Capitulo 67
Mientras todo daba sus últimos giros para resolverse, Enrique se tomaba un café, los dedos enroscados alrededor de la taza mientras la mirada se perdía en el vacío. Había meditado en largo rato lo que le venía rondando por la cabeza: había movido cielo y tierra para encontrar a Victoria, y nada había funcionado. Aunque la intuición le gritaba que estaba en la finca, que se escondía a propósito de él, un interrogante le cortaba el aliento: ¿era realmente eso lo que anhelaba? Con un suspiro profundo, desechó la idea de marcharse.
Andrés lo observaba de reojo. Enrique se dio cuenta al instante.
—Habla, ¿por qué no me diste la razón de frente en vez de enviarme un mensaje? Ya sé la respuesta: el gran Enrique de la Torre no soporta reconocer que está equivocado, hermano.
—Deja que el tiempo decida. El tiempo pone cada cosa en su sitio —contestó Andrés, la voz baja y medida.
El tiempo… La frase revolvió su mente. Si avanza sin cesar, sin posibilidad de detenerse, ¿qué sentido tenía aquello? Quizás justo por eso: porque no se detiene. Y si Victoria había elegido avanzar con él, dejándolo atrás como un recuerdo olvidado, esa era la pesadilla que más temía. Cerró los ojos y, por primera vez en su vida, se esforzó por no pensar solo en sí mismo.
—Está bien. Le daré su tiempo. Y cuando termine de solucionar todo lo que me corresponde, la buscaré y no me rendiré. Cuando la tenga delante, le preguntaré si aún quiero tenerla en mi vida… o si ella quiere tenerme en la suya. Y si no es así… le daré la libertad que se merece.
Andrés asintió lentamente y apoyó una mano sobre la mesa, firme y cálida:
—Eso es lo más sensato que te oigo decir en meses, Enrique. La libertad es un derecho para todos, sobre todo cuando se trata de decidir quién acompaña nuestro camino. Y quizás, cuando menos te lo esperes, será ella misma quien busque la forma de hablarte.
Mientras tanto, en la cocina de la finca, Victoria preparaba café con la máquina que había traído de España, mezclando granos colombianos con unos que Arturo le había regalado como recuerdo. Los bebés dormían placenteros en sus cunas, y la señora Mariana le ayudaba a ordenar los paquetes con sus pertenencias que habían llegado días antes.
—Mija, ¿ya tienes claro qué harás ahora que las cosas se han calmado? —preguntó la mujer mientras sacaba pan fresco del horno, el aroma envolviendo todo el espacio.
Después de lo que pareció una eternidad, todo se había resuelto. Pero Enrique cerró los ojos con fuerza: era la primera vez que admitía, aunque solo para sí mismo, que había perdido. Al llegar a Francia, recorrió la casa que había compartido con Victoria, paso a paso, como si quisiera absorber el último rastro de ella; luego salió sin mirar atrás —no quería quedarse atrapado entre los muros de los recuerdos. Pero al llegar a su apartamento en el último piso del edificio, al abrir la puerta entendió que la huida era inútil: ahí también ella había estado, y siempre estaría presente en cada rincón. Trató de concentrarse en el trabajo, aunque su celular marcara 42 llamadas perdidas de Melissa. Había decidido ignorarlas todas.
El tiempo avanzaba: para algunos volaba, para él se arrastraba como miel en invierno. Aunque había pedido al encargado que dejara de buscar a Victoria, su corazón le gritaba que no bajara los brazos.
Pasaron tres meses y Arturo volvió a Francia. Esta vez era otro hombre: renovado, con la espalda menos rígida y la mirada más clara. Ese día iba de un lado a otro, apurado por el lanzamiento de la nueva línea de ropa, cuando la secretaria le informó que alguien lo buscaba. Pensó que sería Enrique, pero no. Al ver a su hermano Mauricio en la sala de espera, se quedó paralizado en la puerta: hacía años que no se hablaban.
Con voz rasposa, Mauricio preguntó:
—¿Y ahora qué quieres?
—Vine a ver a mi hermano y a pedirle perdón. No debí comportarme como mis padres, dejándote solo por ambición y orgullo —dijo Arturo, las palabras pesando en su lengua.
Mauricio se sentó de golpe, mirándolo como si no lo reconociera: el Arturo arrogante, siempre en competencia, obsesionado con ser el mejor. Ahora en sus ojos brillaba la humildad. Entonces entendió algo: todo lo que Victoria tocaba, lo transformaba. No dijo nada —solo se levantó y lo abrazó con fuerza, como cuando eran niños, como si temiera que se fuera de nuevo.
—Victoria me enseñó que no debo discriminarte por tu orientación sexual, que debo amarte tal como eres. Perdón por no haber estado ahí cuando más lo necesitaste —susurró Arturo al oído de su hermano.
Al ver la escena, José se limpió las lágrimas en secreto. Recordó a su hermana, que había hecho todo por ellos, sacrificando su juventud para criarlos, haciéndose fuerte aunque llorara a solas. Para él era una mujer a la que nada le parecía difícil, incluso cuando las cosas se complicaban. Se sintió orgulloso de la hermana que le había tocado: aquella que había recogido a Vivian de la calle y la había criado como a una hija propia. Aunque Vivian la llamara hermana, en el fondo José la veía como a su madre.
Recordar a la pequeña Vivian le emocionaba: había llegado temblando de miedo, y ahora era una mujer con un corazón enorme, feliz al lado de Andrés. Su hermana le había dado a Vivian la libertad de elegir su camino, y aunque ella misma aún buscaba el suyo, se sentía plena al ver a sus seres queridos libres de las cadenas que ella había soportado. José secó otra lágrima: en ese momento, solo quería abrazarla.
