¿Nunca es tarde para el amor Capitulo72
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Capitulo72

El señor Efraín Hernández, al entrar a la finca Gotas de Amor —la cual había dejado hace muchos años, sin una explicación, por una nueva ilusión— se detuvo en el umbral. En ese entonces era un hombre que solo había pensado en su propia felicidad; cuando se había ido de aquel lugar, no sostenía un bastón: era joven, muy apuesto, y parecía tener toda una vida por delante.

Ahora, con una mirada cansada, recorrió el lugar con la vista. Permaneció un largo rato sin entrar a la casa, observando cómo estaba totalmente distinto. ¿Cómo no iba a estarlo? Los años habían pasado, y él mismo era la prueba más clara de ello. El hombre miró aquellas flores que hacía muchos años le había regalado a la madre de Victoria, y recordó a Cristina: la mujer que no solo lo había amado, sino que lo había idolatrado. Era hermosa, y siempre le había brindado amor incondicional. Por un tiempo, se podía decir que él también la había amado. Pero al conocer a Sofía, su corazón había quedado completamente hechizado.

A pesar de ya tener un hogar y estar casado, no le había importado pedir el divorcio y dejarlo todo para ir tras de la mujer que su corazón había elegido. Con el tiempo, se dio cuenta de que había sido un error: la mujer había cambiado. Era muchísimo más joven que él, y su hijo Gonzalo —un joven de tan solo 16 años, muy parecido a él— al darse cuenta de que tenía unos hermanos muchos mayores que él, le había exigido a su padre conocerlos. Pero antes de presentarlo ante sus hijos mayores, el hombre tenía que pedir perdón: no solo por haber abandonado a la madre de sus hijos mayores, sino también por haberlos abandonado a ellos. Aún sabiendo que era demasiado tarde para revertir lo hecho, sabía que debía hacerlo —que debía enfrentar las consecuencias de sus decisiones de hace tanto tiempo, aunque el daño ya estuviera hecho.

El señor Efraín llevaba un largo rato observando la fotografía en la pared; unas cuantas lágrimas empezaron a rodar por sus mejillas. Recordó cuando había comprado aquella finca, prometiéndole a la señora Cristina que nunca la abandonaría —y que de aquel lugar harían un hogar. Ese hogar seguía existiendo, pero no gracias a él: gracias a la mujer que la había dejado, y como le había contado la señora María, gracias también a su hija mayor Victoria.

Una mujer guerrera ante la vida, que nunca se daba por vencida. Desde muy joven había sido demasiado responsable: no solo había tomado el rol que debía haberle correspondido a él, sino que también había cargado con el dolor de su madre fallecida... olvidándose completamente de sí misma en el proceso. Aún así, cuando el hombre la había tenido frente a frente, vio que en sus ojos había un brillo diferente al de todas las mujeres que había conocido en su vida —no porque fuera su hija, sino por lo que era ella misma. A pesar de los años, en la mirada de Victoria se adivinaba un adolescente atrapado, una mujer que no había podido vivir plenamente, pero con un corazón inmenso.

El hombre quería preguntarle muchas cosas, pero no había sido necesario: gracias a la señora María se había dado cuenta de que tenía dos nietos, y que siempre las personas —incluyéndolo a él mismo— la habían lastimado profundamente. Quería retroceder el tiempo, no haberse ido, aconsejarla, abrazarla cuando estuviera triste... no solo a ella, sino a sus otros dos hijos. Con amargura, el señor Efraín suspiró.

Al día siguiente, al levantarse, Victoria se sentía cansada: no había tenido una buena noche. Mientras salía de la habitación, el padre de Enrique se acercó a ella, la abrazó con ternura y le dijo:

- "Hoy yo me encargaré de los niños. Si quieres, sigue durmiendo."

Ella sonrió débilmente, agradecida por la preocupación del hombre. Sus ojos aún llevaban las huellas del insomnio, y pensar en enfrentar el día entero con los pequeños le parecía abrumador. Permaneció un instante con la cabeza apoyada en su hombro, sintiendo por primera vez en mucho tiempo la calidez de un apoyo que no tenía que pagar con nada a cambio.

Victoria le dio las gracias al hombre: desde que lo había conocido, se había comportado con ella muy bien. Bajó las escaleras con lentitud y se encontró a la señora Mariana en la cocina, como siempre con una sonrisa dulce y una taza de café en la mano.

- "Mi niña, se nota que no has dormido bien."

- "No lo he hecho... pero no voy a seguir culpándome por errores del pasado o tratando de encontrar explicaciones a cosas que no las tienen. Tenía miles de preguntas para hacerle a mi padre y sólo hice unas cuantas, porque sé que cada explicación que él me dé nunca lo voy a entender."

Subió la taza de té con lentitud a sus labios, la saboreó... y luego una voz familiar la llamó:

- "Victoria."

La mujer se giró lentamente y se encontró a Fabricio. El hombre la miraba con descaro.

