Capitulo 71
Al decirle la última palabra a su padre, Victoria subió nuevamente las escaleras sin prisa, con miles de preguntas rondando en su cabeza. Estaba acostumbrada a perder: primero había perdido a su padre por muchos años, luego a su madre. Salió al balcón y se sentó un largo rato mirando el inmenso paisaje, conteniendo la lágrima que estaba a punto de brotar de sus ojos. Estaba cansada de siempre lo mismo, de que las personas que más amaba se fueran de su vida o terminaran engañándola. Desde que había perdido a su madre, había aprendido a curarse sola sus heridas; algunas de ellas le había tocado darse puntadas tan fuertes que pensaba no resistirlas, pero se había dado cuenta de que sí era capaz de hacerlo. Entonces suspiró.
El padre de Enrique la miraba desde lejos, sintiendo pena por la mujer y dándose cuenta de que su vida no había sido fácil. Tomó su teléfono y le mandó un mensaje a su hijo:
"Enrique, espero que estés bien. Victoria no lo está. Quisiera que parte de su dolor no se lo hubieras causado tú. Ella no lo merece: es una mujer que ha sufrido demasiado y aún sigue de pie."
Enrique acariciaba con mucha delicadeza cada objeto que había en aquel lugar. Melisa estaba demasiado sorprendida por la forma en que él se comportaba: cada cosa allí gritaba peligro. Aun así, no demostró miedo. Levantó la cara y, con voz firme, dijo:
- "La primera vez que me trajiste a este lugar, no voy a decir que no me asusté. Incluso puedo llegar a decir que estaba aterrada. Pero luego me di cuenta de que mi esposo quería darme una lección: que no debo actuar impulsivamente... y que él jamás me haría daño."
Enrique se acercó a ella, la tomó del mentón y la miró fijamente. Con voz pausada, le respondió:
- "Eres mi esposa, es verdad. Pero no te confundas, Melisa. No te haré daño si no haces nada que me desagrade. Pero si llegas a hacer algo que implique a mis hijos... no solo te haré daño, sino que te arrepentirás de haber nacido. ¿Sabes por qué? Porque ellos son todo lo que he anhelado en la vida."
Melisa contuvo la respiración por largo rato. Por cada frase del hombre, su corazón palpitaba con fuerza. Se sentía aterrorizada, aunque tratara de ocultarlo. Pero Enrique ya había detectado el miedo en sus ojos.
Melisa volvió a hablar, con voz entrecortada:
- "Espero no tener que darme cuenta de que tú has hecho algo malo... y menos contra mí."
Al verla completamente pálida, Enrique se acercó, la abrazó con sutileza y le dio dos besos en la mejilla. Cambió de tono y dijo:
- "Sé que nunca harías nada para perjudicarme. Siempre quieres verme bien, por el amor que me tienes. ¿No es así, mi amor?"
En ese instante, tomó un puñal y lo clavó con fuerza en la madera, haciendo que Melisa diera un salto. Luego la tomó de la mano y dijo:
- "Creo que ahora conociste realmente el lado oscuro de tu esposo."
Al salir del lugar, Melisa iba en completo silencio. Sus ojos estaban perdidos en el vacío, mientras sus manos temblaban ligeramente al agarrarse del pasamanos del coche. No atrevía a mirar a Enrique, cuyo rostro lucía sereno como si nada hubiera pasado. Cada vez que recordaba el puñal clavándose en la madera, un escalofrío recorría su espalda, y las palabras de su esposo resonaban en su cabeza con una claridad aterradora. Ni siquiera se dio cuenta de cuándo llegaron a casa, hasta que la puerta se cerró con un fuerte estruendo detrás de ella.
Ese día, la mujer ni siquiera insistió en que él se quedara. Al entrar a casa, se dirigió directamente al sillón del salón y se sentó, inmóvil. Permaneció un largo rato mirando al suelo, repasando en su mente cada una de las cosas que había hecho a espaldas de su esposo. Pensó en el diario que Diana acababa de descubrir, en las páginas que podrían destripar su pasado... y sobre todo, en que ella había sido la causante de la muerte del primer amor de Enrique.