A pesar de que la falta de Enrique la consumía, Victoria se sentía tranquila. Mientras cultivaba sus flores y cuidaba de sus animales, podía sentar a sus pequeños sobre una inmensa manta en el jardín de la finca. Mientras cogía mandarinas de los árboles, sonreía con una calma que nunca antes había sentido. Se levantaba con el olor a café recién tostado y el canto de los gallos; sabía que no cambiaría ese lugar por nada del mundo. Era tranquilo, hermoso y lleno de color —la representación misma de Colombia: alegría y cultura en cada rincón.
Los niños jugaban con las hojas secas que caían de los cítricos, y cuando el sol comenzaba a abrasar, ella los llevaba a la sombra del gran guayacán que dominaba el centro del jardín. Allí, junto a la maceta con la orquídea morada que su madre le había regalado antes de morir, les contaba historias de cómo su abuelo había fundado Gotas de Amor con solo unas pocas plantas de café y mucho esfuerzo.
La señora Mariana pasó por ahí con una jarra de limonada casera y se detuvo a observarlos, sonriendo:
—Mija, nunca te había visto tan plena como ahora —dijo mientras repartía las copas de vidrio grueso—. Los niños están sanitos y felices, las flores nunca habían estado más bonitas… y el café de este año promete ser el mejor de la historia de la finca.
Victoria tomó un sorbo de limonada y miró hacia los campos verdes que se extendían hasta el horizonte:
—Sí, doña Mariana. Aquí siento que cada cosa tiene su lugar. Aunque a veces mi mente vuelve al pasado, mi corazón está aquí, en esta tierra que nos vio nacer. Colombia está en cada pétalo, en cada grano de café, en cada sonrisa de los que trabajan aquí. Esta alegría que llevamos dentro no se encuentra en ningún otro lado.
En ese momento, uno de los trabajadores se acercó corriendo, la expresión alterada:
—Doña Victoria, perdón por interrumpir… pero llegó un paquete desde Francia. Tiene una etiqueta especial: dice que es para los pequeños.
Victoria recibió el paquete con curiosidad, pero al abrirlo su rostro se endureció. Junto al contenido, había un mensaje escrito a mano: “No importa a dónde vayas, yo siempre lo sabré. Y tu único lugar donde realmente estarás a salvo de mí es bajo tierra.”
Soltó el paquete de golpe, quedando completamente pálida —la sonrisa se borró como si nunca hubiera existido. Al sacar el objeto que llevaba la caja, se quedó helada de miedo: eran dos muñecos con múltiples puñaladas, vestidos con prendas idénticas a las que habían usado sus hijos cuando eran bebés.
Le temblaron las manos y lo dejó caer al suelo, donde los muñecos hicieron un crujido suave. Los niños sintieron el cambio en el ambiente y comenzaron a llorar a gritos.
—¡Doña Mariana! —gritó Victoria con voz rota, tratando de calmar a los pequeños mientras se alejaba del paquete como si este fuera venenoso—. ¡Por favor, ven aquí rápido!
La señora Mariana salió corriendo de la cocina al escuchar su tono desesperado, y al ver la escena se quedó petrificada. Pero mantuvo la compostura: tenía que proteger a Victoria y a los bebés.
Victoria cogió su celular con manos temblorosas y marcó el número que conocía de memoria. El padre de Enrique la había localizado la segunda semana de su llegada a Colombia; habían viajado hasta ella y se habían sentado a conversar durante horas. Allí descubrió cosas de Enrique que nunca imaginó, y si antes lo amaba, ahora lo hacía con más fuerza que nunca. Pero el hombre le había dicho, mirándola a los ojos: “Es mejor que estés aquí. Aquí estás protegida, y nadie te hará daño. Recuerda, Victoria: cada vez que sientas peligro, levanta el teléfono y llámame. Yo estaré siempre al otro lado de la línea.”
El teléfono contestó al instante:
—Dime, Victoria —dijo la voz del padre de Enrique.
Victoria comenzó a llorar, incapaz de articular palabras de golpe:
—Me… me ha llegado una amenaza. Estoy en peligro. Te necesito.
El hombre se levantó de su silla de un salto. Al escuchar el temor en su voz, se preguntó si Melissa estaba realmente tan desquiciada como para hacer algo así. Pero ¿por qué sorprenderse? Sabía que había matado a su propia prima. O tal vez no era ella —quizás era Franco, intimidándola para llevarse adelante sus planes.
Ese día, el padre de Enrique condujo a toda velocidad hasta la oficina de su hijo. Subió corriendo al último piso sin pedir permiso, y al abrir la puerta vio a Enrique encerrado entre pilas de papeles, absorto en el trabajo. Si antes sus empresas eran prósperas, ahora eran un imperio —pero también un yugo. Sabía de las cosas que hacía su hijo, que cada persona que había desaparecido se lo merecía: violadores, asesinos de mujeres, estafadores. Pero eso no lo hacía menos preocupante.
—Padre, ¿qué haces aquí? —preguntó Enrique, sorprendido.
—He venido porque necesito hablar contigo. Sírveme un trago.
Enrique se quedó perplejo: su padre no era un bebedor, pero aún así fue por la botella.
—Sé dónde está Victoria —dijo el hombre, antes de que su hijo pudiera preguntar más—. Pero no te lo diré ahora. Lo que te voy a decir, quiero que lo escuches con calma: Victoria corre un grave peligro, y tenemos que protegerla.
—¿Cómo pretendes que la proteja si no sé dónde diablos está? ¡Estás volviéndome loco, padre!
—No quiero volverte loco, solo cumplir una promesa. Melissa no es la mujer frágil y delicada que crees. Esa mujer ha hecho cosas que no te creerías ni aunque te las contara. Así que es mejor que tú mismo descubras la verdad.