo que Melisa palideciera, perdiendo el aire, quedando completamente a su merced.
—¡Suéltame! ¡Me haces daño! —gritó con la voz ronca y entrecortada, forcejeando contra sus manos. Sus ojos se llenaron de lágrimas instantáneas, no de dolor, sino de pánico al ver que el juego se le escapaba de las manos—. ¡No es verdad! ¡Todo es mentira! Enrique, por favor, ¡créeme! ¡Te amo! ¡Te he amado siempre!
Se retorcía entre sus brazos, buscando su mirada con una expresión que mezclaba furia y súplica.
—¡Franco me obligó! ¡Wilson no significa nada! ¡Lo hice por nosotros, por nuestro futuro! —balbuceaba, desesperada por encontrar una salida—. ¡Y mi prima... ella se lo buscó! ¡Se interponía en nuestro camino! Y Victoria... ¡ella quiere destruirnos! ¡Solo intento protegerte, proteger lo que es nuestro!
Lo miró fijamente, con ojos desbordados de odio y miedo a la vez, luchando por respirar.
—¡No puedes hacerme esto! ¡Yo soy la única que te conoce! ¡La única que te ha amado de verdad! ¡Suéltame, Enrique, o te arrepentirás! ¡Te arrepentirás para siempre!
Enrique la soltó de golpe, dejándola caer de rodillas sobre el suelo frío. Sin darle tregua, sin permitirle recomponer su máscara, comenzó a descargar sobre ella cada una de las verdades que había descubierto.
—¿Quieres que te lo recuerde? —dijo con voz gélida y cortante, mientras sacaba unos papeles y los arrojaba con fuerza sobre la mesa, haciéndolos volar por todas partes—. Aquí está todo. Cada centavo que desviaste, cada llamada ordenando silencios definitivos, cada mensaje donde planeabas mi ruina junto a Franco.
Melisa se quedó petrificada, con los ojos desorbitados y la boca entreabierta. Las acusaciones caían como latigazos, dejándola sin aire, sin palabras, sin defensa. La realidad la golpeaba con fuerza brutal: él no solo sospechaba... él sabía. Sabía de los engaños, sabía de los crímenes, sabía de cada paso que había dado en la sombra.
Palideció hasta parecer un cadáver. Todo su imperio de mentiras se derrumbaba en segundos, y por primera vez en su vida, no encontró qué decir, ni cómo fingir, ni cómo torcer la situación a su favor. Estaba desnuda ante la verdad y completamente derrotada.
Permaneció en silencio, vencida.
—¿Lo ves? —pronunció él con gravedad—. Tarde o temprano, la verdad siempre termina saliendo a la luz.
Se levantó, mirándola con un desprecio absoluto.
—¿Sabes qué es lo que me dan ganas de hacer ahora mismo? Cortarte en pedacitos. Pero no lo haré... por ahora.
Ella intentó detenerlo, tendiendo las manos, suplicando con la mirada, pero él ya no escuchaba. Salió del lugar con paso firme y decidido.
Una vez afuera, el frío de la noche golpeó su rostro, pero ni siquiera el aire gélido logró calmar la vorágine de ira que ardía en su pecho.
Mientras tanto, Melisa seguía allí, sola en la mesa. Su mente no lograba procesar cómo había descubierto todo. Se sirvió una copa, y luego otra, y otra más... hasta que el licor comenzó a nublar su rabia y su desesperación.
Intentó llamar a Dayana, su única confidente, pero nadie contestó. Fue entonces cuando cayó en la cuenta: hacía meses que la mujer la evitaba, que se había alejado en silencio. Estaba completamente sola.
Al llegar a su casa, la frustración estalló. En un ataque de locura, comenzó a destrozar todo lo que encontraba a su paso. Muebles, adornos, espejos... nada se salvó. Ella, que siempre lo calculaba todo, que movía cada ficha como en una partida de ajedrez, acababa de perder el juego más importante de su vida.
Horas más tarde, Enrique llegó a casa acompañado de Andrés. Tras despedirse, caminó lentamente hacia su habitación.
Al entrar, la imagen que se reveló ante sus ojos fue suficiente para detener el tiempo. Allí estaban Victoria y los niños, profundamente dormidos, envueltos en una paz absoluta.
La furia y el veneno que todavía ardían en sus venas minutos antes se desvanecieron por completo. Al contemplar el rostro sereno de ella, su respiración tranquila y la inocencia de los pequeños, la tormenta en su interior se aplacó de golpe, sustituida por una inmensa y cálida ternura.