Capitulo77 #2
Enrique fue abriendo los ojos lentamente y, cuando estuvo completamente despierto, buscó a Victoria, pero ya no estaba. Eso lo hizo despertar del todo; al mirar la hora, quedó sorprendido: eran las 9 de la mañana. El hombre se levantó con rapidez —ese día sería largo, pues tenía muchas reuniones pendientes. Una de ellas era ver a Melisa para presionarla a darle el divorcio.
Sabía que ahora la mujer no se negaría: tenía en sus manos todo lo que el detective había investigado sobre ella. Lo descubierto le había dejado profundamente sorprendido. Ante sus ojos, ella siempre había lucido indefensa, pero realmente había sabido fingir muy bien. Lo que más le había impactado fue darse cuenta de que aquella mujer había matado a su primer amor, y no solo eso: era la amante de su tío Franco.
Se vistió con prisa, ajustando su traje de vestir con precisión. Mientras se preparaba, su mente volvía a Victoria y a los niños —era la razón por la que necesitaba terminar cuanto antes con todo lo relacionado con Melisa, para poder dedicarse por completo a ellos. Tomó el sobre con las pruebas y lo guardó en su maletín, decidido a poner fin a esa etapa de su vida de una vez por todas.
Victoria miró salir al hombre de la recámara y se quedó completamente embobada: aquel traje se ajustaba a la perfección a su cuerpo. Ya no se veía como el hombre sencillo que caminaba por los pasillos de la finca —ahora era el hombre de negocios, con una presencia imponente y cada detalle cuidado hasta el más mínimo.
Lo observó mientras ajustaba su corbata frente al espejo del pasillo, moviéndose con la gracia de alguien acostumbrado a destacar en cualquier ambiente. Los pequeños corrieron hacia él y él se agachó para abrazarlos, demostrando que aunque su apariencia cambiara, su ternura con ellos seguía siendo la misma.
—Voy a estar fuera todo el día, pero ya envié a los guardaespaldas para que los acompañen a donde vayan —le dijo a Victoria antes de darle un beso rápido en los labios—. Cuídate mucho.
Ella solo pudo asentir, aún sorprendida por la transformación. Cuando él salió por la puerta, Fernando se acercó a su lado:
—Ya veo por qué decían que tiene tanto poder. Se ve como alguien muy importante.
Victoria sonrió levemente, recuperándose de la impresión.
Tomó su teléfono y primero marcó a José. El chico la contestó rápidamente —siempre que se tratara de ella, estaba disponible. Luego llamó a Vivian y, por último, a su hermana Fernanda. Esta se quedó un poco sorprendida al enterarse de que estaba allí y que necesitaba hablar con ella.
La chica, con el vientre ya un poco pronunciado por su embarazo, corrió hasta su esposo Gustavo llena de felicidad al saber que su hermana había vuelto.
—¡Gustavo, Gustavo! —exclamó emocionada—. Victoria está en Francia, acaba de llamarme. Quiere vernos.
El hombre la abrazó con cuidado para no molestarla y sonrió:
—¡Qué maravilla! Había tiempo que no escuchábamos de ella. ¿Dónde la vamos a encontrar?
Capilo:78
Fernanda, mientras sonreía, dijo:
—En la casa de mi hermano José, es perfecto.
—Yo iré contigo —dijo Gustavo.
Victoria se acercó hasta su hermano Fernando y le ayudó a ajustar su camisa.
—Tranquilo —le dijo con una sonrisa—. Son personas muy buenas, con un excelente corazón.
—Si son como tú, sería una maravilla —respondió él.
Después de un rato, uno de los guardaespaldas les avisó que el auto los esperaba. El padre de Enrique, que no se despegaba de los niños, los tomó en brazos y dijo:
—Yo los acompañaré hasta allá, y luego me iré a dar unas vueltas.
De camino a la casa de José, conversaban cómodamente. Al llegar al lugar, Victoria tocó la puerta y José salió con rapidez, con una sonrisa en el rostro. Se fijó en el chico a su lado de su hermana y notó que se parecía mucho a él y a su padre. Victoria le sonrió, se acercó y lo abrazó. José miró a los pequeños —ya estaban muy grandes, incluso daban sus primeros pasos—, los tomó entre sus brazos y los llenó de besos.
Al entrar en la casa, ella tomó asiento y le pidió a Fernando que se sentara a su lado. Miró a su alrededor: todavía no habían llegado Fernanda ni Vivian.
—Muy pronto estarán aquí —dijo.
Después de un rato, el padre de Enrique se despidió de la mujer y le pidió a los guardaespaldas que no se despegara de ella. Mientras charlaban con una taza de café en la mano, José no pudo ocultar su curiosidad al mirar al joven.
—Esperemos que lleguen todos para explicarles —dijo Victoria.
Al poco rato llegó Vivian acompañada de Andrés —el hombre se despidió rápidamente—, y luego llegó Fernanda con Gustavo, quien se había decidido a quedarse con ellos.
