¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 64
68%

Capitulo 64

Mientras Andrés conducía, ninguno de los tres hombres pronunció una palabra. El silencio envolvía el interior del coche, roto solo por el rugido del motor y el viento que azotaba los cristales. Después de un largo rato, Andrés arqueó una ceja y dirigió su mirada hacia Enrique por el retrovisor:

—Veo que la reunión familiar no salió tan bien. Aunque la verdad es que creo que aclaramos muchas cosas que deberíamos haber puesto sobre la mesa hace mucho tiempo.

El padre de Enrique asintió lentamente desde el asiento trasero, apoyando los codos en las rodillas:

—Tienes razón, Andrés. Muchos secretos se mantuvieron ocultos durante años, y aunque el momento no fue el más adecuado, al menos ahora todos sabemos la verdad sobre la herencia.

—A mí no me interesa nada de eso —contestó Enrique de un tirón, golpeando su puño suavemente contra el apoyabrazos—. Lo único que me importa es encontrar a Victoria. No sé dónde se habrá ido, ni si está bien, ni si alguien la obliga a mantenerse alejada.

Andrés redujo la velocidad ligeramente al doblar por una calle menos transitada:

—Ya hemos puesto en marcha algunos contactos. Franco también estará buscándola, así que debemos ser rápidos. Pero ten cuidado, Enrique —añadió con tono serio—. El tipo no se anda con rodeos, y ahora que sabe que la herencia no le tocará, podría actuar con más descaro.

El padre de Enrique se inclinó hacia adelante, posando una mano sobre su hombro con ternura:

—Sabes hijo, debes tener en cuenta que Victoria ha sido quien decidió irse de tu vida. No la juzgo, la entiendo: sigues siendo un hombre casado. Pero muy pronto me voy a divorciar —aclaró, con un tono más firme—. No voy a perder a mis dos hijos y a la mujer que amo por un matrimonio sin amor. ¿Y tú crees que Melissa te dará el divorcio así de fácil?

Enrique arqueó los hombros, mirando hacia la ventana mientras las luces de la ciudad se deslizaban rápidas delante de sus ojos:

—No sé qué pensará hacer ella, pero ya no puedo seguir así. He vivido años mintiéndome a mí mismo, tratando de cumplir con lo que todos esperaban de mí. Y al final, solo he conseguido hacer daño a quienes realmente me importan.

Andrés asintió mientras mantenía la mirada en la carretera:

—Melissa siempre ha tenido muy claro lo que quiere para su vida y para la tuya. La herencia, el prestigio de la familia Torre... para ella eso cuenta más que cualquier sentimiento. No te va a hacer el camino fácil, eso está claro.

—Lo sé —respondió Enrique, cerrando los ojos por un instante—. Pero estoy dispuesto a enfrentarme a todo: a la batalla legal, a los rumores de la prensa, a lo que sea. Victoria se merece que luche por ella, y yo me merezco tener la oportunidad de ser feliz.

El padre de Enrique soltó un suspiro profundo, volviendo a apoyarse en el respaldo del asiento:

—Entiendo tu determinación, hijo. Y te apoyaré en lo que necesites. Pero tienes que estar preparado: divorciarse de Melissa no será solo un asunto entre ustedes dos. La familia entera se verá involucrada, y Franco seguro que intentará aprovecharse de la situación para debilitarte.

Andrés adelantó un coche lentamente antes de hablar de nuevo:

—Tu padre tiene razón. Franco ya está moviendo hilos por detrás, eso lo sé de primera mano. Tenemos que estar atentos en todo momento, tanto para encontrar a Victoria como para protegernos de lo que él pueda hacer.

Enrique apretó los puños, con la mandíbula tensada:

—Que intente hacerlo. Esta vez no permitiré que destruya nada más de lo que ya ha roto: ni a la empresa, ni a mi familia, ni a la mujer que quiero.

Al llegar a la casa donde había compartido meses con Victoria, Enrique no se bajó del auto. Se quedó largo rato sentado, mirando la vivienda con la mirada perdida. Su padre había bajado antes y se topó con Melissa parada en la acera. Se preguntó qué hacía allí; ella se acercó y lo saludó con educación, pero él sabía que aquella cortesía era fingida. Andrés también había bajado y la miraba de arriba abajo, con una expresión desconfiada.

