Capitulo75
Enrique, inmerso en sus pensamientos, se retiró a la terraza. Permaneció un largo rato observando el vacío, su mente repasando cada detalle de la conversación con Andrés y las nuevas revelaciones sobre Fernando. Finalmente, tomó su celular y marcó el número de Wilson. Tras tres tonos, el hombre contestó.
—"Hola, Enrique. ¿Cómo estás? Me imagino que Andrés te contó que estuve cenando con Melissa en un restaurante, pero quiero que no pienses mal, pues intentaba que la mujer te concediera el divorcio."
Enrique era un hombre analítico. En la voz de Wilson, percibió un afán inusual por convencerlo de la falsedad de lo narrado. Se preguntó por qué no había notado antes lo que sucedía a su alrededor, él, que siempre había sido tan desconfiado.
—"No te preocupes, Wilson. Cuando Andrés me comentó que cenabas con Melissa, eso imaginé," dijo Enrique con un tono que pretendía ser tranquilizador, aunque por dentro hervía de sospechas.
Al otro lado de la línea, Wilson se convenció de que Enrique no sospechaba nada. Una sonrisa de suficiencia se dibujó en sus labios, pensando que lo había engañado una vez más.
Enrique colgó el teléfono, su puño apretado. La farsa de Wilson era ahora tan obvia para él. La facilidad con la que su supuesto amigo había intentado justificar su encuentro con Melissa, la prisa en su voz, todo confirmaba las palabras de Andrés. Si Wilson jugaba a dos bandos, ¿qué más le ocultaba? La traición no solo dolía, sino que lo ponía en una situación vulnerable, y ahora sentía que debía ser más astuto que nunca.
Regresó al salón donde Victoria y Fernando seguían conversando, aunque ella miraba a Enrique con preocupación. Él le dedicó una sonrisa forzada, intentando ocultar la furia que lo consumía. No quería alarmarla aún más. Primero, debía asegurarse de sus próximos movimientos. Necesitaba pruebas, una estrategia, y, sobre todo, la certeza de que su familia estaría a salvo.
Mientras Victoria conversaba con Fernando, aquel joven de dieciséis años que acababa de conocer, no dejaba de admirar su madurez y amabilidad. Era muy parecido a su hermano José, y al mismo tiempo, Fernando era el vivo retrato de su padre. Victoria se sentía abrumada: no sabía cómo contarles a sus hermanos que su padre había regresado, ni tampoco cómo darles la noticia de que tenían un hermano más.
Victoria suspiró, la carga de esos secretos pesando sobre ella. Se levantó y caminó hacia la cocina, un refugio habitual para sus preocupaciones. Como siempre que la angustia la invadía, se sirvió una taza de té humeante, esperando que el calor le brindara un poco de calma. Se apoyó en la encimera, mirando el vapor que se elevaba de la taza, intentando ordenar sus pensamientos. ¿Cómo reaccionarían José y los demás? La noticia del regreso de su padre ya sería un impacto, pero sumarle la existencia de Fernando… era demasiado.
Enrique la siguió, percibiendo su inquietud. Se acercó a ella, rodeándola con sus brazos desde atrás y apoyando su barbilla en su hombro.
Mientras Enrique la rodeaba con sus brazos, Victoria se apartó rápidamente de él. Muy seria, le dijo:
—"¿Qué estás haciendo, Enrique?"
El hombre sonrió de lado, un gesto que hizo que Victoria, a pesar de su seriedad, se sintiera momentáneamente fascinada.
—"Estoy abrazando a la mujer que más amo," respondió él con un tono suave.
Victoria suspiró, la determinación en su voz no vaciló.
—"Enrique, no estoy para juegos. Ya te he repetido la misma frase en otras ocasiones: 'no quiero ser tu amante'. Aún sigues casado. Y a pesar de que siempre te decía eso, siempre terminaba cediendo a tus encantos, porque sabías perfectamente cómo seducirme."
Su voz, aunque firme, contenía un dejo de reproche y la amarga experiencia pasada. Se había prometido a sí misma que esta vez sería diferente. No podía volver a caer en el mismo patrón, no ahora que había tanto en juego y, sobre todo, ahora que los niños eran más conscientes.
Victoria, con el té ya más frío, bajó de nuevo la escalera y encontró a Fernando jugando con sus dos hijos. Los niños reían a carcajadas, como si conocieran al joven desde hacía mucho tiempo.
—"Fernando," dijo Victoria, acercándose con una sonrisa. "¿Quieres quedarte conmigo o ir a la finca donde está mi padre? Me imagino que has hablado con él."
Al mirar la expresión del joven, Victoria se dio cuenta de que no había hablado con su padre. Una punzada de tristeza la atravesó, pensando en la expectativa de Fernando.
—"Está bien," continuó Victoria con dulzura. "Hoy te puedes quedar aquí. Ya mañana tú mismo decides: si te quedas viviendo en esta finca conmigo o vas a la finca donde está mi padre. Ven conmigo, te mostraré tu habitación."
Victoria guio a Fernando y le mostró la recámara de invitados. El chico le dio las gracias con una sonrisa sincera. Ella salió de la habitación y luego se dirigió a la de los niños.
Al entrar, Victoria se sorprendió al ver que los pequeños ya estaban bañados y con sus pijamas, mientras Enrique les daba el biberón. Ella nunca había imaginado que Enrique fuera capaz de cuidar tan bien de ellos. Siempre lo había visto rodeado de informes, reuniones y hablando de negocios, pero nunca pensó que sería un padre tan atento.
