¿Nunca es tarde para el amor Capitulo76
81%

Capitulo76

El grito de la mujer lo había traído de vuelta a la realidad. Estaba cautivado con cada centímetro de piel que observaba en ese momento. El hombre salió rápidamente de la ducha, tomó una toalla y se dirigió a otra habitación. Mientras caminaba por el extenso pasillo, se encontró a su padre, cuyo rostro lucía una media sonrisa.

—¿Por qué estás tan nervioso? —preguntó el señor.

—Ahora qué quieres, padre. Necesito hablarte de algo muy importante, algo que nunca he mencionado.

—Está bien, me doy un baño y salgo.

Enrique entró con urgencia a la ducha, dándose cuenta de que ahora el perjudicado era él: estaba completamente excitado al haber visto a la mujer que tanto le fascinaba, completamente desnuda. Cerraba los ojos y revivía esa imagen que ante sus ojos era tan perfecta.

El padre de Enrique llevaba rato esperándolo en la oficina. Miró la hora: eran las 11:30. Decidió salir al balcón y contemplar los hermosos paisajes. Se dio cuenta de que era un lugar único; él, que había recorrido mucho, podía decir que ese espacio no solo era hermoso, sino que daba paz y tranquilidad.

Mientras estaba perdido en sus pensamientos, Enrique tocó suavemente la espalda de su padre. El hombre giró con lentitud y ambos volvieron a entrar a la oficina. Al sentarse, dijo a su hijo:

—Toma asiento.

Enrique miró la seriedad en el rostro paterno y entendió que le diría algo trascendental. Cuando su padre adoptaba esa actitud, era por un regaño o porque había descubierto algo que lo había decepcionado. Bajó la mirada como cuando era adolescente y lo llamaban la atención.

—Sabes de qué te voy a hablar.

Enrique levantó la vista:

—No lo sé, padre, pero necesito que hables ya.

—Enrique, sé cada cosa que haces.

—¿A qué te refieres?

—Tú sabes perfectamente a qué me refiero: tu nueva empresa, el sótano, las personas que has hecho desaparecer… todo eso lo sé.

Enrique abrió los ojos de par en par:

—¿Sabes? ¿Por qué no me has acusado con la policía?

—Porque esas personas eran peores que tú.

Enrique permaneció largo rato preguntándose cómo su padre conocía aquel sótano y tanto de su vida. Las únicas personas que sabían de ello eran él y Andrés; su mente voló rápidamente a la idea de que este le había contado. El padre lo notó y, con voz profunda, dijo:

—No fue Andrés, aunque debería habérmelo dicho. Ahora es más fiel a ti que a mí. Tu padre también tiene secretos, Enrique, y conoce cosas que te ha ocultado para no herirte más de lo que ya estás. Si algún día descubres que he fallado, no me juzgues: lo he hecho por protegerte.

—Pero volviendo al tema: lo que has hecho es muy malo. Nosotros somos hombres que debemos responder ante la ley… somos detectives. Es algo que pocos conocen; Andrés y mi hermano Antonio son los únicos que saben.

—En mi juventud, cuando desaparecí del mapa, no estaba dispuesto a seguir las reglas de mi familia. Nadie sabía que me dedicaba a convertirme en el mejor detective. No fue fácil, pero lo logré, aunque mi familia siempre me consideró un inútil y de poca inteligencia. No ha sido así: conozco cada secreto de la familia precisamente por eso.

—Pero lo que me hizo quedarme en un solo lugar fue regresar a casa y descubrir los ojos más hermosos que había visto en mi vida: tu madre. Con una sonrisa radiante, una mirada encantadora y dulce, y tanta inocencia. El hogar que siempre había sido mío, pero que sentía como una dictadura, por primera vez se volvió mi hogar al verla. Me enamoré a primera vista, decidí conquistarla y lo logré. Con el tiempo nos casamos, y cuando naciste tú y tenías solo ocho años, dejé mi trabajo para dedicarme a la vida de campo.

Enrique no había dicho nada; había escuchado atentamente cada frase de su padre, cómo hablaba de su madre. Observó el profundo amor que le había tenido y que aún le seguía teniendo.

Enrique se quedó largo rato en silencio después de todo lo que había dicho su padre. Luego sonrió de lado y dijo:

—Prometo, padre: nunca asesinaré a personas buenas.