Una vez todos reunidos, Victoria notó la curiosidad en sus miradas. Se levantó, se acercó a Fernanda y le acarició el vientre, sintiéndose muy feliz. ¿Quién podría creerlo? La pequeña a la que había cuidado tanto, tan enfermiza antes, ahora era una mujer tan fuerte que iba a ser madre. Miró a Vivian: la niña que había rescatado de una madre negligente y de los abusos de su padrastro ahora lucía radiante, con una hermosa sonrisa en los labios. Aunque no llevara su sangre, para Victoria era como su hija —y por petición de Vivian misma, esta la llamaba hermana. La chiquilla no se despegaba de ella; siempre había sido muy apegada, incluso más que a sus hermanos de sangre.
Victoria sonrió con ternura y dijo:
—Les presento a Fernando. ¿No se les parece a alguien?
José fue el primero en levantar una ceja.
—Se parece mucho a ti —comentó.
—Así es, se parece mucho a José porque es nuestro hermano menor. No hace mucho lo acabé de conocer. Les presento a Fernando Hernández, nuestro hermano menor. Quería conocerlos y se arriesgó a hacerlo. Espero que no lo rechacen.
El primero en acercarse al joven fue José, siempre comprensivo:
—Bienvenido a la familia, aunque ya eres parte de ella.
Luego fue Fernanda, que también lo abrazó:
—Siempre serás bienvenido, no tienes que cargar con los errores de nuestro padre.
Por último fue Vivian, con voz pausada y un poco insegura —pues aquel chico no era su hermano de sangre—:
—Bienvenido, hermano de corazón.
Victoria levantó la voz y le dijo a Fernando:
—Ella también es tu hermana. No es por la sangre, sino porque yo la crié y hace parte de esta familia.
Fernando se abrazó a la chica, sintiéndose realmente en un hogar y ya no solo. Los ojos del adolescente brillaban, y todos lo notaron. Pero la magia del momento se vio interrumpida por una pregunta.
—¿Dónde está nuestro padre? —preguntó José, y en sus ojos se notaba el dolor.
—Volvió —dijo Victoria.
...al lugar que había dejado por mucho tiempo por un nuevo amor. Fernando bajó la cabeza, sintiéndose avergonzado al darse cuenta de que su padre, al enamorarse de la madre de este, había abandonado su familia rápidamente.
—No es tu culpa, no debes bajar la mirada por los errores de otras personas. ¿Lo entiendes? —dijo Victoria.
El chico levantó la mirada y solo dijo:
—Lo siento.
José se acercó hasta él y le dijo:
—No debes culparte por eso, pero no estoy preparado para perdonarlo.
Fernanda no dijo nada; no sentía lo mismo que sus hermanos, ya que cuando su padre se fue, ella era demasiado pequeña para entenderlo. Vivian permaneció callada —no conocía aquel hombre, pues en aquel entonces era la chica a la cual Victoria había rescatado de una mala vida y llevado a formar parte de su familia.
Enrique estaba sentado en la silla principal de la empresa familiar cuando se dio cuenta de que era el heredero legítimo. Aunque ya tenía un imperio propio, no estaba interesado en apropiarse de aquella herencia. Sin embargo, descubrir la verdad sobre Melisa y su tío Franco le había hecho ver que necesitaba limpiar todo lo relacionado con su pasado para proteger a Victoria y los niños. Había citado a todos los inversionistas, y entre ellos se encontraba Franco, quien llegó acompañado de su séquito, con la misma actitud altanera que siempre lo había caracterizado.
Al ver a Enrique en la silla principal, el rostro de Franco se contrajo de ira. Sabía que el joven no buscaba la herencia en sí, pero que necesitaba tomar cartas en el asunto para cerrar capítulos peligrosos que podrían poner en riesgo a sus seres queridos.
—Una de las cosas que esta empresa ya no hará contigo es pasarte aquel gran cheque con esa cantidad millonaria. Tendrás que trabajar si quieres dinero —dijo Enrique con firmeza—, aunque creo que no te hace falta tanto, pues has robado demasiado dinero de esta empresa.
El hombre se sintió avergonzado y dio un gran puñetazo en la mesa, haciendo que los inversionistas se sorprendieran —siempre lo habían visto como un hombre admirable y honrado, y ahora presenciaban su caída.
—Todo lo que has hecho por años está a la vista de todos —continuó Enrique, extendiendo los documentos sobre la mesa—. Los auditores han confirmado cada centavo que te has apropiado, cada proyecto en el que has desviado fondos.
—Pues sabes que eso que estás diciendo no es verdad. No tienes pruebas de nada —intentó defenderse Franco, aunque su voz temblaba.
Decidió salir del lugar lleno de ira. Intentó marcar a Melisa, pero la mujer no contestó. Se quedó largo rato parado en la acera hasta que un auto le pitó. Al mirar quién era, se sorprendió: era su hermano —el padre de Enrique.
—Sube —dijo este último.
—¿Ahora qué quieres? Precisémente hablar contigo —respondió Franco, pero decidió subirse al vehículo. De reojo miraba a su hermano, quien solo conducía en silencio.
—¿Para dónde vamos? —preguntó Franco.
—A un lugar que fue el más feliz de mi vida —contestó el padre de Enrique.
Después de dos horas, llegaron a una pequeña finca. Franco se sorprendió: aquel lugar ya lo conocía. Al bajar, su hermano se quedó por fuera mientras él entraba, regresando momentos después.
—Entra —le dijo.
Los dos hombres se sentaron en silencio hasta que Franco habló: