¿Nunca es tarde para el amor Capitulo74
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Capitulo74

Enrique miró a Victoria con detenimiento. Sabía que en su mirada habitaban el disgusto y la decepción, pero no pudo evitar fijarse en cómo brillaban sus ojos al encontrarse con los suyos —aun bajo la capa de tristeza que los nublaba, había un destello que no veía desde hacía mucho tiempo.

Se acercó un paso más, manteniendo la mano de uno de los niños entre las suyas:

–"Sé que no tengo derecho a pedirte nada, después de todo lo que te hice pasar. Pero cuando veo esos ojos tuyos... sé que aún queda algo entre nosotros. No te pido que me perdones ahora, solo que me des la oportunidad de demostrarte que puedo ser diferente."

Victoria bajó la mirada por un instante, pasándose una mano por el pelo con gesto nervioso. Los niños habían dejado de jugar con las flores del jardín para mirarlos en silencio, como si sintieran la tensión que flotaba en el aire. Cuando volvió a levantar la cabeza, el brillo en sus ojos seguía ahí, aunque ahora se mezclaba con un miedo que no intentaba ocultar:

–"El peligro que me traes detrás es real, Enrique. No solo por mí, sino por ellos –dijo señalando a los pequeños con la barbilla–. No puedo ponerlos en riesgo."

En ese momento, el coche negro que había estado estacionado frente a la casa dio marcha atrás y se alejó rápidamente por la carretera polvorienta. Ambos se quedaron mirando el camino vacío, con la misma pregunta en la mente: ¿habían llegado demasiado tarde?

Enrique sostuvo la mano de Victoria con firmeza, luego depositó un suave beso en su dorso:

–"No te preocupes. Yo te voy a proteger, prometo que no le pasará absolutamente nada a ti ni a los niños. Sé que no me diste la espalda porque no me quisieras, sino porque te amenazaron con ellos..."

Mientras hablaba, sus ojos seguían cada matiz en la cara de la mujer: veía la desconfianza y el miedo que aún la atormentaban por todo lo vivido, pero también notaba cómo su cuerpo respondía al estar cerca del suyo, tensándose y relajándose a la vez. Miles de sensaciones lo invadían al tenerla ahí, tan cerca después de tanto tiempo sin verla.

No se aguantó más. La atrajo hacia él con fuerza, estrechándola contra su pecho antes de susurrarle al oído:

–"Lo siento..."

Sus labios se encontraron en un beso apasionado, cargado de meses de añoranza y arrepentimiento. Él sintió cómo su corazón latía con una fuerza olvidada, cómo cada fibra de su ser anhelaba ese contacto que había extrañado demasiado. Al separarse apenas, con la frente apoyada en la de ella, dijo en voz baja:

–"Sabes... eres mi perdición. Pero también lo único que me hace sentir vivo."

Victoria no pudo evitar cerrar los ojos, dejándose llevar por la calidez de su abrazo a pesar de la alerta que aún resonaba en su mente por la llamada de Andrés y el coche desconocido. Sus manos acabaron posándose en el pecho de Enrique, sintiendo el ritmo de su corazón igual de acelerado que el suyo.

Victoria permaneció recostada en el pecho de Enrique por largo rato, sintiendo cómo su latido resonaba contra su cabeza, envuelta por su aroma y la sensación de calma que solo él lograba transmitirle. Ese sentimiento que había crecido entre ellos con el tiempo era tan fuerte que casi lograba borrar todos los dolores del pasado. Luego, se alejó de él con suavidad, y Enrique sintió un gran vacío en su pecho, como si una parte fundamental de él se fuera con ella.

–"Enrique, hay dos cosas que debes entender –empezó a decir con voz firme–. Primero: tienes que divorciarte de Melisa. Ya no puedo seguir viviendo en las sombras. Segundo... alguien sabe exactamente dónde estoy. Hace unos días me llegó a casa un muñeco de trapo con la cara destrozada, como una advertencia."

Enrique la miró con seriedad, pasándose una mano por la barba:

–"Vi el coche, ya lo han detenido –dijo tratando de tranquilizarla–. No te preocupes, todo lo voy a solucionar." Le depositó un beso en la frente y se alejó, dirigiéndose hacia donde había aparcado el vehículo que hacía rato los observaba.

