¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 68
72%

Capitulo 68

Está bien, padre. Quieres que proteja a Victoria y que también proteja a los niños. El hombre, cuando escuchó hablar de los niños, sonrió: «Son iguales a ti, ¿sabes cómo se llaman?». Ella no le había puesto nombre, me dijo que si los pusiera yo. El uno se llama Henry y el otro, Enrique. Ahora somos tres…

Enrique se le aguaron los ojos. Su padre se levantó de donde estaban sentados y lo abrazó con fuerza: «Quiero que me hagas una promesa, porque si no, no te digo dónde está».

«Está bien, padre», respondió Enrique, levantando la mano en señal de promesa.

«Espero que cumplas con esa promesa por el bien de ella. Acaban de amenazarla, y estoy seguro de que si no es Franco, es Melissa. Está en su finca Luz Hermosa, tranquila. Los niños ya dicen 'papá'». El hombre sacó su celular y le mostró el video que Victoria le había mandado una semana atrás.

Enrique miró el video por un largo rato y vio que ya tenían sus primeros dientes. El hombre quería vivir todo eso con ellos, pero su padre tenía razón: si él quería mantener a Victoria protegida, era mejor no acercarse demasiado a ella. «Padre, ¿cómo supiste que Victoria ya estaba bien?».

«Hay cosas de tu padre que tú no conoces», respondió este, «pero ahora no pienso contártelas».

«¿Cómo así que 'el mayor'?», dijo Enrique sonriendo. «Se te olvida que son mellizos».

«No se me olvida, pero hay uno de ellos que conoció el mundo primero: fue Henry. Por lo tanto, su madre dice que él es el mayor, y Enrique el pequeño. Como dice su madre, es el que se llama Enrique».

«Pero si están iguales…».

«Ya lo sé, padre. Quiero que me ayudes a investigar a Melissa».

«¿Tú cuando has necesitado ayuda? Pero está bien, lo haré. Te buscaré un excelente detective».

Al irse su padre, Enrique le mandó un mensaje a Melissa. La mujer, al leerlo, sonrió rápidamente y le contestó: «Hoy quiero invitarte a cenar». Se sorprendió y lo primero que imaginó fue que Enrique se estaba olvidando por fin de Victoria.

El padre de Enrique, al llegar a la casa que había compartido con su antigua esposa, se quedó un largo rato pensando y luego decidió irse a Colombia. No soportaría perder un ser querido por la ambición de su hermano. No estaba seguro de que el mensaje que había recibido Victoria fuera de Melissa, y si era de Franco, sabía que este estaba obsesionado con ella.

El hombre le mandó un mensaje a su hijo: «No te preocupes por mí. Muy pronto te llegará la información de Melissa. Voy rumbo a Colombia».

Enrique no leyó el mensaje, pues en ese momento estaba en uno de los mejores restaurantes de Francia con Melissa. La mujer lucía elegante como siempre: ese día llevaba un hermoso vestido color crema que se ajustaba a sus caderas, haciéndola lucir como una muñeca de porcelana. Con ojos brillantes y una sonrisa que delataba su felicidad de tenerlo enfrente, dijo: «No sabes lo feliz que me hace que me hagas esta invitación. Sabes que eres el hombre más importante de mi vida».

El hombre intentó bromear, sonriendo: «¿Acaso has visto otro hombre?».

«Claro que no, pero me hace feliz tenerte de nuevo solo para mí».

El hombre volvió a bromear: «¿Y cuándo he sido de otra? Siempre he sido tuyo».

La mujer se paró de su asiento, lo abrazó y luego plantó un beso apasionado en sus labios. El hombre no sintió absolutamente nada, pero aún así lo resistió. Quedó mirándola de arriba abajo y se dio cuenta de que era una excelente actriz; se preguntó por qué, en vez de ser modelo, no había estudiado actuación.

Enrique se paró, tomó su cintura con la misma suavidad que en el pasado y luego plantó un suave beso en su mejilla: «Quiero que empecemos de cero, como si nos estuviéramos conociendo recién. Creo que eso hará que nuestra relación no vuelva a fallar y no se vuelva monótona».

