¿Nunca es tarde para el amor Capitulo77
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Capitulo77

Victoria se quedó largo rato pensando en la promesa que le había hecho a su pequeña Vivian: estar en su boda. Había prometido ser la primera en celebrar cada paso importante de su hermana, y ahora, con la situación de su padre y todo lo que implicaba ordenar su vida, necesitaba asegurarse de que nada se interpusiera en el camino. Recordó cómo Vivian siempre había contado con ella en los momentos difíciles, y esta vez no iba a fallarle.

Pero solo al pensar en volver a aquel país donde prácticamente había salido huyendo —por amenazas y polémicas— se sentía frustrada. Sin embargo, sabía que no debía huir de los problemas, sino enfrentarlos. Caminó despacio hacia su padre y se despidió de él con dos besos en la mejilla, sorprendiéndolo. Mientras una lágrima rodaba por la mejilla del hombre, no era de tristeza, sino de felicidad.

Su hermano Fernando sonreía con dulzura; a pesar de haber acabado de conocerla, miraba a la gran mujer que era. Con voz suave y delicada, ella preguntó:

—¿Te quedarás con mi padre o te irás conmigo?

El chico decidió irse con ella.

Al llegar a la finca El Paraíso, encontró a Enrique sentado en el sofá con los dos pequeños, que al verla sonrieron con dulzura. Ella se acercó, los tomó entre sus brazos y se sentó a su lado.

—Sabías que Vivian se va a casar —dijo.

—Sí, lo sé, me lo contó Andrés —respondió con un toque de ironía.

—Tengo que volver al lugar donde salí huyendo y eso me hace sentir frustrada, pero siempre le prometí que la entregaría en su boda.

—No te preocupes, te voy a cuidar muy bien esta vez. Prometo que no te pasará nada a ti, y mucho menos a los niños. Ustedes ahora son mi vida —dijo el hombre con voz pausada pero firme.

—¿Cuándo te irás? —preguntó ella.

—Mañana. Si gustas, puedes venir conmigo.

Victoria se quedó un largo rato pensando; no sabía qué decisión tomar, pero entendió que irse con Enrique era la mejor opción: sus hijos siempre estarían muy bien cuidados por él. El padre de Enrique se unió a la conversación.

—Creo que es la mejor opción irte con nosotros. Allá estarás muy bien cuidada, yo estaré más al pendiente de ti —dijo el hombre.

Victoria solo asintió con la cabeza, dando un sí un poco insegura.

Al día siguiente, mientras se subía al jet privado de Enrique, el padre de este sostenía a los dos pequeños con firmeza. Los niños se sentaban junto a él, y la mujer se sintió protegida. Miró a su hermano Fernando, quien la sostenía de la mano con firmeza; esto la hizo recordar la conversación que había tenido con su padre.

Como en viejos tiempos, cuando ella le había pedido que se quedara en la finca El Paraíso —porque ahí estaría acompañado—, Fernando había decidido viajar con ella para conocer a sus hermanos. El hombre le había dado un beso en la frente como cuando era niña, y le había echado la bendición.

Durante el vuelo, Victoria se quedó profundamente dormida. Enrique se acercó a ella, le depositó un suave beso en los labios y le susurró al oído: «Te amo». El padre de Enrique lo miraba de reojo. Sabía que la noticia de la boda era verdad, pero también comprendía perfectamente que la idea de que Victoria entregara a Vivian en el altar había sido de él. Sabía que una de las debilidades de la mujer era aquella chiquilla.

Al aterrizar en Francia, el aire fresco y húmedo de la mañana envolvió a Victoria de inmediato. Cerró los ojos por un instante, sintiendo cómo el recuerdo de aquellos días difíciles intentaba aflorar, pero rápidamente los abrió al sentir la mano de Enrique sobre su espalda.

El paisaje que se extendía desde la pista era familiar: campos verdes ondulantes, casas de piedra con tejados de teja roja y el suave bullicio de la vida que conocía años atrás. Fernando, a su lado, miraba con curiosidad cada detalle, mientras los pequeños jugaban entre los brazos del abuelo, quien les señalaba con entusiasmo los árboles y edificios que iban pasando en el traslado hacia la ciudad.

Victoria notó cómo su mano se apretaba involuntariamente contra la barandilla del vehículo. Estaba de vuelta en el lugar donde había tenido que huir, pero esta vez no venía sola —llevaba consigo a quienes ahora eran su mundo, y sabía que no estaría sola en lo que viniera. A lo lejos, divisaba los techos de la ciudad donde Vivian esperaba, y en su pecho cobraba fuerza la determinación de cumplir su promesa.

De repente, ella preguntó:

—¿Por qué Andrés no vino a recogernos?

—Porque está muy ocupado en este momento —respondió Enrique.

—No le he dicho a José que he vuelto —dijo ella con una sonrisa—. Se pondrá muy feliz.

Luego miró de reojo a su hermano Fernando, que era muy parecido a José, solo que con unos años menos.

—Sé que te aceptará, tiene un gran corazón.

Enrique habló con voz profunda y firme:

—Lo siento, Victoria. No te vas a quedar con José: lo puedes visitar cuando quieras, pero la seguridad tuya y la de mis hijos es primordial para mí. Te quedarás conmigo en mi departamento, y no te preocupes —añadió—, van a tener tres guardaespaldas.