Al acercarse, descubrió que dentro del coche había un joven de apenas 16 años, demacrado, con la piel tirada y una mirada llena de miedo. Enrique no se quedó con la duda: lo agarró con firmeza del cuello, con una voz profunda y aterradora:

–"¿Quién eres? ¿Quién te mandó?"

El chico se estremeció de pies a cabeza, sintiendo un miedo profundo que le heló la sangre:

–"Soy... soy..."

–"¡Habla rápido!" –gruñó Enrique.

–"Soy el hermano de Victoria, pero ella no me conoce. Soy hijo de Ernesto Hernández."

Enrique soltó al joven de golpe, con la mirada llena de duda. Lo observó detenidamente, notando que sus ojos no mentían.

–"¿Y qué quieres?"

–"Quiero conocer a mis hermanos –dijo el chico con voz temblorosa pero segura–. Nunca tuve la oportunidad de conocerlos, ni a ella."

Enrique suspiró, relajando la tensión de sus hombros, y le hizo una señal con la mano:

–"Entonces ven conmigo."

Al llegar a la finca El Paraíso, el joven se quedó admirado con los jardines llenos de rosas y girasoles que bordeaban el camino hasta la casa. Sus manos temblaban un poco al cruzar la puerta principal, donde Victoria esperaba con los niños a sus espaldas. Al ver al chico, ella se quedó inmóvil: los rasgos de su rostro –la frente alta, la forma de los ojos, la nariz prominente– eran idénticos a los de su padre.

Se acercó lentamente, extendiendo la mano con una mezcla de curiosidad y aprensión:

–"Mucho gusto, soy Victoria Hernández."

El joven la tomó de la mano con delicadeza, sus ojos brillando con emoción contenida:

–"Soy Fernando Hernández."

El apellido hizo que Victoria se quedara sin aliento. Entonces el chico habló con voz clara:

–"Soy tu hermano. Sé que no me conoces, pero hace poco me enteré de que tenía tres hermanos, a los cuales mi padre prometió presentarme antes de morir. Cuando él decidió venir a buscarlos, yo me di cuenta y seguí sus pasos."

El chico era demasiado dulce: al ver cómo los niños jugaban en el piso, se acercó hasta ellos, los tomó en sus brazos y sonrió con ternura.

–"Son mis sobrinos, ¿verdad?"

–"Sí, lo son –confirmó Victoria–. Se parecen a ti, ¿no crees?"

Victoria sonrió a pesar de la sorpresa de enterarse de que tenía otro hermano. El chico tenía una actitud excelente, una nobleza innata y era demasiado carismático.

–"Pues te puedes quedar todo el tiempo que desees, así nos conoceremos mejor."

Mientras tanto, el teléfono de Enrique comenzó a vibrar en el bolsillo. Era Andrés, con una noticia que heló su sangre:

–"Quiero que te prepares, porque Melisa está tan obsesionada contigo que estoy seguro de que hará lo que sea por desaparecer a Victoria. No solo a ella, sino a Franco y a los niños –eso lo sabes perfectamente. También debes cuidarte de Wilson. Sé que te cuesta creerlo, pero él te está traicionando."

Enrique todavía no podía dar crédito a que Wilson lo hubiera engañado; el hombre siempre había sido un excelente consejero, incluso lo había apoyado muchísimo cuando se dio cuenta de que estaba enamorado de Victoria.

–"¿Por qué haría eso? Realmente no puedo creer que Wilson me esté traicionando."

–"También debes cuidarte de tu prima Diana –continuó Andrés–. Está completamente loca. Creo que deberías hacerte un baño de limpieza, porque últimamente estás rodeado de personas más psicópatas que tú."

Enrique sonrió, volteando a mirar a Victoria, que miraba a aquel chico recién conocido con ternura y amor en los ojos.

–"Pues quizás los psicópatas nos entendemos –dijo–. Solo que yo tengo a alguien que hace que no saque lo peor de mí."

Con eso cortó la llamada, pensando en todo lo que Andrés acababa de decirle y en cómo proteger a la familia que acababa de crecer un poco más.