—Sé que no has matado a inocentes, pero no quiero que sigas haciendo eso. ¿Lo entiendes? Algún día te van a descubrir.

—No lo harán.

—Quiero que te divorcies de esa mujer y que comiences una nueva vida con la mujer que amas y tus hijos. Ellos se lo merecen, Enrique. Quiero que me prometas olvidar aquel lugar.

Enrique miró la insistencia de su padre y respondió:

—Si eso te hace sentir mejor, prometo dejar ese lugar atrás.

Se levantó de donde estaba y bajó las escaleras. Al salir, vio a la señora Mariana sosteniendo a uno de los pequeños en brazos. Se acercó y tomó al niño entre sus brazos. No había podido estar en el primer año de vida de sus hijos, pero prometía estar presente en todos los años que vinieran.

Victoria se acercó con suavidad y preguntó:

—¿Dónde fue él?

—El hombre acaba de salir con su hermano —dijo la mujer con un suspiro—. Quizás a ver a su padre. Es una parte muy dolorosa de su vida.

Victoria salió de la ducha y no encontró rastro de Enrique en ningún lado. Había decidido ir a ver a su padre y llevar a su hermano Fernando; sabía que el rencor no era bueno y pretendía dejar atrás esa parte tan dolorosa de su vida, quizás empezar de cero. Aunque su padre se había ido hace tiempo, ¿quién era ella para juzgarlo?

La mujer caminó con lentitud por el extenso campo hasta llegar a la entrada de la finca Gotas de Amor. Fernando la observaba detenidamente; se dio cuenta de que desde que habían salido de la finca El Paraíso, ella estaba demasiado callada y en sus ojos se leía una profunda tristeza.

Al entrar, encontraron al hombre dormido en el sillón. Fernando corrió directamente a sus brazos, y Victoria recordó aquellas épocas en las que ella esperaba a papá para que regresara a casa, corriendo hacia él tal como lo acababa de hacer su hermano —él era su superhéroe, el hombre que siempre estaría ahí. Cuando se había ido de su vida, le había dolido muchísimo: no estaba preparada para perderlo.

El hombre abrazó al chico y le preguntó:

—¿Pero qué haces tú aquí?

—Vengo a buscar a mis hermanos. Tengo derecho, ¿no? —dijo el chico con una sonrisa.

El hombre levantó la mirada y se quedó fijando en Victoria. En sus ojos había algo diferente a cuando se habían visto por primera vez: ahora era una mirada más suave, y quizás por fin podía ver a la joven que había abandonado hace años.

Victoria se sentó a su lado y dijo:

—Quisiera hacer tantas preguntas que ya me he dado cuenta de que yo misma podría darme las respuestas. Preguntarte el por qué, o si no nos extrañaste, o cómo fue tu vida… pero eso ya es inútil. Porque como ves, padre, el tiempo avanzó rápido, y no podemos devolverlo. Así que prefiero vivir estos pocos meses que te quedan de vida que pasar toda una existencia reprochándote.

Una lágrima recorrió el rostro del hombre: su hija no tenía rencor hacia él, y eso le dolía aún más. Victoria tomó su mano y lo sacó al jardín.

—¿Recuerdas estas flores? Tú las sembraste para mi madre, y ella las conservó porque recordaba esos años de felicidad a tu lado. Ahora yo las cuido por ella, por ti y por mí misma… porque aprendí a quedarme con lo bueno: la sonrisa, las caricias, los besos en la frente y en la mejilla, esa mirada dulce. Pero no puedo pedirle lo mismo a mis dos hermanos. Eso lo tienes que hacer tú.

Victoria miraba cómo su padre caminaba con dificultad apoyándose en un bastón, y se dio cuenta de cómo la vida podía transformar a una persona. Recordaba a su padre como un hombre radiante y, por cierto, muy apuesto cuando se había marchado de su vida. Mientras observaba al hombre, su celular comenzó a sonar y ella respondió rápidamente.

Al otro lado de la línea, una voz chillona delataba la felicidad y la alegría de quien hablaba: era Vivian, su hermana.

—¡Hermana! ¡Me voy a casar! Y tienes que venir a entregarme en la iglesia: eres la persona más importante en mi vida. No sabes lo maravilloso que fue mi pedida de mano…