Capítulo91
Cuando puso un pie en tierra colombiana, Victoria sintió que el aire mismo la abrazaba. No se trataba solo del clima cálido y acogedor que lo envolvía todo, ni de esa brisa cargada del aroma inconfundible de la tierra húmeda, del café recién cortado y de las flores silvestres que parecían brotar con alegría en cada rincón. Era algo más profundo, una emoción que le estrujaba el pecho con fuerza: tenía la certeza absoluta de que, al fin, había llegado a su verdadero hogar. Todo a su alrededor la deslumbraba: los paisajes infinitos, verdes y rebosantes de vida que se extendían hasta donde alcanzaba la vista; la luz del sol, que brillaba con una intensidad distinta, más viva, más cálida; y, sobre todo, la gente: esas almas sencillas y de corazón inmenso que la recibían con sonrisas sinceras, con ese calor humano capaz de borrar cualquier distancia en un instante, como si el tiempo y la separación nunca hubieran existido.
Al llegar a la finca, se le escapó un suspiro largo, cargado de dicha contenida. Para ella, aquel lugar no era simplemente una propiedad ni una casa de campo; era el paraíso hecho realidad. Cada sendero, cada árbol, cada rincón respiraba paz, armonía y una belleza tan perfecta que parecía extraída de un sueño. Allí se sentía completa, plena, como si todas las piezas dispersas de su vida hubieran encajado, al fin, en su lugar exacto. Esa sensación de pertenencia le llenaba el alma de una alegría serena, profunda y definitiva.
Caminó despacio, saboreando cada paso, hasta que se detuvo y buscó con la mirada a su hermano Fernando. Él avanzaba a su lado, igualmente maravillado, y cuando sus ojos se encontraron, Victoria reconoció al instante en los de él el mismo brillo, la misma esperanza y esa urgencia contenida que también latía en su pecho. Se acercó un poco más, con la voz suave pero firme, y señaló hacia el horizonte, hacia ese punto lejano que, sabía ella, era el origen de todo lo que eran y todo lo que sentían.
—Mira, Fernando… —le dijo, con la mirada brillante de emoción—. Mira todo esto… ¿lo sientes? Aquí está todo lo que nos faltaba. Y, sobre todo, aquí está él. Mañana mismo iré a verlo. No puedo esperar ni un minuto más para abrazarlo, para estar a su lado y decirle que por fin hemos regresado, que ya nada ni nadie volverá a separarnos.
Fernando sonrió, y en esa sonrisa se entrelazaban la alegría pura del reencuentro y una melancolía que solo él parecía comprender en toda su amplitud.
—Pero sabes bien… —empezó a decir, con voz suave, como si estuviera leyendo los pensamientos que ella aún no había formulado—, que muy pronto nos separaremos para siempre. Él se irá. Y entonces… todo esto cambiará.
Victoria lo miró con infinita dulzura y comprensión, y posó suavemente una mano sobre el hombro de su hermano, transmitiéndole con ese gesto toda la calma y la fortaleza que él necesitaba.
—Lo sé, Fernando… lo sé —respondió ella con serenidad, aceptando la verdad sin dolor, sino con gratitud—. Pero quédate solo con lo maravilloso que has vivido a su lado, con todo el amor que te ha dado y todo el amor que tú le has entregado. Eso es lo que el tiempo no puede borrar. Eso es lo que se queda para siempre, aquí dentro —se señaló el pecho—, sin importar dónde estemos.
De pronto, la voz profunda y serena de Enrique interrumpió su conversación, como si hubiera escuchado el silencio de sus corazones y supiera exactamente lo que ambos necesitaban oír.
—¿Y por qué no van ahora mismo a verlo? —sugirió él, con esa sencillez suya que a veces tenía el don de resolver lo complejo y aliviar las cargas.
Victoria negó suavemente con la cabeza, manteniendo su decisión con la misma ternura que su firmeza.
—Yo iré mañana —aseguró—. Mañana será mi momento. Pero si tú quieres ir ahora… no esperes por mí. No te detengas por nada.
El muchacho no se lo pensó dos veces. Se acercó a su hermana, la abrazó con tanta fuerza que parecía querer fundirse con ella, un abrazo que era agradecimiento, despedida y promesa al mismo tiempo. Luego bajó del vehículo con paso rápido, ansioso, guiado solo por el deseo de llegar.
Mientras entraban en la finca —ese lugar que para ellos equivalía al mismísimo paraíso—, Fernando tomó el camino que sabía que lo llevaría directo hacia donde estaba su padre. Al cruzar el umbral de la casa, la señora Mariana salió a recibirlos; en cuanto vio a Victoria, su rostro se iluminó por completo. Corrió hacia ella y la estrechó entre sus brazos en un abrazo fuerte, de esos que solo dan las personas que aman como a una hija propia.