Cuando Enrique finalmente bajó del coche y la vio, sintió una oleada de irritación.

—¡A la última persona que quiero ver en este momento eres tú! —exclamó, acercándose a ella con paso firme—. Sé perfectamente que fuiste tú la que filtró información a la prensa. Y sabes lo que soy capaz de hacer, Melissa.

—Los he querido... ¡Ah, y por cierto! Veo que tu amante ha huido —continuó, con la voz cargada de rabia—. Nunca pensé que fuera tan cobarde. Ojalá nunca vuelva, que se desaparezca por completo de nuestras vidas. Fue ella quien vino a dañar absolutamente todo, ¿no?

—¿En serio, fue ella? —interrumpió Enrique—. Ella vino a hacerme abrir los ojos y darme cuenta de que no podía estar con una mujer solo por agradecimiento. No te amo, Melissa, pero sí estoy agradecido por lo que hemos vivido juntos. Y lo único que quiero es el divorcio.

—Olvídalo —respondió la mujer, con la voz entrecortada—. Solo he venido a ver cómo estás, pero nunca imaginé que me fueras a recibir de esta manera. Quédate aquí recordando a tu amante, y cuando estés preparado, vuelve a casa.

El hombre se quedó mirándola, preguntándose si ella estaba volviéndose loca. ¿Acaso no entendía que no la amaba?

—Ya no volveré a esa casa contigo —dijo con calma, pero con determinación—. He tomado una decisión y no la cambiaré. El divorcio es lo único que nos queda. Aceptémoslo y sigamos cada uno por su camino.

Melissa cerró los ojos por un instante, conteniendo las lágrimas, antes de mirarlo con una expresión fría:

—No te equivoces de persona, Enrique. Yo soy la que está a tu lado desde hace años, la que conoce tu familia, tu empresa... Esa mujer nunca podrá darte lo que yo te he dado. Pero bueno, haz lo que quieras. Cuando te des cuenta de tu error, ya será demasiado tarde.

Con esas palabras, dio media vuelta y se alejó hacia su coche, dejándolos en silencio frente a la casa de Victoria.

Mientras conducía hacia su hogar, el móvil de Melissa empezó a sonar: era Franco. La mujer cerró los ojos con firmeza, preguntándose qué quería aquel hombre ahora.

El imbécil, el inútil, bueno para nada... pensó. No hizo nada para separar a Victoria de Enrique. Gracias a Dios esa mujer decidió irse, pero sé que tarde o temprano Enrique, con todo su poder, la encontrará y la traerá de vuelta. Y yo no estoy dispuesta a eso.

Si no tuviera rodeada de inútiles, quizás esa mujer no estuviera respirando... se enfureció por dentro. Haberle pagado tanto dinero a un estúpido que no hizo bien su trabajo de eliminarla...

Suspiró largo antes de contestar la llamada:

—¿Y ahora tú qué quieres, imbécil?

—Cambia tu tono de voz y empieza a tratarme bien —interrumpió Franco de inmediato—. Porque quizás yo ayude a que tu "situación" avance más rápido de lo que crees.

—¿Acaso eres imbécil? ¿Quién te dice que yo quiera divorciarme?

—Por eso mismo, querida. Recuerda que yo fui tu amante... Quién sabe si tú asesinaste al primer amor de Enrique —bromeó con tono amenazante—. Ah, y por cierto: la que contrató un asesino para matar a Victoria fui yo. Que no lo logró fue porque me interpuse por el amor que le tengo a ella. ¿Y de qué sirvió, imbécil? Por si no te has dado cuenta, ella ni te mira, y tú ahí como un estúpido... Tengo pruebas, Melissa, de todo lo que te digo. Así que es mejor que me hables bien.

—Yo estoy dispuesta a encontrar a Victoria antes que Enrique, y cuando lo haga, haré que quiera estar más lejos de él de lo que ya está.

—¿Y cómo piensas hacer eso si nadie sabe dónde está esa zorra?

—¿Por qué no cierras la boca? Porque si hablamos de zorras, tú eres la mayor. Con esa cara de dama refinada... ¿Acaso no crees que sé que cada vez que vas a un bar terminas en un hotel diferente con cualquier hombre que te guste? No solo Arturo Pérez...

—¡¿Ya cállate de una vez?! —gritó Melissa, golpeando el volante con la palma de la mano—. ¿Qué quieres realmente?