Capitulo 66
Andrés se sentó a su lado y no dijo nada. Pero ahí estaba, como siempre. El hombre recordó la primera vez que lo conoció, y aunque Enrique no lo sabía, él había sido asignado por el padre de este último —un secreto que guardaba desde hacía mucho tiempo. No era un hombre común: su padre lo había elegido porque era un detective, y no cualquier detective. De hecho, Enrique ignoraba cuál era la verdadera profesión de su padre. Andrés y él se conocían desde hacía años y habían elegido esa labor juntos. Pero cuando el padre de Enrique perdió a su esposa y descubrió quién la había matado, le pidió que cuidara lo más importante de su vida: su hijo.
Así lo hizo. Se acercó a un chico rebelde que al principio lo rechazaba y no quería que lo siguiera, pero con el tiempo se ganó su confianza y afecto. Andrés le puso la mano con suavidad en el hombro:
—Enrique, sabes que debes darle tiempo. Quizá no está huyendo de ti, sino de las personas que te rodean. Se siente oprimida. ¿Te acuerdas de la primera vez que la viste... y de la última? ¿Qué miraste en ella?
Enrique recordó esa mirada: la primera vez que la vio, en sus ojos había tranquilidad; la última, preocupación, aunque seguían brillando. Se levantó y dijo:
—Necesito estar solo.
Camino hasta la cascada donde había quedado impresionado por ella —por su presencia y sus formas únicas. Se quedó largo rato mirando el agua correr, mientras su mente divagaba en el pasado.
Después de estar ahí mucho tiempo, se paró lentamente. Al llegar a la finca, no dijo nada y simplemente subió a su habitación. La señora Mariana sabía lo que había pasado: había visto las noticias. Sabía que Victoria era una mujer tranquila a la que no le gustaba el escándalo, pero también estaba preocupada. ¿Dónde estaría? No tenía más familia que sus hermanos. ¿A dónde iría? Se preguntaba si su padre —un cobarde que los había abandonado cuando ella era solo una chica de catorce años— la habría buscado de nuevo. Ese hombre no se los merecía. Por suerte, no se había vuelto a aparecer en sus vidas.
Mientras Victoria contemplaba uno de los lugares más históricos de España, le dijo a Arturo con voz tranquila:
—Me voy a volver a mi finca. Amo mi país, el aroma del café... Este es un lugar hermoso, pero extraño para mí.
Arturo la miró en silencio un instante y asintió lentamente. Había adivinado que esta decisión vendría; desde el primer día notó cómo su mirada se entristecía al hablar de Colombia, cómo sus manos buscaban el aire como si quisiera tocar de nuevo la tierra que la vio nacer.
—Lo entendí desde el momento en que te conocí —dijo con voz baja—. Aunque quisiera pedirte que te quedaras, sé que tu hogar no está aquí. Pero antes de irte, ¿te gustaría ver algo más? Especialmente para ti.
Victoria frunció el ceño, curiosa, pero asintió. Arturo la llevó hasta un pequeño café en una calle empinada y estrecha, donde el aroma de café tostado se mezclaba con el de las flores en macetas que decoraban la entrada. Al entrar, vio que en una esquina había una máquina de café antigua, similar a la que tenía en su finca Gotas de Amor.
—Sabía que extrañabas ese aroma —explicó él mientras le servía una taza—. Quería que llevaras un recuerdo de cómo, incluso en tierras lejanas, el café puede unir mundos.
Mientras tomaban el café, Victoria le contó sobre la finca, la señora Mariana y los caminos de tierra que llevaban hasta la cascada. También habló de Enrique, aunque con voz más pausada:
—No sé qué encontraré cuando vuelva. Quizás él ya esté ahí, quizás todo haya cambiado... Pero tengo que intentarlo. Tengo que enfrentar lo que dejé atrás, por más difícil que sea. Sabía perfectamente que el lugar donde él la buscaría era su finca. Aunque en el fondo de su corazón anhelaba que no lo hubiera hecho, también deseaba que fuera así.
Arturo le puso una mano sobre la suya:
—No tienes que hacerlo sola. Yo puedo acompañarte si así lo deseas. No como quien estuvo cegado por el odio, sino como un amigo que quiere verte bien.
Victoria sintió un nudo en la garganta. Durante esos días, ese hombre había sido su refugio y su protector. Ahora, al pensar en regresar, no sabía si podría dejarlo atrás. Pero su corazón la llamaba hacia Colombia, hacia su tierra y la finca que era su hogar.
—Gracias, Arturo —dijo con una sonrisa débil—. Necesito hacerlo sola esta vez. Pero jamás olvidaré lo que me has hecho por mí.
Al día siguiente, con las maletas en la mano y lista para irse, se dio cuenta de que su equipaje pesaba más. Pero ese peso la hacía inmensamente feliz: llevaba a Henry y Enrique, sus dos hijos de seis meses, unos niños preciosos. El menor le sonrió y ella los abrazó a ambos con amor.
Cuando el vuelo aterrizó en Colombia, el aire cálido y húmedo la envolvió de inmediato. Sintió cómo su pecho se llenaba de emoción al reconocer el olor de su país. Tomó un taxi directamente hacia la finca, y mientras avanzaban por los caminos conocidos, las lágrimas rodaron por sus mejillas.
Antes de abordar, se había despidido de Arturo, el hombre que le había brindado su hombro para llorar. Después de horas de viaje, llegó a su destino y divisó a lo lejos su finca Gotas de Amor. Al entrar, la casa lucía impecable como siempre. Al acercarse, la señora Mariana estaba en la puerta y se sorprendió al verla. Victoria había llegado un poco antes de lo esperado y se había encontrado con Enrique.
—¡Mija! ¡Por fin volviste!
—¿Todo está bien? —preguntó Victoria, separándose un poco para mirarla a los ojos.
La mujer la miró fijamente, atónita por los hermosos niños que tenía en brazos.
—Mi niña, tuviste dos hijos... Cumpliste tu sueño —dijo la mujer—. Son preciosos tus hijos.
Victoria la abrazó. La señora Mariana siempre había sido su segunda madre.
Mientras Enrique se subía a su jet privado, cerró los ojos un instante y respiró profundo. De repente, comprendió que Andrés tenía toda la razón. Quizás realmente debía darle tiempo a Victoria; no podía seguir siendo tan egoísta.
Se sentó en su asiento y miró por la ventana mientras la aeronave comenzaba a moverse por la pista. Recordó las palabras de su amigo: "Quizá no está huyendo de ti, sino de las personas que te rodean". Pensó en Melissa, en sus amenazas y en cómo la vida de Victoria se había visto envuelta en escándalos desde que llegaron juntos. Había estado tan centrado en recuperar lo suyo que nunca se había detenido a pensar en lo que ella podría estar sintiendo.
El piloto anunció que estaban listos para despegar, y en el momento en que la máquina se elevó del suelo, Enrique sintió que un peso que llevaba meses en el pecho comenzaba a disminuir. Tomó su celular y escribió un mensaje: "Andrés, tenías razón. Voy a darle el espacio que necesita. Ella merece paz, no más problemas por mi culpa".
Justo cuando iba a enviarlo, el jet comenzó a girar de improviso. El piloto comunicó con urgencia que había un problema técnico y que debían regresar inmediatamente a la pista. Mientras la aeronave descendía, Enrique miró hacia la finca que se alejaba a lo lejos, preguntándose si el destino estaba tratando de decirle algo. Tal vez no era el momento de irse, tal vez aún quedaba una oportunidad de hablar con ella, pero esta vez con el corazón abierto y sin pretensiones.