- "Te has puesto mucho más hermosa después de ser madre. ¿Quién lo diría que te convertirías en el amante de un hombre? Precisamente por eso me rechazaste muchas veces, y mírate ahora: terminaste siendo la amante de un hombre que no solo te rechazó a ti y a tus hijos, sino que nunca te amó. En cambio yo siempre te he amado."

El padre de Enrique bajaba la escalera en ese momento, con los dos pequeños en brazos, y con una voz fuerte y firme le respondió:

- "¿Y quién te dijo a ti que no la ha amado? Quiero que en este momento abandones mi finca."

Fabricio quedó mirando detenidamente al hombre que tenía enfrente: era muy parecido a Enrique. Levantó una ceja con ironía.

- "No me digas que ahora tienes una nueva conquista..."

Victoria suspiró con cansancio, consciente de que era inútil dar explicaciones a alguien que no se las merecía y que no era nadie en su vida.

- "Quiero que te vayas. Quiero que no te acerques a mí. Quiero que no me dirijas la palabra."

Fabricio se sintió profundamente ofendido. Salió de aquella finca echando madrazos: era la única mujer a la que le había recibido un rotundo no, y eso lo hacía sentir menos.

Andrés insistía como siempre en acompañar a Enrique, pero este le pedía que se quedara para estar al pendiente de los negocios. El hombre había decidido cumplir el pedido de su jefe.

Ese día, mientras Enrique volaba en su jet privado hacia Colombia, Andrés estaba con uno de los socios de Enrique, sentados en uno de los mejores restaurantes de Francia —un lugar que pocas veces habitaba. Desde su mesa de fondo, al levantar la mirada, divisó a Melisa. Pero lo más extraño no era su presencia allí: estaba sentada con alguien demasiado conocido... y no solo eso, sino que se trataba de la segunda persona en quien Enrique confiaba más en el mundo.

El hombre se preguntaba qué estaba haciendo Melisa con Wilson en ese restaurante. ¿Desde cuándo eran tan amigos? Si siempre Wilson había dicho que detestaba a Melisa.

Al terminar la reunión que tenía con su socio, Andrés salió disimuladamente del lugar, con miles de preguntas sin respuesta en su cabeza. Una de ellas era la más insistente: ¿desde cuándo Wilson era tan cercano a Melisa? Se preguntaba qué estaba pasando entre esos dos —por la forma en que se reían, se miraban el uno al otro, se notaba una clara complicidad entre ellos, algo que nunca antes había visto.

Había trabajado con Wilson por años y sabía de sobra lo mucho que este despreciaba a la esposa de Enrique, siempre hablando de ella con desconfianza. Ahora, viéndolos juntos así, se preguntaba si todo había sido una farsa... o si algo más profundo se estaba gestando entre ellos, algo que podría poner en riesgo no solo los negocios, sino también la vida de su amigo.

Andrés decidió investigar por sí mismo: a Wilson, a Melisa, a Franco... llegaría hasta el fondo de todo lo que se estaba ocultando. Mientras conducía hacia casa, reflexionó que hacer todo eso era demasiado difícil, pues ya tenía demasiadas tareas en su cargo. Tomó su teléfono y marcó a un antiguo compañero de trabajo, recordando los días en que habían colaborado juntos —incluso con el padre de Enrique.

Al otro lado de la línea, la voz del hombre sonó con alegría:

- "¡Y ese milagro, hermano! Pensé que ya te habías olvidado de mí. Ahora que eres un hombre feliz al lado de una mujer hermosa..."

Andrés sonrió a carcajadas:

- "De verdad no te he llamado por ella, ¡no te sientas celoso! Sino porque tengo demasiado trabajo entre manos."

- "Ya lo sé, ya lo sé. Tenemos que reunirnos", dijo Felipe al otro lado.

- "Te estoy llamando porque necesito un favor", respondió Andrés.

Le dio el nombre de cada una de las personas que necesitaba que investigara, detallando brevemente por qué le preocupaba cada una. Luego, sin más rodeos, cortó la llamada y siguió conduciendo, con la esperanza de que esta ayuda le permitiera descubrir la verdad antes de que fuera demasiado tarde.

Al llegar a la casa, abrió la puerta con lentitud como lo hacía siempre. Pero esta vez no subió hacia la recámara a darle un beso a su preciosa Vivian, como hacía cada vez que llegaba a casa. Se quedó sentado en aquel sillón de la sala, pensando en los viajes que Wilson realizaba a cada rato —precisamente esos viajes coincidían con cada desfile de modelaje al que asistía Melisa. ¿Qué casualidad era esa?

También pensó en la cantidad de dinero que Enrique había perdido en una ocasión: por más que habían investigado, nunca supieron a dónde había ido. Tenía que ser alguien de mucha confianza, dentro de la empresa incluso. Recordaba que muchas personas habían sido despedidas en aquel entonces, y otras castigadas por Enrique. Pero ¿quién iba a sospechar de Wilson? El hombre que siempre estaba para aconsejarlo, animarlo, decirle cosas positivas... o lo que Enrique quería escuchar.