—¡Mi niña! ¡Volviste por fin! —exclamó ella, con la voz entrecortada por la emoción, aunque enseguida fingió regañarla con dulzura—. ¿Por qué no me avisaste que venían? ¡Podía haber preparado todo mucho mejor, tenerlo todo listo!
—Porque tenía que ser una sorpresa, doña Mariana… nada más bonito que llegar sin aviso, tal como lo dicta el corazón —respondió Victoria, sonriendo con cariño ante el afecto de aquella mujer.
La señora Mariana se apartó un poco y se quedó mirando a Enrique fijamente, como si lo estuviera viendo por primera vez. Notó al instante que algo esencial en él había cambiado: ya no llevaba sobre los hombros aquella tensión perpetua, ni tenía esa mirada dura y cerrada de otras épocas. Ahora el hombre lucía distinto: mucho más relajado, tranquilo, con una paz que le nacía de adentro… y hasta sonreía con frecuencia, con naturalidad.
—Menudo cambio has dado, muchacho… —murmuró ella, con una satisfacción que le brillaba en los ojos—. Te sienta bien esta tierra, se nota en el alma.
—Pero miren ustedes —dijo él, observando todo a su alrededor con una mirada nueva, llena de aprecio—: todo está exactamente igual a como lo dejaron la última vez. Me encanta… se siente como si el tiempo se hubiera detenido aquí solo para esperarnos, para que no perdiéramos ni un segundo de lo que nos pertenece.
Entonces le entregó a uno de los niños a la señora Mariana, y ambas mujeres se dirigieron hacia la cocina con el pequeño, hablando en voz baja para no interrumpir su sueño. Victoria, en cambio, subió las escaleras despacio, llevando al otro niño en brazos con infinito cuidado. Al llegar a la recámara principal, acomodó con mucha suavidad al pequeño Henry sobre la gran cama; el niño dormía profundamente, tranquilo y confiado, como si también él reconociera aquel lugar como suyo.
Ella aprovechó ese momento a solas para darse un baño largo, sintiendo cómo el agua tibia se llevaba lejos el cansancio del viaje, las horas de carretera y la distancia recorrida, dejándola limpia, renovada y completamente integrada a ese entorno que ya sentía como su piel.
Mientras tanto, Enrique había salido al amplio balcón de la finca y se quedó allí de pie, inmóvil, divisando todo el paisaje que se extendía ante sus ojos: verde, inmenso, vivo y libre. Recordó entonces la primera vez que estuvo en aquel lugar: al asomarse por ese mismo balcón, lo primero que había deseado era fumar un cigarrillo, buscando en el humo una forma de calmar la inquietud, la ansiedad y el desasosiego que siempre lo habían acompañado. Pero en ese momento, todo era distinto. Estaba tan en paz, tan lleno de tranquilidad absoluta, que no necesitaba nada externo para sentirse completo. Solo quería quedarse allí, quieto, sintiendo su propia respiración, escuchando el viento mover las hojas y el canto de los pájaros, sabiendo que todo lo que siempre había deseado y necesitado estaba justo detrás de esa puerta, esperándolo.
Después de un largo rato, empapándose de esa paz que por fin había logrado construir para sí mismo, entró nuevamente a la habitación. Victoria ya estaba allí, vestida con una cómoda pijama, el cabello suelto y el rostro relajado, radiante de belleza serena. Él se acercó despacio a ella, con esa mirada cargada de amor profundo y de deseo contenido, esa mirada que solo reservaba para ella y que lo decía todo sin necesidad de palabras.
Enrique no dijo nada más; las palabras le sobraban cuando la tenía tan cerca, cuando podía sentir su presencia llenando todo el espacio. Se inclinó hacia ella y la besó con una pasión desbordada, de esos besos que lo dicen todo, que reclaman lo que es suyo y agradecen al mismo tiempo, que piden perdón y afirman pertenencia. Aspiró profundamente su aroma, ese olor que era su refugio, su dulzura y su esencia misma, y se aferró con fuerza a su cuerpo, dejándose embriagar por el calor de su piel, ese calor que lo envolvía y lo hacía sentir vivo como nada más en el mundo podía hacerlo. Al separarse apenas unos centímetros, con la respiración agitada y la mirada brillante de deseo, le susurró contra sus labios, con voz ronca y llena de anhelo:
—Quiero hacerte el amor… ahora mismo.
Sin esperar respuesta, la tomó entre sus brazos con firmeza y delicadeza a la vez, sosteniéndola como si fuera el tesoro más valioso y frágil que poseía. La levantó y la llevó en volandas hasta otra habitación, un lugar más íntimo, apartado del resto, donde podían perderse sin miedo al tiempo, ni a miradas, ni a nada. Allí, lejos de todo y de todos, se entregaron por completo, dejándose llevar por esa pasión inmensa que siempre los consumía, esa necesidad infinita de fundirse en uno solo, donde él podía recorrer, amar y devorar a besos y caricias a la mujer que amaba con toda su alma, perdiéndose y encontrándose una y otra vez en ese amor que, para él, lo era todo.