Capitulo 69
Después de esa nota que le había llegado, Victoria no había soltado a sus pequeños. En sus ojos se notaba la angustia. La señora Mariana intentaba tranquilizarla:
—Tranquila, mi niña. Muy pronto el señor Enrique vendrá para protegernos. Tú misma dices que al lado de él te sientes segura. Estoy segura de que no les pasará nada a los niños y menos a ti, pero creo que es mejor que te mudes a la finca El Paraíso. ¿Qué tal? Allá hay muchos más trabajadores que aquí, y pediré que vigilen muy bien el lugar.
Victoria se quedó un largo rato pensando en lo que la mujer le había dicho y vio que era una buena opción. Haría de todo para que sus hijos estuvieran bien. Empacó una maleta y tomó a sus dos pequeños en brazos, mientras la señora Mariana la seguía.
Al entrar a la finca El Paraíso, se encontró con Carmen, que la miró con una sonrisa de oreja a oreja:
—Vaya, la gran Victoria Hernández. Nunca pensé que te convertirías en la moza de un hombre. Tú que presumías tanto de ser una mujer intachable, ¡y mírate! Incluso le pariste dos hijos y terminó abandonándote. Creo que estás destinada al abandono.
Las palabras de aquella chica le dolieron, pero las ignoró y siguió de largo. Al entrar en la recámara que había compartido con Enrique, todo seguía igual: cada cosa estaba como cuando ella se había ido. Suspiró; aún se podía percibir el olor, la fragancia que el hombre utilizaba.
Salió al balcón y el frío golpeó su piel con fuerza, pero se quedó un largo rato mirando al vacío. A pesar de tener a sus dos pequeños a su lado, sentía un gran vacío. Quería arrancar de su pecho al hombre que con engaño la había enamorado, pero le era imposible. Se preguntó: ¿Será que había vuelto con su esposa? ¿Será que era feliz? ¿Será que de vez en cuando pensaba en ella? Sabía que en los niños sí, porque siempre había demostrado ser un buen padre. Recordó que cuando llegaba del trabajo, se acercaba a la cuna de los pequeños, se quedaba observándolos largo rato, luego les pasaba la mano con delicadeza y les daba suaves besos, diciéndoles lo importantes que eran en su vida. Algunas veces se hacía la dormida para disfrutar de aquel momento, porque eso la hacía muy feliz.
Al día siguiente, Victoria se levantó temprano. Ayudó a la señora Mariana a preparar el desayuno de los empleados y luego se dedicó a ordenar sus cosas y las de sus hijos. De repente, entró un hombre que trabajaba en la finca, se acercó hasta ella y dijo:
—Señora Hernández, hay un hombre mayor que la está buscando.
Victoria se imaginó que era el padre de Enrique, pues el hombre le había dicho que iría hasta allá a cuidar de sus nietos y de ella. Salió rápidamente, dejando lo que estaba haciendo encima de la mesa, para llegar a la sala. Su corazón se detuvo, su respiración se cortó y sus manos temblaban ligeramente. Parpadeó varias veces y luego sonrió con ironía.
Era su padre, quien había decidido abandonarlos cuando ella tan solo tenía 14 años. Desde entonces no había sabido nada de él, pero a pesar de los años, lo había memorizado muy bien: era imposible olvidarlo. Ya no era el mismo hombre fuerte y de rostro hermoso que se había ido; ahora su rostro estaba marchito, su mirada apagada y usaba un bastón para sostenerse.
Victoria estuvo rato observándolo sin poder decir nada. El hombre, con voz cansada, le dijo:
—Vicky…
Victoria recordó el pasado: su padre la tomaba de la mano y ella corría detrás de él; siempre le regalaba rosas, igual que a su madre, por eso en su jardín nunca faltaban. Tenía tantas cosas que decir, tanto que preguntar: ¿Por qué se había ido? ¿Por qué nunca los había buscado? Había escuchado tantas veces a su madre llorar y decir que su padre se había enamorado de otra mujer y simplemente se había ido. Su madre era una mujer de excelente corazón y siempre, al hablar con doña María, decía que no lo hacía responsable, pues nadie debería estar con alguien que ya no ama. A pesar de seguir enamorada de él, había tenido la valentía de entenderlo. Pero ¿por qué abandonara a sus hijos? ¿Por qué no los buscó? ¿Por qué no les brindó ese cariño de padre? El hombre había olvidado que ser padre era una cosa y ser pareja, otra. Su madre les había enseñado a no odiarlo, pero aún así Victoria había albergado cierto rencor.
Quiso decirle que no lo reconocía, pero su madre le había enseñado a no mentir.
—Bueno, puede pasar —le dijo.
El hombre entró y se sentó. La señora Mariana lo miraba con resentimiento. Victoria subió las escaleras fingiendo tranquilidad y le dijo a la mujer que atendiera al caballero; necesitaba aclarar su mente por un momento.
La señora Mariana le sirvió café al hombre con panes recién horneados y se sentó a su lado, mirándolo fijamente mientras él bajaba la vista.
—¿Y ahora qué te trae por aquí? —preguntó la mujer—. No me digas que la mujer por la cual abandonaste tus hijos te acaba de abandonar a ti.
