Capitulo 70
Ese día, mientras Enrique revisaba papeles, su secretaria entró:
- "Señor de la Torre, lo busca su esposa."
Enrique detuvo lo que estaba haciendo, se levantó de la silla, caminó hacia el ventanal y se quedó mirando un largo rato hacia la nada. Dio un gran suspiro y luego se giró:
- "Señorita Dayana, sé que usted y mi esposa son muy amigas."
- "Sí, señor, lo somos."
- "Entonces, hágalo pasar."
Un día, mientras caminaba por los pasillos, miró a una mujer que lo observaba detenidamente. Enrique se giró y le preguntó a Andrés:
- "¿Quién es ella?"
- "¿En serio no lo sabes?" le dijo Andrés. "Esa mujer que te ha estado mirando un largo rato es amiga de tu esposa."
El hombre inmediatamente pensó que Melisa había decidido poner a su amiga en la empresa para vigilarlo. Había concluido que la mujer debía estar cerca de él: la había puesto como su secretaria. Sabía que ella sabía algo de su esposa, pues cada vez que intentaba tocar el tema, la chica cambiaba rápidamente de conversación. Se había fijado en cómo la miraba cuando él estaba desprevenido y se preguntaba varias veces: ¿Será que la mujer siente alguna atracción hacia mí?
Dayana, al salir de la oficina, dijo:
- "Melisa, ya puedes pasar."
- "No me digas, Melissa traidora. ¿Por qué no me habías contado que trabajabas para mi esposo?"
- "Porque realmente no sabía si él era el dueño de la empresa. Apenas hace un mes el señor de la Torre pidió que fuera su secretaria, pero no tenía conocimiento de nada. Incluso llegué a pensar que tú le habías pedido que me diera este trabajo y me lo habías ocultado para que no me sintiera mal."
Melisa se acercó a la chica, puso la mano en su hombro:
- "Claro que fui yo la que le pedí a mi esposo que te contratara, pero quería probarte qué tan leal eres a mí."
- "Sabes perfectamente que nunca te he fallado. Vivo muy agradecida por todo lo que has hecho por mí."
Con la misma arrogancia de siempre, Melisa entró a la oficina de Enrique, pero al hacerlo su rostro se suavizó: ahora era más angelical y una sonrisa adornaba sus labios. Se acercó al hombre y le dio un suave beso en los labios:
- "He venido a visitarte porque desde la última vez que nos vimos no has vuelto a invitarme ni mucho menos has escrito un mensaje. La verdad quiero que esto funcione."
Mientras hablaba, se sentó en sus piernas, lo rodeó con los brazos y depositó otro beso.
- "Lo siento, he estado demasiado ocupado. No quería que sintieras que no estoy interesado en lo nuestro. Ya sabes cómo es mi trabajo: es demasiado exigente."
- "Te entiendo perfectamente."
- "Pero tienes razón. Te voy a invitar a uno de mis lugares favoritos para que empieces a entender muchas cosas de mí."
La mujer sintió que su corazón se aceleró y su respiración se detuvo por un momento. ¡Vaya! Enrique ahora era más dulce que antes con ella; eso la fascinó. Sabía perfectamente lo agradecido que era hacia ella, aunque no la amara, y que estaría para ella.
Nuevamente la puerta fue tocada:
- "Disculpe, señor de la Torre, lo está buscando su prima."
¡Vaya!, se dijo Enrique a sí mismo. Desde que algunos miembros de su familia se habían dado cuenta de que el imperio era suyo, no dejaban de visitarlo: algunas visitas eran agradables, otras desagradables. Por ejemplo, Diana: a pesar de intentar llevarse bien con ella por petición de su tío Antonio, no se la soportaba, pero en ese momento agradeció su llegada.
- "Está bien, déjala pasar."
Mientras tanto, Melisa se bajó de las piernas del hombre, se sentó en el sillón elegante de la oficina, cruzó las piernas con delicadeza y se quedó en silencio por un largo rato. ¿Qué estaba haciendo la loca posesiva y obsesiva de Diana en la oficina de su esposo? ¿Acaso intentaba conquistarlo? De esa mujer esperaba cualquier cosa, pero sabía perfectamente cómo quitarla de su camino.
Diana caminaba con la misma altivez y elegancia que había tenido su abuela de joven. Saludó a Enrique con dos besos en la mejilla y luego se giró lentamente hacia Melissa:
- "Vaya, no pensé en encontrarte aquí, pero luces hermosa, querida."
Se acercó y le dio dos besos en la mejilla.
- "¿Por qué no lo iba a estar?", respondió Melisa. "Si como ves, esta es la oficina de mi esposo."
Esa frase sonaba tan suave en sus labios, pero a la vez con tanta posesión.