El hombre acostó a los niños en la cama. Victoria se sentó en el sofá de la habitación y habló pausada:
—"Tú te quedarás en esta habitación o en la de invitados; no hay problema en que yo duerma en otra."
Enrique, sin decir palabra, comenzó a quitarse prenda por prenda. Victoria contuvo la respiración y lo miró de reojo. El hombre tenía un cuerpo espectacular, y cada parte clamaba deseo. Ella tartamudeó y volvió a preguntar:
—"¿A qué estás jugando, Enrique?"
Él la miró, una chispa traviesa en sus ojos.
—"A nada. Me dijiste que hasta que no sea un hombre divorciado no quieres nada conmigo, y es lo que voy a hacer: respetar tu decisión. Pero por el momento, creo que ver no es pecado."
—"Me estás seduciendo," le espetó Victoria, sintiendo el rubor subir por sus mejillas.
—"Tú misma me dijiste que yo siempre te seducía," replicó Enrique, con una sonrisa aún más pronunciada. "Vamos a dormir en la misma cama. No te voy a tocar. Soy un hombre de palabra," dijo el hombre, entrando a la ducha completamente desnudo.
Victoria se mordió los labios con fuerza y luego trató de tranquilizar su respiración. Sentía una adrenalina increíble. Se preguntaba cómo iba a dormir él a su lado, sintiendo la tensión palpable en el aire. La noche se presentaba larga y llena de una mezcla de incertidumbre y una atracción innegable.
Mientras el sonido del agua caía en la ducha, Victoria intentaba convencerse de que podría mantener su distancia. Pero el calor que emanaba de la pared del baño, el aroma a jabón y a hombre que ya empezaba a impregnar la habitación, y la imagen de Enrique, ahora grabada a fuego en su mente, la hacían dudar de su propia fortaleza.
Victoria no se había movido del lugar. Seguía sentada en el sofá, tratando de controlar sus emociones. Pero cuando sintió que Enrique iba a salir de la ducha, rápidamente se metió en la cama y fingió estar dormida, dándole la espalda.
El hombre salió del baño, secándose con lentitud, una media sonrisa apenas perceptible en sus labios. Sabía perfectamente que la mujer no estaba dormida. Después se puso su pijama, un pantalón de algodón suave que dejaba al descubierto su torso musculoso, y con movimientos deliberados, se acercó a la cama.
Se metió en ella con cuidado, intentando no hacer ruido. El colchón se hundió ligeramente con su peso, y Victoria sintió el calor de su cuerpo cerca, demasiado cerca. La respiración de Enrique era tranquila, acompasada, pero para Victoria, cada inhalación y exhalación suya era una tormenta en su interior.
La habitación quedó en penumbra, solo la luz de la luna filtrándose tímidamente por la ventana. El silencio se llenó de la tensión de sus cuerpos, de los latidos acelerados de Victoria y de la calma aparente de Enrique. Ella cerró los ojos con fuerza, deseando que el sueño la arrastrara lejos de esa situación incómoda y excitante a la vez. Cada músculo de su espalda estaba rígido, esperando un movimiento, un roce que sabía que no debía suceder, pero que secretamente anhelaba.
Enrique, por su parte, miraba la espalda tensa de Victoria. Una parte de él quería estirar la mano y tocarla, sentir la suavidad de su piel, pero se contuvo. Había dado su palabra, y por primera vez, estaba decidido a cumplirla, a demostrarle que esta vez era diferente. Pero la cercanía era una tortura deliciosa, una prueba de fuego para ambos. La noche sería larga, y el desafío de la contención se cernía sobre ellos como una densa niebla.
Al día siguiente, Victoria se había levantado con muchas ojeras. Miró a Enrique, que dormía plácidamente, con el torso al descubierto. Incluso se había acercado y había pasado su dedo suavemente por la parte de su pecho que estaba visible. Un escalofrío le recorrió el cuerpo y rápidamente quitó su mano, como si se hubiera quemado. Decidió no seguir el juego de Enrique.
Entró a la ducha, buscando en el agua caliente una forma de aliviar la tensión de la noche. Se dio un largo baño, dejando que el vapor llenara el cuarto. De repente, la puerta se abrió y alguien entró. Era Enrique.
—"Lo siento," dijo él, al ver a la mujer completamente desnuda bajo la lluvia del agua. "Pensé que estabas en la cocina."
Pero eso era mentira. Él había escuchado el agua y, en realidad, una fuerza irresistible lo había impulsado a entrar. Sin embargo, el más perjudicado en ese juego había sido él. Al verla ahí, esos pechos que tanto lo habían atraído antes, ahora mucho más grandes y llenos, y ni qué hablar de esas caderas... Sabía perfectamente que había hecho una promesa de respetar su decisión, pero ¿cómo lo iba a hacer ahora? La imagen de Victoria, empapada y resplandeciente, era demasiado.
Victoria se cubrió rápidamente con sus brazos, su rostro encendido.
—"¡Enrique! ¿Qué estás haciendo?"
Él se quedó inmóvil, sus ojos fijos en ella, con una mezcla de sorpresa, arrepentimiento y una innegable adoración. Su mirada era intensa, recorriendo cada curva que intentaba ocultar.
—"Yo... yo solo... necesitaba ducharme," balbuceó, su voz apenas un susurro. Pero el deseo en sus ojos era un grito.
Victoria sintió su corazón latir desbocado. La situación era ridícula, pero la cercanía de sus cuerpos, separados solo por el agua y el aire, era electrizante. La promesa de la noche anterior se desvanecía como el vapor en el espejo.