Capitulo 65
Al entrar a la casa, Enrique se quedó largo rato observando cada rincón, sintiendo cómo la soledad lo envolvía por completo. Luego salió al jardín: las flores que había plantado Victoria estaban hermosas, con pétalos abiertos al resplandor de la luna. Su padre ya no estaba, tampoco Andrés —habían decidido dejarlo solo un rato.
Regresó a la casa y entró a la habitación que había compartido con ella. Se acostó en la cama, acariciando la almohada que ella usaba, e intentó conciliar el sueño, pero le fue imposible. Sus pensamientos giraban sin cesar en Victoria, en Melissa, en todo lo que estaba en juego...
Melissa sabía que no podía darle el divorcio a Enrique, por más que se lo pidiera. Había luchado demasiado para construir lo que consideraba su vida perfecta a su lado. Se sentía feliz de que Victoria se hubiera ido, pero le haría aún más feliz si aquella mujer estuviera bajo tierra. Aunque intentara ocultarlo, sabía que Enrique no se rendiría: seguiría buscándola a toda costa, y eso era un riesgo que no podía permitirse.
Mientras Victoria caminaba por las calles empedradas de España, miraba a Arturo con detenimiento. Durante tanto tiempo, la habían tachado de mala persona, de alguien peligroso y engañoso. Pero ahora, al estar junto a él, se daba cuenta de que no era así: había sido un hombre cegado por el amor y el odio, víctima de sus propias pasiones. Se percataba de que en realidad era sensible, mientras él le mostraba los lugares más emblemáticos de la ciudad, le explicaba sus historias y lucía con una tranquilidad que la calentaba.
Al llegar a su casa, Andrés encontró a Vivian sentada en la sala esperándolo. Se arrodilló ante ella y le murmuró:
—Sabes que te he dicho que no me esperes —dijo mientras le daba un beso en la frente.
Luego la tomó entre sus brazos y la llevó hasta la recámara, mientras Vivian se aferraba a él con fuerza.
—No tienes que preocuparte —le dijo ella suavemente—. Estoy bien.
Al ponerla en la cama, Andrés suspiró profundamente:
—Enrique está muy mal. Es la primera vez que lo miro tan desesperado, con lágrimas en los ojos. Aunque parezca un hombre inquebrantable, en realidad es demasiado sensible. Ha perdido mucho: su madre cuando tenía doce años, luego su primer amor... Todo eso lo ha resistido en silencio. Pero esta vez tenía esperanza, al tener a Victoria y a sus hijos con él. Quizás al principio se dejó guiar por el odio y la venganza que le tiene a su tío Franco, pero eso generó golpes, maltratos, abuso y rechazo.
Vivian lo escuchaba atentamente, con la mirada baja. Sintió un profundo pesar por él.
—¿En serio está tan mal? —preguntó con voz pausada.
—Sí, lo está. Sé que en este momento, aunque no le vea, debe tener una copa en la mano y lágrimas en el rostro. Pero mañana volverá a ser ese Enrique inquebrantable de siempre, aunque por dentro esté destrozado.
Vivian cerró los ojos un instante, sintiendo lástima. Con voz tranquila continuó:
—No sé realmente a dónde Arturo Pérez llevó a Victoria. Pero lo más seguro es que se haya ido a su finca. Siempre quiso estar ahí, me lo dijo muchas veces.
—Yo conozco muy bien a mi hermana —añadió Vivian—. Se fue de Enrique porque ya no aguantaba más, o quizás por la amenaza... Pero eso no significa que ya no lo ame. Quizá lo hizo por su bien, o porque se sentía entre la espada y la pared, o tal vez porque necesitaba tranquilidad. Es una mujer que siempre ha vivido rodeada de personas que le dan paz; es la primera vez que está en una situación como esta. Si Enrique le hubiera dicho la verdad, si no le hubiera mentido todo, habría sido diferente. Pero está bien —dijo con calma—, no lo juzgo. Todos tenemos derecho a equivocarnos y aprender de ello. Estoy segura de que está en su finca: es su lugar de refugio.
Andrés se quedó largo rato pensando esas palabras. Claro, se dijo a sí mismo, ¿por qué no lo había pensado antes? Se levantó, le dio otro beso en la frente a Vivian y salió a la sala. Sacó su celular y escribió a Enrique: Creo dónde debe estar Victoria: en su finca, es su lugar de refugio.
En ese momento, Enrique sostenía una copa de whisky en la mano. Al escuchar el vibro del celular, la puso lentamente en la mesa, tomó el aparato y al ver el mensaje, su corazón volvió a palpitar con fuerza. Se preguntó cómo no había pensado en eso antes.
Al día siguiente, Enrique volaba en su avión privado rumbo a Colombia, con miles de emociones encima. No sabía si lograría convencerla de volver, pero al menos intentaría quedar bien con ella.
Al llegar al lugar donde tantas veces ella le había tomado de la mano y le había dicho palabras de amor, suspiró hondo. A lo lejos divisó su finca: El Paraíso. La señora Mariana se sorprendió al verlo y corrió a abrazarlo, dándole la bienvenida. Aunque solo habían pasado unos meses desde que estuvo allí, el hombre se sintió en su hogar. El aroma de café que flotaba en el aire le recordó inmediatamente a Victoria.
Con voz pausada se sentó en la sala, pero luego se levantó y fue a la cocina. La señora le preparó el café, y mientras lo tomaba con miles de pensamientos en la cabeza, preguntó:
—¿Victoria ha venido a la finca?
A la mujer le pareció rara la pregunta.
—Victoria no ha vuelto, señor Quintero —respondió.
Enrique recordó sus errores y sus mentiras, y volvió a preguntar con más firmeza:
—¿Está completamente segura?
—Sí, señor. Su finca está muy bien cuidada, pues ella manda dinero para mantenerla impecable, pero no ha vuelto desde que se fue.
Después de un rato, el hombre caminó despacio por los terrenos, mirando todos los alrededores. La gente que se encontraba en el camino lo saludaba con cordialidad, pero él llevaba un gran vacío en el pecho. Estaba tan perdido en sus pensamientos que no se dio cuenta de que se le acercaba alguien hasta sentir una mano en su hombro.
—Hermano, tienes que calmarte —dijo Andrés.
Al llegar a la pequeña finca, Enrique abrió la puerta con lentitud y se dio cuenta de que Victoria no estaba ahí. Se sentó en el sillón donde muchas veces habían compartido momentos juntos y permaneció inmóvil, con la mirada perdida en el vacío.