Capitulo 63
Diana permaneció muda en todo ese tiempo. La sorpresa la había paralizado, y una ola de remordimientos la inundaba: se culpaba de haber sido tan impulsiva y haber tratado mal a Victoria durante el desfile. ¿Cómo podría seguir fingiendo ser la chica amable y dulce que todos conocían? Con su actitud, solo había logrado alejar a Enrique de ella.
Sí, era su primo —eso era cierto—, pero también era su gran amor en secreto. Había guardado ese sentimiento en su corazón desde la infancia, observándolo desde la sombra, esperando que algún día la viera no como una prima, sino como una mujer.
Mientras escuchaba las revelaciones de Enrique y las palabras de Franco, sintió cómo se desvanecía la ilusión que había alimentado durante años. Sabía que su amor no tenía futuro, que él nunca la vería más allá del lazo familiar, pero aún así le dolió reconocer que todos sus esfuerzos por llamar su atención —incluso tratando mal a Victoria— habían sido en vano. Bajó la cabeza, intentando ocultar las lágrimas que amenazaban con desbordarse, consciente de que ya no podía seguir mintiéndose a sí misma.
Pero el más sorprendido de todos era Enrique. No podía creer que su abuelo hubiera dejado toda la herencia familiar a su nombre —ni siquiera lo había sospechado en ningún momento. Ahora entendía por qué su abuela Marta lo había odiado con tanta intensidad durante años, aunque en ese instante se notara que llevaba un peso de arrepentimiento.
Permaneció inmóvil en su asiento, procesando cada palabra. Todas las humillaciones, el trato distante y el rechazo que había sufrido por parte de ella cobraban sentido ahora. Su abuelo, el único miembro de la familia que le había mostrado cariño antes de morir, le había dejado todo no por piedad, sino porque veía en él la responsabilidad y la fortaleza que necesitaba la empresa y la herencia Torre.
Levantó la mirada hacia Marta, cuyas mejillas seguían húmedas. En sus ojos no solo veía arrepentimiento, sino también un fardo acumulado durante décadas. Por primera vez en su vida, sintió empatía por la mujer que lo había tratado como un extraño en su propia casa.
—¿Por qué no me lo dijeron nunca? —preguntó con voz baja, pero firme.
Marta suspiró profundamente antes de responder:
—Tu abuelo me pidió que lo guardara en secreto hasta que llegara el momento adecuado. Decía que tenías que forjar tu propio camino, que no podías depender de la herencia para ser alguien en la vida... Y tenía razón.
—La herencia familiar es lo que menos me interesa —dijo Enrique, poniéndose de pie y dirigiéndose a todos con voz cargada de rabia y desesperación—. Pero hoy vengo a decirles a ustedes, a los que siempre me quisieron ver destruido, que lo estoy. Gracias a mi prima Diana.
Su mirada se clavó en ella, y Diana se heló en su asiento, sin atreverse a devolverla.
—Victoria se fue de mi lado, pero tarde o temprano la encontraré —continuó, golpeando ligeramente la mesa con su puño—. No importa cuánto tiempo tarde ni qué obstáculos haya. Ella es lo único que realmente cuenta, y no permitiré que nadie más se interponga entre nosotros. Ni la prensa, ni las amenazas, ni ustedes.
Franco se puso en pie al instante, enfrentándose a él:
—¿Y quién te dice que la vas a encontrar antes que yo? Ella fue mía primero.
—Nunca fue tuya —respondió Enrique, acercándose con paso firme—. Solo la usaste, igual que has usado a toda la familia. Y esta vez no permitiré que hagas lo mismo con ella.
La tensión en la sala se hizo palpable, hasta que el señor Antonio intervino con voz seria:
—Basta. Ya hemos escuchado suficientes revelaciones para hoy. No resolvemos nada con gritos ni amenazas.
Enrique solo negó con la cabeza, miró una vez más a todos y, sin decir otra palabra, dio media vuelta y salió de la sala con paso rápido, dejando un silencio pesado en su lugar.
—Ah, por cierto, hermana —dijo Gustavo, dirigiéndose a Diana cuando Enrique ya no estaba—. Hay algo que debes saber. ¿Te acuerdas de tu exmarido, el que estaba a punto de declararse en quiebra? Gracias a Enrique, que es inversionista de su empresa, ahora tiene buenas ganancias.
Diana no podía creerlo. Precisamente lo había dejado cuando su negocio se hundía: no quería pasar necesidades a su lado. Antes sentía amor por Enrique, pero ahora ese sentimiento se había intensificado hasta convertirse quizás en una obsesión.
En su mente, empezó a imaginar que todo lo había hecho por ella —que había salvado la empresa de su exmarido para protegerla, aunque nunca se lo hubiera dicho. Se preguntó si quizás él sentía lo mismo, pero se cohibía por el parentesco o por Victoria. Cuanto más pensaba en ello, más se convencía de que su amor no era unilateral, y que algún día él lo entendería y se quedaría a su lado.
Mientras Andrés conducía, ninguno de los tres hombres hablaba. El silencio se extendió por el interior del coche, roto solo por el ruido del motor y el viento que azotaba los cristales. Después de un largo rato, Andrés arqueó una ceja y miró a Enrique por el retrovisor:
—Veo que la reunión familiar no salió tan bien. Aunque la verdad es que creo que aclaramos muchas cosas que deberíamos haber puesto sobre la mesa hace mucho tiempo.
El padre de Enrique asintió lentamente desde el asiento trasero, apoyando los codos en las rodillas:
—Tienes razón, Andrés. Muchos secretos se mantuvieron ocultos durante años, y aunque el momento no fue el más adecuado, al menos ahora todos sabemos la verdad sobre la herencia.
—A mí no me interesa nada de eso —contestó Enrique de un tirón, golpeando su puño suavemente contra el apoyabrazos—. Lo único que me importa es encontrar a Victoria. No sé dónde se habrá ido, ni si está bien, ni si alguien la presiona para mantenerse alejada.
Andrés redujo la velocidad ligeramente al doblar por una calle menos transitada:
—Ya hemos puesto en marcha algunos contactos. Franco también estará buscándola, así que tenemos que ser rápidos. Pero debes tener cuidado, Enrique —añadió con tono serio—. El tipo no se anda con rodeos, y ahora que sabe que la herencia no le tocará, podría actuar con más descaro.