- "No pensé que se estaban reconciliando", dijo Diana. "Pero felicidades: un matrimonio siempre tendrá problemas."
- "Contestó Melissa: "Pero siempre que haya amor, habrá reconciliación."
¡Vaya!, pensó Diana. Esa mujer sí que era cínica. ¿De cuál amor estaba hablando? Aunque ella misma estaba perdidamente enamorada de Enrique, sabía perfectamente que él no amaba a Melisa: no tenía ojos más que para aquella mujer insignificante que había logrado conquistar su corazón.
Enrique sonrió con delicadeza:
- "¿A qué has venido?"
- "Mañana es mi cumpleaños", dijo Diana. "¿Qué me vas a regalar?"
El hombre se quedó pensando largo rato. ¡Vaya!, quién lo diría: aquella mujer que ahora hablaba tan dulcemente, años atrás lo trataba como si fuera lo peor del mundo, como algo insignificante que no valía nada.
- "La verdad no sé tu gusto", dijo él. "¿Qué quieres? ¿Dinero?"
La mujer respondió con total descaro:
- "Está bien, si lo que quieres es dinero, te daré dinero."
¡Vaya!, no se esperaba esa respuesta tan rápida de su primo. Su corazón latió con fuerza: ¿Será que él se está interesando en mí? En cuestión de segundos, la mujer hizo una escena romántica en su cabeza; llevaba mucho tiempo amándolo en silencio y reprimiendo ese amor prohibido.
Andrés entró de repente a la oficina, quedó sorprendido al ver a las dos mujeres y, sobre todo, muy irritado.
- "Enrique, necesito hablarte de algo muy importante a solas."
Las dos mujeres se levantaron y salieron de la oficina, dejando a los hombres a solas.
Al salir al pasillo, Melisa tomó la mano de Diana:
- "¡Vaya, tú sí que eres descarada! ¿De cuándo acá vienes a pedirle dinero a mi esposo? ¿No me digas que estás en la ruina?"
- "No, querida, yo nunca estaré en la ruina. Pero sabes cuál es la diferencia entre tú y yo: yo puedo buscarlo con cualquier excusa y él va a ceder. Como ves, somos familia. Realmente no venía porque necesitara dinero, sino porque necesitaba verlo."
Melisa parpadeó varias veces; no podía creer que la mujer fuera tan descarada y cínica al admitir que le gustaba su primo hermano.
- "Sabes, Diana, estás completamente desquiciada. Por si no te has dado cuenta, Enrique nunca se va a fijar en ti: para él solo eres su prima, a la que intenta llevarse bien porque son familia."
- "En eso tienes razón", dijo Diana. "Pero me pregunto qué hará Enrique cuando se entere todo lo que has hecho a sus espaldas. Sabes algo, querida? Un día entré a la habitación de mi tío Franco y encontré un diario. No sabes todo lo que descubrí de él... y tú estabas en primera línea. ¡Vaya, sí que eres una mujer perversa!"
Diana se alejó de Melissa, dejándola con miles de preguntas. ¿Qué había escrito el imbécil de Franco en su diario sobre ella? Por la forma en que Diana le había hablado, no era nada bueno. Salió de prisa del lugar y, al estar en la calle, le marcó varias veces a Franco, pero el hombre no respondió.
El padre de Enrique, después de haber calmado a Victoria, la miró fijamente:
- "Hay cosas en la vida que no tienen explicación y hay personas que se arrepienten demasiado tarde. Pero solo los que tienen un gran corazón tienen la capacidad de perdonar: no por esas personas, sino para sanarse a sí mismos."
Las palabras conmovieron a Victoria; sus lágrimas volvieron a rodar por sus mejillas. Las limpió con rapidez, abrazó al hombre y dijo:
- "Tienen razón."
sonrisa que no llegaba a sus ojos. Mientras hablaba, pasó una mano por una de las herramientas que yacían sobre una mesa de metal frío, haciendo un sonido seco y resonante en el silencio del lugar.
Melisa tragó saliva con dificultad, tratando de encontrar las palabras adecuadas. No se atrevía a decir que no, pero tampoco podía fingir que aquel escenario macabro le agradara. Al fin, logró articular con voz entrecortada:
- "Es... es muy... inesperado."
Ella fingió tranquilidad, levantando la cabeza con la misma altivez que siempre mostraba en público, y dijo simplemente: "Sí".
Su voz sonó más firme de lo que se sentía, mientras su mirada se desviaba brevemente de los objetos que yacían dispuestos en las mesas. Enrique la observó en silencio por un instante, como si pudiera leer sus pensamientos más profundos a pesar de su máscara de calma. Luego asintió lentamente y dio un paso hacia atrás.