¿Nunca es tarde para el amor Capitulo 62
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Capitulo 62

Arturo se levantó temprano. Mientras se servía una taza de té, se quedó mirando al vacío, recordando la rivalidad que siempre había tenido con Enrique por una mujer que nunca lo había valorado. Recordó cada frase: "Nunca te amaré, y si quieres ser mi amante, debes saber hacerlo mucho mejor que tú." El hombre contuvo la respiración. No podía creer que se había enamorado de alguien que no le correspondía, ni que se había esforzado tanto para estar a la altura de una mujer que no sentía nada por él. Entonces se dio cuenta de que el amor no se puede forzar.

Victoria se había levantado también temprano. Al verla, él sonrió:

—Buenos días, Victoria. ¿Cómo amaneces?

—Muy bien. Y tú?

—Excelente —dijo él.

—Veo que tienes grandes ojeras. Me imagino que no pudiste dormir.

—Dormí más de lo que imaginé. Esta casa es fantástica, me encanta.

—Puedes quedarte el tiempo que quieras.

—La verdad es que me levanté por los niños. Tuve que preparar su biberón, o si no estaría durmiendo aún.

Después de esa breve conversación, Arturo desapareció de la vista de la mujer. Se dio una larga ducha y se puso unos jeans cómodos y una camisa ajustada. Lucía casual, pero aún así se veía muy apuesto.

Victoria ya estaba en el comedor cuando llegó. Lo miró fijamente por largo rato, tanto que él se sintió intimidado. La mujer tenía una mirada intensa, era muy hermosa y diferente al tipo de mujer con la que él solía rodearse. Entonces entendió por qué Enrique se había enamorado de ella: no solo por su belleza, sino porque era única.

Al sentarse a la mesa, desayunaban tranquilamente, cada uno concentrado en su plato, ya que no tenían tema de conversación. Victoria levantó la vista y, con voz suave pero firme, preguntó:

—¿Por qué odias a Enrique?

—Sabes algo... Diría que por estúpido. Me enamoré de Melissa hace mucho tiempo y le pedí a Enrique que me ayudara. En ese entonces, él salía con la prima hermana de Melissa, pero cuando ella murió, Melissa se dedicó por completo a cuidarlo, y con el tiempo se casaron. Sentí que me había elegido a él porque era mejor que yo, así que me esforcé cada día más, hasta que ese sentimiento se convirtió en odio y competencia. No era porque lo odiara, sino porque quería ganarme el amor de una mujer que nunca me amará.

—¿Y cómo lo supiste que no te iba a amar?

—Porque me propuso ser su amante. Al estar con ella, me di cuenta de que solo estaba sacando su frustración conmigo y, al mismo tiempo, vengándose de Enrique por haberla traicionado. No me mires así. Sí, fui su amante sabiendo que estaba casada, y lo hice conscientemente. No como tú, que fuiste engañada.

—Realmente todo el mundo me mira como al hombre peligroso. Es extraño que tú no tengas miedo.

—Porque siento que no eres una mala persona.

—¿Por qué sientes eso? ¿En mi mirada?

—No, no digo que sepa leer los ojos —dijo el hombre sonriendo—. Algo así.

—Porque presiento que tu conflicto con Enrique no se basa solo en lo que está saliendo en la prensa, sino que hay algo más.

Victoria bajó la mirada hacia los cubiertos:

—Sí, hay algo más. Me amenazaron con matar a mis hijos. Aunque amo profundamente a Enrique, este amor comenzó con una mentira. No sabía que era casado, pero aún así quise tenerlo a mi lado. Recibí amenazas, rechazo de parte de su familia, burlas... Y aún así, por amor, lo aguanté. Su prima me trató como basura, me hizo sentir tan insignificante como nunca antes en mi vida.