A pesar de que Melissa había intentado convencerlo de pasar la noche con ella, el hombre se negó. Luego tomó su celular y le pidió a Andrés que se vieran ese día. Andrés cenaba con Bibia; el hombre estaba muy feliz, incluso ya planeaba cómo proponerle matrimonio a aquella chiquilla que le había robado por completo el corazón.

Se acercó a la chica, la atrajo hacia él, olfateó su cuello y luego plantó un suave beso en él: «Huele deliciosa. Hueles a cacao».

Vivian bromeó: «Estás intentando comerme».

«Si no fuera porque Enrique me necesita en este momento, te comería», respondió él.

El hombre se giró con lentitud: «En serio, no sabe dónde está Victoria».

La chica bajó la mirada. «Está bien, no te presionaré. Sé que eres leal a ella porque ella sí lo merece, y yo soy leal a Enrique porque conozco su historia y no lo conozco desde ahora. Así que cada uno está intentando proteger a la persona que ama».

El hombre se despidió de ella y salió de casa. Llegó a uno de los sitios que hacía mucho tiempo no visitaba: una de las mejores discotecas de Francia. En la zona VIP estaba Enrique, sentado con una copa del mejor trago que servían en aquel lugar.

«Vaya», dijo Andrés sentándose a su lado. «Nunca imaginé que volverías a un lugar como este».

«Hoy me vi con Melissa».

«¡Vaya! No me digas que estás pensando reconciliarte con ella».

«No es así, pero tengo algo planeado. La vida me ha enseñado a ser un cazador agresivo y uno muy pasivo; incluso algunas veces hay que tener la presa cerca, olfatearla y luego soltarla para que crea que no te la comerás».

«¿Por qué no me cuentas lo que tienes en mente?».

«Con el tiempo te darás cuenta, pero ahora solamente observa. Ah, y por cierto: hoy descubrí dónde está Victoria».

«¿En serio? Y eso que no has corrido detrás de ella».

«Precisamente porque la persona que lo descubrió no fui yo, fue mi padre. Lo sabe desde hace mucho tiempo y la está protegiendo».

Andrés sintió que la mujer iba a estar segura. «Sabes que no puedes sacarme de casa cuando quieras: ya tengo mujer».

Enrique sonrió: «¿Quién lo diría que el hombre más solitario desde que se divorció ahora quiera vivir metido en casa? Pero está bien, brindemos por ti».

Mientras subía su copa, miró a Arturo llegar con Mauricio y José. Enrique se paró rápidamente y le encuelló a Arturo: «¿Por qué te llevaste a mi mujer?».

«Porque siempre anhelas todo lo que yo tengo. Esta vez no lo hice por competencia —que ya veo que es algo estúpido—, lo hice porque ella me pidió ayuda», respondió este.

«Mi hermano, suéltalo», dijo José al ver cómo se alteraba Enrique. Al escucharlo, soltó a Arturo. «No nos comportemos como unos cavernícolas: somos hombres civilizados, ¿no es así? Espero que no te le hayas acercado a mi mujer. Hasta donde yo tengo entendido, sigues casado con la psicópata y obsesiva de Melissa, por lo tanto Victoria no es nada tuyo», dijo Arturo, haciendo que Enrique se alterara más aún.

«Ya va, hasta los dos», dijo José nuevamente. «¿Por qué no nos invitas a beber un trago?».

Enrique los invitó a sentarse a su mesa: «Quiero uno de los mejores tragos de este lugar».

«¿Tienes dinero para pagar, no es así?», bromeó Arturo.

«Claro que sí, cuñado», dijo Andrés.

«Tú callas», le respondió Arturo. «Espero que a mi pequeña Vivian no le rompas el corazón como lo hizo este psicópata que está aquí contigo, porque a ti te cortaré».

«Ya sabes la verdad», dijo Enrique después de unas cuantas copas.

«No te voy a decir dónde está Victoria porque es un juramento que hice, pero nunca la miré como una mujer —sabía que está completamente enamorada de ti—, sino como una amiga. Descubrí a esa mujer con ese gran corazón que quiere que todo el mundo esté bien. Esa mujer es lo que representa a Colombia: amor, ternura, comprensión, carisma y alegría».