Capitulo73
A las cinco de la mañana, el teléfono de Melisa retumbó en la mesita de noche, cortando de raíz su sueño. Con la cara aún adormilada y un nudo de irritación en el estómago, alzó el aparato:
–"¿Quién es?"
–"Señora Melisa, soy el detective que usted contrató. Su esposo acaba de tomar un vuelo hacia Colombia."
Melisa saltó de la cama de un jalón; el sueño se evaporó como rocío al sol. Así que Enrique seguía mintiendo, volviendo a buscar a Victoria. La rabia la recorrió de pies a cabeza.
–"Quiero que lo sigas hasta donde sea necesario."
El hombre del otro lado calló un instante, sorprendido. ¿Acaso ella esperaba que cruzara el Atlántico desde Francia para seguir a un hombre? Pero antes de poder responder, la voz de Melisa se endureció como acero:
–"Esta vez espero que termines el trabajo. Si no, no solo perderás el pago: seré yo quien se encargue de ti."
El detective cortó la llamada de un tirón. Esa mujer estaba fuera de sí –pensó–. Durante meses había fingido no encontrar la manera de "eliminar el problema" solo para seguir cobrando, pero ahora el peligro era real. Pagaba demasiado bien para dejarlo, pero después de esto, se iba a alejar de ella para siempre.
Mientras tanto, Melisa marcó otro número, uno que conocía de memoria:
–"Necesito que hagas lo que hablamos. Es el último trabajo. Después nos iremos muy lejos, donde nadie nos encontrará –prometió con voz suave pero firme–. Seremos felices, como siempre soñamos."
–"¿En serio, Melisa? Ya me has dicho esto mil veces, pero nunca dejas a Enrique. Empiezo a pensar que en el fondo, lo amas de verdad."
La voz al otro lado era de Wilson, quien desde hacía años la ayudaba en sus planes más oscuros. Melisa cerró los ojos, apretando el teléfono hasta que sus nudillos se pusieron blancos:
–"No me amó a mí. Eso basta."
En otra parte de Francia, Wilson se tomaba una taza de café negro, mirando al vacío. La mujer que estaba en la cama se había levantado lentamente y se acercó a él con voz suave pero dolida:
–"En serio, Wilson? Todavía sigues aferrado a esa mujer. Sabes perfectamente que Melisa no te quiere, solo te utiliza."
Wilson giró con lentitud y fijó la mirada en Sara –la mujer hermosa que siempre le había brindado amor sincero.
–"Lo siento, Sara. Sabes que no te puedo amar; mi corazón ya eligió a quién querer."
–"Pues has elegido mal. Esa mujer solo te usa. ¿Acaso no te das cuenta? Has traicionado al hombre que estuvo siempre para ti –que te brindó no solo trabajo, sino amistad–. ¿En serio esa mujer lo vale?"
Wilson se quedó callado largo rato; no tenía respuesta. La pasión por Melisa lo había envuelto tanto que sentía que estar sin ella le faltaba el oxígeno –o quizás era solo un capricho, un deseo. Pero lo único que importaba era que no la podía dejar.
–"¿Qué pensará Enrique si en este momento yo lo llamara y le contara todo?"
Wilson se acercó peligrosamente a Sara y la apretó con fuerza del cuello –era la primera vez que reaccionaba tan agresivamente. Al soltarla, la miró fijamente:
–"Sabe lo que te pasará si me traicionas."
Sara se pasó la mano lentamente por el lugar donde él la había apretado; las lágrimas rodaron por sus mejillas, pero las secó con rapidez.
–"No lo haré. No es por tu amenaza, sino por el amor que siento hacia ti."
Mientras tanto, Andrés suspiró profundamente:
–"Anoche vi a Wilson y Melisa cenando juntos. La conversación era demasiado cálida, demasiado coordinada. Siento que están tramando algo grande... y tengo que decírselo a Enrique. No importa si me cree o no –dijo con determinación–. No puedo quedarme callado."
En Colombia, Victoria despertó sobresaltada a las cuatro de la madrugada: un cuerpo desconocido yacía a su lado en la cama. Instintivamente, se colocó delante de sus dos hijos, aún pequeños y dormidos profundamente. Pero en ese momento, un aroma familiar inundó el aire –el perfume de Enrique, el que llevaba usando desde que se conocieron.
Respiró hondo, acomodó las cobijas sobre los niños y les dio suaves palmaditas hasta que su respiración volvió a ser tranquila. Luego se inclinó hacia el hombre:
–"Enrique..."
Pero él, aunque estaba despierto, se hizo el dormido. Eso la irritó profundamente –no tenía derecho a estar ahí, después de todo lo que había pasado.
Con un suspiro, Victoria decidió irse al sofá del salón, dejándolo dormir en la cama. Pasaron horas, y cuando vio que ella había caído rendida al sueño, Enrique se levantó con mucho cuidado, la tomó entre sus brazos y la llevó de vuelta a la cama. Le puso una cobija sobre los hombros y le dio un beso suave en la frente antes de acostarse a su lado.
Victoria no despertó hasta las nueve de la mañana. Justo en ese momento, la señora Mariana, su empleada, abrió la puerta sin hacer ruido y se quedó paralizada al ver a Enrique. El hombre le puso un dedo en los labios pidiendo silencio, y la mujer asintió con la boca abierta antes de retirarse sigilosamente.
A las diez, Victoria se incorporó con prisa: no veía a sus hijos por ninguna parte. Se envolvió en una bata y salió corriendo de la habitación hasta alcanzar el balcón –allí estaba Enrique, con un niño en cada brazo, enseñándoles las flores del jardín.
–"¿Qué haces aquí?" –preguntó con voz fría, aunque su pecho latía con fuerza.
Enrique se volvió hacia ella, con lágrimas retenidas en los ojos:
–"¿En serio me preguntas eso? Me volví loco buscándote, Victoria. Cuando te fuiste con Arturo... sentí que me arrancaban un pedazo del alma."
Victoria se quedó callada largo rato, mirando a sus hijos, que reían mientras jugaban con los pétalos de una rosa. Luego miró a Enrique directamente a los ojos:
–"Me fui porque ya no podía más. No quiero vivir rodeada de secretos y mentiras –dijo con voz temblorosa–. Me gusta la tranquilidad, la vida sencilla. Y desde que te conocí, mi mundo se volvió un caos. Me convertiste en lo que más detesto: tu amante. Ya no quiero ser eso, ¿no lo entiendes? Quiero ser alguien importante para alguien, no una sombra que aparece y desaparece."
Enrique bajó a los niños y los tomó de la mano:
–"Yo también estoy cansado de vivir así –confesó–. Melisa y yo... ya no somos lo que éramos. Hace tiempo que nuestra relación es solo una fachada. Vine hasta aquí porque me di cuenta de que lo que realmente quiero es estar contigo y con los niños. Quiero construir algo de verdad contigo, Victoria. Sin mentiras, sin secretos."
Mientras él hablaba, Victoria notó algo extraño en el horizonte: un coche negro se había aparcado frente a la casa, y una figura desconocida observaba el balcón desde la carretera. Al mismo tiempo, el teléfono de Enrique comenzó a sonar: era Andrés, con voz agitada:
–"Enrique, tienes que escucharme. Melisa está tramando algo contra Victoria. Está mandando a alguien hasta Colombia para... para hacerle daño. Ten cuidado."