El hombre salió de sus pensamientos cuando la voz de su hermosa Vivian lo sacó de ellos. La mujer venía con una bata rosada, su rostro medio dormido y una sonrisa tímida, acercándose a él:

- "Llegaste... ¿por qué no me fuiste a saludar?"

- "Perdón, amor", dijo Andrés. "Prometo no volverlo a hacer."

Decía esa frase mientras la atraía hacia sí, depositando unos suaves besos en sus labios. La cargó entre sus brazos y subió las escaleras con ella. Al llegar a la recámara, la depositó suavemente en la cama y luego se dirigió a la ducha.

Cuando salió envuelto en una toalla, Vivian lo escaneaba con la mirada. El hombre dejó caer la toalla con una sonrisa coqueta y se acercó a la mujer:

- "¿Ahora sí te gusta lo que ves?"

- "Me encanta lo que estoy mirando", respondió ella. Luego, con un tono juguetón, le dijo: "Pero ¿por qué no te das la vuelta?" Quería bromear con él.

La habitación se llenó de un silencio cálido y cargado de complicidad. Andrés se acercó más a Vivian, llevando sus manos con suavidad por los brazos de la mujer, mientras sus besos recorrían su cuello y sus mejillas. Ella respondía a cada caricia con susurros suaves, abrazándolo con fuerza como si quisiera fusionar sus cuerpos en uno solo.

La luz tenue de la lámpara de mesita bañaba sus rostros, resaltando la ternura en sus miradas. Vivian pasaba sus dedos por el cabello de Andrés, sintiendo cómo el estrés del día se desvanecía en sus brazos. Él, a su vez, encontraba en ella el refugio que necesitaba, olvidándose por un momento de las sombras que rondaban su trabajo y sus preocupaciones.

Las horas se desvanecieron en un torbellino de besos, caricias y susurros llenos de amor. Cada gesto, cada contacto era un recordatorio de lo que realmente importaba: la conexión profunda que los unía, un refugio seguro en medio del caos que los rodeaba.

Cuando el alba comenzó a filtrarse por las ventanas, ambos permanecieron acurrucados, el rostro de Vivian apoyado en el pecho de Andrés mientras este acariciaba su cabello con ternura. El silencio de la mañana los envolvía, y aunque sabían que el día traería consigo nuevos retos, en ese instante solo existían ellos dos.

Victoria había recorrido los campos de la finca El Paraíso. Por más que su corazón le decía que fuera hasta Gotas de Amor a ver sus flores, no lo había hecho: en ese momento no quería ver a su padre, así que lo había evitado a toda costa.

Así había pasado su día: ayudando a los trabajadores, sirviéndoles el almuerzo, conversando con ellos. Trataba de estar lo más ocupada posible para no pensar en nada más —incluso ni siquiera le había contado a su hermano Andrés que su padre había vuelto, y mucho menos a su hermana Fernanda. Sabía que ambos reaccionarían con furia al enterarse de que Efraín había regresado después de tantos años de ausencia, y en ese momento no estaba lista para enfrentar las emociones que despertaría esa noticia en la familia.

Mientras recogía los platos después del almuerzo, sus ojos se perdieron hacia la distancia, donde se divisaba el camino que llevaba a la finca de sus recuerdos. Un escalofrío la recorrió: sabía que no podría evitar la confrontación para siempre.

Después de un largo vuelo, Enrique había aterrizado en Colombia. Al llegar a la finca El Paraíso, la hora marcaba la una de la madrugada. Al entrar en la hermosa propiedad, todo estaba en silencio: todos dormían, menos los vigilantes de la finca y los hombres que él mismo había mandado a cuidar de ella. Inmediatamente fue detenido, pero al saber quién era, lo dejaron pasar.

Enrique entró lentamente y subió las escaleras. En el pasillo, su padre lo encontró con una pistola apuntándole a la frente. El hombre se dio cuenta de que su padre seguía siendo demasiado ágil.

- "¿Qué haces despierto?" preguntó Enrique.

- "¿Y tú qué haces aquí?" le respondió su padre.

Enrique puso un dedo en sus labios en señal de silencio. Su padre no dijo más, volvió a entrar a su habitación —ya sabía que su hijo estaba muy preocupado por Victoria, que no se iba a aguantar más tiempo sin ella.

Enrique entró a una de las habitaciones de invitados, se dio un largo baño y luego salió. Se dirigió a la habitación que habían compartido tiempo atrás con Victoria. Al entrar, la encontró dormida profundamente, junto a sus pequeños, cuyos labios tenían un tinte azulado por el sueño. Sintió que el corazón se le detuvo un instante: por fin volvía a sentir vivo.

Sonrió, los miró con ternura y, en un momento impulsivo, les tomó una foto con su celular. Con suavidad, se metió en la cama y, mientras depositaba un beso en cada uno de ellos, él también quedó profundamente dormido.