¿Qué pasaría si él se enteraba realmente? Sabía que el hombre con quien estaba casada era de temer: su reciente demostración de fuerza no había dejado lugar a dudas. Tenía que hacer todo lo posible para que nunca se diera cuenta de la verdad. Mientras esos pensamientos la atormentaban, sus dedos se apretaron con fuerza contra los brazos del sillón, hasta que las articulaciones le dolieron. No podía permitir que su secreto saliera a la luz —su vida dependía de ello.
Después de un largo rato en la misma posición, el timbre sonó. La mujer se levantó lentamente y fue a abrir la puerta, quedándose sorprendida por la persona que había enfrente: era Franco.
- "Estás tan pálida que me hace sentir como un fantasma. ¿Acaso no me vas a invitar a pasar?"
Ella acumulaba demasiada frustración.
- "¿Por qué te haría pasar? Lárgate de mi casa."
- "Está bien, me voy entonces... aunque así no sabrás dónde está Victoria."
La mujer inmediatamente lo hizo pasar. El hombre se sentó en el mismo sillón donde ella había estado, mientras ella permanecía de pie.
Franco sonrió y dijo:
- "¿No pretendes brindarme un café, un té o algo de beber? No te he venido a cenar ni mucho menos a compartir infusiones, pero bueno... Empecemos: querida Victoria está en Colombia, su país, y Enrique no lo sabe. Hasta donde tengo entendido, cuando él fue a buscarla, no estaba allí precisamente porque no había llegado todavía", explicó Franco. "Pero no está sola: mi hermano está con ella, y conquistarla va a ser difícil."
Melisa suspiró con irritación:
- "¡Vaya, ese hombre es un completo imbécil! ¿Acaso no se da cuenta de que esa mujer no está interesada en él? Ahora bien, no actúes impulsivamente, y ese asesino que has contratado... deséchalo. Porque si a Victoria se le cae un pelo, te mataré, ¿lo entiendes?"
La mujer sonrió con sarcasmo:
- "¡Te has vuelto estúpido, Franco! Primero dejas que tu sobrina Diana lea tu diario —no sé qué tanto has escrito de mí, pero hoy me miró con ironía y me dio a entender que sabe muchas cosas de los dos. Así que claro que voy a hacer desaparecer a Victoria. Tú no eres nadie para venir a amenazarme. Segundo: si no quieres que le haga daño o incluso secuestrarla, llévatela lejos. Porque si no es así... simplemente la voy a desaparecer, como hice con la otra."
Franco estaba demasiado sorprendido por lo que Melisa acababa de decir sobre su diario. Se levantó bruscamente del sillón:
- "¿Cómo así que Diana leyó mi diario?"
- "Sí, lo hizo", respondió Melisa con voz seca. "Pero no te preocupes por ella: sé que no dirá nada. Yo también le tengo secretos... Por ejemplo, que tiene un hijo al que ninguno de la familia conoce. Su padre lo mantiene alejado, pero fue algo que ella misma impuso al firmar el acuerdo: no quería que nadie supiera que había sido madre."
Enrique había llegado a su departamento, que ahora le parecía más grande que nunca. Se sentía solo y vacío —cosa que no experimentaba desde hacía mucho tiempo. Tenía ganas de fumar, de beber, de escapar de todo, pero luego recordó a Victoria... y a sus hijos. Intentó calmarse tomando su celular y revisando el mensaje que su padre le había enviado. Quería correr tras ella, ir hasta donde estuviera y abrazarla.
Camino un largo rato por la casa, luego se dio un baño, salió a la sala y se tomó un café. Finalmente, marcó a Andrés y le dijo con firmeza:
- "Voy hacia Colombia."
- "¿Qué acabas de decir?"
- "Voy a ver a mis hijos y a la mujer que amo. Ya no aguanto más."
- "Sabes que tienes que calmarte", respondió Andrés con preocupación. "Si vas tras ella, Melisa también irá. Y Franco lo hará también. La prensa ahora está encima tuya, y creo que Victoria no resiste un escándalo más."