Victoria iba a protestar en ese momento, pero decidió callar. Notó que el hombre estaba verdaderamente preocupado por la seguridad de sus hijos. Después de un rato, llegaron al apartamento donde ella había estado muchas veces. Lo miró detenidamente: seguía igual.

Los muebles clásicos de madera oscura, la pintura en las paredes del mismo tono crema, incluso el jarrón de flores frescas en el centro de la mesa del salón permanecían en su lugar. Era como si el tiempo se hubiera detenido ahí, conservando cada detalle que ella recordaba de sus visitas pasadas. Los pequeños corrieron alegres por los pasillos, mientras Fernando observaba con interés cada rincón del lugar.

—Vaya —dijo Fernando—, no sabía que mi cuñado fuera un hombre con tanto poder.

Enrique sonrió levemente al escuchar la frase mientras ajustaba los bolsillos de su saco.

—El trabajo me ha dado ciertas facilidades, pero nada de lo que veas es más importante que la seguridad de todos ustedes —respondió.

Victoria se acercó a su hermano y le dio un ligero toque en el hombro.

—Es cierto que tiene recursos, pero lo que realmente importa es que se preocupa por nosotros. Aun así, mañana primero iré a ver a José y a Vivian —añadió con determinación—, necesito contárselo en persona.

Fernando asintió, mirando de nuevo el amplio salón con sus acabados lujosos.

—Entiendo… solo me sorprende ver todo esto. Nunca imaginé que mi hermana tuviera una vida así.

Después de un rato, mientras cenaban, Victoria preguntó:

—¿Cuál será la recámara de Fernando y cuál la mía?

Enrique dejó los cubiertos con lentitud y la miró fijamente:

—La de tu hermano es la del fondo, y tú duermes conmigo.

Victoria abrió los ojos de par en par.

—¿Por qué te sorprende? Ya lo hemos hecho, y te he prometido que te voy a respetar —aclaró él con calma.

El padre de Enrique sonrió discretamente mientras seguía alimentando a los pequeños, que estaban entretenidos jugando con los cubiertos de plástico. Fernando, por su parte, bajó la mirada al plato, sonrojándose un poco al escuchar la conversación.

Victoria tardó un instante en responder, luego asintió con la cabeza:

—Está bien… confío en ti.

Al entrar en la recámara, depositó a los niños con suavidad en la cama auxiliar y luego se quedó largo rato mirando todo a su alrededor. Había dormido varias veces en aquella habitación; no era un lugar nuevo para ella. Entró al baño, se dio un baño y luego se puso su pijama.

Al salir, Enrique ya estaba en pijama y la miraba con detenimiento. La mujer lo observaba a su vez: se notaba que era un hombre que tenía todo en su lugar. Sintió por un momento la garganta seca y pasó con suavidad la lengua por sus labios, conteniendo el deseo que él siempre despertaba en ella. Con un suspiro, trató de tranquilizarse.

El hombre sabía perfectamente lo que ocasionaba en ella, así que quitó algunos botones de su pijama, dejando su pecho al descubierto y haciendo que la mujer se enfocara en ese punto, sintiendo ganas de acariciarlo. Se levantó de donde estaba, la tomó de la cintura, depositó un suave beso en su mejilla y le dijo:

—Me encantan aquellas trenzas que tienes, pareces una chiquilla. Aunque viéndolo bien… eres una chiquilla. No por tu edad, sino por la inexperiencia.

—¡Porque siempre me están diciendo eso! —reprochó ella.

—Porque lo eres —respondió él con una sonrisa suave.

Se zafó con rapidez de los brazos del hombre y se metió a la cama, acurrucándose con la manta hasta el cuello. Él se quedó mirándola y solo sonrió, metiéndose a la cama detrás de ella.

Le acercó su cuerpo con suavidad, colocando una mano con cuidado sobre su cintura sin apretar, y apoyó su rostro en el cuello de Victoria. Sintió cómo ella se tensó por un instante antes de relajarse poco a poco.

—Solo quiero dormir junto a ti —susurró él cerca de su oído—. Nada más, te lo prometí.

Victoria no respondió, pero dio un ligero movimiento de cabeza en señal de entendimiento. Pronto, ambos comenzaron a sentir cómo el cansancio del viaje los envolvía, y el silencio de la habitación solo se rompía con la respiración calmada de los niños a su lado.

A la mañana siguiente, el sol entraba suavemente por las ventanas de la recámara, iluminando los detalles del cuarto. Victoria se despertó primero, sintiendo la mano de Enrique aún reposando sobre su cintura. Se giró con cuidado para no despertarlo y vio cómo dormía profundamente, con la frente ligeramente arrugada como si estuviera pensando incluso en sus sueños.

Los pequeños ya se habían levantado y no había rastro de ellos en la cama auxiliar. Sonrió al imaginar que el abuelo los habría llevado a desayunar. Se levantó sigilosamente, se vistió con ropa cómoda y salió al pasillo, donde ya se escuchaba el ruido alegre de los niños y la voz del padre de Enrique contándoles un cuento.