El hombre no dijo nada, porque lo que ella decía era verdad. Había estado con una mujer mucho más joven que él; aunque habían tenido un hijo y al principio su relación fue muy buena, con los años empeoró y ahora la mujer lo había echado de casa. No tenía a dónde ir y ya no podía valerse por sí mismo. Había decidido volver a donde aquellos hijos que había abandonado hace muchos años, sintiéndose culpable, con remordimientos y vergüenza.
—¿Y Cristina? —preguntó el hombre con voz pausada, pronunciando cada letra lentamente.
—Ella falleció hace tiempo. Victoria se encargó de criar a sus dos hermanos, cosa que deberías haber hecho tú. Lo hizo ella: dejó de vivir su juventud para convertirse en madre y padre. Esa niña se transformó en la mujer que ves ahora, pero aún así sigue siendo una niña en el alma.
Al escuchar eso, algunas lágrimas rodaron por el rostro del hombre. Mariana le dijo:
—¿Estás arrepentido o es porque necesitas a tus hijos? ¿Porque la familia por la cual los abandonaste te acaba de abandonar? Ahora te pregunto: ¿qué se siente? Porque así como te sientes tú, ellos se sintieron siendo huérfanos de padre y de madre. Yo fuera tú, me iría a morir a otra parte.
Sus palabras sonaron crueles, pero ella, que había vivido todo lo que pasaron la madre de Victoria y la propia Victoria, no sentía piedad por él.
Después de un largo viaje, el padre de Enrique había aterrizado en suelo colombiano. Hacía mucho tiempo no venía, pues su trabajo no se lo permitía y además apoyaba a su hijo. Al llegar al lugar donde de niño había disfrutado los mejores años de su vida, jugando con su padre, caminó con lentitud y divisó la finca: ahora lucía hermosa, pero los árboles de mango que había plantado en su niñez seguían ahí, gigantescos.
Al llegar a la casa, la señora Mariana lo vio y se arrojó a sus brazos:
—¡Tanto tiempo sin verte, joven de la Torre!
—Pues como ves, Mariana, ya no soy tan joven: soy un hombre viejo. Pero tú luces muy bien.
El aroma de café le fascinó, el clima, los colores lo hacían sentir vivo y el aire puro le dio la sensación de que no moriría en muchos años. Miró la sonrisa de la gente, su amabilidad, y sintió que ese era uno de los lugares a los que nunca regresaría a Francia.
—¿Y Victoria? —preguntó con lentitud—. ¿Dónde está?
—Está arriba con los niños. Acaba de tener una de sus peores visitas.
—¿Cómo así?
—Su padre, quien los abandonó, ahora que los necesita, ha venido a buscarla. Pero es una historia muy larga.
El hombre subió las escaleras y, al llegar al pasillo, vio a Victoria sentada, con los pequeños que ya gateaban intentando pararse. La mujer sostenía su rostro con ambas manos, tratando de ahogar su llanto.
—Mi pequeña Victoria… Victoria…
Al escuchar la voz del hombre que le había brindado cariño de padre, se aferró a él y lloró largo rato.
—¿Por qué siempre las personas que decido amar me traicionan? ¿Por qué siempre dejan una herida que yo tengo que curar sola? Sabes cuántas puntadas le he dado a mi corazón… muchas. Y aún así sigo con la ilusión de que alguien me pueda corresponder.
El hombre pasó la mano con delicadeza por su pelo, como un padre protector:
—Tranquilízate, Victoria. Estoy aquí.
Después de un rato, la mujer se calmó. El hombre tomó a sus dos nietos en brazos:
—Para que estés tranquila: Enrique ha mandado muchas personas que, aunque no las veas, cuidan de ti. Mi hijo ha tenido dos mujeres en su vida que realmente ha amado: su primer amor y tú. Pero puedo jurar que a ti te ama con más intensidad. Tenlo por seguro: cuando él solucione todo vendrá aquí y nunca más se irá.
Aunque ella no decía nada, esas palabras la consolaron.
—Mi nieto es tan precioso… se parece mucho a su padre. Lo único que sacaron de ti fue tu cabellera —dijo el hombre bromeando.
Ese día, Melisa estaba sentada en la oficina de Enrique, con las piernas cruzadas elegantemente. El hombre la miraba, sabiendo que quería preguntarle algo pero no sabía por dónde empezar.
—Habla, ¿qué quieres preguntar, amor?
La mujer sonrió:
—¿Por qué no me dijiste que eras dueño de esta empresa tan importante?
—Te lo dije. ¿Te acuerdas que te conté que quería tener una de las mejores empresas de Francia?
—Pero no me dijiste que ya la habías creado. ¿Te molesta que lo sepa?
—No, todo lo contrario: me hace feliz y me siento orgulloso de lo que he logrado.
Melisa pensó que si antes no quería divorciarse de Enrique, ahora mucho menos: su marido era mucho más importante de lo que creía. Caminó con gracia y se sentó en sus piernas:
—Sabes… te he extrañado.
Justo cuando le iba a dar un beso, alguien tocó la puerta.
—Pase —dijo rápidamente Enrique.
Al entrar fue Diana, que caminaba con elegancia y la misma arrogancia que tuvo su abuela en su juventud. Se sentó, cruzó las piernas y miró a Melisa de arriba abajo:
—Vaya, no sabía que te habías reconciliado con tu esposa.
—Lo estamos intentando, querida. Lo nuestro es inquebrantable.