—Pero sabes qué me di cuenta? Quizás su esposa tenga razón. No soy la mujer que él tomará de la mano en público. Míralo y mírame: somos de mundos diferentes. Ese día en el desfile de mi hermano me di cuenta de eso. Nunca se me acercó, pero cuando levanté la vista, su esposa estaba a su lado, sonriendo como si nada pasara. No sé si están acostumbrados a ese espectáculo, pero me di cuenta de que una sola persona se cansa... Y no sirvo para que mi vida sea una mentira.

En la sala de juntas de las empresas de la Torre, todos los miembros de la familia estaban reunidos. Habían sido citados por Gustavo y Enrique, además de la señora Marta, el señor Antonio, la señora Raquel, Diana y Franco. Mientras esperaban, Enrique no llegaba, hasta que finalmente se abrió la puerta y entró él junto a su padre. Lucía impecable como siempre, pero si antes su mirada era severa, ahora lo era el triple.

No saludó, aunque su padre saludó a cada uno. Gustavo se levantó:

—Tranquilo, hermano. Sabes que muy pronto todo lo de la prensa desaparecerá, ya lo mandé hacer.

El hombre se sentó con elegancia y miró a cada uno:

—No entiendo por qué nos traes a todos aquí. Esa arrogancia tuya me irrita. ¿Acaso crees que todo el mundo está desocupado como tú?

Enrique elevó la voz:

—¿Me crees un hombre desocupado? Ustedes, aparte del tío Antonio, la tía Raquel y mi hermano Gustavo —él no es mi primo, es mi hermano—, siempre me trataron con amor y respeto.

—Quisiera volver a mi niñez. El niño de 12 años al que golpearon, maltrataron y humillaron, olvidando que acababa de perder a su madre. Ustedes me convirtieron en el hombre que soy.

La señora Marta bajó la mirada, pero él continuó:

—Pero está bien. Aún así, mi padre me enseñó a tenerlos en cuenta porque eran mi familia, y aunque no los amo, aprendí a quererlos gracias a él. Entonces, ¿este "hijo de la sirvienta", este chico que no merecía llevar el apellido Torre, empezó a hacer cosas por ustedes sin que lo supieran.

—Por ejemplo, esta empresa: antes de que mi primo Gustavo la tomara, estaba a punto de ir a la quiebra.

La señora Marta abrió los ojos de par en par:

—¿Te sorprende, abuela? Porque tu hijo —el que ustedes creían merecedor de la herencia, el que sí debía llevar el apellido Torre— se dedicaba a tragarse mujeres, viajar y malgastar cada peso que mi abuelo consiguió con tanto esfuerzo. Así que decidí ser el mayor inversionista de la empresa y poner a Gustavo al mando. No se lo esperaban, ¿verdad?

—La finca El Paraíso, ¿se acuerdan? Franco la puso a la venta porque entró en apuestas y negocios mal hechos; ya no podía manejar la herencia Torre y estaban a punto de matarlo. Entonces le hice una amenaza a quien lo iba a matar —no por él, sino por mi padre—, compré la finca, pero antes investigué cada detalle, incluso de la ex de Franco de la Torre. Al conocerla, no le presté atención: no era mi tipo, pero tenía rencor y una venganza que cumplir. La enamoré... y terminé enamorado. Esa es la verdad.

—Y el resto de la historia ya la conocen. Seguí sus joyas: todas fueron falsificadas, las originales las tengo yo. Cada una de ellas las compré, como el collar que llevaba Victoria aquel día en el desfile.

Franco se puso de pie:

—¿Y qué quieres que haga? ¿Que te lo agradezca? Nunca lo haré. Y Victoria tarde o temprano volverá a mí: yo fui su primer amor.

—Y como tú dices, la engañaste, la usaste, olvidando que eres casado. Si quieres dejarme mal delante de todos, pues sí: todo lo que dice es verdad. ¿Y qué me van a hacer?

La señora Marta no había hablado hasta entonces, pero unas lágrimas rodaron por sus mejillas. Secó sus rostro y dijo con una voz casi inaudible:

—Ahora entiendo por qué toda la herencia familiar, mi esposo la dejó a nombre de Enrique.

Enrique abrió los ojos de par en par: no podía creerlo.